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3 de junio de 2003

David González, el demonio que nos come las orejas

David Franco Monthiel [email protected]
Cádiz Rebelde

El morboso gusto burgués por las zonas de sombra donde habitan leprosos, locos, vagabundos y delincuentes se coagula en ese rapto “excéntrico” de la idealización romántica de los márgenes de la sociedad neoliberalista. Las sociedades se protegen a sí mismas; la cultura reproduce semejantes. Por tanto lo extraño, lo extemporáneo ha tendido a ser neutralizado. No obstante, desde hace unos años el pobre, el loco, el delincuente, ese bulto de hombre, ha sido considerado un problema que a veces había que ocultar en las periferias; ahora es una de las justificaciones para la existencia de ONGs como facciones de esa guerra justa que en el plano simbólico reclama el Imperio. David González sabe de la periferia, de la ley de vida y nos invita a dejar la casa y el sillón y salir a la calle a mirar, a gritar, a vivir desde el otro lado de la comodidad.

I. Cuadernos de la cárcel



Sobreviví

tres años

en tres cárceles.

En cierto modo

las echo de menos

en su interior

aprendí a soñar.


En las cartas que escribió a Julia Schucht durante su estancia en prisión, Gramsci describió el ambiente carcelario, sus rutinas, sus privaciones, sus necesidades, como “ese complejo enorme de cosas que se suceden mecánicamente, día tras días, mes tras mes, año tras años, siempre iguales, siempre con el mismo ritmo, como los granitos de arena de una clepsidra gigantesca”. La literatura ha estado plagada de escritores que se han forjado en un chabolo, rellenado las perpetuas horas encerrado con libros y teniendo como única copia manuscrita la pared desnuda de la celda. Podemos nombrar a Cervantes en Sevilla, donde conoció a Mateo Alemán, a Genet, sus condenas por robo y el apoyo de Sartre en su liberación, a Wilde en Reading, a Vallejo en Trujillo , a Miguel Hernández en Alicante.

David González entró en la cárcel en 1984. La condena es de cinco años, nueve meses y once días. Como podía haberle sucedido a cualquiera de nosotros o a alguno de nuestro barrio, las cosas se fueron torciendo y acabaron con un atraco a mano armada. Es fácil que los que nunca se vieron en una situación así (aquellos que existen en otros mundos, pero dentro de éste) no comprendan el pálpito de rabia que en la barriada recorre sus soportales, los porches como una galería de pintadas, de caladas ásperas al aire, la milla verde que algunos días caminamos, la memoria todos los que se quedan en el camino, y el cinismo ante los que siguen adelante olvidando de donde vienen, escupiendo al espejo.

Nos pillaron con un coche robado Nos cercaron

Nos mandaron bajarnos del buga

Y a apoyar las manos en la parte de atrás

Del maletero del coche

Para cachearnos

Esposarnos

Llevarnos a comisaría


Los días del barrio acaban en una celda, un chabolo donde aprenderá a soñar, donde leerá, donde se forjará una cosmovisión que salpicará a toda su obra. Un testimonio de la experiencia carcelaria, una versificación de la jaula que a pesar de su carácter descarnado, directo, con palabras que son puñaladas de una cuchara que ha ido mutando en afilado cuchillo con la paciencia del presidio.


escúcheme señora, yo,
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo aquí; ahora bien,
lo que ya no sé,
lo que ya no puedo
garantizarle,
es cómo va a salir.


David descubre su vocación de escritor y rechazó el cuento de la reinserción de las que hablan los ministros con los arrepentidos y chivatos. Tres años después David González camina con una bolsa de deportes al hombro y atraviesa la verja de la cárcel. Un trabajo en una empresa metalúrgica le espera. Eso sí, los poemas también.


