17 de mayo de 2004 |
Muriel Steinmetz
Traducido
para Rebelión por Manuel
Talens
El
gran poeta palestino vive en Ramala. En État de siège
[1], abre una ventana a su mundo, presa de todos los sufrimientos.
Tras largos años de exilio, Mahmoud Darwich vive ahora en
Ramala. En 1948 tenía seis años cuando el ejército
israelí expulsó a su familia del pueblo de Birwa, donde
nació. En 1950, volvió a su tierra, pero Birwa había
desaparecido. En su lugar habían construido dos colonias
israelíes. La historia del poeta se confunde con la de su
pueblo, cuyo derecho al retorno, más que nunca, sigue siendo
algo hipotético. Sin embargo, Mahmoud Darwich afirma que «el
poeta no tiene obligación alguna de ofrecer un programa
político a su lector». Preconiza una lectura inocente de
su obra, que está impregnada de un «lirismo épico»,
según las palabras del poeta griego Yannis Ritsos. La poesía
de Darwich, cualesquiera que sean sus raíces, no se inscribe
en un tiempo y un espacio dados, por muy candentes que sean. El
exilio sigue siendo su verdadero sustrato, lo más cercano de
una geografía concreta del mundo, bañada en más
de una época histórica. Mahmoud Darwich se define como
un troyano y, con una leve sonrisa, reivindica el estatuto de
víctima. ¿Acaso no es más noble cantar, aunque
sea en la cárcel, en vez de ocuparse de oprimir y controlar al
prójimo? Acaba de publicar État de siège,
testimonio escrito en caliente por un hombre aislado en el seno de su
propia tierra, cercada por los tanques. Su larga y poética
reflexión nació del tiempo libre impuesto a este
heraldo de un pueblo también situado bajo estrecha vigilancia.
Desde su ventana escruta las calles de Ramala, escribe la crónica
de las horas y los días. De visita en Francia, ha accedido a
responder a nuestras preguntas, traducidas por Farouck Mardam-Bey, su
editor en Actes Sud.
Una
recopilación anterior de entrevistas con usted llevaba por
título Palestina como metáfora. ¿De qué
es una metáfora Palestina?
Fue
mi editor quien escogió el título. Esa metáfora
permite decir cosas sobre la poesía: la relación del
ser humano con su historia, con su existencia, con la naturaleza,
consigo mismo, así como su lucha por las libertades
individuales y colectivas. Para mí, Palestina es sólo
un espacio geográfico delimitado. Remite a la búsqueda
de la justicia, de la libertad, de la independencia, pero también
a un lugar de pluralidad cultural y de coexistencia. La diferencia
entre lo que yo defiendo y la mentalidad oficial israelí
–incluso diría la mentalidad dominante hoy en Israel–
es que esta última conduce a una concepción
exclusivista de Palestina, mientras que, para nosotros, se trata de
un lugar plural, ya que aceptamos la idea de una pluralidad cultural,
histórica y religiosa en Palestina. Este país la
heredó. Nunca fue unidimensional ni perteneció a un
solo pueblo. En mi escritura, me confieso hijo de varias culturas
sucesivas. Hay lugar para las voces judía, griega, cristiana y
musulmana. La visión opuesta concentra toda la historia de
Palestina en su periodo judío. No tengo derecho alguno a
criticar la concepción que ellos tienen de sí mismos.
Pueden definir su identidad como deseen. El problema es que esa
concepción de la identidad significa la negación de la
del otro. Eso nos impide vivir libres e independientes. Consideran
que no tenemos ningún derecho sobre esta tierra, en la medida
en que la aprehenden como tierra bíblica y juzgan que, desde
hace dos mil años, está a la espera del «regreso»
de quienes la habitaron antaño. Hay, pues, una tentativa
permanente de monopolización de la tierra, de la memoria,
incluso de Dios. Por eso, la lucha se sitúa hoy en diversos
ámbitos. Los gobernantes israelíes tratan de aplicar su
concepción del pasado sobre una realidad que no le corresponde
en absoluto. A veces, provoco a un soldado en el puesto de control.
