| EL REINO DEL REVÉS |
25 de febrero del 2004 |
Daniel De Santis
Rebelión
Es una verdad que no necesita demostración, la de que el movimiento revolucionario en la Argentina no ha logrado estructurar ni siquiera una pequeña organización política revolucionaria. Por otro lado observamos que un mal que afecta a gran parte de la izquierda reformista argentina, aún y más todavía a aquella parte de la misma que tiene una verborrea combativa, es que se sitúa ante la realidad como si estuviera viviendo en Rusia entre los años 1901 y 1917, incluso sin aceptar todas las tareas que de semejante situación se desprenderían.
Estos hechos, dramáticos de por sí, nos obligan a realizar algunas reflexiones que vayan más allá del simple consignismo de izquierda y pasemos a analizar la realidad tal cual se presenta y, poder así, esbozar lineamientos generales que nos aproximen a un proceso de acumulación de fuerzas revolucionarias.
Vamos a partir del mismo enfoque que llevó al PRT a definir su estrategia de guerra revolucionaria en 1968.
El Partido Revolucionario de los Trabajadores, en febrero de 1968, iniciaba las resoluciones de su IV Congreso aplicado una cuestión metodológica, se formulaba preguntas de orden general para luego pasar a considerar lo particular.
Decía así:
"Comencemos por el principio: ¿cuáles son los requisitos generales que todo marxista revolucionario debe exigir cuando se consideran los problemas de la estrategia de poder y de lucha armada?
1) En primer lugar debemos hacer un análisis de la situación económica capitalista mundial y de la lucha revolucionaria internacional, teniendo en cuenta que la revolución socialista es internacional por su contenido y nacional por su forma. Debemos pasar luego a efectuar un análisis de la situación económica y de la lucha revolucionaria en la región y el país, tomando en cuenta el desarrollo de las fuerzas productivas que nos permitirá tener un primer criterio para establecer las posibilidades de una "verdadera" revolución (si el capitalismo aún puede desarrollar o no las fuerzas productivas), la existencia o no de clases revolucionarias, la relación entre la superestructura política y la estructura social, el desarrollo desigual de la economía y las fuerzas revolucionarias país a país, región a región, etc.; y las posibles combinaciones concretas de factores tanto económicos como políticos, etc.
Este análisis nos permite establecer: a) las posibilidades de desarrollo de la revolución y su ritmo desigual en las distintas regiones del mundo y en el país, b) cuál es la clase revolucionaria y sus posibles aliados, c) cuál es la combinación específica de tareas y consignas de la revolución en sus distintas etapas (tareas democráticas, socialistas, nacionalistas, etc.) para cada región y país.
2) En segundo lugar debemos hacer un análisis de la relación de fuerzas entre las clases. Debemos ver el grado de organización y cohesión de las fuerzas sociales contrarrevolucionarias, la complejidad y nivel de su Estado, el desarrollo de la técnica militar y el ejército, sus contradicciones internas, tanto en el orden nacional como internacional. Debemos ver también el grado de organización y fuerza de las clases revolucionarias, su experiencia y conciencia revolucionaria, si han logrado construir un sólido partido revolucionario, si han logrado desarrollar una fuerza militar y las características de esta fuerza (si es poderosa o débil, etc.). Este segundo aspecto, -respecto al cual en general hemos tenido una actitud superficial-, en combinación con el primero nos permitirá establecer: a) la dinámica futura de la lucha revolucionaria (si será corta o prolongada, si será una guerra nacional o civil o una combinación de ambas, las características que adquirirá la lucha en cada período de acuerdo a las formas específicas de lucha de cada clase y a la relación de fuerzas existente). Es muy importante este análisis ya que de él dependen las tareas y la política que nos demos en cada etapa y nos permite establecer las características de ésta y su estrategia (defensiva u ofensiva, de lucha armada parcial o generalizada, etc.) teniendo en cuenta no sólo las necesidades de la etapa actual, sino la preparación de nuestras fuerzas para la que le sigue; b) las condiciones concretas para la victoria de la revolución que varían de país a país y difieren en cada época histórica.
