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19 de diciembre de 2003

Un documental imprescindible

La revolución no será retransmitida.

David Franco Monthiel
Cadiz Rebelde

La primera imagen es la de un palacio en llamas bajo el bombardeo. Luego una voz en off nos dice que seis meses antes del golpe se prepara la campaña electoral. Un entrevistador realiza una encuesta. Cuando entrevista a los piquetes de la oposición, la última de las preguntas indaga en si se está con el camino electoral o por otro tipo de camino. Todos los encuestados, decorados con pegatinas y chapas electorales, responden que el camino electoral. Las elecciones se celebran. Antes de que concluya el recuento, algunos medios dan como vencedor a la oposición. En la calle, grupos de opositores celebran la victoria. Unas horas más tarde se confirman los resultados. No sólo no pierden votos sino que la diferencia ha aumentado. No pueden destituir a Allende con las urnas. A partir de ahora la estrategia será, dirigida por la CIA, la del golpe de estado. Así comienza “La Batalla de Chile”, documental que Patricio Guzmán filmó con vocación subversiva y de amplio fresco del proceso revolucionario de Chile. Recogió la historia de la lucha de un pueblo sin armas que fue derrotado por el boicot, la desestabilización económica en manos de los Estados Unidos, los grupos fascistas y la traición de los altos mandos de las fuerzas armadas. Como dijo el sabio barbudo, la historia se repite una vez como tragedia y otra vez como farsa, una oscura y vil farsa. La dantesca repetición está en Venezuela. La «guerra sucia mediática» librada contra el presidente Hugo Chávez es la réplica exacta de lo que se produjo en Chile contra el gobierno democrático del presidente Salvador Allende. Para romper el cerco mediático que sufre la revolución bolivariana, el documental “La revolución no será transmitida” es una respuesta ante tanta mentira, ante tanta farsa. Se trata de un documental político, comprometido con la verdad que desenmascara el uso y manejo de la información como arma de guerra contra un gobierno elegido democráticamente.

1. Breve tratado de la mentira o la deontología de Falsimedia

Para no ver la realidad,
el avestruz hunde la cabeza en el televisor”

Los medios de comunicación responden a un principio de libertad formal, el de la información, y a un derecho, el de la información. Ocurre que los grandes medios son máquinas de traicionar a las palabras y obedecen a los poderes establecidos que legitiman sus mentiras y sus tergiversaciones. Rupert Murdoch, como todos sabemos es un demócrata convencido. ¿Cuándo delegamos nuestra representación en esas instituciones de entretenimiento y salvaje globalización que se llaman AmericaOnline, o Viacom, o Microsoft? ¿Criticarán los informativos de Mediaset al presidente Berlusconi a riesgo de que éste los despida? ¿El deletreador de TVE sabe lo que es cumplir una sentencia por manipulación? Del cuarto poder se ha pasado a ser poder de cuatro sátrapas multimillonarios. La información sesgada de los grandes medios siempre responde a una política interesada, en una visión editorialista asquerosamente beneficiosa para las grandes empresas, los banqueros y en contra de la ciudadanía que desgasta su ocio delante del televisor. Es la economía más salvajemente liberal la que dirige la fiel doxa y su servicial racionalidad apuntalada en la libertad de escribir, loar e informar de lo injusto. Todos hemos visto como los cerebros más luminosos de nuestra generación, y de otras, destruidos por la carcoma mediática y el más cínico y bucólico columnismo cuando sus jefes señalan a un país para derribar su democracia. Cuando un tercio de la humanidad no dispone de electricidad, cuatro de cada cinco habitantes del planeta no han utilizado jamás un teléfono y más del 90% de nuestros contemporáneos nunca navegaron por Internet, occidente, en pleno corazón del aburrimiento se atiborra de noticias sesgadas y de tecnología, de cámaras digitales, de teléfonos con cámara de fotos. ¿Cuándo su uso consciente e informador será penado por la ley? Pues cuando se extienda la nueva ola de documentalismo cotidiano, cuando el afán e ímpetu indymedia dote a cada uno de nuestros juguetes tecnológicos una capacidad de periodismo cívico como cara opuesta al voyerista aprovisionamiento de cámaras digitales, móviles con el uso convencional o esperado por las multinacionales: las imágenes denunciantes acaban en la fiscalía, las otras en algún programa de videos caseros en los que la vecina se resbala y cae delante de su casa. Ejemplos de ética de los grandes medios hay cientos desde Dreyfus, pasando por todas y cada uno de los gobiernos democráticamente elegidos en Latinoamérica que no han sido del agrado de la política norteamericana, la mochila de Salónica, hasta la nueva estrella del starsystem patriótico norteamericano, la soldado Lynch.

De las mentiras a ocho columnas a la guardia civil entrando en la televisión de Marinaleda hay poca distancia. Pero nos centraremos en Venezuela.

