L A P Á G I N A D E C H O M S K Y |
18 de febrero de 2003 |
Araceli Varela
Sánchez y Marcos Mariño Beiras. Massachusetts.
Revista Tempos Novos
En los análisis recientes que se hacen de la situación mundial desde la izquierda, encontramos dos puntos de vista distintos: por un lado, un sistema mundial constituido por Estados débiles y controlado por grandes corporaciones multinacionales; por otro lado, un mundo controlado por el poder imperial de los Estados Unidos. ¿Crees que podemos hablar de una nueva forma de imperialismo con base en el Estado norteamericano? ¿Cuál es el papel de las grandes corporaciones?
El término
“imperialismo” es muy amplio y puede referirse a todo
tipo de relaciones de poder y dominación. Cuando hay este tipo
de relaciones entre Estados u otras instituciones, podemos hablar de
imperialismo, si queréis. En lo que respecta al actual sistema
mundial, está basado en un grupo de Estados muy poderosos, el
G7, esencialmente. Estados Unidos es, con diferencia, el más
poderoso de ellos, aunque la Unión Europea es comparable: la
elección de los europeos es el poder. Estos Estados están
fuertemente ligados a instituciones internacionales como el FMI y el
Banco Mundial, que están controlados realmente por Washington,
y también están ligados a grandes corporaciones, que
tienen un gran poder e influencia. Pero las corporaciones no son
actores independientes, necesitan del poder del Estado de varias
maneras: en primer lugar, para que el mundo esté controlado y
a su disposición. Pero también necesitan al Estado
directamente, para subsidios: la economía norteamericana no es
de ninguna manera una economía capitalista de libre empresa,
se basa en gran medida en un sector estatal muy dinámico. Por
lo tanto, los contribuyentes tienen que pagar los costes y asumir los
riesgos de los nuevos estadios del desarrollo económico, y
cuando las cosas funcionan, las corporaciones privadas se llevan los
beneficios. Además, las corporaciones están muy
interrelacionadas. IBM, Siemens y Toshiba trabajan en proyectos
conjuntos. Teóricamente compiten entre ellas, pero
interaccionan estratégicamente, y construyeron una especie de
sistema mercantilista controlado por poderes privados con todo tipo
de conexiones entre ellos, y en estrecha colaboración con los
Estados más poderosos. Podéis llamarlo como queráis,
a veces le llaman mercantilismo corporativo, que no es un mal
término.
Te
consideras un anarquista libertario, y le has dedicado mucha atención
al movimiento anarcosindicalista en el Estado español en los
años 30. Parece que el movimiento antiglobalización
tiene un importante componente anarquista. ¿Crees que el
anarquismo, como ideología y estrategia, está
recuperando protagonismo? ¿Ves continuidades o diferencias
entre el movimiento antiglobalización y los movimientos
anarquistas de Cataluña y Aragón?
Una precisión terminológica: yo sugeriría que evitásemos el término “antiglobalización”. Se trata de un término propagandístico inventado por los que apoyan una forma particular de globalización basada en las grandes corporaciones, para sugerir que los que no están a favor de esa forma de globalización quieren volver a la Edad de Piedra. Todo el mundo está a favor de la globalización, eso ni siquiera se cuestiona. Ciertamente la izquierda, el movimiento obrero, están basados en la noción de solidaridad internacional. La cuestión es: ¿qué forma va a tomar la globalización? Los movimientos por la justicia global, los movimientos que se reúnen en Porto Alegre, tienen una visión distinta de la integración internacional y de las multinacionales. Y esos movimientos surgieron de las luchas populares, de las que forma parte la tradición anarquista. Los ideales de esta tradición nunca desaparecieron y dan impulso a todo tipo de luchas. A nivel general, cuestionan las jerarquías y la dominación, incluyendo el poder estatal. En la práctica promueven la autogestión de los trabajadores y la extensión de la democracia al mundo del trabajo. Así que el Movemento dos Sem Terra en Brasil quizás nunca escuchó hablar de las comunas en Aragón, pero están haciendo lo mismo. Es algo que sucede espontáneamente.
Uno
de los aspectos más importantes de la vida política en
el Estado español son los nacionalismos periféricos.
