| E C O L O G Í A |
27 de mayo del 2004 |
Silvia Ribeiro
Servicio Informativo "alai-amlatina"
El pasado 21 de mayo
la Corte Suprema de Canadá emitió la sentencia final del caso
Monsanto contra los agricultores canadienses Percy y Louise
Schmeiser, culminando así una lucha legal que duró ocho años, a
partir de la acusación de la trasnacional de que estaban "violando"
su patente de canola transgénica (resistente al herbicida
RoundUp).
Los Schmeiser -agricultores familiares por más de tres
generaciones- nunca quisieron la canola transgénica: sus campos
se contaminaron por viento e insectos y no lo supieron hasta que
Monsanto envió sus detectives secretos a sacar muestras y una
carta amenazándolos con llevarlos a juicio si no pagaban los miles
de dólares que estimaba le debían por regalías. En lugar de
amedrentarse por las amenazas del gigante trasnacional, Percy
salió al mundo a contar su caso, entendiendo que esto era un
precedente grave para todos los agricultores a los que se les
contaminara su campo. En estos años, otras cortes menores
sentenciaron dos veces contra los Schmeiser, alegando que,
aunque no se podía demostrar su culpabilidad, debían haber
advertido a esa empresa que podría haber plantas contaminadas
accidentalmente y pedirle que las retirara, o de lo contrario se
estaban "aprovechando" de los genes patentados. Por esta razón,
los condenaron a pagar casi 20 mil dólares de multas y regalías y
más de 150 mil dólares por los gastos de juicio, además de que
Monsanto los amenazó con nuevos juicios por salir a contar el
caso al público.
La reciente sentencia de la Corte Suprema, por cinco votos contra
cuatro, afirma que la patente sobre genes de canola transgénica
es válida también en las plantas contaminadas, y por tanto los
Schmeiser estaban ?"privando a Monsanto del pleno gozo de su
monopolio"! al "usar" plantas que contenían genes con su patente.
Sin embargo, consideraron que los Schmeiser no tienen que pagar
nada a Monsanto, porque no sacaron ningún provecho de la canola
transgénica, ya que nunca usaron el herbicida RoundUp. Pero los
Schmeiser, ambos de más de 70 años, no sólo resultaron
inocentes de los cargos, sino que ?sufrieron el daño de la
contaminación, muchísimos gastos en el proceso, y el acoso legal
y propagandístico por más de ocho años!
Según Pat Mooney, director del Grupo ETC, con sede en Canadá,
"Monsanto se consiguió una patente inflable. Ahora puede decir
que sus derechos se extienden hasta cualquier cosa en la que se
introduzcan sus genes, ya sean plantas, animales o humanos".
La Corte de Canadá fue incluso más allá de la ley de patentes de
Estados Unidos -notoriamente pro monopólica-, porque sentenció
que la patente sobre un gen se extiende a cualquier organismo
superior que contenga al gen patentado. "Bajo este veredicto, la
expansión de la contaminación se convierte en una estrategia
renditiva de las corporaciones para extender sus monopolios", dijo
Mooney.
La sentencia implica que si un agricultor tiene semillas o plantas
que contienen genes patentados corresponde al agricultor probar
que no está infringiendo la patente monopólica de la compañía. En
el mundo de Monsanto, todos somos criminales hasta que una
Corte diga lo contrario.
Monsanto, que controla actualmente 90 por ciento de los
transgénicos plantados comercialmente en el mundo, es
seguramente uno de los responsables de la contaminación del
maíz campesino en México. A la luz de este hecho es aún más
ignominiosa la propaganda que está publicando en periódicos de
Chiapas: en un aviso pagado que comienza diciendo "Amigo
agricultor:", advierte a los campesinos que si usan "ilegalmente"
sus genes patentados (en este caso de soya transgénica) en
"importación, siembra, guarda, comercialización o exportación"
podrán sufrir cárcel y multas mayores. Además instigan a que si
tiene dudas, "o conoce alguna situación irregular", se contacte con
Monsanto, para evitar ser "cómplice". (En Canadá ofrecían una
chamarra de cuero por delatar a los vecinos, pero la trasnacional
cuenta con que para los campesinos chiapanecos bastan las
amenazas). En México no están permitidas las patentes sobre
plantas, e incluso las plantaciones de soya transgénica de
Monsanto en Chiapas se han hecho como "experiencias de
campo" o bajo un eufemismo dudosamente legal llamado
"programa piloto" que aunque son miles de hectáreas, por
irresponsabilidad de las autoridades de agricultura y
"bioseguridad", no son plantaciones para "comercialización". Por
tanto, si hay alguien cuya legalidad debiera ser analizada es la de
la propia Monsanto. Y yo aquí mismo lo denuncio, para no ser
acusada de complicidad.
Todas las patentes de Monsanto son biopiratería porque se basan
en los miles de años de trabajo colectivo y público de campesinos
e indígenas en el mundo, que crearon y desarrollaron las
variedades que luego las empresas usan en sus laboratorios. La
amenazas de esa empresa en Chiapas y la sentencia de la Corte
Suprema de Canadá muestran una vez más que la (i)lógica de las
empresas trasnacionales parecen tener a su servicio los poderes
Judicial, Legislativo y Ejecutivo. Pero lo que no ha logrado es
convencernos de que tienen razón. Por el contrario, los ataques
cada vez más virulentos de Monsanto sólo exponen sus injusticias
y alimentan la resistencia que existe en las poblaciones del mundo
entero a los transgénicos.