2. La Batalla de Venezuela

Los titulares eran rotundos, con una insidia en tinta fresca: "Golpe al caudillo" (El País); "Fulgurante ascensión y caída del estrafalario Hugo Chávez" (El Mundo); "Venezuela dijo basta a Chávez"(ABC); "El fin de Chávez"(El Periódico); "Venezuela sin Chávez" (La Vanguardia)... Las editoriales de los periódicos –algunos con intereses en Venezuela- saludaban “el restablecimiento de la normalidad democrática” y demás fórmulas del optimismo y de la connivencia con un golpe de estado contra un presidente elegido democráticamente. Después vinieron las loas al chimpancé y demás beligerancias panfletarias que poco a poco se han ido matizando. El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de mordedores perros guardianes del orden económico establecido. Los grandes grupos no solo se asumen como poder mediático, constituyen el brazo armado-de-retórica-ideológico de la globalización. Su función es contener, despolitizar, caricaturizar o minimizar las reivindicaciones políticas que tratan de adueñarse del poder político. Venezuela consta como la primera vez en la historia de Latinoamérica en que un golpe de Estado es técnicamente ejecutado por una alianza de periodistas y empresarios, con una intervención sólo marginal del ejército. El Puente Llaguno de Venevisión, de Globavisión y el resto del oligopolio mediático fue esencial para la Carmonada. Sus francotiradores sólo eran figurantes borrados por ordenador en la secuencia perfecta del gran film del golpe de estado, un burdo intento de remedo del riefensthatiliano triunfo de la voluntad manipuladora, con grandes opciones a ser premiado por la academia de las malas artes Washington,. No hace falta recordar que el premio al mejor director será para Cisneros, al que se le atragantó el brindis. Cuando la polvareda hertziana del golpismo ha pasado es hora de contraatacar con la libertad de expresión y sus supuestos carceleros. Salvajes campañas semejantes pueden incentivarse, diseñarse y crearse allí donde se intente una reforma legal que suponga la modificación de la jerarquía social y la desigualdad de la riqueza. Al poder de la oligarquía tradicional y al de los típicos reaccionarios, se suman actualmente los poderes mediáticos. En nombre de la libertad de expresión atacan las reformas, los programas que defienden los intereses de la mayoría de la población. Tal es la fachada mediática de la globalización. Revela de la forma más evidente y más caricaturesca la ideología de la globalización neoliberal.

Ocho consultas electorales y una Constitución aprobada por el 87'95 % de los votos no han sido suficientes para que los periódicos dejaran de adjetivar el nombre de Chávez con referencias a su pasado "golpista".

3. La revolución no será transmitida

A pesar de que un periodista al servicio de la oligarquía venezolana haya recibido el premio Rey de España de periodismo por un falso documento que ni rodó, ni editó, ni nada, a pesar del fulminante despido del director de Tribuna Americana de la Casa de América, a pesar de la prohibición de Amnistía Internacional en Canadá, a pesar de tantos censores, la difusión del documental “La revolución no será retransmitida” está siendo un éxito que aúna la denuncia y el periodismo comprometido con la realidad. Las críticas elogiosas se multiplican y se habla de incluso un oscar. De intentar ser un documento sobre la revolución y el proceso social en marcha en Venezuela, el material rodado por Kim Bartley y Donnacha 0’Briain se convirtió en un reportaje sobre un golpe de estado más en Latinoamérica (se cuentan 283 golpes desde 1929 hasta 2001) que duró 47 horas. Pero lo excepcional de la cinta, con la capacidad fílmica de lo urgente, de un periodismo cívico que utiliza los medios para denunciar lo injusto, es que las cineastas tuvieron acceso a las reuniones del gabinete, filmaron el golpe, encararon el ultimátum de bombardeo; una vez dado el golpe filmaron al gobierno golpista, presencian la toma del palacio por parte de la tropa de elite y el momento en que se comunica a los golpistas que son prisioneros: lograron una mirada desde el interior del golpe, antes, durante y después del golpe. Filmado con la visceralidad del que vive los acontecimientos junto a los protagonistas y posee un medio de expresión para la denuncia y la información con la pasión, el miedo y la valentía que rasgan la retina de la cámara, el film es un ejercicio que denuncia las malévolas capacidades manipuladoras de los medios privados y un febril ejercicio de cómo se conspira contra un gobierno democráticamente elegido. Dos aspectos centrales son, por un lado, la clara manipulación de los sucesos de Puente Llaguno, y por otro, el que muestra imágenes inéditas donde los canales de televisión confiesan cómo organizaron el golpe junto a un sector del alto mando militar. Tal manifestación de golpismo convicto y confeso, jamás registrado en la repleta lista de golpes latinoamericanos constituye un verdadero impacto periodístico, semiótico y político.

El género documental está en alza. Habrá quien filme las inquietudes musarañísticas cotidianas de ciudadanos aburridos. Pero desde el mítico Shoa de Claude Lanzmann , pasando por “La batalla de Chile”, “Harlan County USA” de Barbara Kopple, El oscarizado Michael Moore, “El efecto Iguazú, hasta “La revolución no será retransmitida”, el documental comprometido nace con la conciencia de comunicar la verdad, a entreverla, a analizarla. Incómodos para el círculo librepensador más sectario, para liberales recalcitrantes y luchadores por la paz mediante la guerra, los documentales son herramientas para combatir la manipulación de falsimedia.

El espectador ve como la boina roja emerge de una de las ventanas que da a la multitud que rodeaba el palacio de Miraflores. Y no puede más que emocionarse ante lo que acaba de ver. Dedíquenle unos minutos al emule y bájenselo, disfrútenlo.

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