| A F R I C A |
26 de febrero del 2004 |
Umoya
Aminata Traoré y los cinco 'NO' de África. Esta mujer de 56 años, ex ministra de Cultura y ex candidata a la Presidencia de Malí, dedica su vida a recorrer el mundo para defender los intereses de su pueblo y denunciar la dominación de Occidente sobre el África negra. Aminata Traoré señala con el dedo y nos obliga a todos a hacernos una pregunta que, no por infrecuente, deja de estar cargada de sentido común: ¿por qué yo soy rico y el otro no?...Una excelente entrevista para el DIA de la MUJER. Esperamos que el 8 de marzo no se silencie este grito de la mujer africana.
Dignidad, eso es lo que desprende el discurso y la presencia de Aminata
Traoré. Esta mujer de 56 años, que fue ministra de Cultura en Malí y
candidata a la Presidencia, huye de la imagen lastimera que convierte a
su continente en inválido y reivindica un nuevo espacio de igualdad
para las relaciones norte-sur. Es la voz de millones de seres humanos
aplastados por el rodillo de la globalización.
P.- ¿Cree que el éxodo de los jóvenes hacia Europa es la derrota del
futuro de África?
R.- El éxodo es el síntoma más elocuente y doloroso del nivel de
desestructuración y de desmantelamiento de las economías de la sociedad
africana. España conoce la humillación ligada a la emigración. España
sabe, como cualquier pueblo africano, que la gente sólo sale de su
pesar. No se nace con la necesidad de ir a Occidente, vamos a Occidente
porque ya no tenemos la posibilidad de vivir dignamente en nuestros
países. La reproducción social de África está en peligro. Los brazos se
van, los cerebros se van y los que han estudiado en el norte no quieren
volver. Pero a la vez que se produce esta fuga de jóvenes, Occidente
nos manda a miles de europeos por el canal de la cooperación, médicos,
maestros o ingenieros, que están 20 veces mejor pagados que los
africanos si aceptaran trabajar en sus propios países. Paradojas de la
globalización.
P.- ¿Qué opina de la globalización?
R.- Que es la voluntad de las naciones industrializadas de concluir su
dominio sobre el resto del mundo. Sabe usted, las multinacionales no lo
harán mejor que los Estados, así que yo no creo en esta globalización.
Empiecen por reconocer que los africanos no son sub-hombres, sino
pueblos mártires durante siglos. Los que han dedicado tanto dinero a la
seguridad, si lo hubieran invertido en escuelas, en hospitales o en
empleos para nuestros países, ahora no tendrían tanto miedo. Ahora es
el miedo lo que se globaliza.
P.- Los medios de comunicación occidentales y sus gobiernos están muy
preocupados por prácticas, como la ablación, que atentan contra la
dignidad de la mujer...
R.- No hablaré de eso. No les concierne. Es un problema interno de
África y África es la que debe resolverlo. La ablación se ha convertido
en un negocio para algunos africanos porque Occidente está dispuesto a
invertir en esas campañas sin preocuparse de que nada cambie tras
ellas. El día en que se ofrezca a las mujeres la posibilidad de
instruirse y de tener otras referencias culturales, esta práctica
desaparecerá. Hoy sólo se añade desprecio por nuestro pueblo. Es un
verdadero insulto para las mujeres africanas el que se las persiga para
saber si les han practicado la ablación o no. El machaque económico de
África es una ablación que nos duele más que la del clítoris. Que dejen
la posibilidad a las mujeres africanas de organizarse, de llevar a cabo
su combate, porque se están muriendo de tanto desprecio cultural.
P.- ¿Cuáles son las prioridades de la mujer africana?
R.- La condición de la mujer está directamente relacionada con su
entorno económico y social. Su prioridad es no caer enferma, no morir
en el parto y que su marido tenga trabajo. Las mujeres africanas salen
adelante cuando se les da la posibilidad de ir a la escuela, pero el
Banco Mundial llegó en los años 80 para quebrar el impulso de los
Estados que estaban implantando la educación universal. Pregúntele al
Banco Mundial su parte de responsabilidad en la dirección que han
tomado las condiciones de vida de estas mujeres.
P.- Usted ha escrito que Europa le debe más a África que a la inversa.
¿A qué se refería?
R.- Es una deuda histórica. Para construir Europa, Europa fue primero a
la conquista del mundo. El comercio global no es cosa de hoy. Ya
entonces se les metió en la cabeza que los pueblos, tanto los de
América del Sur como de África, eran pueblos sin historia ni cultura y
que disponían de riquezas a las cuales no daban valor, como el oro.
Todos los países que participaron en la esclavitud tienen una deuda con
los africanos porque les arrebataron a sus hijos y se los llevaron a
América. Fue el comercio triangular el que echó las bases de la
industrialización. Nosotros les hemos colonizado, son ustedes los que
han ido a buscar riqueza a nuestra tierra. Pero ustedes vinieron
primero y entraron en nuestra casa ilícitamente.
P.- ¿Qué debe ocurrir para que las relaciones con África sean más
justas?