De dónde viene la cárcel? Yo respondería: "Un poco de todas partes". Es indudable que existió invención; pero invención de toda una técnica de vigilancia, de control, de identificación de los individuos, de clasificación de sus gestos, de su actividad, de su eficacia, Y eso desde los siglos XVI y XVII, en los colegios, las escuelas, los hospitales, los talleres. Una tecnología del poder fino y cotidiano, del poder sobre los cuerpos. La cárcel es el último símbolo de esta edad de las disciplinas.” (Foucault)


II. El lado enfermo


Escribía Raymond Carver unos meses antes de morir: “utiliza las cosas que te rodean./ esta ligera lluvia/ del otro lado de la ventana, por ejemplo. /estos pies en el sofá./ el débil sonido del rock-and-roll,/ el Ferrari rojo en el interior de mi cabeza. / La mujer que anda a trompicones/ borracha por la cocina.../ coge todo eso, / utilízalo. La violencia simbólica sufrida se coagula en David en una cosmovisión de barriada, de superviviente que afila sus palabras. Su vida es su literatura.


El regreso al barrio está marcado por la desolación y ese apetito satisfecho de destruirse de muchos que habían compartido con David las calles. Algunos andan con sus cicatrices, otros malviven.


Le pregunto a uno del barrio, un antiguo colega,

Que si sabe algo de Begoña

Que si sabe qué ha sido de su vida


Diez años después de su salida de la cárcel a David le diagnostican diabetes insulinodependiente, una enfermedad que si no cuida puede llevarle a una dulce muerte. Abandona el trabajo y decide dedicarse por entero a la poesía.

para ser poeta hay que quemar las naves, dedicarse sólo a escribir, hay que mojarse. Cuando uno tiene otro trabajo para asegurarse los garbanzos, arriesga poco. Si te asusta no comer un día, es mejor que dejes la poesía”.

En una pequeña editorial de Ayamonte, publica “El demonio te coma las orejas” con una escasa tirada. “Escribo una poesía autobiográfica, realista, narrativa y comprometida socialmente, sin rima ni métrica, pero con ritmo, mi propio ritmo vital... En realidad, escribo por dos razones: para limpiarme por dentro y porque no tengo a nadie con quién hablar”.

David se convierte en un escritor que sigue a Mohamed Chukri cuando afirma que "Nuestra revancha será vencer con la creatividad los malos tiempos que nos hicieron vivir". Algunos poemas suyos se reproducen en revistas, en fanzines y ya existe alguien que en sus inicios lo vio como un rimbaud callejero, de barrio, con el fonema acechante, con el isosilabismo de unos puños endurecidos en peleas jaleadas por niños que saben de la vida tanto como sus futuros derrumbados. Un ángel con cadenas y pitones de moto con la rotaflex del verso que chirría en la página y suelta un chispazo que se nos mete en el corazón.

Con el curso de los años, los recitales, los encuentros con otros poetas (esos rincones de conciencia que son Huelva, Poesía en resistencia), la bibliografía de David acaba siendo una antología autobiográfica que no ha crecido bajo la larga sombra de José Luis García Martín y se ha mantenido fiel a su estilo: rechazo a los adornos y la narratividad. Los poemas son piezas del rompecabezas de su vida. Indaga en la naturaleza humana, en lo mejor y en lo peor del hombre y rechaza la moralina barata de un juicio. Que cada uno saque su conclusión.

Es incluido en las antologías poéticas: Gijón Express, (colección Máquina de sueños, Ateneo Obrero de Gijón), Feroces, DVD ediciones, En “Voces del extremo”, “En Poesía Espanhola anos 90”, en “Quinta del 63”. Colabora habitualmente con Lunula, Caminar conociendo, Fábula, La hamaca de lona y en los fanzines Vinalia Trippers, Material de deshecho y Monográfico. Dirige la colección Zigurat del Ateneo Obrero de Gijón. Su poemario El demonio te coma las orejas ha sido traducido al alemán. Dass dir der teufel die ohren auffrisst, Ediciones Ropynol, Bruderweg, Siegen, Germany, 2000.

Su último libro, “La carretera Roja” parte de un verso de Rimbaud "sigue la carretera roja y te conduce a la posada vacía" un poemario con viejos y nuevos textos, desde el poema Rebaño que fue recogido en la antología Gijón Exprés en 1995 hasta La tristeza de los lápices, con el cual ganó este año V Premio Blas de Otero. En breve publicará El hombre de las suelas de viento, en la editorial Germanía.


III.La poesía de la conciencia, el realismo sucio y las etiquetas.


