| L A P Á G I N A D E C H O M S K Y |
14 de mayo del 2004 |
Noam Chomsky
La Jornada
El conflicto palestino-israelí continúa siendo una de las principales razones
del caos y del sufrimiento en Medio Oriente. Pero una forma de romper el
impasse podría estar al alcance de los negociadores.
A corto plazo, la única solución posible y mínimamente decente del conflicto
es acatar las propuestas de un consenso internacional de larga data: crear
dos estados separados por una frontera (la llamada línea verde) con ajustes
menores y mutuos.
Por ahora, el proyecto israelí de asentamientos e infraestructura, respaldado
por Estados Unidos, cambia la magnitud de lo "menor". Sin embargo, hay en la
mesa varios planes de dos estados. El más destacado es el acuerdo de Ginebra,
presentado en diciembre por un grupo de prominentes negociadores israelíes y
palestinos, que trabajaron al margen de los canales oficiales.
El acuerdo de Ginebra ofrece un detallado programa para el canje de tierras y
otros aspectos destinados a zanjar la cuestión. Y puede ser concretado si el
gobierno de Estados Unidos lo respalda. La realpolitik indica que Israel debe
aceptar lo que la gran potencia ordena.
El "plan de separación" de Bush-Sharon es de hecho un proyecto de expansión y
de integración. Aun cuando Sharon propone alguna retirada de la franja de
Gaza, "Israel invertirá decenas de millones de dólares en asentamientos en
Cisjordania", dijo James Bennet, citando declaraciones del ministro de
Finanzas de Israel, Benjamin Netanyahu, publicadas en The New York Times. Otros informes indican que el desarrollo tendrá lugar en el lado palestino de
la "valla de separación".
Tales asentamientos contradicen el mapa de ruta, respaldado por Bush, que
exige el cese de "toda actividad en los asentamientos".
Aunque sería "un hito importante, el fin de la ocupación de la franja de Gaza
por Israel requiere de un cambio análogo de política en Cisjordania para que
esas ventajas se concreten", escribió Geoffrey Aronson en una publicación de
la Fundación para la Paz del Medio Oriente, con sede en Washington.
La fundación acaba de difundir un mapa de los planes israelíes para
Cisjordania, mostrando mosaicos de enclaves palestinos rodeados por muros,
que reproducen los peores aspectos de los bantustanes, las poblaciones
creadas durante el régimen de minoría blanca de Sudáfrica, tal como Meron
Benvenisti ha denunciado en el diario Haaretz de Jerusalén.
La cuestión planteada ahora es si las comunidades israelíes y palestinas están
tan entrelazadas en los territorios ocupados que es imposible toda división.
Sin embargo, en noviembre pasado, ex dirigentes de Shin Bet, el servicio de
seguridad israelí, señalaron que esa nación puede y debe retirarse
completamente de la Franja de Gaza. En cuanto a la Margen Occidental, entre
85 y 95 por ciento de los colonos podrían abandonar la zona "con un simple
plan económico", en tanto la fuerza pública tal vez deba enfrentarse con un
10 por ciento que no desean ser desalojados. Para los ex dirigentes de Shin
Bet, ese no es un problema muy serio. El acuerdo de Ginebra se basa en
conjeturas similares, que parecen bastante realistas.
Por cierto, ninguna de esas propuestas encara el abrumador desequilibrio en el
poderío militar y económico entre Israel y un eventual Estado palestino, u
otros asuntos cruciales.
A largo plazo, otros arreglos podrían surgir a medida que se desarrollen
interacciones más saludables entre ambos países. Una posibilidad, que ya
tiene arraigo, es una federación binacional.
Entre 1967 y 1973, ese Estado binacional era bastante viable en
Israel-Palestina. Durante esos años, también era posible un total acuerdo de
paz entre Israel y los estados árabes, y por cierto hubo ofertas en ese
sentido de Egipto y de Jordania. Para 1973, esa oportunidad se había perdido.
Lo que alteró la situación fue la guerra de 1973 y el cambio de opinión entre
los palestinos, en el mundo árabe y en el campo internacional en favor de los
derechos nacionales de los palestinos, de forma que quedó incorporada la
resolución 242 de Naciones Unidas, la cual añadió disposiciones para la
creación de un Estado palestino en los territorios ocupados, que Israel
debería evacuar. Sin embargo, Estados Unidos ha bloqueado de manera
unilateral la resolución durante los anteriores 30 años.
El resultado ha sido la guerra y la destrucción, una cruel ocupación militar,
la absorción de tierras y de recursos, la resistencia y, finalmente, un
creciente ciclo de violencia, odio mutuo y recelo.
El progreso requiere consesiones de todas partes. ¿Cuál es un acuerdo justo?
Lo más cerca que podemos llegar a una fórmula general es que el acuerdo debe
ser aceptado si es el mejor posible y puede conducir a algo mejor.
La propuesta de Sharon de "dos estados" que dejen a los palestinos encerrados
en la franja de Gaza y en cantones en la mitad de la Cisjordania no cumple
con ese criterio. El acuerdo de Ginebra se aproxima al criterio, y por lo
tanto debe ser aceptado, al menos como base para negociaciones entre
israelíes y palestinos. Esa es mi opinión.
Una de las cuestiones más espinosas es el derecho de los palestinos a retornar
a sus tierras. Cierto, los refugiados palestinos no están dispuestos a
renunciar a ese derecho, pero en este mundo, no en un mundo imaginario que
podemos discutir en seminarios, ese derecho no podrá ser ejercido, más que en
forma limitada, dentro de Israel.
En todo caso es erróneo ofrecer esperanzas que no se concretarán a personas
que sufren en la miseria y en la opresión. En cambio, deben realizarse
esfuerzos constructivos para mitigar su sufrimiento y encarar los problemas
que tienen en el mundo real.
Un acuerdo para instituir dos estados con el consenso internacional es
aceptable para una amplia gama de la opinión pública israelí. Eso inclusive
engloba a halcones tan preocupados por el "problema demográfico" de
demasiados no judíos en un "Estado judío" que han formulado la absurda
propuesta de transferir áreas de densas poblaciones árabes ubicadas en Israel
a un nuevo Estado palestino.
La mayoría del pueblo estadunidense también respalda la idea de los dos
estados. Por lo tanto, no es inconcebible que esfuerzos organizados de
activistas en Estados Unidos puedan conseguir que Washington acepte el
consenso internacional, en cuyo caso también Israel accedería al plan.
Aun sin la presión de Estados Unidos, gran cantidad de israelíes favorecen
algo así, dependiendo exactamente de cómo se formulen las preguntas en las
encuestas. Un cambio en la posición de Washington significará enorme
diferencia.
Los ex líderes de Shin Bet, así como los dirigentes del movimiento de paz
israelí (Gush Shalom y otros), creen que el público israelí aceptará tal
resultado.
Pero nuestra preocupación real no es especular, sino conseguir que la política
de Estados Unidos se alinee con la del resto del mundo y, aparentemente, con
la mayoría del público estadunidense.
* Noam Chomsky es profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de
Massachusetts, en Cambridge.
Distribuido por The New York Times Syndicate