Recientemente, el partido vasco Batasuna, con conexiones con ETA,
fue ilegalizado. En Galicia hay un importante movimiento
nacionalista, menos popular que el vasco y el catalán, pero en
muchos sentidos más crítico y progresista. ¿Cuál
es tu opinión sobre estos nacionalismos periféricos,
y en particular sobre el problema vasco y la ilegalización de
su partido independentista?
Creo
que la ilegalización de un partido independentista es una
decisión equivocada, sea en el País Vasco o en Irlanda
del Norte. Estoy seguro de que las organizaciones políticas
tienen algún tipo de conexión con los movimientos
terroristas, pero la manera de tratar el problema no es ilegalizar
los partidos, sino conseguir acuerdos políticos que aborden el
problema de una manera seria. Por supuesto, hay que tener en cuenta
las actividades criminales, pero esto es un hecho aparte. Así
que no estoy a favor de la ilegalización de Batasuna. En lo
que respecta a los nacionalismos, no estoy seguro de hasta qué
punto son periféricos. Creo que una de las consecuencias de la
fusión de Europa en un superestado altamente centralizado –que
es la dirección en la que va la Unión Europea- es una
creciente regionalización. La recuperación de culturas
locales, desde el lenguaje hasta la autonomía política,
es muy saludable. Esto está pasando en toda Europa, y con
particular intensidad en España, pero también en el
resto del continente. El famoso déficit democrático
introducido por la centralización de la Unión Europea
puede dar lugar a una sociedad más fuerte y sana. Se trata de
uno de los desarrollos más interesantes en los últimos
tiempos, así que no creo que estos nacionalismos vayan a ser
periféricos, sino que se van a extender por toda Europa. Y
esto está sucediendo literalmente en la mayor parte de los
países.
Por
otra parte, estamos viendo una reacción muy fuerte por parte
de la derecha en el gobierno español, que está tratando
de reconstruir la unidad imaginaria de España...
Imaginaria
es la palabra correcta. La unidad se da mayormente a nivel del poder
de las elites. Más allá de eso, la gente es simplemente
muy diversa y sus intereses se cruzan en todo tipo de direcciones, no
necesariamente las regiones, sino también las relaciones de
clase... Y todos estos desarrollos son saludables y hay que
promoverlos. Los seres humanos no son criaturas del Estado, tienen
muchas otras dimensiones.
Uno
de los temas de los que más te has ocupado es la situación
política en Latinoamérica. Ciertos acontecimientos
recientes en esas áreas parecen una continuación de la
Guerra Fría, y las clases dirigentes parecen muy preocupadas
por un nuevo “eje del mal” entre Venezuela, Brasil y
Cuba. ¿Cuál es tu diagnóstico de estos
desarrollos?
Estáis
en lo cierto al señalar la continuidad con el período
de la Guerra Fría, pero hay una razón para eso: lo que
sucedió en Latinoamérica no tuvo mucho que ver con la
Guerra Fría. Considerado por ejemplo el caso de Cuba, que es
el caso en el que se podría hacer una conexión con los
rusos. De hecho, sabemos mucho sobre este asunto, porque una de las
cosas buenas de los Estados Unidos es que se trata de una sociedad
muy abierta, y tenemos más acceso a los documentos internos
que en cualquier otro país. Si nos fijamos en la manera
precisa en que se desarrolló, vemos que la confrontación
no tenía nada que ver con los rusos, sino con algo totalmente
distinto. Castro tomó el poder en enero de 1959 y en dos meses
el Consejo de Seguridad Nacional norteamericano ya estaba planeando
librarse de él. En aquel momento no había ni comunistas
ni rusos por el medio. En octubre, aviones norteamericanos con base
en Florida comenzaron a atacar a Cuba. Este es el comienzo de un
largo período de ataques terroristas: Cuba es probablemente el
blanco de más terrorismo que todo el resto del mundo. En marzo
de 1960 se tomó una decisión en secreto para derrocar
al gobierno, lo que se llamó “cambio de régimen”.