Resumiendo: para establecer las bases de una estrategia de poder debemos considerar las condiciones que abarcan la situación económica, política y militar de conjunto: en el mundo, en el continente, en la región y en el país. Del estudio de la situación de conjunto podemos formarnos una idea clara de las etapas y fases de la guerra revolucionaria, de las tareas principales y secundarias en cada etapa, de su duración aproximada, de sus características políticas y militares y de la forma y condiciones en que se producirá la toma del poder por la revolución. Todo este conjunto es lo que denominamos estrategia de poder político y militar".
Recordemos que el capitalismo a nivel mundial vivía una etapa de agotamiento de la onda larga expansiva de la económica iniciada por el keynesianismo y el "new deal" (mal llamados del estado benefactor), de la explosión de las fuerzas productivas de la segunda pos guerra y de los dorados años 50. El campo socialista se había ampliado y consolidado luego de la segunda guerra, se había completado el proceso de descolonización del África, en Vietnam el Partido de los Trabajadores y el Ejército del Pueblo realizaban la gran ofensiva del año nuevo lunar acorralando a las tropas yanquis invasoras. En América Latina la Revolución Cubana había sacudido las conciencias de nuestros pueblos y éstos daban nacimiento a un nuevo movimiento revolucionario a lo largo y a lo ancho de todo el Continente. En nuestro país el capitalismo soportaba una crisis coyuntural montado sobre una ya crisis crónica, en el plano político se vivía bajo una dictadura militar que se mantenía, de hecho, desde 1955 con el resultado de una marcada ilegalidad política de los partidos burgueses y que se extendía a todo el sistema de dominación. En cuanto a las masas, entre ellas, en particular en la clase obrera industrial de las grandes fábricas, se estaba gestando un nuevo auge con características distintas a todos los anteriores, el nuevo auge tendría un contenido que avanzaría hacia la revolución y el socialismo; estos análisis fueron confirmados por el surgimiento de la CGT de los Argentinos y su programa del 1º de mayo de 1968 y por las gestas insurreccionales de 1969 conocidas como el Cordobazo y el Rosariazo.
Es muy importante destacar que se conjugaban, tanto en el orden internacional, como continental y nacional una crisis económica con una crisis política, junto al fortalecimiento de la conciencia y de la organización del movimiento de masas. Toda esta situación se expresaba en un estado de ánimo de ofensiva y las conciencias estaban listas para que la vanguardia iniciara la lucha armada revolucionaria, es más, quienes no lo hicieron quedaron al margen del movimiento de masas.
A partir de mediados de la década de 1970 la situación comenzó a cambiar, el imperialismo encontró respuesta al estancamiento de las fuerzas productivas vía el neoliberalismo, este auge económico propulsado por el capital financiero, principalmente especulativo, logró desdibujar el papel de la clase obrera, la revolución retrocedió en todo el mundo y en nuestra América cayó el Comandante Guevara y, salvo algunos éxitos parciales y limitados en el tiempo como en Chile, Nicaragua y Grenada, la revolución fue derrotada, se instauraron sangrientas dictaduras militares y, como culminación de este retroceso, a nivel mundial se produjo la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. En nuestro país este período tuvo el rostro sangriento de la dictadura terrorista, un breve paréntesis en el primer año y medio del gobierno de Alfonsín, para retomar el rumbo siniestro de los 10 años de entrega económica y política de Menem con su componente más difícil de revertir, la descomposición moral de grandes sectores de la sociedad y con cinco millones de trabajadores empujados al desempleo. Política continuada dos años más por De la Rúa y Álvarez hasta los históricos combates de masas del 19 y 20 de diciembre de 2001. En el plano económico internacional a partir de la crisis del "tequila" la economía mundial comenzó a tener problemas y en la Argentina se vivió entre 1997 y 2003 la mayor crisis de nuestra historia, superando en duración y en profundidad a la iniciada en 1929.
A diferencia del período antes analizado, no se conjugaron la crisis económica, la política y el fortalecimiento ideológico y organizativo del movimiento de masas. La crisis económica más grave no trajo como consecuencia la revolución social como en un enfoque economicista hubiese sido previsible. En ningún momento la lucha armada revolucionaria fue una tarea que tuviera vigencia política. Esta afirmación queda demostrada, entre otros muchos hechos, por que todos aquellos compañeros que la llevaron adelante y fueron detectados sufrieron el mayor aislamiento político. ¿Quién puede dudar de la justicia del intento de ajusticiamiento de médico torturador Vergés? Pero justicia y política, aún la revolucionaria, no son lo mismo. Más adelante criticamos duramente a los que empuñaron demagógicamente el discurso armado. A los compañeros que fueron consecuentes con sus análisis los respetamos y valoramos, aunque no podemos dejar de indicar que no era la tarea de la etapa.
