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8 de octubre de 2003

E.L. Doctorow ¿La novela? Al fondo a la izquierda

César Rendueles
Ladinamo

Ya se puede decir sin temor a equivocarse que E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) ha sido uno de los mejores escritores anglosajones del siglo XX. Su obra está marcada por una enorme variedad estilística –ha utilizado y subvertido toda clase de géneros– y una complejidad literaria que jamás cae en el fárrago ni impide que sus textos se lean de un tirón. No obstante, la característica más destacable de sus novelas es el modo en que abordan las cuestiones políticas clave de nuestro tiempo: no se limitan a la denuncia social sino que aspiran a suscitar reflexiones intrincadas. A la espera de que se traduzca al castellano el último libro de E. L. Doctorow, Reporting the Universe (2003), LDNM ha hablado con él.

La historia oculta de Norteamérica juega un papel crucial en sus novelas. Esto no deja de ser sorprendente porque EE UU (tanto la memoria colectiva de sus habitantes como su paisaje urbano) parece un país extrañamente ahistórico. ¿Piensa que sus novelas son una especie de sustituto de esa memoria ausente, una prefiguración de lo que podría ser bajo diferentes circunstancias sociales? Para mí la temporalidad es un principio tan importante en la organización de un libro como el sentido del lugar. Mi descubrimiento de este hecho estético, antes que cualquier deseo de compensar la ausencia de memoria colectiva norteamericana, es lo que más ha influido en mi trabajo como escritor. Por otra parte, la memoria colectiva no está totalmente ausente en EE UU. Está presente en los presupuestos de nuestra sociedad, en las categorías intelectuales que aceptamos sin cuestionarlas, en nuestra forma de ser y de pensar. En definitiva, nuestra ahistoricidad no está exenta de mitos que son versiones canónicas de nuestra historia, una especie de historia cosificada. En la medida en que mi obra aborda estos mitos puede que haya tenido el efecto secundario de devolverlos al espacio de la historia pero no puedo decir que fuera mi intención consciente. De hecho, cuantas menos intenciones programáticas tenga un escritor, mejor para él.

La ciudad de Nueva York es un personaje recurrente en sus trabajos. ¿Por qué cree que está ciudad es tan importante para tantos artistas? ¿Forma parte Nueva York de EE UU o es una especie de isla independiente desde la que se observa el resto del país? Nueva York siempre ha sido el punto de contacto entre el viejo y el nuevo mundo. Cuando yo era niño, no dejaban de llegar a la ciudad refugiados prominentes que huían de la Europa de Hitler –actores, compositores, escritores, científicos, pintores, psicoanalistas y filósofos– que enriquecieron nuestra cultura de un modo muy desproporcionado en relación a su número. Por ejemplo, el compositor húngaro Bela Bartok y el teólogo Paul Tillich vivieron en Manhattan; Brecht o Hannah Arendt pasaron aquí temporadas y también, por supuesto, Einstein que vivía a apenas unas cuantas millas, en Princeton. Al día de hoy, las grandes universidades de Nueva York proporcionan generosas ayudas a investigadores extranjeros. En realidad, Nueva York siempre ha sido una ciudad global con un carácter internacional. Pero también es un centro comercial crucial en la construcción de la identidad capitalista norteamericana. Una población multicultural de ocho millones de personas que viven en una geografía restrictiva la convierten en la ciudad más intensamente vital del país. He vivido la mayor parte de mi vida en Nueva York o muy cerca de Nueva York. El resultado es que me siento más o menos en casa en cualquier otra ciudad del mundo. Nunca he pensado en Nueva York como en un territorio literario a explorar. No se abre camino en mis libros como un escenario que yo haya elegido sino como la vida. Sencillamente parto de la base de que Nueva York es lo que la vida es. No es un lugar, es la vida.

¿No le resulta sorprendente la escasez actual de obras literarias acerca de la vida de los trabajadores? A veces me da la impresión de que los únicos papeles protagonistas en las novelas actuales son escritores, abogados, periodistas y profesores. Sí, hay relativamente pocas novelas cuyos personajes sean de clase obrera. Pero puede que esto no sea enteramente culpa de los escritores. Hay cierta tendencia entre los críticos a ver las novelas en las que aparecen la clase obrera como tratados políticos, así que hay poco apoyo crítico para los libros que hablan de los trabajadores manuales. Por otra parte, en cierta ocasión el crítico norteamericano Alfred Kazin señaló que, a diferencia de los europeos, los trabajadores norteamericanos no se identifican a sí mismos en función del trabajo que hacen. Su identidad procede de su origen étnico, su posición familiar, su vida social, sus aficiones... Les gusta pensar en sí mismos como pertenecientes a la clase media. Así que puede que sea la propia cultura del trabajo norteamericana la que hace que los autores no sientan un gran entusiasmo ante la idea de documentar el mundo que les rodea.

Diferentes críticos (por ejemplo, Edward Said o Frederic Jameson) han dicho que usted es uno de los pocos auténticos escritores de izquierdas que existen en la actualidad pero, en mi opinión, las implicaciones políticas de sus novelas nunca son obvias ni claras. Incluso Ragtime o El libro de Daniel son políticamente ambivalentes... Estoy totalmente de acuerdo. Es consustancial a la ficción vivir en un mundo de ambigüedades. Mi ideario político es, en realidad, muy simple: procuro limitarme a pensar en términos de lo que es justo y lo que es injusto. Sin duda recordará usted lo que el poeta W. H. Auden dijo una vez: las ideas políticas son tan peligrosas para un escritor como la codicia. El papel que juega la política en mis novelas es algo que debe quedar al buen juicio de cada lector, no es algo sobre lo que yo pueda hablar.

