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4 de diciembre de 2003

El último libro de Rafael Sánchez Ferlosio

Non olet, sed olet

Gonzalo Hidalgo Bayal
Turia

La publicación de Non olet, último libro de Rafael Sánchez Ferlosio, ha venido a coincidir en el tiempo con la reedición de su primer gran ensayo, Las semanas del jardín, que, tras dos ediciones tan relativamente próximas como remotas (1974 y 1981), había sobrevivido durante más de veinte años en la trastienda de las librerías de viejo o en la forzosa clandestinidad de las fotocopias. Esta circunstancia editorial, por mucho que pueda tener de casualidad, no deja de ser pertinente, no ya por la aparente geminación de «Imago mundi», sino por otras cuestiones: de forma y de trasfondo. Sin duda, en primer lugar, el «oscuro arbitrista granadino de principios del siglo XIX, del que se ignora el nombre y sólo parece, relativamente, averiguado, que fue clérigo», al que se atribuye un opúsculo manuscrito titulado precisamente Non olet (que daría pie a las razonamientos actuales de Ferlosio), guarda un parentesco transparente con el «oscuro periodista sevillano» al que, en Las semanas del jardín, se le atribuían las «memorias inconclusas, inéditas, prácticamente anónimas [...] y acaso incluso apócrifas», en que se narraba un memorable encuentro entre Juan de Mairena y Marcelino Menéndez y Pelayo. Pero, por otra parte, industrias y atribuciones al margen, mayor importancia tiene la similitud del procedimiento discursivo en ambos libros, ese «meterse en un jardín» en el que, según advertía en 1974 la contraportada de la primera semana (que, por cierto, la edición actual no reproduce), «se trenzará al costado del texto, como un frondoso remanso marginal, un diálogo moroso, ocioso, inocuo y acaso un tanto estupefacto, casi como entre dulces planteles de flores y delicados arriates de boj y de aligustre», diálogo o trayecto que, salvada la captatio beneuolentiae de los adjetivos (ocioso, inocuo, etcétera) se repite igualmente en Non olet. Hay, en fin, por último, un punto más, porque, si, en Las semanas del jardín, al abordar ciertos aspectos de la narración, se oponían dos procedimientos, «la narración [...] concebida como una suerte de penetración en las entrañas de algo organizado en forma de cebolla», frente a «un modo de concepción contrario [...] precisamente el marido de la cebolla, o sea, el ajo: [...] en éste, en efecto, en lugar de estratos concéntricos, nos encontramos una rueda de gajitos, o mejor, de dientes, ninguno de ellos más próximo ni más distante que otro del corazón y de la superficie», los diferentes textos de Non olet se organizan, equidistantes, como dientes de ajo, en torno a un objeto central, a saber, la evidencia de que la producción se ha enseñoreado de la humanidad.

La idea central de Non olet (el título proviene de una anécdota imperial según la cual, cuando Vespasiano le dio a oler a Tito la primera recaudación de impuestos sobre letrinas públicas, éste dijo: «No huele», a lo que replicó el emperador: «Y sin embargo es producto de la orina») es que en 1927 se produjo una «inversión copernicana del sistema planetario de la economía», cuyo enunciado sería el siguiente: «Ya no se produce para satisfacer las necesidades -o lujos o caprichos- de los consumidores, sino que se consume para satisfacer los intereses de la producción». Naturalmente, pueden haberse emitido pronósticos anteriores en la misma dirección, como la ley de Say (Jean Baptiste Say, 1767-1832: «Toda oferta crea su propia demanda»), pero, siguiendo a Jeremy Rifkin, Ferlosio sitúa el triunfo de la «revolución copernicana» en 1927, justo el año en que murió Thorstein Veblen (a cuya Teoría de la clase ociosa recurren con frecuencia estos y otros escritos ferlosianos) y en que Edward Cowdrick proclamó el «Nuevo evangelio económico del consumo» («The New Economic Gospel of Consumption»). Los mecanismos ideológicos que han contribuido a esa revolución y las consecuencias que de ella se derivan son los puntos a los que Ferlosio aplica su razonamiento, su erudición y su experiencia, y sobre los que, no sin derivaciones marginales y frondosos remansos, tratan los diferentes textos que contiene el libro, puntos que cabe reducir a tres: los productos, el trabajo y el consumo.

Los pasos que se siguen son precisos. En primer lugar (productos), está el «principio de inocencia e indiferencia de toda mercancía en cuanto mercancía», que es la traducción económica que el arbitrista granadino y el propio Ferlosio hacen del «non olet» de Vespasiano, gracias al cual «la hegemonía de la realidad económica ha acabado por convertir la Producción en un fin que se justifica por sí mismo, que no tiene por qué dar razón de sí ni de su ineluctable crecimiento». En segundo lugar (trabajo), viene «la exaltación y el culto del trabajo en sí mismo y por sí mismo», en la que coinciden cristianos, liberales y marxistas, desde «la consideración ontológica del trabajo» (Marcuse) hasta la «capitulación sin condiciones» del Romano Pontífice, que ha convertido la maldición del Génesis en «una bendicióoon», y que deriva en la proclamación de la irresponsabilidad moral del trabajador asalariado, equivalente a la histórica irresponsabilidad moral del soldado, para satisfacer plenamente, sin objeciones, los intereses de la producción o de los príncipes. Y, en tercer lugar (consumo), «ya no se producen solamente los productos, sino también, al mismo tiempo, los consumidores», que ha dado pie a «la industria de producción del consumidor», la «empresa exclusivamente especializada en la producción de consumidores para las empresas productoras de productos», esto es, la publicidad industrial, que no sólo reduce al hombre al «solo papel de personaje dentro del argumento de la producción», sino que, para que tampoco aquí quepan objeciones, inscribe el instinto de consumo en la naturaleza humana, certifica «la pureza e inocuidad patológica y patógena del entorno circundante» y registra la emopatía, o patología del consumo, como una enfermedad del individuo, es decir, promulga urbi et orbi la irresponsabilidad moral del consumidor.

No hace falta gozar de ninguna clarividencia para pronosticar que nada irá a mejor y que la hegemonía de un producir vicioso e interminable irá en aumento, porque quedan todavía frágiles resquicios de libertad, pero, si algo debe hacerse, es rebelarse contra el principio de realidad desde «la consideración de que la palabra es la más impersonal de las cosas de los hombres, el campo más inalienablemente mostrenco de su hacienda, siempre que esté excluida cualquier intervención consciente de la reflexión individual y se trate de una obra indeliberada y espontánea de la lengua misma». Desde el don de la palabra, desde la lengua misma, Non olet propone un final adversativo para la anécdota imperial. «No huele», dijo Tito. Ferlosio añade: «Pero huele».


Rafael Sánchez Ferlosio, Non olet, Barcelona, Destino, 2003

Turia, nº 66-67

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