| LA PÁGINA DE DIETERICH |
26 de mayo del 2004 |
Heinz Dieterich
Rebelión
Un problema vital en todo proceso revolucionario es la eficiencia de su
sistema de conducción, es decir, la facilidad con que fluyen la
información, el poder y las personas dentro del Estado y partido transformador, por
una parte, y entre el Estado, la vanguardia y las masas, por otra.
Un Estado es, por definición, vertical y lo mismo sucede con las
macroorganizaciones, como los partidos políticos y sindicatos, entre
otras.
En este sentido, la propuesta organizativa de Lenin sobre el
"centralismo democrático" no fue una fórmula exótica sobre el quehacer político o un
mecanismo diluviano, sino la interpretación y aceptación adecuada de la
realidad del poder a través de todos los tiempos y sociedades de clase.
Sin embargo, existen diferencias entre esas estructuras estatales
en varias dimensiones, que en su conjunto definen la eficiencia del
sistema:
1. la movilidad vertical de los tres elementos dentro de la pirámide
de poder varía; 2. lo mismo es válido para la incidencia de flujos
horizontales y la posibilidad de integrar información imprevista o de emergencia; 3.
hay diferencias en la forma de procesamiento de los tres elementos en el
primer anillo de poder del Presidente.
El modelo más adecuado para entender como funcionan esas
estructuras de poder estatales en América Latina es, probablemente, la cebolla. En el
centro de la cebolla se encuentra el Presidente, rodeado de un
sinnúmero de anillos o circuitos de funcionarios que, en términos generales, alejan
al Presidente del contacto directo con la realidad y la información
primaria.
Tal modelo de ejecución del poder podría parecer sorprendente,
pero, de hecho, muchos de los Estados latinoamericanos, sean progresistas o no,
son sistemas de conducción unipersonales.
En esa anatomía del sistema de dominación burgués se revela el
continuismo del sistema de dominación feudal. El Presidente burgués no
es otra "cosa" que el monarca sin investidura feudal. Es el monarca del
capital, no del latifundio, pero, al fin y al cabo, monarca.
Esa centralización y personalización del poder público asume en la
praxis dos formas: la centralización y personalización absoluta del
poder estatal en la figura del monarca secularizado, o la difusión relativa
de este poder en un sistema de conducción colectiva, cuyo núcleo es, por
lo general, el gabinete.
Se repiten, en el siglo XXI, las formas de ejecución del poder de
la monarquía absoluta, o de la constitucional o relativa ---el rey como
primus inter pares, como "primero entre iguales"--- en el Estado
contemporáneo, que, por lo tanto, no podrá ser el Estado de la
democracia participativa, sino que tendrá que ser sustituido por un Estado
cualitativamente diferente.
La conducción por decisión colectiva vía el gabinete significa, por
supuesto, una pérdida relativa del poder unipersonal del monarca,
porque le proporciona a todos los miembros del colectivo un alto nivel de
información, propiciando, de esta manera, la formación de alianzas con agendas e
intereses propios, dentro del equipo.
La ventaja de este sistema consiste en que optimiza la calidad de
las decisiones finales, porque hasta el día de hoy no se ha inventado un
mejor método de optimización de decisiones que no sea el enfrentamiento
democrático de posiciones diferentes. El monólogo, aunque sea el
monólogo de un ente iluminado, no es el mejor método de acercamiento a la verdad
objetiva.
El sistema de la monarquía absoluta dentro del Estado burgués
sustituye la doctrina de la dominación colectiva por la del divide et impera ---
divide y dominarás. Esto significa en la realidad que el Presidente
cancela las reuniones del gabinete o las reduce a un mínimo absoluto,
sustituyendo la instancia colectiva por un sistema de relaciones bilaterales con los
ministros.
La información, el poder y el acceso al Presidente se
compartimentalizan deliberadamente. Este recibe en privado y en exclusiva a los
ministros, uno por uno, impidiéndoles a los no convocados que tengan la visión e
información completa de la situación del poder.
Este sistema cuenta, por lo general, con un primer anillo de
personas de absoluta confianza que rodean al Presidente. Ese grupo compacto
constituye una especie de armadillo que es difícil de penetrar. Por lo
general, está conformado por dos a tres ministros; el jefe de despacho
del Presidente; el jefe del sistema de inteligencia de su confianza;
algunos asesores de peso y, a veces, la esposa del Presidente o algún familiar.
En torno a este núcleo, que detenta el verdadero poder del
Ejecutivo, se agrupan anillos cada vez más distantes que, a semejanza de lo que
sucede en el sistema solar, pierden fuerza de gravitación sobre el sol (el
Presidente) a raíz de su distancia.
El costo político de esta monarquía absoluta ---que pese a ser una
superestructura conductora correspondiente a una sociedad feudal, es el
modelo más común en la Patria Grande--- es alto. Es alto, porque la
sociedad actual exige para su óptima conducción un sistema cibernético
y, por lo tanto, más democrático que el anacronismo en cuestión.
Es obvio, que ningún Jefe de Estado, por más genial que sea, tiene
la capacidad de procesar en el tiempo adecuado y con el detenimiento
necesario los múltiples problemas que surgen cada día en la sociedad actual. Se
genera, en consecuencia, un cuello de botella que sólo permite la
atención a las necesidades más apremiantes o las amenazas de estabilidad más
peligrosas, en lugar de una estructura institucional que permite prever
y planear las contingencias de la lucha política y social.
Desde el punto de vista de los de abajo, este sistema hace
virtualmente imposible tener acceso al Presidente o incidir sobre sus decisiones,
porque no tienen la posibilidad de penetrar los múltiples estratos de la
cebolla.
La burocracia de los anillos que rodean al Presidente solo es
penetrable para los grandes poderes, en su tiempo los señores feudales y hoy, los
magnates del capital y de la política.
La información primaria y la visión de las cosas que puede tener
en esas circunstancias el Presidente, es, en consecuencia, esencialmente
una función de la información preparada y permitida por el núcleo de poder.
Sobre esta frágil base y el abrumador peso de la rutina cotidiana, el
funcionario toma, entonces, las decisiones sobre el rumbo de su
política que, frecuentemente, son decisiones sobre el destino de la nación.
Siendo el Estado el instrumento ejecutivo principal de la
regulación y transformación de la sociedad, su permanencia en los moldes del
absolutismo feudal es uno de los obstáculos principales a las causas progresistas
del siglo XXI.
Sólo la sustitución del poder del monarca absoluto por una
creciente expansión de la incidencia plebiscitaria sobre los asuntos
trascendentales de la República, puede romper esa maldición del pasado.
La lucha por la democracia participativa postcapitalista, que en
este momento pasa en la Patria Grande por la defensa y solidaridad
incondicional con la Revolución Venezolana y la Revolución Cubana, es el camino para
avanzar en esa tarea histórica de la humanidad.