Los críticos etiquetan la producción poética de David González como “realismo sucio”, corriente, categoría o lacito que también amarra a Roger Wolfe, Violeta C, Rangel y Karmelo C.Iribarren. Argumentan que el testimonio descarnado de la sordidez consiste en una focalización de la mirada en el mundo periférico, en la radicalidad biográfica y en la configuración de un sujeto urbano conflictivo.

Como han demostrado los activistas Fluxus, neonistas y demás pirados del arte de vanguardia del siglo pasado con experiencias de nombres y artistas pop abiertos como Monty Cantsin, buena parte del éxito, de los premios nacionales, de los reconocimientos y demás migas del pastel del mercado de la cultura radica en ese locus llamado “estar en el sitio adecuado” y la ayuda de conocer a la gente apropiada. La ¿calidad poética? Los ¿aportes a la cultura? El amiguismo, como bien saben muchos de los beneficiados en el ejercito de salvación de los trepas y demás ralea, puede resolverte la vida en unas oposiciones, en un examen de ingreso o incluso en la concesión de un premio dotado económicamente. Y por supuesto convertirte un poeta imprescindible con un lugar en las negritas de los libros de texto y en las antologías.

La arqueología y la escuela de la sospecha deben aportarnos datos reveladores para conocer a los insignes, a los nombrados, a los que salen en todas partes, a los intocables.

David González entronca con la larga tradición de la poesía del excluido, del tachado en la lista del bienestar, que se reconoce como tal y muestra con un orgullo forjado en tanto pisotones y desplantes su condición. El lumpenpoeta, como otros lumpenintelectuales de la talla de Chuk D, Los Marea, Robe y demás, nunca serán considerados por la intelligentsia como vates aspirantes a glosar a Virgilio o a Horacio por el matiz aristocrático que se le da a la condición social de versificador. El lumpenpoeta es gente como nosotros, que hablan de su vida marcada, golpeada, desde el sujeto que apenas si coincide con ese modelo pintado en sangre con el que cada día nos hacen compararnos. Y son las calles las que forjan a los voceros del gentío anónimo que pierde su aliento en castings, en cáterings y demás empleo temporal.

Oficialmente David González se incluye en eso que los poetas de Huelva que se reúnen alrededor del encuentro de editores independientes (Edita) califican de poesía de la conciencia.

Hay un grupo por ahí, con unos planteamientos aún no dominantes, del que forman parte gente como Antonio Orihuela, Falcón o Jorge Reichmmann, que es el más conocido. Se llama Poesía de la Conciencia o del Conflicto; más que poesía social es poesía solidaria. Hay diferencias, no sólo estilísticas, con los poetas sociales de los años 50, que, incluido Ángel González, son poetas burgueses, con una perspectiva de clase media alta. Nuestra poesía, en cambio, es coherente con nuestra vida: es el obrero el que escribe el poema. Es la poesía de los parias, de los desheredados”.

Pero David retoma la escritura autobiográfica que Bukowski produjo para la posteridad de tantos perdidos, tarados, cabezas de ácido, ketaminicos y demás congregación chinaskista.

Bukoswki sabía de lo que hablaba tras años de borracheras, de vagabundeos, de viajes en la parte trasera de una furgoneta, de bares abiertos las 24 horas, de trabajos absurdos, de los parques dormitorios y de su trabajo en correos. De todo esto emergió una literatura seca, directa, como un puñetazo, sin adornos idiomáticos o la placidez extemporánea de un adjetivo elegido en largas tardes machadianas en las que algunos pierden el tiempo en escribir.

David González retoma la narratividad bukowskiana para contarnos sus movidas, sus marrones, sus subidas, sus arrebatos poéticos con un porro en la mano y en la otra un cigarro, sus estados anímicos, sus excesos desde una postura de narcisismo de barrio, casi proletario, desde una afectación que es nuestra afectación en un mundo de nadies en la montaña de currículos que se pudren en un ETT. La autoconciencia del nombre, la identidad pisoteada como forma de ser frente a aquellos que por odio de clase o genealogía de ladrones y aristócratas esgrimen su nombre como un precepto de su valía. Justo el reverso de esa moneda es el del hijo pródigo caído en las wertherianas callejuelas de la apatía, la decadencia y esos estados metafísicos que parecen dar empaque a un discurso de la destrucción desde posturas y lugares donde nunca ha acosado la muerte, esa conjugación de economía y policía. Esos impostores que se pierden en submundos con el deseo de acabarse porque no tienen nada mejor que hacer. En cambio David quiere vivir, vivir y verlo todo, denunciando la mentira. Organiza su rabia y la escribe con el lenguaje de los puños para darnos un pedazo de vida.


