19 de diciembre de 2002

Equipo Crónica: ¿Transición?, ¿qué Transición?

Carolina del Olmo
Ladinamo

Hasta hace bien poco, si querías echar un vistazo a un libro o un catálogo de Equipo Crónica, la única solución era acudir a alguna biblioteca bien surtida. La verdad es que la situación no ha mejorado demasiado con la reciente publicación de un monumental Catálogo razonado por parte del IVAM y la Fundación Telefónica, ya que se vende al desorbitado precio de 110 ?, pero siempre queda la esperanza de que gracias a los insondables caprichos del mercado editorial de aquí a un par de años podamos encontrarlo en algún VIPS a una quinta parte de su precio original. En cualquier caso, la publicación del catálogo, a pesar de su escasa repercusión, supone un paso importante en la superación del silencio que envuelve uno de los episodios más interesantes de la historia del arte de este país.

Equipo Crónica (EC) es el nombre de un colectivo artístico que se formó en 1965 con la reunión de Manolo Valdés y Rafael Solbes y se disolvió en 1981 con la muerte de este último. Generalmente se los adscribe a la corriente de arte pop pero lo cierto es que, en sus manos, los recursos habituales de esta tendencia ?tintas planas, utilización de imágenes tomadas de los medios de comunicación o de otros depósitos visuales de la cultura de masas? son meras herramientas que, combinadas con elementos de muy distinta naturaleza, dan lugar a una obra sin estilo definido y de evidente vocación política. Las obras de EC no sólo incorporan imágenes de los medios de comunicación, de los cómics o del mundo de la publicidad, también recurren constantemente a la obra de otros pintores, cuyas imágenes ?citan? conservando el estilo del cuadro de procedencia. Se trata de una pintura metapictórica, si se me permite el retruécano, que no sale del mundo de la imagen: pintan pinturas, fotos, carteles e incluso collages y lo hacen ?a la manera de?, en una constante reflexión en torno a la naturaleza del lenguaje pictórico, los géneros y las distintas maneras de representar el mundo. Por eso no se puede adscribir su obra a ninguna tendencia aunque, desde luego, su vinculación con diversos movimientos artísticos claramente politizados es sin duda mucho más fuerte que su relación con el pop norteamericano por el que, de hecho, experimentaban una cierta hostilidad y del que a menudo se servían como mero almacén del que extraer imágenes.

Con todo, a pesar de ser pintura sobre pintura, pintura de segundo grado, la obra de EC es claramente narrativa o incluso realista; se refiere al mundo con el evidente objetivo político de criticarlo ?de contribuir a cambiarlo? alejándose no sólo de la tradición introspectiva del arte moderno, del onanismo típico del expresionismo abstracto y otras corrientes de moda en la época, sino también de la autorreferencialidad hacia la que ha ido avanzando el arte a medida que se ha visto atrapado en las redes del mercado, en su voluntad de fingir una autonomía de la que en realidad carece. En este sentido, si de buscar filiaciones se tratara, tal vez la más evidente es la que une su obra con la mejor tradición del cartel político, en la línea de los collages antinazis de John Hartfield o de los cartelistas españoles de la República, a quienes homenajean en una de sus series pictóricas (?El cartel?, de 1973).

En cualquier caso, si bien la determinación política está presente desde sus primeras obras, en su trayectoria puede apreciarse un alejamiento progresivo de la voluntad ingenua de re-presentar de manera inmediata el mundo, una creciente toma de conciencia de que todo realismo es construcción, de que no hay porqué aceptar las formas de representación históricamente codificadas como realistas para hablar del mundo y que, de hecho, hay otros lenguajes políticamente más eficaces para criticar la realidad. El arte revolucionario, como bien sabían Brecht y Benjamin, no puede limitarse a transmitir su mensaje a través de cauces establecidos, es decir, no puede pretender encerrar en una forma convencional un contenido progresista. Por eso resultan particularmente desafortunados los comentarios críticos que pretenden elogiar la renovación del lenguaje pictórico que llevó a cabo EC desligándola de la naturaleza combativa de su trabajo, ya que la tendencia política de una obra no se manifiesta sólo en su mensaje o en las opiniones del autor sino en la propia forma artística, que resulta ser también soporte ideológico. En definitiva, la producción de EC es un caso ejemplar de vinculación de calidad técnica y tendencia política donde la renovación del lenguaje formal figurativo, la investigación del funcionamiento de los códigos populares y de la comunicación con el público ?principal virtud de su obra según la crítica burguesa? es la otra cara, absolutamente inseparable, de su programa político, consistente en desenmascarar el discurso del poder que transmiten las imágenes de la sociedad de consumo y los medios de comunicación, en buscar un lenguaje compartido, en investigar formas de reapropiarse de aquellos símbolos colectivos que el poder ha usurpado, en subvertir los valores dominantes a través de la imagen y en alertar de la posibilidad de asimilación y manipulación de todo discurso, incluido el suyo. Así, EC ha conseguido realizar una crónica/crítica social de los últimos años del franquismo a partir de reflexiones metapictóricas, sirviéndose de un procedimiento de cita enormemente subversivo, que no sólo no deja intacto el contexto de procedencia del material citado, sino que al provocar el shock (estrategia básica de toda estética progresista, según Walter Benjamin) rompe con la estructura formal y temática de los cuadros ?según sus propias palabras? despejando la ilusión que fomenta el realismo clásico, impidiendo al espectador experimentar una adhesión inmediata y obligándolo a tomar partido o a leer entre líneas. Por lo demás, uno de los aspectos más geniales de su obra es la manera en que esta ruptura se logra a partir del sabio empleo de recursos humorísticos ?desde la sátira más sutil hasta la más abierta carcajada? que se revelan como la forma más apropiada de abordar la desmitificación de los valores dominantes.

En cualquier caso, parece evidente que hay momentos en la historia que exigen con mayor intensidad el compromiso político del artista, momentos en los que el arte no comprometido resulta débil y deshonesto, ?malos tiempos para la lírica?, como decía Brecht. Sin duda la obra de EC supo estar a la altura de su época y, sin duda también, la traición de la transición resultó nefasta para este colectivo en dos aspectos distintos: por un lado, la transición real supuso una estabilización política y social que desmovilizó a la población y eliminó las esperanzas de cambio que habían alimentado los movimientos político-culturales de los últimos años del franquismo ?lo cual queda perfectamente reflejado en la desolación de los paisajes de los últimos años de EC y en la desesperanza con la que se abordan las cuestiones abiertamente políticas?; por otro lado, la transición como mito ha jugado un papel desastroso al permitir al mundo de la cultura absorber y desarmar la obra de Equipo Crónica, interpretándola como un texto que nos habla del pasado, que no se refiere ya a nuestro mundo. Desde luego, sus reflexiones en torno a la asimilación de todos los signos y discursos por parte del poder cobran un nuevo relieve cuando leemos las alabanzas que les dedica en el prefacio del Catálogo el director de relaciones institucionales de Telefónica, que finaliza su panegírico citando los versos de León Felipe: ?¿cómo vas a recoger el trigo y alimentar el fuego, si yo me llevo la canción??.