Y ahí entra al gobierno Kennedy. Una de las primeras cosas que
hizo ese gobierno fue un estudio de Sudamérica donde dicen: el
problema de Cuba es la difusión de la idea de Castro de
retomar las riendas del poder, que va a inspirar a otra gente del
hemisferio que tiene problemas similares a hacer lo mismo. Y luego
tenemos la invasión de Bahía Cochinos. Los cubanos la
rechazaron, y el gobierno Kennedy estaba furioso. Kennedy ordenó
a su equipo que se desencadenase sobre Cuba todo el terrorismo de la
tierra por su victorioso desafío a los Estados Unidos, y no
sólo por rechazar la invasión. En los documentos dicen
literalmente: la existencia misma del régimen de Castro es un
desafío de la política norteamericana del último
siglo y medio en Latinoamérica, que supuestamente tenía
que ser dominada por los Estados Unidos y ahora estaba tomando su
propio camino. Iniciaron entonces una larga serie de ataques
terroristas contra Cuba que no eran ninguna broma. Eran muy serios:
muchísimas personas asesinadas, destrucciones masivas,
hundimiento de barcos, cosechas envenenadas, etc. Y llegamos así
a la crisis de los misiles. Los rusos pusieron armas nucleares en
previsión de una invasión, y en las conversaciones que
están teniendo lugar ahora, en el 40 aniversario de la crisis,
los funcionarios norteamericanos como McNamara dicen: en realidad, no
estábamos planeando una invasión. Pero McNamara también
dice que, si él fuese ruso o cubano, supondría que iba
a haber una invasión, porque todo apuntaba a ello. Así
que los misiles se pusieron allí para tener un efecto
disuasorio sobre los planes de invasión. Y eso casi hace
explotar el mundo. Acabamos de saber lo cerca que estuvimos del fin
en las conversaciones que tuvieron lugar la semana pasada en la
Habana: lo que salvó al hemisferio norte de la destrucción
total fue un oficial ruso que canceló la orden de enviar
misiles nucleares cuando su submarino estaba siendo atacado por
destructores norteamericanos. Gracias a eso estamos vivos. Estuvimos
así de cerca. ¿Que pasó después de la
crisis de los misiles? Kennedy continuó y de hecho aumentó
los ataques terroristas contra Cuba. Diez días antes de su
asesinato dio nuevas órdenes para operaciones de terror y
sabotaje en Cuba, y eso continúa hasta hoy. Además de
eso, hay un embargo que estrangula al país. Los rusos se
involucraron finalmente para proteger a Cuba de los ataques, pero no
se trataba de la Guerra Fría, y si os fijáis en otros
casos, veis que es lo mismo. De hecho, en el caso de Nicaragua los
Estados Unidos enviaron a los Sandinistas a manos de los rusos
conscientemente y a propósito, porque querían un
pretexto para el ataque que estaban llevando a cabo. Nicaragua quería
aviones para defender su espacio aéreo del ataque de los
Estados Unidos, y los Estados Unidos sobrevolaban Nicaragua enviando
mensajes a las fuerzas terroristas diciéndoles a dónde
debían ir, etc. Nicaragua quería defender su espacio
aéreo y para ello trató de conseguir aviones franceses,
pero los Estados Unidos presionaron a Francia para que no les
enviaran aviones, querían que fueran los rusos los que se los
prestaran. Afortunadamente fueron suficientemente listos como para no
aceptar los aviones rusos, pero de todas maneras la administración
Reagan continuó esparciendo rumores de que Nicaragua iba a
obtener aviones rusos dispuestos a atacar a los Estados Unidos. Si
analizas caso tras caso, ves que así es como funciona.
En
cuanto a Brasil, acaba de salir de unas elecciones que confirman el
avance de la izquierda en el continente. ¿Qué
estrategias está desarrollando el poder para controlar este
avance?