Un análisis similar al que ahora estamos haciendo nos llevó, sólo dos días después de producido, a caracterizar la situación política iniciada con el levantamiento popular del 19 y 20 de diciembre de la siguiente forma:
"Una primera conclusión, o mejor dicho acercamiento intuitivo, es que los hechos de esta última semana van a significar una mutación en la conciencia de nuestro pueblo. Dentro de algunos meses y con más claridad dentro de algunos años seguramente hablaremos de un antes y un después del 19 y 20 de diciembre de 2001. En esos días quedó en claro que, pese al retroceso en la conciencia verificado en los últimos 25 años, en el pueblo ha comenzado a renacer la dignidad".
Y unos días después precisábamos que:
"No fue ni un febrero de 1917, ni un nuevo Cordobazo. Las conciencias de los sectores más avanzados de las masas no estaban pensando en el socialismo como en aquellas gestas. La vanguardia social comenzaba a sacudirse el tremendo peso del individualismo burgués, el temor por el telegrama de despido, la apatía por la sucesión de frustraciones producto de seguir a dirigentes burgueses como Alfonsín y Menem, y pequeñoburgueses como Álvarez y su cohorte. La persistencia de la crisis económica y estas frustraciones, más la incipiente organización y experiencia, llevó a amplios sectores de nuestro pueblo a renegar de la democracia burguesa, pero no a suplantarla en su conciencia por la necesidad de una revolución social; sino que continuó moviéndose dentro de los marcos de las reivindicaciones democráticas. Pero su democratismo era un democratismo consecuente expresado en la consigna "que se vayan todos y que no quede ni uno solo". De allí su importancia y su potencialidad. Para poder sintetizar el contenido de estas jornadas tuvimos la necesidad de crear una nueva categoría. Dijimos: fue un movimiento democrático en contra de la democracia burguesa. La izquierda, principalmente trotskista, no comprendió esto y creyó estar a las puertas de una revolución socialista. Otros, como el PCR, inicialmente no le dieron toda la importancia que merecía. Estos errores contribuyeron a que el movimiento no desplegara toda su potencialidad".
Desde esos días hasta el 26 de junio de 2002 el pueblo movilizado, y en particular los sectores nucleados en las organizaciones piqueteras y en las asambleas populares, mantuvieron la iniciativa política. La burguesía no encontraba la forma de encausar la situación dentro de los marcos institucionales. Recordemos que hasta políticos reformistas y burgueses mantenían una posición beligerante al promover elecciones en forma inmediata. Tuvieron que montar la provocación del 26 de junio en el puente Pueyrredón, en la que reprimieron y balearon a los manifestantes con el trágico saldo de dos muertos en las filas populares: Allí ofrendaron sus vidas, heroicamente, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. No fue una circunstancia desgraciada ni casual, fue una acción pensada y planificada por el Gobierno de Duhalde, en connivencia con el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires encabezado por Solá. Este hecho modificó la situación política.
El objetivo de máxima del Gobierno Duhalde era desalojar al pueblo de las calles y canalizar la situación hacia una salida electoral totalmente controlada por el PJ. La inmediata, masiva y contundente respuesta a la contraofensiva derechista frenó en seco el intento de desalojar al pueblo de las calles del país
La izquierda, tanto la reformista como la revolucionarista, que ya estaba profundamente confundida pensando, aunque con matices, que se encontraba ante un auge revolucionario por el socialismo, perdió completamente el rumbo al no aceptar los resultados de la maniobra burguesa. Ésta a partir del 26 de junio consolidó el control de la situación y delineó el terreno de la lucha de clases.
Era correcto exigir elecciones libres y democráticas antes del 26, porque hubiese permitido un gran avance de la organización y sobre todo de la conciencia de las masas. Hubiese permitido el surgimiento, con fuerza, de una nueva identidad política de masas. Pero aún en el nuevo contexto era correcto y necesario la presentación de candidaturas populares y de izquierda, además teníamos el candidato que llegó a estar primero en las encuestas. Miles de militantes y no militantes nos acercamos a Zamora para que encabezara un amplio espacio de unidad popular. Este no quiso, renunció a ser candidato presidencial profundizando mucho más el retroceso logrado por la maniobra represiva de la burguesía. Las Asambleas Populares hubiesen encontrado como un objetivo natural discutir el programa de gobierno de ese enorme espacio popular y democrático.
