| EL REINO DEL REVÉS |
5 de april del 2004 |
Sebastián Hacher
Indymedia Argentina
Diez días atrás, Axel Blumberg, hijo de la clase media alta argentina, fue
ejecutado a sangre fría por delincuentes que gozan de complicidad
policial. El jueves pasado, miles de personas -entre 80.000 y 200.000-
salieron a la calle para exigir castigo a sus asesinos y mayor seguridad.
Según los medios, se trató de una movilización espontánea de
la "ciudadanía decente". Ese fue el calificativo que utilizó el padre de
Axel, y que el diario La Nación eligió para relatar los hechos en forma lo
más épica posible.
Lo de "decente" no es casual, y tiene un alto contenido de clase; los
grandes protagonistas de la jornada fueron familias de clase media alta,
venidas desde San Isidro, Martinez, La Horqueta o Barrio Norte.
Participaron señoras de celular, hombres de traje o camisa Lacoste, junto
a jóvenes y estudiantes de escuelas bilingües. Los del Instituto Goethe,
por ejemplo, vinieron desde Martinez con remeras con la cara de Axel,
organizados por los preceptores que portaban banderas para "que nadie se
pierda en la multitud".
También estuvieron varios familiares de víctimas del gatillo fácil
policial, algunos de los cuales se retiraron, junto a los representantes de
las diferentes religiones, al ver el carácter que tomaba la concentración.
"Hay que meterlos a todos presos, acá no diferenciamos; si hay policías
que son delincuentes también tienen que estar en la cárcel", me decía una
señora sobre el final de concentración, intentando explicar que
significaba pedir "derechos humanos para la sociedad, no para los
delincuentes".
Otros entendieron el concepto de diferentes formas. ¡Pena de muerte!,
gritaba un grupo que intentaba contagiar a la multitud. ¡Inútiles! decía
una señora muy bronceada, tratando de hacer un altavoz con las manos. ¡Que
se vaya Sola! contestaba otra voz solitaria. "¡Kirchner da la cara!",
arengaba otro mientras la multitud silbaba mirando al balcón de la Casa
Rosada o repetía entre aplausos la palabra "seguridad".
También estaba, en todas partes, el dolor. Se graficaba en las velas que,
abrazadas en un llanto de cera, eran plantadas una cerca de la otra en el
borde de las vallas, o se sostenían en manos finas que buscaban la forma de
no quemarse. O en las fotos, nombres y remeras pintadas con las miradas
de seres perdidos en la vorágine de violencia urbana.
"Que bajen la edad de imputabilidad significa eso; que los que cometan
delitos vayan a la cárcel, sin importar cuantos años que tengan", me
intentaba explicar la señora rabiosamente rubia, armada con una radio
portátil para no perderse detalle de la movilización.
Miedo, policías y televisión
¿Fue la del jueves una marcha de derecha?. Eso opinan muchos, y no pocos
festejan esa caracterización.
Pero quizás haga falta pensarla con categorías mas rudimentarias que los
términos derecha e izquierda, porque la del jueves fue una movilización
protagonizada, básicamente, por el miedo.
Un miedo encarnado en la clase media, en los exponentes de la "gente
decente" que sienten no tener control sobre sus vidas y sus cuerpos. Que
perciben su invidualidad amenazada, presa en jardines con rejas, rodeada
de seguridad privada, sistemas de alarmas, barrios cerrados y celular
siempre a mano.
Miedo de no saber en quién confiar; porque la policía -"nosotros les
pagamos el sueldo" repetía la señora- es el ente regulador del delito la
mayoría de las veces, y entonces -me explicaba mi interlocutora
histéricametne rubia- hay que "educarla mejor y pagarles mejores sueldos".
Miedo porque detrás de todo parece estar la interna del Partido
Justicialista, vomitando sangre desde su laberinto de corrupción, punteros
y mafias organizadas.
Miedo, también, que siente el almacenero enrejado, el quiosquero que cierra
temprano, el taxista que huye de las calles oscuras, el oficinista que
mira hacia ambos lados antes de abrir la puerta del cajero para sacar su
sueldo. Y doble miedo de ese señor morocho que fue a la marcha, y que
sintió la necesidad de aclarar frente a las cámaras que "yo vivo en una
villa, pero..:", sabiéndose sospechoso natural por su condición de villero.
Para decirlo claramente: un miedo que en otras épocas fue instrumentalizado
por el "no te metás", que sirvió de combustible para que en este país se
asesinaran a 30.000 personas. Y que hoy quiere ser capitalizado por los
Hadad y compañía, cuyo proyecto político es la continuidad mas descarnada
de aquellos años.
