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C H I L E 

29 de marzo de 2004

El túnel de la libertad

Mario Amorós
Rebelión

A Lucía Pascual: La semilla de la vida que hará más fértil la memoria y la lucha.

EEn 1990, 49 presos políticos se evadieron de una cárcel de alta seguridad de Pinochet a través de un túnel de 60 metros. Muchos de los fugados, entre ellos Rafael Pascual y Jorge Martín -militantes comunistas-, no pueden regresar a Chile porque la justicia militar aún les persigue El 30 de enero de 1990 los chilenos se despertaron con una noticia sorprendente: 49 presos políticos (entre ellos siete condenados a muerte por Pinochet) se habían evadido de la cárcel pública de Santiago a través de un túnel de 60 metros excavado durante 18 meses por 24 militantes del insurgente Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), del Partido Comunista y de la Juventud Comunista. La mayor fuga de la historia de Chile ridiculizó a una dictadura militar que agonizaba y fue interpretado por sus protagonistas como un saludo a la democracia que el país anhelaba recuperar muy pronto. Entre quienes participaron en la llamada "Operación Exito" estuvieron Rafael Pascual y Jorge Martín, hijos de exiliados republicanos españoles llegados a Chile en septiembre de 1939 a bordo de aquel barco, el Winnipeg, con el que Pablo Neruda rescató a más de 2.500 republicanos de los campos de concentración franceses, en lo que fue, según el Poeta, la misión "más noble de mi vida".

El Frente Patriótico Manuel Rodríguez fue una organización político-militar nacida en 1983 al calor de las grandes protestas populares contra la dictadura de Pinochet y como parte de la política de la Rebelión Popular de Masas, auspiciada por el Partido Comunista y asumida por amplias capas de la sociedad chilena, desde los pobladores al movimiento obrero, desde los estudiantes a importantes sectores profesionales e intelectuales. Muchos de los militantes rodriguistas se formaron en la lucha revolucionaria en Cuba y otros países y participaron como internacionalistas en la defensa de la Revolución Sandinista.

La legítima lucha del Frente, que tomó su nombre de un guerrillero de la época de la independencia, fue parte del inmenso esfuerzo del pueblo chileno por derrotar a la dictadura, por construir una verdadera democracia y por retomar de nuevo el camino del socialismo, tareas todas aún pendientes en este Chile neoliberalizado a sangre y fuego por Pinochet y regido por un presidente, Ricardo Lagos, que se dice socialista, pero que sólo gobierna para empresarios y militares.

Decenas de compañeros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez dieron su vida en esta lucha, entre ellos aquellos 12 jóvenes masacrados en una noche terrible de junio de 1987 por agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI –idénticas siglas que el organismo sucesor de "nuestro" CESID).

Miembros del FPMR, Rafael Pascual y Jorge Martín fueron detenidos en 1986, el primero en Carrizal Bajo, cuando el Frente intentó internar en el país un enorme cargamento de armas, y el segundo mientras pretendía vender un vehículo. Ambos fueron torturados con brutalidad en distintos cuarteles de la CNI y después fueron trasladados a la cárcel pública de Santiago. Dos hermanas y un sobrino de Jorge Martín fueron asesinados por agentes de la dictadura en aquellos días.

Dos años después, a mediados de 1988 un grupo de presos comunistas y del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, entre ellos Pascual y Martín, decidió fugarse de este centro penitenciario a través de un túnel. Su construcción, realizada en condiciones muy difíciles, exigió mucho esfuerzo e imaginación.

"Como no teníamos madera para apuntalar el túnel, optamos por el sistema de bóveda, como hacían los compañeros vietnamitas, pues nos ofrecía mayores garantías ante los derrumbes", explica Pascual. Por su parte, Martín recuerda que "el túnel era pequeñísimo: tenía cincuenta centímetros de ancho y otros tantos de alto y en algunas partes sólo cuarenta. Sólo cabíamos estirados, era muy claustrofóbico. De hecho, Rafa, otros más y yo tuvimos problemas dentro del túnel y tuvimos que salir..."

Las rudimentarias herramientas (cuchillos, cucharas, tenedores, alambres...) que emplearon para excavar el túnel, con la escasa iluminación que les proporcionaban algunas bombillas de bajo consumo, y los constantes derrumbes, propios de un país tan sísmico como Chile, les obligaron a trabajar dieciocho meses en la construcción del extenso agujero que les devolvió la libertad. Estos presos políticos de la dictadura de Pinochet construyeron una auténtica infraestructura para su operación, tal y como señala Jorge Martín: "Los motores que teníamos para pulir la artesanía los empleábamos para ventilar el túnel a través de una tubería que construimos con los envases de bebidas que nos dieron nuestros familiares. Además, empleamos unos walkman para hacer un sistema de comunicaciones en el túnel..."