Otro aspecto, y no menor, que se puede leer con claridad en toda la etapa abierta con el fin de la dictadura es que las masas repudian la violencia venga de dónde viniere. Durante el gobierno de Alfonsín las movilizaciones contra las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y otras marchas por los Derechos Humanos fueron tan masivas como las grandes concentraciones de la CGT encabezadas por Ubaldini. El detonante de las movilizaciones del 19 y 20 de diciembre de 2001 no fue el corralito, como a veces se indica, sino el discurso de De la Rúa anunciando el Estado de Sitio. Y más recientemente fue muy evidente cómo la propaganda burguesa logró enfrentar a la población con los piqueteros, "causantes de la violencia", inmediatamente después de los hechos del 26 de junio. Y cuando la mentira propagandística quedó al descubierto y la población comprendió que los causantes de la violencia y los asesinos estaban del lado de las fuerzas represivas, la opinión pública modificó inmediata y masivamente sus opiniones. En ambos casos repudiaban a los violentos, primero engañada, a los piqueteros, luego, al saber la verdad, a los represores.
Aquí me voy a permitir hacer un largo paréntesis para explicar lo que entiendo como la tarea central del movimiento revolucionario en esta etapa. Apelo para ello a la segunda parte de mi intervención en el acto del 23 de diciembre de 2003 en homenaje a los compañeros de Monte Chingolo:
"Compañeros, ¿Yo les estoy proponiendo que vayamos a tomar un cuartel? ¿Yo les estoy proponiendo que es la hora de tomar las armas? No. Yo les estoy diciendo que es la hora de organizarnos, de prepararnos para reiniciar la lucha por el poder con la misma determinación que lo hicieron nuestros hermanos hace 28 años. Pero para lograr nuestros objetivos tenemos que ser millones, no alcanza con la bronca de algunos cientos o de varios miles.
Entonces, a todas las tareas de organización tenemos que agregarle una muy importante, aprender a disputarle la conciencia de los hombres y mujeres del pueblo a la burguesía, esa es la lucha fundamental en este momento. Hoy aquí somos trescientos compañeros, cada uno de nosotros debe acercarse a su vecino, a su compañero de trabajo o de estudio, a su amigo y convencerlo de lo que nosotros ya estamos convencidos, y para lograrlo tenemos que partir de su nivel de conciencia y no de nuestro estado de ánimo, porque nosotros ya estamos convencidos y si vamos con toda la bronca que tenemos por todas las injusticias quizás el compañero no nos comprenda y no nos acompañe. Entonces tenemos que aprender a ser maestros de nuestros compañeros, y para eso es bueno no olvidarse de cómo pensábamos nosotros antes de estar concientizados de la necesidad de la revolución. Entonces así encontraremos la paciencia necesaria, las palabras adecuadas, las propuestas justas y mañana seremos miles y esos miles serán nuevos educadores de su pueblo para pasar a ser cientos de miles y, luego, millones. Nuestras propuestas, nuestras ideas deben lograr enderezar la voluntad del 75 o quizás del 80 % de la población detrás del objetivo revolucionario.
Nuestra lucha no debe ser sólo por objetivos aislados: un bolsón de comida, un plan trabajar, un puesto de trabajo, un salario justo, o una salita y una calle de asfalto, o agua potable y cloacas para el barrio. Tenemos que pelear por eso y por mucho más. Pero además nos tenemos que preparar para ser poder, para saber y poder gobernar este país. Tenemos que prepararnos para dirigir la economía, la salud y la educación, para organizar al pueblo en su participación en una democracia directa, tenemos que aprender a defender ese poder conquistado. En síntesis, tenemos que prepararnos para sustituir el poder de la burguesía y el imperialismo por el poder del pueblo revolucionario.
La disputa de la conciencia de las masas es una lucha ideológica, pero en cierto punto comienza a ser una lucha política, es parte de la lucha política. Entonces tenemos que aprender a hacer política, de la buena, la nuestra, una política revolucionaria. En la izquierda argentina no sabemos hacer política, pasamos de la lucha reivindicativa a la lucha ideológica y nos salteamos, porque no sabemos y porque no tenemos fuerza suficiente, la lucha política.