Elque se expresó esta vez fue un miedo potenciado, distribuido y
auspiciado por Radio 10 y Canal 9. No fue una marcha espontánea, o no por
lo menos no lo fue en su resultado; desde la convocatoria de la familia
Blumberg, todo el arco derechista de la prensa reforzó su campaña del
terror, llamando a movilizarse para pedir mano dura.
Tampoco sería real decir que fue una marcha exclusivamente de Radio 10,
Clarín o La Nación. Y sin embargo, ignorar el papel de la prensa, ni
frente a este caso concreto, ni en general, es mirar la mitad de la
realidad. Como diría Pierre Bourdieu: en la televisión, "a merced de
las construcciones salvajes de la demagogia (espontánea o calculada), son
capaces de suscitar un interés inmenso halagando los impulsos y las
pasiones más elementales...e incluso conseguir formas de
movilización...apasionadamente agresivas y cercanas al linchamiento
simbólico..."
Garrapatas de un dolor que todos compartimos, amarillistas congénitos, los
Hadad y compañía vieron la oportunidad para barnizar la desgracia ajena con
su tinte fascista, ofreciendo una salida fácil, efectista y funcional a sus
intereses: la mano dura.
Podemos darle vueltas a la situación, pensar las perspectivas y las
contradicciones. Es verdad que la crisis de la seguridad es, ante todo, una
crisis de la policía y del estado; cualquier visión honesta señala que en
el 90% de los casos la policía está directamente ligada al crimen,
especialmente en los que requieren cierto grado de organización.
Pero así como están planteadas las cosas, de lo que se está hablando es de
intentar darle una solución penal a un problema social. Y eso significa
fortalecer a la policía (con un lavado de cara o sin él), restringir las
libertades individuales y llevar hasta el paroxismo el control social.
Los que quieren control
No es casualidad que los que están detrás de la cruzada por la mano dura,
sean los mismos medios que fogonean la criminalización de la protesta.
Son los que quieren invisibilizar la pobreza y la protesta social,
apiñarla en cárceles y reformatorios -cuando no fusilarla en la calle- y
disfrutar tranquilos de su propia impunidad en medio de una sociedad
virtualmente militarizada.
Y, paradojicamente, son también los principales interesados en que no se
solucione el problema de la seguridad.
Porque es una hipocresía pensar que encarcelando niños, o aumentando la
presencia policial, se puede desarmar la trama del crimen.
Para solucionar ese drama, para vivir en una sociedad donde no tengamos que
sufrir asesinatos como el de Axel o el de cualquiera, habría que comenzar
atacando el problema desde arriba, desde los jefes.
Es público y notorio que desde principios de la década del 90, el país
esta infectado por el lavado del dinero que proviene del narcotráfico, las
maniobras financiera, el tráfico de armas y de otros negocios para nada
limpios. Negocios que se sumaron tradicionales manejados por la policía -
la droga, el juego, la prostitución- y que constituyen la "caja negra" de
la política.
¿Por donde habría que empezar entonces?. Pongamos tan sólo un ejemplo para
demostrar que a los más peligrosos delincuentes los vemos todos los días.
El narco banquero Raúl Moneta, se volvió recientemente dueño de la mitad
de Canal 9 y se sospecha que también de Radio 10 e Infobae. Famoso por sus
maniobras financieras durante la década del 90 y por su "misteriosa"
fortuna, dueño de una ristra de medios de comunicación, hoy tiene además
del 50% del grupo Hadad-según la revista fortuna- el "32% de Amich (el ex
CEI), integrado por Cablevisión, Editorial Atlántida, Fibertel y TyC".
Pero quienes lo conocen bien saben que negoció y negocia con dios y el
diablo, y que está ligado económicamente incluso a sus propios enemigos,
entre los que se cuentan al grupo Clarín y el Manzano-Vila. Alcanza con
echar una mirada al complejo mapa de los medios en la Argentina para darse
una idea de hasta donde llega esta maraña (1).
Eduardo Anguita, uno de los pocos periodistas que se atrevió a desenredar
este complejo entrevero, explica en su libro "Grandes Hermanos", como sólo
en el segundo semestre de 1998 los cuatro grupos mas importantes de medios
movieron a través de varias maniobras financieras 600 millones de dólares
de orígenes no debidamente probados.