Le digo: «Si queréis la tierra santa tal como está
escrita en la Torá, quedaos con ella y dadnos la tierra que no
es sagrada, es decir, todo el litoral palestino. No hay historia
bíblica sobre este litoral». Si la referencia es
religiosa, hablemos de este intercambio entre el litoral y el
interior, pero si es jurídica, si depende del derecho
internacional, volvamos a las resoluciones de la ONU.
¿Qué
lugar ocupa hoy la poesía de lengua árabe y, en
particular, su propia poesía en la literatura árabe?
Los
países europeos y Estados Unidos creen que la poesía de
lengua árabe ocupa el lugar de honor en la cultura árabe,
como sucedió durante tres siglos. Se habla de la crisis de la
poesía en Occidente, de la decadencia de su masa de lectores.
La misma crisis existe entre nosotros. La relación entre la
poesía y los lectores se ha vuelto problemática, quizá
debido a que la poesía árabe se adentró en
formas experimentales, que la aislaron del gran público.
Establece una distancia entre el texto y la realidad y se priva de la
riqueza de las cadencias de la métrica árabe. Hay
también una razón de orden cultural. La poesía
no es el primer género literario entre los árabes. La
novela ha tomado el relevo. Eso es algo positivo. Yo añadiría
que vivimos una crisis de identidad cultural y política. Los
árabes retroceden en numerosos planos. Tenemos el sentimiento
de no participar en el curso de la historia. Por ejemplo, se oye
hablar de un gran Oriente Próximo. Pero los estadounidenses,
iniciadores de dicho proyecto, consideran que los árabes ni
siquiera merecen ser consultados. En la medida en que las fronteras
de los países árabes fueron fijadas por extranjeros,
estos mismos extranjeros pueden modificarlas a su antojo. Los árabes
no participan en la definición de su destino. ¿Qué
quiere que haga la poesía en tales condiciones? ¿Hablar
de la edad de oro? ¿Adorar el pasado? La verdadera poesía
árabe es una poesía crítica de la realidad
árabe.
Perdone
que le haga esta pregunta un poco brutal, pero ¿puede la
poesía, en su sentido más elevado, tal como usted la
practica hoy, constituir la alternativa a la religión?
William
Blake decía que la imaginación es una nueva religión.
Todo el movimiento romántico busca sustituir la inspiración
poética por la inspiración religiosa y profética.
Yo creo que la religión y la poesía nacieron de la
misma fuente, pero la poesía no es monoteísta. Tal como
dijo Heidegger, nombra a los dioses. La poesía está en
rebelión permanente contra sí misma. No cesa de
modificarse. La religión es estable, fija, permanente. Sin
embargo, la búsqueda de lo desconocido es común a
ambas. La poesía tiende hacia lo invisible, sin encontrar
solución. La religión encuentra una, de una vez por
todas. ¿Acaso el gran problema del marxismo no fue que en
cierto momento se convirtió en una religión?
¿Es
hoy compatible la poesía con la religión bajo su forma
más reivindicativa y violenta?
Desde
luego, el integrismo impide que florezca la poesía. Su
maniqueísmo sin apelación no conviene en absoluto a la
poesía. El integrismo tiene respuestas totalmente preparadas.
Es poeta quien duda y acepta al otro. Para mí, la poesía
está ligada a la paz. Está en perpetua adoración
ante la belleza de las cosas y, desde luego, ante la belleza
femenina. El integrismo aísla a la mujer y la esconde. A la
poesía le gusta el vino; el integrismo lo prohíbe. La
poesía sacraliza los placeres en la tierra. El integrismo se
les opone ferozmente. La poesía libera los sentidos. El
integrismo los reprime. La poesía humaniza a los profetas. Por
eso la cultura engendrada por el integrismo religioso es antipoética
por excelencia. El integrismo puede llegar a suprimir todo lo que sea
contrario a su concepción del mundo. En sus formas más
extremas, representa un peligro mortal para la poesía y los
poetas. Durante los siglos IX, X y XI –la edad de oro de la
poesía árabe– el Estado fue bastante tolerante,
abierto a todas las culturas. Hubo, en particular, una bellísima
poesía erótica y báquica. El fundamentalismo
musulmán es en sí mismo una reacción al
fundamentalismo y al integrismo estadounidense e israelí. El
despotismo universal de Estados Unidos, tal como se despliega hoy en
día, está legitimando el integrismo musulmán.