Sin duda alguna, el principal obstáculo que tuvieron que salvar para no despertar jamás las sospechas de los gendarmes de la prisión fue el ocultamiento de las cincuenta toneladas de tierra que arrancaron del subsuelo de Santiago. "Pusimos la tierra en el entretecho de nuestra galería, que tenía una longitud de setenta metros", explica Rafael Pascual. Para esta tarea se inspiraron en la conocida película La gran evasión y construyeron un carrito similar al que emplearon aquellos detenidos aliados para sacar la tierra a través de unos rieles construidos con maderas. Durante 18 meses, día y noche, en turnos de dos horas como máximo aquellas 24 personas fueron capaces de culminar su proyecto de fuga.

Ante la necesidad de proteger su intento de fuga, crearon también un auténtico lenguaje para la evasión con palabras como "pera" (el túnel), "maleta" (bolsa de plástico llena de tierra –entre ocho y diez kilos-), "lavado" (transporte de la tierra desde la boca del túnel hasta el entretecho), "comida" (trabajo dentro del túnel), "limón" (aire bombeado") ...

Asimismo, los equipos artesanales de comunicación que emplearon dentro del túnel les permitían ordenar a los compañeros que trabajaban en él que retornaran al exterior con rapidez cuando lo exigía su seguridad. Al éxito de la operación también contribuyó la libertad de desplazamiento entre las calles y las galerías de la cárcel durante determinadas horas del día que los presos políticos habían logrado tras numerosas huelgas de hambre.

El túnel nacía en una celda de la octava galería y se prolongaba en dirección norte por debajo de otras dos galerías con celdas, dos patios grandes y el terreno de seguridad que antecede a las murallas de la cárcel. Después atravesaba la avenida Balmaceda, el túnel del metro y proseguía hasta los terrenos eriazos de la estación de ferrocarriles.

Durante aquellos 18 meses sólo tuvieron un pensamiento: "Llegar a ver la luz de la calle", señala Jorge Martín. Y Rafael Pascual añade: "Todas las cosas que hacíamos eran triunfos diarios. De hecho, en cada pedazo de madera del túnel había leyendas como 'Cava tu metro de libertad'. Fue un trabajo muy duro porque a veces nos encontramos con rocas que pesaban más de cien kilos y tuvimos que hacer un agujero para enterrarlas".

A las siete y media de la tarde del 29 de enero de 1990 los 24 presos políticos entraron en el túnel. Según Pascual, "a partir de la diez de la noche empezamos a salir al exterior uno a uno cada dos minutos e hicimos el contacto con la gente que nos esperaba fuera. Junto al muro que nos hacía invisibles para los gendarmes de la cárcel nos despojamos de las ropas que llevábamos encima de las que íbamos a emplear en el exterior y fuimos subiendo al autobús que nos esperaba. La operación fue un éxito porque a la medianoche ya estábamos todos en casas de seguridad y los gendarmes no descubrieron el túnel hasta las tres de la mañana".

Además de los 24 evadidos que participaron en la construcción del túnel, otros 25 presos políticos escaparon por él ya que a las ocho y cuarto de la tarde uno de los fugados había comunicado la existencia del túnel a las otras organizaciones presentes en la cárcel (Partido Socialista, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, FPMR-Autónomo...). Sólo 9 de los 49 presos -entre ellos siete condenados a muerte- que escaparon fueron detenidos. La "Operación Exito" fue el último golpe que la oposición democrática asestó a una dictadura que expiraría seis semanas después cuando Pinochet entregó el poder al presidente Patricio Aylwin, elegido con los votos de todas las fuerzas democráticas, desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista.

Meses después tanto Rafael Pascual como Jorge Martín llegaron de manera clandestina a Madrid. Durante su estancia en la cárcel sus familiares se preocuparon de tramitarles la nacionalidad española. Hoy, 14 años después, todavía no pueden regresar a Chile porque aún son requeridos como prófugos de la justicia militar en unos procesos plagados de irregularidades.

Rafael Pascual incide en esta paradoja: "Mientras los crímenes de los asesinos prescriben gracias a la Ley de Amnistía y los torturadores se pasean libremente por las calles de Chile, quienes luchamos por la libertad de nuestro pueblo no podemos retornar. Es como si a los partisanos que lucharon contra el nazismo en Europa los estuvieran juzgando y a los fascistas los dejaran en libertad".

Chile está en deuda con muchas personas como mis camaradas Rafa y Jorge, quienes entregaron su juventud de manera tan generosa a la lucha por la libertad de su pueblo, de la misma manera que sus padres lo hicieron por la II República Española.

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