Y, ¿qué es la lucha política
Nuestros compañeros, a quiénes hoy estamos recordando, estaban aprendiendo a hacer política a disputarles espacios de poder a la burguesía. Eso también hemos perdido en estos años y tenemos que recuperarlo. Y la política no se hace siempre en el terreno que nosotros elijamos. El terreno de la lucha política, las más de las veces, lo elige el que tiene más poder, en este caso la burguesía, si no aceptamos esta parte de la verdad no aprenderemos a desarrollar la lucha política de la clase obrera y del pueblo. A veces podremos, con inteligencia y audacia, determinar el terreno de esa lucha, pero, repito, las más de las veces el más fuerte elige el terreno de la lucha, es por ello que las fuerzas revolucionarias deben desarrollar la astucia.
Nos han arrebatado la idea de que nosotros, el pueblo, los que trabajamos con nuestras manos, los que hacemos todos los bienes que se ven sobre la tierra, los que hemos sido empujados a la pobreza, a todos nosotros nos han arrebatado la idea de que tenemos derecho al disfrute de los avances de la técnica, a la idea de ser feliz en nuestra vida cotidiana. Compañeros, nosotros también tenemos derechos, nuestros chicos también tienen derecho a jugar en libertad, a tener algo más que un plato de comida, tenemos que soñar con un mundo en el que el pueblo alcance la felicidad colectiva y ese mundo hasta ahora se llamó un mundo socialista, un mundo constituido y construido por hombres y mujeres con una nueva conciencia solidaria y socialista. Ese mundo es por el que lucharon y murieron nuestros compañeros".
Luego del Cordobazo, que posibilitó que las masas y las fuerzas populares tomaran la ofensiva política, la lucha armada se puso a la orden del día como la tarea central en la estrategia de poder revolucionaria. ¿Qué significaba esto? Que había que desarrollar todas las formas de lucha y las más variadas formas de organización pero que, en última instancia, la actividad rectora de la estrategia, la que permitía la síntesis de todas las demás era, sin lugar a dudas, la lucha armada revolucionaria con carácter ofensivo.
La izquierda reformista calificó sin fundamento alguno, por supuesto, a la lucha revolucionaria como foquismo, mesianismo, y a los militantes que la desarrollaban como pequeños burgueses desesperados, agentes del imperialismo, etc., etc.
Si hoy no está planteada la lucha armada revolucionaria con carácter ofensivo como en los 70, nos debemos preguntar: ¿En qué momento las fuerzas populares confrontan su proyecto con el de la burguesía? ¿Cuándo le dicen al pueblo cuál es su programa? ¿ Cómo van conformando una identidad política de la cual el pueblo pueda sentirse parte?
Veamos unos ejemplos:
En El Salvador, durante décadas, se desarrolló la lucha armada revolucionaria y, a principios de la década de 1980, las diferentes organizaciones de vanguardia fundaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el Frente Democrático Revolucionario, por su parte las distintas organizaciones de masas se unieron en la Coordinadora Revolucionaria de Masas, de esta manera y empujadas por un potente auge de masas las fuerzas populares y revolucionarias pasaron a la ofensiva general. La potencialidad de las masas y la fortaleza de la vanguardia no se convirtió en un triunfo revolucionario porque la situación internacional era cada vez más desfavorable. La culminación de este proceso de lucha terminó en un virtual empate con las fuerzas reaccionarias y la más que pésima situación internacional impuso un armisticio. Pero las fuerzas populares no se rindieron, no dejaron de luchar, sino que el teatro del enfrentamiento de clases pasó de la lucha armada al terreno electoral. Como consecuencia tanto la izquierda como la derecha se organizaron en partidos políticos electorales. En la actualidad el Frente Farabundo Martí es una fuerza de primera magnitud en la política salvadoreña y en las próximas elecciones tiene posibilidades de alcanzar el gobierno.
Algo similar ocurre en Nicaragua. El Frente Sandinista condujo al triunfo de la insurrección popular, se conformó en Gobierno Revolucionario, el imperialismo impulsó la guerra contrarrevolucionaria, el Frente llamó a elecciones, primero las ganó y luego, desgastado por la guerra y la difícil situación económica perdió en tres oportunidades, pero manteniendo una adhesión del más del 40 % de la población. También aquí la lucha de clases se dirime, en esta etapa, a través de la lucha electoral.
