| EL REINO DEL REVÉS |
27 de abril del 2004 |
Luis Hernández Serrano
Testimonio inédito de su esposa Catalina Sibles Sánchez, ya fallecida.
La entrevista con la esposa de Hermes Peña tuvo lugar el sábado 19 de julio de 1997, en su casa, en el Vedado, en Ciudad de La Habana.
"Durante un acto patriótico de Santiago de Las Vegas, el 20 de mayo de 1959, yo desfilé como abanderada de la escuela, la pública número diez de Calabazar, de La Habana. Allí conocí a Hermes. Solo hacía cuatro días que había cumplido yo los 15 años. Lo acompañaban otros dos rebeldes: Harry Villegas y Juan Alberto Castellanos.
"El 24 de junio se estaban realizando los festejos tradicionales de San Juan en el barrio y él participó conmigo. Dábamos un recorrido por el parque -en unión de Marta Sandoval, más que una hermana para mí- y entonces Hermes me enamoró y yo le dije que sí, mientras ella conversaba con Villegas, también una especie de lindo y sano romance.
"Después fue a pedirme, como se acostumbraba en aquella época. Yo vivía en Vínculo 154, entre Martí y Dolores García.
"Al hablar con mi familia, como era una tradición fijar días concretos para la visita de novios, él aclaró que no podía ajustarse a eso, porque era uno de los escoltas del Che y no podía cumplir, sino que vendría cuando tuviera una oportunidad. Por eso iba a verme a la hora que podía y en algunas ocasiones se aparecía a las diez de la noche en un carro, estaba un rato conmigo y se iba con deseos de quedarse, con los mismos deseos míos de que no se fuera.
"Yo nací el 16 de mayo de 1944 en el Cotorro, La Habana. Siendo una niña de unos nueve o diez años me fui para Calabazar, a vivir con un matrimonio que se convirtió, en la práctica, en mis padres: Rosa María Crespo Morales y José Cipriano Sandoval Pérez, los padres de Marta y de José (Pepe), algo mayores que yo. Al padre de ellos le decían Papillo. Yo tuve que ir para esa casa fundamentalmente por una necesidad económica de mis familiares. Éramos seis hermanos y en una situación muy apretada, muy difícil (...).
"Hermes y yo nos casamos el 12 de diciembre de 1959, por la mañana con el notario y por la noche por la iglesia del pueblo. En la casa el padrino fue el Che y en la iglesia, Papillo. Hermes era primer teniente entonces.
"El Che no fue, a la iglesia, pero sí a mi casa. Con él estaban Aleida, su esposa y también Harry Villegas, Juan Alberto Castellanos y Carlos Coello.
"Nuestra luna de miel solo duró tres días. Pasamos la primera noche en La Habana Vieja, en el tercer piso del Hotel Plaza, aunque no recuerdo el número de la habitación. Fue el propio 12 de diciembre de 1959. Al día siguiente salimos para Pinar del Río, provincia que le gustaba a Hermes tanto como la tierra donde nació y se crió, o más. Allí nos quedamos la noche del 13 de diciembre en el Hotel Rancho San Vicente. El día 14 desayunamos bistec de caballo y por el mediodía salimos para La Habana.
"Después de la luna de miel nos fuimos a vivir al barrio obrero de Guanabacoa, cerca de la rotonda de la Shell, en un edificio de apartamentos, pero allí estuvimos solo unos meses. Pastorita Núñez terminó el reparto Ampliación del Wajay y nos mudamos para una casita independiente de la calle 120, exactamente en el número 25130.
"Se me olvidaba decir, como ejemplo del trabajo que tenía Hermes en la escolta del Che, que recién ubicados nosotros en el apartamento de Guanabacoa, estuvo cinco días sin poder venir.
"Nuestra primera hija, Teresita, nació el 3 de octubre de 1960. La segunda, Ana María, el 13 de mayo de 1963. Nacieron cuando vivíamos en el Wajay. Pero Hermes no conoció a la más chiquita. Cuando se fue para la Argentina enviado por el Che, yo tenía tres meses de embarazo.
"Hermes me llevaba cinco años. Nació el 7 de abril de 1938. Cumplió 20 después del triunfo de la Revolución. Cuando nació Teresita, Aleida March fue a visitarme al Wajay para conocerla. Allí vivía en otra de las casitas José Mendoza Argudín, cuya esposa malogró a uno de sus niños. Aleida igualmente los visitó a ellos. Él también era escolta del Che.
"Hermes murió el 18 de abril de 1964. Justamente hacía once días que había cumplido 26 años.
"Cuando nació mi segunda niña, pensé ponerle Fátima, por la virgencita, pero le puse Ana María, porque Hermes me lo pidió en una carta.
"Yo recuerdo que él era de mucho genio, pero muy medido para imponer su voluntad. Me dijo que con el nombre de Ana María para la hija que no conocía, honraba el recuerdo de una maestra que se llamaba así con la que había aprendido a escribir y a leer casi todo lo que antes de marcharse de Cuba aprendió.
"A propósito, no guardo ninguna carta suya y me ha pesado muchísimo. La culpa de eso fue mía. Las rompí todas porque después de conocer su muerte, me enfermé de los nervios: las niñas estaban muy chiquiticas y me dio por destruirlas. Claro que como las leía dos y tres veces, conservo algunas cosas en mi mente.
