| EL REINO DEL REVÉS |
24 de april del 2004 |
Martín Lozada
Servicio Informativo "alai-amlatina"
El recién presentado Plan Federal Integral de Seguridad del gobierno nacional
descarta la idea de que las Fuerzas Armadas presten algún tipo
de colaboración directa en materia de seguridad interior. Se
trata de una decisión acertada que no sólo tiene asiento en la
legislación vigente -leyes de Defensa y de Seguridad Interior-,
sino también en la traumática experiencia de los países de
la región que optaron por esa vía: Colombia y Brasil.
La iniciativa que fuera planteada por el ministro de Defensa,
José Pampuro, despertó inmediatamente la polémica sobre sus
eventuales alcances e implicancias, aunque no es nueva en
absoluto: los proyectos e intenciones de que las Fuerzas
Armadas colaboren en la lucha contra el delito vienen de mucho
tiempo atrás, y fueron muy conversados en el 2001, durante la
gestión de Horacio Jaunarena en Defensa.
Como recuerda Marcelo Sain, ex subsecretario de Seguridad de
la provincia de Buenos Aires, durante los años '60 y '70 la
defensa nacional estuvo circunscripta a lograr la "seguridad
nacional", la que abarcaba tanto la protección frente a
agresiones militares convencionales de estados como la
conjuración de riesgos surgidos en la esfera de la seguridad
interior. Bajo la mira de este último supuesto estuvieron los
conflictos resultantes del enfrentamiento contra grupos
políticos internos de carácter insurgente, o apenas
opositores, en el marco de la denominada "lucha contra la
subversión".
El fin de la Guerra Fría y de los conflictos regionales
derivados de ésta, el proceso de distensión, cooperación e
integración desarrollado en el plano subregional, la debacle
provocada en la guerra de Malvinas y la democratización del
sistema político local iniciada a fines de 1983, convirtieron
en anacrónico aquel modelo de organización del sistema
defensivo-militar. Y más tarde, el 13 de abril de 1988, el
Congreso de la Nación sancionó la ley de Defensa Nacional, que
el Ejecutivo promulgó 13 días después. Su artículo dos, que
nunca fue modificado, dice lo siguiente: "La defensa nacional
es la integración y la acción coordinada de todas las fuerzas
de la Nación, para la solución de aquellos conflictos que
requieran el empleo de las Fuerzas Armadas, en forma disuasiva
o efectiva para enfrentar las agresiones de origen externo".
Del que se desprende la imposibilidad de remitir a las Fuerzas
Armadas a cuestiones de seguridad interior.
En el Brasil, simultáneamente, se ensaya la vía contraria y se
involucra a las fuerzas armadas en conflictos entre bandas de
narcotraficantes en la ciudad de Río de Janeiro. Allí han
sido desplegados los 4.000 soldados del ejército que fueron
solicitados por la gobernadora del citado Estado al gobierno
federal. Tropas que según el secretario de seguridad, Anthony
Garotinho, serán utilizadas para cumplir labores policiales en
zonas adyacentes a las favelas.
No se trata de un hecho nuevo. El ejército brasileño fue
convocado por primera vez en Río de Janeiro en ocasión de la
Cumbre de la Tierra de 1992, que congregó a más de 100 jefes
de Estado. En el 2003, las fuerzas armadas también fueron
movilizadas cuando los traficantes del Comando Vermelho -que
controlaba la mayoría de las favelas cariocas- atacaron
edificios públicos y hoteles para exigir que fueran suavizadas
las condiciones de detención de su líder recién encarcelado,
Fernandinho Beira Mar.
Los resultados de esa política de intervención militar en
asuntos internos de naturaleza policial son a todas luces
frustrantes, debido a que no ha contribuido sino a agudizar
los conflictos entre las bandas y a exacerbar una carrera
armamentística sin precedentes en la historia del Brasil.
Es necesario recordar una vez más que las iniciativas de
utilizar personas o aparatos logísticos de las Fuerzas Armadas
en temas de seguridad interior implican un avance innecesario
e imprudente hacia la militarización de las políticas de
seguridad. Opción que a la vez de fortalecer la vía represiva
omite considerar que la seguridad ciudadana es un eslabón más
entre otros logros sociales, respecto de los cuales el Estado
tiene un rol protagónico, aunque no excluyente. Esos otros
logros tienen que ver con la vigencia efectiva de los derechos
sociales: acceso a la educación, a la salud, a la vivienda y
al trabajo. Y subrayarlo ahora no es un ejercicio de mera
banalidad intelectual, puesto que entre el delito y aquellas
manifestaciones de la inseguridad en las áreas sociales
mencionadas hay tan sólo un paso: ambas se potencian
recíprocamente y se encuentran indisimulablemente vinculadas
entre sí.
En función de esta realidad, mucho más conveniente que
militarizar la seguridad resulta ser su socialización
horizontal. Y ello se logra, al menos desde una perspectiva
analítica, poniendo en un plano de igualdad a la inseguridad
proveniente del delito con aquellas otras manifestaciones que
emergen de las omisiones estatales en la referida área de los
derechos sociales.
Luego, fortaleciendo la red de servicios públicos básicos,
entre los cuales se encuentra la seguridad ciudadana, a fin de
extender su acceso y goce a cada uno de los habitantes de
nuestro país. De otro modo, seguiremos abonando un concepto
de seguridad de raigambre exclusivamente policial, que pierde
día a día su sentido social, fomenta la disgregación y aumenta
sin percibirlo la tensión en las relaciones intersubjetivas.
La experiencia indica que conviene desechar el llamado a las
soluciones mágicas. Aquellas que operan en el universo
simbólico con apenas alguna incidencia en la vida cotidiana de
los argentinos.