14 de enero de 2004 |
Harold Alvarado Tenorio y Renato Gómez
El tiempo.com
Esta
entrevista con el poeta Jaime Jaramillo Escobar, X-504, tuvo lugar en
Medellín en su casa a mediados del año anterior.
Jaime
Jaramillo Escobar, conocido durante el Nadaísmo como X-504, es
quizás el poeta colombiano vivo más notable de estos
menguados tiempos para la poesía. Nacido en Pueblorrico, en
1932, pasó niñez y juventud en diversos pueblos de
Antioquia, donde coincidió en la escuela con Gonzalo Arango,
fundador del Nadaísmo, movimiento que debe hoy su existencia a
la perdurable obra de este hombre tímido y culto, que alejado
de todos los ruidos del mundo, vive en Medellín, pobremente,
de ofrecer talleres de poesía hace ya casi veinte años.
Jaramillo es autor de un solo y aumentado libro que todavía se
titula Los poemas de la ofensa.
Hay
una foto en que está usted con Gonzalo Arango en el Liceo Juan
de Dios Uribe, de Andes, donde estudiaron bachillerato. ¿Fue
coincidencia que luego fueran fundadores del Nadaísmo?
Las
coincidencias no las aceptan los psicoanalistas. Por tanto, no hay
coincidencias. Entonces digamos que son cosas que pasan. Fue una
época en que los colegios, así fuera en un pueblo,
tenían sentido intelectual, era el bachillerato clásico
y los estudiantes leíamos en una pequeña biblioteca y
ahí nos encontrábamos para comentar los libros con gran
seriedad, porque en ese tiempo un muchacho de 14 se consideraba
hombre. Gonzalo y yo, aunque estábamos en grupos diferentes
(me llevaba un año en el bachillerato y en la vida), nos
encontrábamos en los libros. Había en su casa, en el
solar de su casa, que tenían y aún tienen en los
pueblos las familias, un kiosco que él mismo construyó
para aislarse a leer con algunos compañeros. Esa amistad se
hizo por los libros, por las lecturas. Después duró
toda la vida. Porque los libros siempre son nuestros mejores amigos y
son los que arman, organizan nuestras mejores amistades. Fue entonces
así como nos encontramos.
Yo
tenía un periódico de colegio, que circulaba además
en el pueblo, hecho en mimeógrafo, y para el cuarto centenario
de Cervantes le pedí a Gonzalo que escribiera. Su primer
artículo, su primera página escrita fue sobre el
Quijote, publicada en ese periodiquito del que hoy no queda memoria.
Después vino a Medellín a terminar bachillerato en la
Universidad de Antioquia, porque eso le facilitaba el ingreso a la
carrera de abogado, que era la más común en ese tiempo
para un país de litigantes y entonces nos separamos hasta que
volví a Medellín y lo encontré trabajando en la
biblioteca de la Universidad y para la revista, de la cual era
secretario de redacción. El director de la biblioteca era Abel
Naranjo Villegas. Gonzalo escribía reseñas y hacía
prácticamente todo. Yo colaboraba con él porque tenía
tiempo, le ayudaba a corregir pruebas de la revista y él me
retribuía dándome acceso a la parte de la biblioteca
que estaba vedada para los estudiantes, porque ahí se
encontraban los escritores del Índice en compañía
de Satanás.
Usted
nació en Pueblorrico.
Soy
de Pueblorrico, en el suroeste antioqueño. Estuve allí
hasta los tres años solamente. De ahí la familia se
trasladó a Urrao porque mis padres eran de allá. De
esos tres años tengo unos pocos recuerdos, entre ellos la
violencia. Porque en esa época también había una
guerra que era de tipo político-religioso y por eso mis padres
tuvieron que cambiar de residencia. En Urrao vivieron poco tiempo y
después pasaron a Altamira, corregimiento de Betulia. Mis
recuerdos más lejanos son de violencia política y
religiosa. Que ha existido en Colombia siempre. En Altamira hice tres
años de primaria y el último en Betulia. El maestro que
me enseñó a leer y escribir, Gabriel Caro Urrego, vive
acá en Medellín. Algunas veces me veo con él, o
hablamos por teléfono. Tiene 85 años, monta a caballo,
baila, canta, toca instrumentos de cuerda; está más
joven que yo.
Es
allí donde comenzó a comprar suplementos literarios por
kilos.