Brasil es una fuente de preocupación ahora, como también lo era bajo la administración Kennedy, en parte por las mismas razones: Goulart se estaba moviendo hacia una posición de independencia, era un populista moderado. A la administración Kennedy no le gustaban las reformas que se estaban llevando a cabo. Prepararon –y no había rusos por medio- un golpe de Estado, que se materializó poco después del asesinato de Kennedy. Estableció una dictadura militar brutal que los liberales de Kennedy aplaudieron y describieron como la mayor victoria para la libertad de mediados del siglo XX, literalmente –y esto mientras se llevaban a cabo torturas y todo lo demás. Y no tenía nada que ver con los rusos. Tenía que ver con el hecho de que Brasil –que es mucho más importante que Cuba- se movía hacia una dirección de independencia; eso no es de esperar ni está permitido. Lo mismo ocurre hoy en Venezuela. Chávez es una figura muy impopular en los Estados Unidos: populista, reformista… Hizo algo tan terrible el otro día que fue noticia aquí. Rebautizó el llamado “Día de Colon” por “Día de la Resistencia Indígena” y... ¡uno no puede decir eso! Aquello fue la liberación del hemisferio, no el genocidio de cien mil personas. Así que todavía tienen que pensar en una manera de librarse de Chávez, pero una distinta de las anteriores. En el caso de Brasil, tenemos ahora a Lula, el candidato del Partido dos Trabalhadores, que es con mucho el partido socialdemócrata más grande e importante del mundo. Los Estados Unidos están tratando con todas sus fuerzas de impedir su subida al poder. No pueden parar en este momento la victoria electoral, pero lo que han hecho ha sido imponer condiciones –no solo los Estados Unidos, sino toda la comunidad internacional financiera y la elite de negocios de Brasil- que son las mismas condiciones que cualquier nuevo presidente –Lula en este caso- tendría que cumplir, y esencialmente significan una continuación de las políticas neoliberales. Por ese motivo estuvieron invirtiendo en el suelo, atacando la moneda... Es la técnica estándar para destruir un país, y forma parte de la globalización neoliberal: la liberalización financiera proporciona a los inversores y propietarios de la tierra un enorme poder sobre los países. Esa es también una de las razones por las cuales el crecimiento económico –como la productividad y la mayor parte de los índices macroeconómicos- bajó considerablemente en los últimos veinticinco años, a escala mundial. Pero estas políticas neoliberales también minan la democracia, lo cual es mucho más importante: retiran el poder de decisión de los países dándoselo a los inversores internacionales, propietarios, etc. Se habla incluso a veces de “parlamentos virtuales” que determinan las políticas gubernamentales a través del control del capital flotante, la moneda, ... Un ejemplo: Brasil, como consecuencia de las políticas neoliberales de Cardoso, tiene una gran deuda. Pidieron un préstamo al FMI y se lo concedieron, un gran préstamo, pero con una condición: el préstamo quedó congelado hasta después de las elecciones, y el nuevo presidente va a tener que seguir las reglas del FMI, lo cual significa esencialmente continuar la misma política. Es un estrangulamiento del país. La única escapatoria es más o menos revolucionaria: que Sudamérica tome las riendas de sus propios asuntos y siga su propio camino. Un país solo, como Cuba o Venezuela, no pueden hacerlo, pero una parte sustancial del continente podría, si Brasil está dispuesto. Por otra parte, eso significaría una guerra de clases en Brasil.
¿Y crees que eso puede pasar a corto plazo?
Yo
creo que va a pasar, antes o después, pero no sé si la
situación está madura ahora mismo. No puede pasar si no
hay un gran apoyo del Norte, no de los gobiernos, sino de la gente.
Si estos movimientos por la justicia global crecen y se expanden,
podrían proporcionar una base de apoyo popular. La gente tiene
cierta capacidad de maniobra e históricamente hubo mejoras
sustanciales. Por ejemplo, ahora ningún presidente
norteamericano podría hacer lo que hizo Kennedy: los ataques a
Vietnam, organizar un golpe militar en Brasil, guerra terrorista
contra Cuba... Los presidentes están ahora mucho más
constreñidos por el cambio en el público general, que
ahora impone sus límites al poder. Los movimientos de justicia
global podrían dar lugar a desarrollos muy saludables,
orientados hacia las necesidades de la gente y no hacia los
beneficios de las multinacionales. Y Brasil, Venezuela y otros países
son un ingrediente crucial en todo esto: los países que más
sufren son los que están completamente controlados por los
Estados Unidos. El control es mayor en el Caribe y en Centroamérica,
y el resultado es un completo desastre: el país más
pobre del hemisferio es Haití, el segundo más pobre es
Nicaragua, Guatemala es el tercero... Desde 1990, que fue cuando
Estados Unidos recuperó completamente su poder sobre ellos,
están en caída libre. Esos países son demasiado
pequeños para hacer algo, necesitan solidaridad y ayuda
Otra
de las cosas en las que más has investigado es la manipulación
mediática, por ejemplo en Manufacturing Consent. En
la mayor parte del mundo el poder parece seguir una pauta doble: en
el Primer Mundo, el método favorito es la manipulación
de los medios, pero en el Tercer Mundo el poder es mucho menos sutil,
y sigue funcionando a través de la violencia física, la
exclusión...