R.- Hay que mirar al sur. Y para eso, para que estas relaciones
cambien, hace falta que el europeo medio, en su apreciación del estado
del mundo, se pregunte: "¿Por qué yo soy rico y el otro no? Si no somos
arrogantes y pensamos que todos somos semejantes pese al color de la
piel, ¿cómo puede ser que nosotros sigamos siendo ricos? ¿Acaso trabajo
más? ¿Se debe a que nací con suerte?". Esas son las preguntas que hay
que plantearse. Y hoy la esperanza viene del hecho de que no hay una
Europa, sino varias. Está la Europa de los intereses multinacionales y
está la de los pueblos. Creo que el pueblo es perfectamente capaz de
comprender que el planeta es un único barco. Y que si hay una primera
clase que tiene derecho a todo mientras que otras personas están en la
bodega, el barco terminará hundiéndose.
P.- Pero, ¿cómo se materializa esa actitud en las relaciones de poder?
R.- Cancelando la deuda. Y no decimos que sin condiciones, pero hay que
cancelar la deuda favoreciendo que aparezca una nueva conciencia social
y política en África para que localmente la gente, en vez de emigrar,
tenga el derecho y la posibilidad de interrogar a sus dirigentes.
P.- La deuda externa es un lastre endémico del que nadie parece
recordar las causas. ¿Puede recordarnos usted el por qué de la deuda?
R.- La deuda se produce cuando un país no puede comprar con sus divisas
y necesita dólares para subsistir. Cuando las administraciones
coloniales abandonaron África, nos hicieron creer que la única forma de
desarrollo posible era producir para la exportación. Pero las potencias
dejaron de comprar nuestros productos a un precio justo. Durante una
época sí lo hicieron, y por eso un país como Costa de Marfil pudo
conocer el desarrollo y una cierta prosperidad. Con la nueva situación
nos vemos obligados a pedir préstamos a los mismos que nos vendían
fábricas obsoletas a sabiendas de que dentro de pocos años no
encontraremos repuestos. No eran los africanos los que iban en busca de
dinero, sino los vendedores de dinero los que llegaban con sus 'cheques
en blanco'. Así nos hicieron tres veces dependientes: de los capitales,
de la tecnología y de los expertos. Y con la crisis de los países
latinoamericanos, en los 80 la deuda entra en la danza de unas
políticas impuestas a todos los países. Los llamados 'programas de reajuste estructural', que
consisten en decirnos: "Vuestro nivel de independencia ya no os permite
seguir haciendo esto. Vamos a explicaros lo que hay que hacer". A
partir de este momento, invertir en el ser humano se volvió secundario
y África quedó arrinconada.
P.- ¿Y qué tienen que hacer los países africanos según esos dictados?
R.- Cada dirigente tiene que hacer frente a la deuda con reformas
económicas. No hay políticas económicas nacionales autónomas. El FMI,
el Banco Mundial y la comunidad internacional se han puesto de acuerdo
para que se privaticen todas las fábricas en nombre de la
globalización. Las empresas públicas, que se vendieron a precio de
saldo, se han convertido en empresas privadas con unos modos de
funcionamiento que no permiten dar trabajo a los jóvenes. Pero el
sector privado no existe porque no tenemos mercado.
P.- ¿Qué les impide competir en el sector agrícola?
R.- Le voy a poner el ejemplo de Malí. Hace años Francia decide que mi
país va a dedicarse al algodón. Así que no nos prestan dinero para
desarrollar nuestro nivel de vida, pero sí para lo que interesa al
mercado mundial: el algodón. Malí lo apostó todo pensando que iba a
tener divisas para reembolsar la deuda y se convirtió en el mayor
productor del mundo. Pero Malí no decide el precio y Europa y Estados
Unidos subvencionan su algodón para no tener problemas con sus propios
agricultores. No podemos competir. Y mientras Europa habla de
globalización y subvenciona a su agricultura, Malí ha dejado de
producir mangos y tomates que podrían dar de comer a su gente porque el
mercado ha decidido que comamos algodón.
P.- ¿Y qué ocurre con la corrupción de sus gobiernos? ¿Dónde queda su
responsabilidad?
R.- África no tiene el monopolio de la corrupción, pero es fácil
esconderse detrás de ella para no liberar recursos que los pueblos
necesitan. Cuando yo era niña la mayoría de los dirigentes no eran
corruptos. Procedían de la docencia y tenían un verdadero interés por
su país. Pero fueron ferozmente combatidos por los europeos porque
pensaban que eran satélites de la Unión Soviética y premiaron a los
militares golpistas que les sustituyeron. Hoy los dirigentes son
corruptos porque Washington y Bruselas les dan instrucciones y les
piden cuentas para que no permitan al pueblo africano organizarse y
gestionarse.
P.- ¿Cuál sería el papel de África en un mundo global?
R.- África no es pobre y tiene su dignidad. Los occidentales saben que
pueden saquear, acusar y ridiculizar a los africanos. No les cuesta
nada. Tienen medios de comunicación poderosos que difunden la imagen de
una África decrépita que no sale adelante. Y la verdad es que podría si
le tendiera la mano. La creatividad es nuestra esperanza, incluida la
creatividad política. Cuando vemos los desastres de hoy, las proezas
tecnológicas, pero también los daños que producen las tecnologías, nos
damos cuenta, una vez más, de que África previsosee unos valores
sociales y culturales que pueden salvar el mundo. Pero con la condición
de que dejen de machacarnos, de humillarnos.