"Bueno, poco después de nacer mi hija Ana María, fui con ellas dos y mi tía Belén Vento a Oriente, para que conocieran a las niñas. Fuimos en avión hasta Manzanillo.
De allí hasta Pilón por carretera. De Pilón en adelante yo en un caballo con Ana María y Belén en otro con Teresita, bordeando la costa. Preguntando a todo el que veía llegué hasta la casa de la familia de Hermes. Así nos conocimos mutuamente. Además, ni yo los conocí antes, porque no pude ir a Oriente con antelación a mi boda, ni ellos pudieron venir.
"Él escribía a los padres, pero nunca hice por saber qué les decía y Hermes no me enseñaba las cartas, como era lógico. Cada familia tiene sus cosas y hasta si se quiere sus secretos.
"Nos enteramos de su muerte, porque el Che mandó a buscar a sus padres, Clemente y Paula. El 5 de agosto de 1964 ellos fueron a mi casa, al Wajay. Al otro día el Comandante le dio personalmente la noticia al padre. Nos dio la noticia, porque yo también estaba en ese instante. Clemente salió sin llorar, pero muy trancado. En un carro fuimos para Wajay de nuevo. Allí él se lo dijo a Paula, que se puso como loca.
"Cuando supe que había muerto en combate, lo primero que pensé fue en mis hijas, sobre todo en Ana María, a la que él no conoció. Aquello fue un golpe durísimo para ellos y para mí, aunque yo siempre lo presentí y se lo dije. Clemente y Paula estuvieron tres días en mi casa y después los llevaron para Oriente. No los he vuelto a ver más nunca. Yo tenía 19 años cuando él murió y empezaron a decirme 'la viuda de Hermes'. Con eso comencé a sentir una mezcla de orgullo y de dolor. Y a partir de aquel día pasó por mi mente como una película el poco tiempo, pero intenso, que vivimos juntos.
"¿Qué cómo era él? Para la Revolución que tenía en la sangre era muy firme, muy fuerte de carácter, como para cuidar al Che. Para tratarme a mí era muy dulce. Sin embargo -paradojas de la vida, del destino, yo no sé- para tratar a la niña, a la única hija que conoció, era débil, porque no concebía que se le regañara. Ni siquiera aceptaba que se le dijera que no. A veces parecía en consentimiento el abuelo de la niña y no su padre. O tal vez pensaba, como me dijo un día, que él había luchado para decirle a los niños que sí y para que no sufrieran como él.
"No obstante a eso, la última vez que tuvo tiempo para sacar a pasear a su hija la llevamos a un parque infantil, no recuerdo cuál era, un parque de diversiones en La Habana. La niña se sentó en una hamaca. Yo me sentía mal. Fue a finales de 1961 o a principios de 1962. Teresita tenía un año o un año y medio. Y a la hora de irnos vino Hermes compungido porque la niña no se quería ir.
"Vino indeciso como a darme las quejas. Ironías de la vida, contradicciones de la naturaleza humana, ¿no es así? Un hombre valiente como él, de la Sierra, de la Invasión, del Che. Uno de los rebeldes que cuidaba la espalda del Comandante Guevara, incapaz de cargar con la niña por la fuerza.
-¿Cómo que no quiere ir?, le dije.
-No, no hay quien la quite de allí ahora, aseguró él.
"Fui enseguida para allá y le dije: Teresita, vamos... y la halé por un brazo. La cara de Hermes le cambió totalmente. Yo se lo noté al momento. Entonces él me dijo, contrariado: 'Tú llevas muy recio a la niña'.
"¿La Revolución? Para él era el sentido principal de su existencia. Lo era todo, incluido el Che. Se dedicó por entero a ella y al Comandante argentino. No tuvo tiempo para darle cariño a su hija, ni para tomarse unas fotos con Teresita, creo que solo se tiró una. Era un hombre que se reservaba las cosas y hasta daba la impresión de que los asuntos revolucionarios -que no conversaba ni conmigo, a no ser las anécdotas históricas- los guardaba, los protegía, los cuidaba como secretos de Estado. ¡Y ni hablar de las cosas militares y de los trabajos que hacían! Con Hermes la Revolución no perdió ni un solo dato importante de los que pudo haber sabido. Su mayor virtud era ser un leal revolucionario, de corazón (...).
"¿Nuestra despedida? Cuando él se fue definitivamente, que me dio un beso y un abrazo, me dijo con un tono y una mirada que no podré olvidar nunca, mientras viva:
'Me voy a pasar una escuela en Rusia y seguro me demoro en venir'. Al oírlo y ver la expresión de su rostro y captar por instinto y conciencia de mujer enamorada que no me estaba diciendo la verdad, que me estaba mintiendo piadosamente o protegiendo un secreto militar, le dije: Si vas a pelear no viras.
"Yo sé que fui dura, durísima, pero también fui honesta y sincera, y me quedé tranquila conmigo misma. 'No, yo viro, espérame', me dijo con su optimismo de siempre.
"Entre las sensaciones más hondas que guardo de su figura, de su conducta, de su forma de ser, está lo que me escribió en una de aquellas cartas que rompí cuando estuve enferma de los nervios. Creo que fue la última que recibí de él, aunque no recuerdo la fecha. En aquella inolvidable ocasión, me dijo: 'Catalina, ¿recuerdas que el día de nuestra despedida te negaste a creer que yo iba a volver? Puede que tú tengas razón, tal vez yo no regrese nunca, pero la historia dirá hasta dónde llegué' ".