Sí,
y además se hace de manera completamente consciente. Lo mismo
pasa en la historia de los países ricos. Estas ideas de
“fabricar el consenso” aparecieron cuando las elites
entendieron que, con el crecimiento de la democracia parlamentaria,
del movimiento obrero, etc, no iba a ser posible controlar a la gente
por la fuerza. Por lo tanto tuvieron que recurrir a otros modos de
control, como controlar la opinión, el pensamiento, las
maneras de ser... Se trata de una enorme industria que se desarrolló
principalmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos
países más democráticos. Es ahí donde el
peligro es mayor. Considerad por ejemplo el caso de España.
Con Franco permitían la publicación de cualquier tipo
de libro, no tenía importancia. Siempre y cando hubiese una
cámara de torturas en el centro de Madrid y pudieseis escuchar
los gritos cando pasarais por allí, se le podía dejar a
la gente leer lo que quisiera. Por otro lado, cuando no tienes esas
técnicas, se vuelve muy importante controlar lo que la gente
piensa, ve y dice. Mientras la gente esté completamente
absorbida por lo que se suele llamar las cosas superficiales de la
vida –es el término que usan las empresas- no se
involucrará en otras cosas. La gente lo sabe, y por eso hay un
tremendo cinismo respecto a la democracia en este país.
Reparemos por ejemplo en las elecciones de noviembre de 2000. Hubo
muchas discusiones y rabia por el hecho de que se hubieran manipulado
las elecciones, pero fijaos en quién estaba preocupado: una
elite intelectual muy pequeña. Se trataba de un asunto muy
importante en Harvard, pero en las calles de Cambridge a nadie le
importaba. A la gente no le importa que se hubieran robado las
elecciones: es todo una farsa. Y en todas estas discusiones y debates
siempre resultaba sorprendente que a la gente no le preocupara la
ilegitimidad del presidente. Si echáis un vistazo a los
sondeos de opinión veréis exactamente por qué.
Antes de las elecciones ya el 75 % de la gente pensaba que eran una
farsa: se trata de un juego de ricos, de la industria de relaciones
públicas, etc. Hay un indicador de “impotencia”
que mide lo incapaz que se siente la gente de cambiar la realidad, y
ese indicador no paró de subir, alcanzando recientemente su
punto álgido. Lo mismo pasa en Latinoamérica. La
llamada “onda de democratización” que está
teniendo lugar es tan solo una democracia formal: votas por alguien.
Por otro lado, el cinismo respecto a la democracia creció
tremendamente. Un porcentaje muy alto de la población -creo
que es cerca de la mitad- dice que incluso aceptaría
dictaduras militares, lo cual no es ninguna broma en Latinoamérica.
La razón es que la democracia formal fue de la mano de
programas neoliberales, que minan la democracia, así que la
gente acabó siendo cínica, y eso es un éxito:
quieren que la gente sea cínica y que las elites se ocupen de
todos los asuntos. Esa es la forma perfecta de democracia, y exige
poderosos instrumentos de adoctrinamiento e control.
Cuando la Unión Soviética colapsó, todo el mundo dedujo que la planificación central no era viable, pero se rechazaron también otras alternativas -como los consejos de trabajadores- más próximas a la tradición libertaria en la que tú te inscribes. Todas estas ideas se consideraron utópicas. Según la doxa oficial, la única manera posible de organizar la vida económica es el capitalismo de libre mercado. ¿Cómo interpretas esta reacción?
Se
trata de una reacción interesante. De hecho, escribí
sobre el tema cuando la caída del muro de Berlín. Yo
creo que la caída de la Unión Soviética fue una
pequeña victoria para el socialismo, al igual que la derrota
del fascismo: abrió de nuevo el espacio para el socialismo.
Los bolcheviques fueron radicalmente antisocialistas desde el primer
momento. La primera medida que tomaron Lenin y Trotsky en 1918 fue
eliminar los consejos de trabajadores, eliminar los soviets, eliminar
por supuesto la Asamblea Constituyente. Tenían que destruirlos
porque querían formar lo que ellos llamaban un ejército
de trabajadores, obedientes a la voluntad del líder, y lo
hicieron basándose en lo que ellos consideraban presupuestos
marxistas. Su variedad de marxismo implicaba que Rusia non podía
tener socialismo sin ser industrializada a la fuerza y rápidamente.