En el Uruguay los hermanos Tupamaros fueron diezmados por la dictadura que asoló al pueblo oriental durante más de una década. Los Tupas se dividieron en tantos o más pedazos que el PRT y que otras fuerzas revolucionarias, pero cuando salió en libertad su dirección, que pese a los terribles sufrimientos estaba viva, se unieron y merced a un paciente trabajo entre las masas se fueron convirtiendo en una importante organización política al punto que el año pasado ganaron las elecciones internas del Frente Amplio, que es la primara fuerza del país y en las próximas elecciones puede batir a las dos fuerzas tradicionales de la burguesía unidas.
En tanto que en Bolivia el Movimiento al Socialismo conducido por Evo Morales, que contiene un su seno una fuerte corriente del guevarismo, es una fuerza política de mucha importancia. Uno de los hermanos del Inti y del Coco Peredo es diputado por esta organización.
En el gigante del norte, Brasil, aunque siguiendo un curso diferente también encontramos una importante fuente de enseñanzas. Por un lado está el Partido de los Trabajadores que ha ganado las elecciones pero todos sabemos que no está realizando las transformaciones que eran de esperar. Mientras que el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra avanza sin pausa en la organización del campesinado y a su alrededor se organizan los sin techo. El MST ha logrado combinar tres aspectos de la construcción que aquí en la Argentina parecen excluyentes: la más estricta formación ideológica de sus militantes en el marxismo revolucionario, una gran flexibilidad política que se expresa en su "discurso" y en el activo apoyo táctico que le dio al PT en las últimas elecciones y, en tercer lugar, una alta combatividad en las acciones que emprende después de una paciente preparación.
No del mismo tipo, pero sí ejemplificador de la política que estamos proponiendo es el caso de Venezuela. Veámoslo de la siguiente forma para que nos hagamos entender. Una fuerza política muy radicalizada de Argentina reniega de las elecciones, dice no tener simpatías por ningún sector militar pero cuando se encuentra que un General
Por otro lado están los viejos argumentos del leninismo con relación a la importancia de la participación de las fuerzas revolucionarias en los parlamentos burgueses, que no vamos a repetir ahora, los que se pueden leer en El izquierdismo enfermedad infantil en el comunismo, o las enseñanzas de Santucho ante las elecciones de 1973. Pero estos argumentos son para otras etapas políticas, de ofensiva general revolucionaria.
Curiosa ideología la de algunos grupos de izquierda que se oponen a que el pueblo vote, cuando el sufragio universal ha sido una conquista de la izquierda. Curiosa ideología la de esta izquierda que vocifera clamando por la violencia cuando el pueblo la repudia y los burgueses son los que la utilizan. Los que violan la propia legalidad burguesa, impidiendo votar, son los propios burgueses. Los que violan sistemáticamente el discurso demagógico de la paz social y utilizan masivamente la violencia y el terrorismo contra el pueblo son los burgueses y los imperialistas. Nosotros estamos por la democracia y cuanto más profunda mejor y somos pacíficos, el pueblo es democrático y pacífico. Curiosa ideología la de esa izquierda que clama por no votar y por la violencia. Más que socialistas parecen fascistas. ¡ Cómo los va a querer el pueblo! Pero nosotros comprendemos que en realidad, estos compañeros, confunden la ideología con la política. Por la ideología nosotros sabemos que la burguesía es insaciable, y que en su afán de ganancia no repara en medios para aumentarla. Entonces, enceguecida por el signo dólares, ante el peligro de no poder aumentarla, en las crisis, violan sistemáticamente su democracia y utilizan masivamente la violencia contra el pueblo. Es en ese momento cuando el pueblo toma conciencia que no le queda otro camino que armarse para resistir y es en esas coyunturas políticas en las que los revolucionarios nos ponemos al frente de esas tareas, para que además de resistir logremos vencer.