En otro libro, títulado "Vale todo", los periodistas Romina Manguel, y
Javier Romero reconstruyen a partir de más de 200 testimonios la carrera de
Daniel Hadad. Según cuentan los autores, "a partir de la investigación, nos
encontramos inmersos en el mundo de la Argentina oscura, lleno de banqueros
que lavan plata, personalidades de la Iglesia que lucran con la religión y
militares que en lugar de cumplir su tarea reprimen y se enriquecen
ilícitamente".
Comencemos entonces por ahí; desarmando a esa verdadera mafia y atacando a
la banda policial que arma la caja para los políticos, no sólo se pueden
solucionar muchos de los problemas sociales que recorren nuestro país.
También se puede terminar con la distorsión mediatica de la realidad, tan
peligrosa en estos días.
Epílogo: Los desaparecidos de hoy
Graciela Peralta vive en una villa, en Ciudad Oculta. Y lo hace sin peros,
como la mayoría de los que sobreviven en ese lugar invisible hasta por el
nombre.
Marcelo Baez, su hijo de 16 años, fue asesinado por un policía federal que
disparó amparado en un uniforme que en ese momento no tendría que haber
vestido. Justo Luquet, así se llama el asesino, al momento de fusilar a
Marcelo estaba procesado por apremios ilegales y por armar una causa
falsa, de esas que en nuestra ciudad se cuentan por cientos.
Graciela no fue a la marcha del jueves; me dijo que no tenía plata para
viajar, y que además no sabía con quién dejar a su sobrino.
Para ella, moverse es todo un ritual; habla con otras madres por
teléfono, casi en código, y cuando una va a hacer algún trámite o denuncia
se reune con todas las demás . "Nos damos fuerzas entre nosotras"; dicen.
Entre ellas juntan monedas, valor y lágrimas para seguir adelante. Las he
visto marchar de la mano, abrazarse en la puerta de una comisaría durante
un escrache, o planear entre mates dulces la próxima acción, que casi
siempre es acompañada por un puñado de iguales. Y de a poquito, todas se
van haciendo madre de los hijos de las demás; cuando una tiene que ir a
declarar a la justicia, patearle la puerta a algún funcionario sordo o
hacer una denuncia, no es extraño que lo haga acompañada de todas sus
compañeras.
Hace cuatro días, el asesino de Marcelo fue liberado. Estuvo apenas tres
días preso, dos años después de robarse una vida, y sólo fue detenido para
declarar.
Todos los testigos y las pruebas señalaban al policía como responsible de
asesinar a sangre fría a Marcelo. Incluso el testimonio de su propio
compañero de patrulla, que dijo y repitió haber escuchado sólo dos
disparos, la misma cantidad de balas que rompieron el cuerpo de ese casi
niño que -según el mismo testimonio- "se había caído de la bicicleta y sólo
intentaba reincorporarse".
Pero para la justicia fue suficiente que un perito forense justifique la
versión del acusado, dos años después, diciendo que la bala disparada desde
50 cm de distancia, y que perforó la sien de Marcelo podría ser la misma
que le rozó la espalda.
Ni siquiera las reglas elementales de la gravedad parecen aplicarse en
estos casos.
Tampoco las biológicas: Marcelo era un goleador zurdo, que teóricamente
empuñaba un arma en la mano derecha, pistola que además -tan bizarra como
las balas- se movió sola en la escena del crimen (2)
No hubo, ni antes ni ahora, mucho espacio para el caso de Marcelo Baez en
los medios. Cuando fue asesinado, un triste recuadro en algunos diarios
deía que "Un delincuente de 16 años murió hoy - 4 de Marzo del 2002- al
tirotearse con la policía cuando acababa de asaltar un kiosco del barrio
porteño de Mataderos, junto a dos cómplices de la misma edad que fueron
detenidos, informaron voceros de la fuerza de seguridad".
Un joven invisible, de un barrio invisible, con asesinos que gozan de la
protección de sus pares y de la justicia no es funcional a la campaña de
los medios. Entonces, simplemente se lo borra.
"Cuando lo mataron a Marcelo sentí que me habían arrancado un pedazo de
mi misma", me explicó alguna vez Graciela.
En sus palabras y su andar casi en soledad golpeando puertas cerradas, se
nota algo de la historia de las Madres de Plaza de Mayo. Quizás, sobre
todo, porque hay algo de la historia de los desaparecidos en las muchas
muertes de los muchos Marcelos.
No se inventó todavía otra palabra que pueda definirlo mejor.
Buenos Aires, 4 de abril del 2004
sebastian@riseup.net