Cuando los estadounidenses hablan del terrorismo como algo inherente
al Islam, empujan a los musulmanes hacia ciertos extremos. La lucha
actual, que se nos presenta como una lucha entre civilizaciones, no
es más que una lucha entre integrismos. No es una guerra de
civilizaciones, sino una guerra entre diferentes barbaries.
Nos
parece impresionante la reflexión de Ritsos, que califica su
poesía de «lirismo épico». ¿Cree que
eso lo define a usted todavía hoy, teniendo en cuenta que en
Occidente la epopeya es una forma que despareció hace siglos,
mientras que el lirismo parece considerablemente en retirada?
La
poesía épica, en el sentido tradicional del término,
desapareció hace tiempo. Tal como demostró Hegel,
estuvo vinculada a las antiguas civilizaciones. El lirismo es
intemporal, porque existe siempre una pluralidad de «yoes».
Este tipo de poesía expresa detalles, partes del alma de un
pueblo. Se centra en los individuos que lo componen, más que
en el pueblo entero. Desde luego, estos conceptos no tienen base
alguna en la poesía árabe. Provienen de las lenguas
occidentales. En Occidente, se dice que el lirismo es lo que no es ni
épico ni dramático en sentido teatral. Por el
contrario, nuestra poesía árabe es lírica desde
su origen, pero según diversas corrientes. Las formas son
múltiples en ella. Cuando Ritsos define mi poesía como
un «lirismo épico» se refiere a la arquitectura
del poema y a la multiplicidad de las voces en su seno. Mi voz no es
la única, pues hay otras que expresan el grupo. Mi poesía
no se sitúa en un espacio limitado y personal, sino en un
espacio amplio, en el plano histórico y geográfico. De
ahí que algunos de sus rasgos recuerden la épica. El
lirismo de estos poemas no ni es ni muy personal ni individual, es un
lirismo colectivo. Se trata de una poesía que no es totalmente
lírica ni totalmente épica. El lirismo también
está en retirada en el mundo árabe. Los jóvenes
poetas, un poco perdidos, no dominan los conceptos. A menudo
confunden lirismo y romanticismo.
¿Puede
la poesía ayudar a que un pueblo conserve su identidad,
incluso en las peores dificultades de supervivencia?
No
creo que la poesía tenga un papel evidente en la lucha
nacional. Su influencia no es inmediata. Constituye un viaje
permanente entre culturas, tiempos y espacios. En ese sentido, yo no
creo en una poesía nacional. Dado que el poeta es el hijo de
una época y de una lengua, contribuye sin duda a dar forma a
la identidad nacional de un pueblo al desempeñar un papel de
orden cultural, pero no tiene por qué incitar nada. En los
años cincuenta, sin duda, en el mundo árabe y en el
mundo entero –pienso en toda la poesía comprometida, en
particular, entre ustedes los franceses, en Louis Aragon–, el
poeta tuvo un papel político directo. El mundo era un poco
menos complejo que hoy en día. En nuestro caso, la ocupación
israelí es una larga ocupación, a diferencia de la
alemana en Francia. ¿Qué artista puede representar sin
interrupción el papel de poeta de circunstancias, de poeta
comprometido, en el sentido antiguo del término? Si pretende
representar ese papel, la ocupación habrá conseguido
matar también la poesía.
[1]
État de siège, de Mahmoud Darwich (traducido del
árabe al francés por Elias Sanbar). Éditions
Actes Sud/Sindbad - 96 páginas - 23,90 euros.