A veces sus novelas son experimentales en un sentido muy “clásico”. Me refiero a que no son metaliterarias o postmodernas sino cercanas a las vanguardias del siglo XX. Sé que a mucha gente le resulta absurdo distinguir entre forma y contenido en literatura pero, aún así, me arriesgaré a preguntárselo: ¿Cómo elige la forma de una novela? Mis novelas surgen a partir de excitaciones mentales de un tipo u otro: una imagen viene a la mente, otras veces es una frase o incluso un fragmento musical. Y escribo para tratar de darle caza al origen de esa excitación. Por ejemplo, la imagen de un grupo de hombres vestidos de esmoquin de pie por la noche en la cubierta de un remolcador me llevo a escribir Billy Bathgate. Me preguntaba qué podrían estar haciendo allí y escribí el libro para encontrar una respuesta. Lo cierto es que cuando escribes de esta manera, comenzando sin un plan consciente y sin una intención programática, la forma del libro es improvisada, autodirigida. Algunos de mis libros son narraciones lineales, otros tienen una trama discontinua que aumenta la tensión, algunos tienen una sola voz, otros son corales. No les digo a mis libros cómo tienen que ser, son ellos los que me lo dicen a mí. Sólo les pido que funcionen, que consigan desarrollar sus potencialidades.

En diferentes obras, pero especialmente en Ragtime, parece usted fascinado por un tipo de bandido nihilista alejado de la violencia política organizada y cercano a lo que el historiador Eric Hobsbawm ha llamado “rebeldes primitivos”... No estoy muy de acuerdo. Yo distinguiría entre un tipo de revuelta basada en principios morales, como aquella en la que se ve inmerso Coalhouse Walker en Ragtime, y el nihilismo criminal de un gangster como Dutch Schultz en Billy Bathgate. Son dos asuntos diferentes. ¿Ha leído usted la gran novela alemana Michael Kolhaas, de Heinrich von Kleist? En esa historia se encuentra el ancestro literario de Coalhouse Walker.

Doctorow en castellano

El hombre malo de Bodie (Grijalbo, 1981) Hay vida en el western más allá de McCarthy. Welcome to Hard Times (su título original) es una divertidísima novela ambientada en el Oeste norteamericano que desarrolla una aguda reflexión sobre la continuidad entre barbarie y civilización. E. L. Doctorow la escribió tras dejar su trabajo como lector de guiones en Columbia Pictures y (presumiblemente) tragarse un montón de westerns.

El libro de Daniel (Muchnik, 1991) Una recreación literaria de los Atom Spy Trials –en los que se condenó a muerte a un matrimonio norteamericano que supuestamente espiaba para la URSS– a través de los ojos de los hijos de los reos. Doctorow rememora tanto el anticomunismo norteamericano de la década de los cincuenta como la revolución ideológica de los años sesenta sin eludir algunos de sus aspectos más discutibles.

Ragtime (Muchnik, 2001) Ragtime es una de las grandes novelas del siglo XX. Se trata de una delicadísima red de narraciones organizada en torno a acontecimientos y personajes históricos de la Norteamérica de principios del siglo XX que jamás aparecerán en los libros de texto. Sencillamente imprescindible.

El lago (Argos-Vergara, 1981) La novela de Doctorow sobre la Gran Depresión norteamericana y también su obra más experimental. No obstante, el esfuerzo de su lectura merece la pena: aborda el declive del sindicalismo a causa de las prácticas mafiosas de las empresas y hace una descripción nada piadosa de la vida del lumpemproletariado que se veía obligado a vagabundear por el país.

El arca del agua (Muchnik, 2002) Aparentemente se trata de una novela de detectives al más puro estilo victoriano pero esconde un retrato de las terroríficas condiciones de vida en el Nueva York del siglo XIX. De este modo, El arca del agua es también una novela sobre las novelas detectivescas clásicas que nos cuenta lo que se oculta tras el Londres de Holmes y Watson: una revancha de Engels sobre Conan Doyle.

La feria del mundo (Planeta, 1991) Estilísticamente es la novela más clásica de Doctorow. Se asemeja a esas autobiografías sobre el Nueva York de los años treinta cuyo paradigma cinematográfico es Días de radio. Sin embargo, trata también sobre la falsedad de la memoria personal. No deja de ser extraño que este amarguísimo ajuste de cuentas con la Bildungsroman haya sido uno de los mayores éxitos de Doctorow.

Poetas y presidentes (Muchnik, 1996) Una colección de artículos crucial para entender las claves literarias de la obra de Doctorow. No sólo reprocha con gran dureza a sus colegas escritores su sumisión política sino que analiza también la obra de autores de los años treinta más o menos vinculados al izquierdismo (Orwell, London, Hemingway...).

Billy Bathgate (Planeta, 1990) Es la segunda novela de Doctorow que fue llevada al cine (tras Ragtime). Se trata de un largo diálogo interno que narra la historia de un joven que deambula por el Bronx en los años treinta y acaba por engrosar las filas del famoso gangster Dutch Schultz.

La ciudad de Dios (Muchnik, 2002) Una novela extraña y a menudo complicada, compuesta de fragmentos heterogéneos y de distinto interés cuyo vínculo es un análisis materialista de la relación entre distintas religiones. Probablemente, lo más destacable sean los episodios que discurren durante la II Guerra Mundial.

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