En este momento en que el actual presidente cuenta con un alto porcentaje de apoyo y que, por lo menos, podemos decir que es distinto que los anteriores, que no apoya la violencia contra las masas (decimos que no apoya por que sabemos que el estado capitalista se asienta en la coerción y en la fuerza y además que hay otros actores políticos en el poder que si apoyan y utilizan la violencia), llamar a la lucha armada y a la violencia popular es por lo menos tremendamente equivocado
En conclusión, si hoy las fuerzas revolucionarias no se preparan para ser una alternativa también y principalmente en el plano electoral están desertando de la lucha por el poder, se ubican en el terreno del reformismo verborrágicamente armado. No debemos prestar oído a aquellos que en forma más que oportunista, durante 20 años ¡veinte años es mucho tiempo!, han justificado su existencia corriendo por izquierda, con mucho tiroteo de palabra y ninguna acción práctica, a los verdaderos revolucionarios.
Y lo anterior en el mejor de los casos, ya que hay prácticas peores, nosotros somos testigos de la existencia de grupos que han planificado empuñar el discurso de la lucha armada para socavar otras organizaciones y melonear a sus militantes más débiles, mostrándose como más de izquierda, como más revolucionarios. Luego de logrado el pase de algún militante, y mejor si han dañado a la otra organización, realizan el consabido festejo y envaselinan el discurso militarista. ¡Compañeros: mentir es siempre contrarrevolucionario!, en los setenta, en los noventa, ahora y también mañana. Alguien nos podría decir que esto es entrar en cuestiones de detalle, que no hacen a la gran política. No compañeros, en la Argentina actual la descomposición ética no está sólo en la gran burguesía y sus representantes, este tipo de actitudes y otras del mismo contenido son moneda corriente en fuerzas que dicen representar el futuro de la humanidad. El Che decía que "el socialismo como sistema de reparto no me interesa sino es capaz de cambiar al hombre". Entonces, como mínimo, este tipo de políticas no son guevaristas, no son revolucionarias.
¿Lo que estamos proponiendo significa que nos hemos pasado el reformismo y al electoralismo? De ninguna manera. Debemos impulsar y construir las más variadas formas de lucha y de organización. Es necesaria la organización política de vanguardia y la organización política de masas, además de buscar la unidad de todas las fuerzas populares en un gran frente político de masas. En el plano de la reivindicación económica hay que luchar en el sindicato por nuevas formas de organización y participación desde las bases, en las organizaciones de trabajadores desocupados buscando su unidad, en los barrios y villas promover todo tipo de organizaciones y emprendimientos productivos.
Vamos a poner un ejemplo de lo que estamos proponiendo que ayude a disipar falsas y mal interesadas interpretaciones. Los que hacen demagogia con la lucha armada confunden a esta con la autodefensa de masas, en algunos casos por desconocimiento y en otros por ese tipo de "picardías" que decíamos antes. La autodefensa de masas, al contrario que la lucha armada, no necesita para tener vigencia de una situación de auge y de la existencia de una dictadura militar para llevarla adelante sino que, debe hacerse, en principio, siempre. ¿Para que sirve la autodefensa de masas? Justamente para lo que su nombre indica. Si, como en muchas provincias y regiones de una provincia, las fuerzas represivas se muestran particularmente agresivas con las movilizaciones populares hay que responderles, con efectividad, en el terreno que ellos creen que es de su exclusividad. Pero lo que no debe ser la autodefensa es un discurso para esgrimir dialécticamente en una discusión, para melonear militantes. Por el contrario se debe organizar con todas las medidas de conspiratividad y también de efectividad para que, llegado el momento, actúe con eficacia.
Antes de terminar, una cosa más. Se puede argumentar que la participación en la lucha electoral ejerce una presión reformista sobre la organización, sobre los militantes y sobre las masas. ¡Pues tienen razón! Pero, acaso, la lucha política revolucionaria es un paseo por un campo de rosas. También el reformismo argumentaba en los 60 y 70 que si entrabas a la lucha armada te podían herir, encarcelar o matar (desaparecer no se conocía). Era el riesgo de aquel momento, hoy el riesgo que se corre es caer en el reformismo. Ante esta dificultad tenemos que tener la misma actitud que los jóvenes de hace tres décadas y aceptar el desafío que nos impone la lucha de clases y prepararnos lo mejor posible para salir victoriosos.
(*) Daniel de Santis es ex-dirigente del PRT-ERP, autor de "A Vencer o Morir. PRT- ERP. Documentos", (2 tomos, Editorial EuDeBa), actualmente docente en la UNLP y coordinador de la Cátedra Ernesto Che Guevara de la ciudad de La Plata (Argentina)