Después de la industrialización la Historia pondría
en práctica su magia, y todo eso. Pero a medio plazo, la Unión
Soviética fue la fuerza más radicalmente antisocialista
del mundo, peor que la Alemania nazi. No había organizaciones
populares, ni organizaciones de trabajadores. Los consejos de
trabajadores no existían en absoluto. La eliminación de
este sistema dejó cierto espacio a los ideales socialistas
libertarios. Así que lo que estáis describiendo es
correcto, así es como se interpretó, pero los hechos
son radicalmente opuestos. Esta e una de las mayores victorias de la
propaganda que jamás he visto.
¿Cuál es tu opinión de la otra alternativa tradicional de la izquierda, la socialdemocracia?
La socialdemocracia tuvo un éxito extraordinario. Por supuesto, no resolvió todos los problemas, pero cuando se aplicó a las sociedades funcionó mucho mejor que el sistema soviético, de una manera mucho más humana. Tomemos por ejemplo la sanidad. Estados Unidos es el único país industrial que tiene una sanidad pública extremadamente limitada. La sanidad aquí es probablemente peor que en cualquier otro país industrial: los gastos per cápita son el doble de los del resto de los países industriales, y el sistema es completamente ineficaz. Hay algo así como una sanidad pública en Norteamérica, de manera que si eres una persona pobre en el centro de Boston y tienes un ataque al corazón o algo así, te llevarán a urgencias y te tratarán. Pero notad que esta es la forma de sanidad más cara y menos eficiente: no hay prevención y el tratamiento es muy caro, porque usan el Hospital General de Massachusetts. Así que, en cierto sentido, hay una sanidad pública, pero es radicalmente ineficaz. Esto es lo que pasa cuando te mueves hacia sistemas de mercado. En los países que tienen alguna forma de alternativa socialdemócrata –y hay muchos tipos distintos- es mucho más eficiente. Cuando tienes un sistema privado, hay un montón de burócratas, contables, y todo tipo de gente que se aseguran de que los médicos no les den demasiados medicamentos a la gente. Y toda esa burocracia da lugar a muchos gastos. Donde los sistemas socialdemócratas funcionaron, lo hicieron razonablemente bien, ciertamente mucho mejor que las alternativas. Así que las conclusiones a las que os referíais antes–que son las conclusiones usuales- son solamente propaganda ridícula. Lo que es cierto es exactamente lo contrario, y eso quiere decir que lo que deberíamos hacer es movernos hacia formas serias de democracia, en las que por ejemplo la economía esté bajo control democrático. El programa neoliberal va en la dirección opuesta. Lo que se suele llamar privatizaciones no tiene ningún tipo de motivación económica, pero tiene una importante motivación antidemocrática: si se privatiza un servicio, por ejemplo la salud, el agua, o lo que sea, se retira del dominio público, del dominio de la elección democrática, y se lleva al dominio del totalitarismo. Una corporación privada es una institución totalitaria: es una economía dirigida, controlada de arriba a abajo, y no rinde cuentas al público. Así que no hay argumentos económicos para las privatizaciones: las empresas públicas en países eficientes son eficientes, y en países ineficientes son ineficientes.
Por
otro lado, las socialdemocracias fueron históricamente
fenómenos del Primer Mundo. En un país como Argentina,
que está actualmente en medio de una profunda crisis social y
económica, ¿crees que la socialdemocracia sería
una solución realista? ¿Cuál podría ser
la solución a corto plazo?
Encontrar una solución a corto plazo para Argentina ahora es muy difícil. Existen muchas razones por las que las democracias son fenómenos del Primer Mundo. Cuando aparecen en el Tercer Mundo son pisoteadas violentamente...