La lectura última bien pudiera ser que toda esta violencia no emerge del submundo marginal, o, si lo hace, no es más que la inevitable consecuencia de esa otra violencia de guante blanco que, desde quienes verdaderamente detentan el poder, se ejerce sobre aquellos únicamente destinados a recibir los golpes; así lo testimonia en su dedicatoria en Sparrings: “a los que siempre besamos la lona del cuadrilátero”. Como el punk y otros puñados de acordes y rabia versificada nació en las calles como respuesta violentamente musical a la situación política de finales de los 70, la lírica de David González se fundada en el lenguaje de la provocación, pone sus bases en la concepción del poema como una narración directa, descarnada, de episodios de la desolación, sin escatimar en el intento toda la crudeza, todo el tremendismo o la dosis de esperpento necesarios para provocar la desestabilización de los cimientos del lector. En consonancia con el universo narrado, el estilo será deliberadamente prosaico, desaliñado y bronco, desnudo de adjetivos y metáforas, en las antípodas del esteticismo, y -porque la vida también lo es- radicalmente antipoético; el registro coloquial, vulgar incluso, aparece salpicado de términos procedentes de argots callejeros, blasfemias legitimadas por el contexto verbal en que se insertan, y cuya agresividad es espejo de la misma violencia del mundo del que hablan.

Las palabras que dicen la verdad no son hermosas, / las palabras hermosas no dicen la verdad”

IV. Los que besan la lona del cuadrilátero.


felices los normales, esos seres extraños,

los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho,

un hijo delincuente,

una casa en ninguna parte,

una enfermedad desconocida.

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR


Un escritor para el que la infancia son recuerdos de un solar con chatarra, cordilleras de escombros, gatos muertos, mojones, un yermo huerto donde dar unas pataditas al balón, que pasa su juventud exiliada en lo precario, en el frágil día a día del paro y que su historia vital los listos chaparán.

Un escritor que aspira a que su verso brote de cañería rota y se trapichee en las esquinas, que espera a que en sus pulmones el grito se prepare, junto al ebrio humo. Un escritor que fue un niñato, un golfo, un currante, que pisoteó el jardín de la casta impermeable, que mea en sus eternas flores de raíz podrida y en los afeites que ciegan a la palabra, que atraca al coro de listos a punta de palabra navaja, que muerde la mano de quien la pasa por su hirviente lomo de salario basura.

Un escritor que sabe del bozal, del nosotros fragmentado en metralla: delincuentes, tiesos, funcionarias, yonquis.

Un escritor que sabe de sus notas en el dispositivo de adiestramiento, que es el eco del hoy, clamando despierto en los tiempos de la mitología privada. Un escritor que morirá de un disparo a la multitud, que le tocará una semana de atención, ágil olvido consagrado a la anécdota cal viva a la vida cadáver respirando en una zanja de amor y muerte. Un escritor que morirá con equipaje molesto y digno con los ojos abiertos, con las manos esposadas a la espalda. Con los ojos abiertos.

Un escritor así escribe con el corazón afilado en la mano, derramando sobre el papel una sangre tantas veces golpeada.


No hablo de lo que no sé

No hablo

Escribo poemas

Estas son mis piedras partes de ellas

Piensa en las tuyas

Y recuerda

Brazo

Mano

Piedra

Pero

sobre todo

el gesto



Bibliografía y Links

Sparrings , Línea de Fuego, Ribadesella, 2000.

Ley de vida, DVD ediciones Barcelona, 1998

Con los pies en el suelo, Árbol de Poe, Málaga 2001.

Sembrando hogueras, Bartleby editores, Madrid 2001

La carretera roja, Celya, Salamanca 2002.

David González, El demonio te coma las orejas, Ayamonte, Crecida, 1997.

Página personal (contratación) www.arte-nativa.com/david

Tiene editado en internet:

Los mundos Marginados www.babab.com

Sparrings en www.portaldepoesia.com

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