Como Allende en Chile…
O Nicaragua, o Guatemala, o muchos otros lugares. Si Suecia o Francia se mueven hacia la socialdemocracia, no puedes aplastarlas, así que tratas de limitar estos movimientos de otras maneras, pero no puedes llevar a cabo golpes de Estado. Y por supuesto, dependiendo del país, puede haber otros problemas. Latinoamérica tiene, por ejemplo, serios problemas internos, además de los que le proporciona la violencia imperial. Los países latinoamericanos no controlan a sus clases altas: los ricos no pagan impuestos, no tienen ni conexión ni responsabilidades con su propia sociedad. Si os fijáis en cosas tan simples como las importaciones, podéis ver que en Latinoamérica son mayormente productos de lujo. Si por el contrario vais a los países del Este Asiático, que son básicamente pobres, veréis que se importan medios de producción, los ricos pagan impuestos, no hay fuga de capitales y hay una sociedad que intenta desarrollase. En Latinoamérica la sociedad está profundamente dividida en dos capas, en las que los ricos son parte del Primer Mundo y tienen muy poco que ver con sus países, excepto para explotar la mano de obra barata. De hecho, si vives en Sao Paulo, tu relación con los pobres brasileños es prácticamente la misma que si vives en Nueva Cork: son quienes limpian tu casa. Esos son problemas internos en Latinoamérica que tienen que solucionarse. Otro problema es que los países latinoamericanos estuvieron tradicionalmente separados unos de otros y están orientados hacia sus antiguas metrópolis o, como sucede ahora, hacia Estados Unidos, pero no entre sí. Incluso el transporte entre ellos está mayoritariamente orientado hacia el oeste. Estas cosas tienen que solucionarse. Argentina está ahora mismo en medio de todo esto. Argentina fue la mejor estudiante del FMI y colapsó completamente. Ahora tiene que tener el equivalente a una revolución social. Esto está sucediendo, hasta cierto punto. La gente no decidió simplemente suicidarse, sino que está construyendo modos de existencia alternativos, y vemos que están apareciendo cooperativas, sistemas de intercambio basados en el trueque... Argentina potencialmente es un país muy rico, y si la sociedad invierte su dirección, puede hacer muchas cosas.
Como filósofo y lingüista, has investigado el papel de los medios de comunicación en crear lo que Etienne de la Boétie llamaba la servidumbre voluntaria. Nos gustaría acabar haciéndote una pregunta que ha atormentado a la filosofía política durante siglos: ¿por qué la gente que está oprimida no se rebela contra su opresión?
¡Es
mucho más profundo que eso! Tomemos por ejemplo el caso de las
mujeres. Las mujeres estuvieron terriblemente oprimidas en casi todo
el mundo y durante toda la historia, incluyendo Occidente. No se
rebelaron. Lo hicieron en cierta manera, pero esencialmente
interiorizaron la opresión. Lo mismo pasó en las
sociedades esclavistas: durante largos períodos de tiempo, los
esclavos no se rebelaron. Simplemente pensaban: esto es lo que hay,
tenemos que intentar llevarlo lo mejor que podamos y refugiarnos en
otras cosas, a través de nuestra cultura y de nuestras
relaciones personales, que son parte de un mundo que los amos
desconocen. Y lo mismo hicieron las mujeres. Pero la gente
interioriza la opresión, y los que no lo hacen y tratan de
resistir se enfrentan a un coste muy grande. Por eso no es tan
simple. Los costes varían, pero pueden ser enormes, y eso hace
que la gente esté controlada durante largos períodos de
tiempo. Lo mismo pasa en la cultura norteamericana: la población
se siente impotente y no hace mucho por resolverlo porque no ve cómo.
Y si lo hace, hay costes. Los costes aquí no son el asesinato,
pero pueden ser muy altos. Supón por ejemplo que eres un
trabajador en una fábrica y quieres hacer algo tan simple como
organizar un sindicato. Para el organizador hay un coste: lo
despedirán, lo pondrán en la lista negra, etc. Si el
esfuerzo por crear el sindicato triunfa, todo el mundo gana, pero los
activistas se enfrentarán a los costes. Si hacéis un
cálculo simple de coste-beneficio, podéis deducir que
ser pasivo produce un beneficio. Estas técnicas de control y
subordinación no siempre funcionan: hay un continuo fermento
de resistencia, de revuelta, que triunfa continuamente. Por eso
vivimos en un mundo mejor que el de hace cincuenta años.
Considerad de nuevo los derechos de las mujeres: son mucho mejores de
lo que eran hace cincuenta años, hubo una tremenda mejora en
la mayor parte del mundo, y no fue un regalo. Lo mismo pasa con
cualquier otro derecho que queráis imaginar: nunca es un
regalo. Es el resultado de una larga lucha por la que la gente paga
un gran precio y que es difícil llevar a cabo, pero que con el
tempo merece la pena.