Eso
fue en Altamira, durante la primaria. No había carretera y se
necesitaban dos días para venir a Medellín, una parte
del trayecto a caballo y otra en un tren que ya no existe. Para
envolver velas y jabón y otros abarrotes, algunos tenderos
llevaban de Medellín bultos de periódicos y revistas
viejos. Los miércoles llegaban los arrieros con sus cargas,
entre ellas los bultos de periódicos y yo estaba muy atento
para ir a una tienda en especial donde compraban grandes cantidades
de papel periódico y el dueño me permitía
extraer los suplementos y me los vendía por kilos. Entonces
tenía todos esos suplementos, que en ese tiempo eran muy
buenos. Conocí en parte la literatura y la poesía
brasileña por suplementos literarios de Bogotá. Tenía
para leer toda la semana. Ese fue mi inicio en poesía y
literatura. Recortaba de esos periódicos poemas y los pegaba
en álbumes de los cuales todavía conservo algunos que
le voy a mostrar.
¿Cuáles
otros poetas leyó en ese tiempo?
Además
de los poetas que se publicaban en periódicos y revistas,
estaba la célebre colección de Simón Latino que
después usted ha reeditado con La Gran Colombia de Bogotá.
Fueron muy importantes en América porque llegaban a todas
partes, así fuera el pueblito más lejano, donde
viajaban a caballo después de días de camino. Además
había otros cuadernillos baratos, que se conseguían con
los cacharreros que iban de vez en cuando al pueblo. Junto con los
periódicos era lo principal que tenía a mi disposición
para leer y esa fue mi escuela de poesía. Creo que nadie me
enseñó nada sobre poesía. Nací aprendido
porque desde el primer momento en que empecé a leer y escribir
tuve una comprensión total que hoy, después de
diecinueve años en talleres de poesía, encuentro muy
escasa en los compañeros de grupo. Tenía esa intuición
desde muy pequeño, desde que tengo memoria, desde que aprendí
a escribir. Por eso le he dicho a mi maestro de escuela que él
fue quien me enseñó a escribir poesía.
¿Leyó
la Biblia?
Leí
la Biblia porque le pedí al cura del pueblo, el padre
Aureliano Morales, que si me la podía prestar. En ese tiempo
se consideraba que los niños no la sabrían leer. Pero
este padre, a pesar de ser época de rigor extremo en cosas de
religión, tuvo la intuición de prestarme su Biblia, un
ejemplar de lujo, empastado en cuero rojo, para un niño de
manos sucias. La tuve el tiempo que la necesité, que no fue
mucho, se la devolví y nunca le pregunté nada, porque
no necesité preguntarle, excepto que me tradujese unas
palabras del Latín. Desde entonces ha sido un libro
maravilloso para mí.
¿Cuáles
serían los autores que más leyó en su juventud?
El
más importante en ese tiempo fue Barba-Jacob, mi primer
maestro de poesía porque era el que estaba en todas partes.
Sabía de memoria sus poemas. Los recitaba por esos caminos,
que eran trochas. No he dejado de leerlos. Además estaban los
poemas de De Greiff. Sí, lo admiraba mucho y me aprendí
sus poemas más conocidos entonces. Años después
tendría el gusto de hacer su último libro, el Libro de
relatos. Él hizo la selección; se lo voy a mostrar. Esa
edición la hice en Bogotá. Fui amigo de León en
sus últimos dos años. Antes no. Lo veía en
Bogotá y le tenía miedo. Se decía que era mejor
no arrimársele porque uno podía salir regañado.
Lo miraba de lejos con mucho respeto, con admiración por su
poesía, pero no me atreví a acercármele hasta el
día que decidí hacer ese libro. Fue cariñoso
conmigo, muy querible, tengo un bello recuerdo de ese tiempo. Lo
mismo me pasó con Ciro Mendía, a quien también
leí en esos años de que estamos hablando y tuve
igualmente el gusto de hacer su último libro, aproximadamente
dos años antes de su muerte. Fue también un amigo muy
querido; ya estaba ciego en ese tiempo. Me decía Jaimito, con
delicado cariño. Eso en él parecía
extraordinario, porque era un hombre fuerte, que no acostumbraba
demostrar su afecto con diminutivos. Esos dos maestros fueron y
siguen siendo muy importantes para mí, como son siempre todos
los maestros en la vida de cualquier escritor que quiera estar
despierto mientras vive.
¿Y
los poetas del Brasil?
Desde
luego, Manuel Bandeira, Carlos Drummond de Andrade, Vinicius de
Moraes y todos sus contemporáneos. Aparecían aquí
en buenas traducciones. Después llegaron las de Ángel
Crespo y luego en Bogotá, más tarde, estudié
portugués con Norma Ramos y pude relacionarme mejor con la
poesía del Brasil y Portugal. También conocí a
Walt Whitman, traducido al portugués en versos cortos.
¿Cómo
era ese Gonzalo Arango de su juventud?
Gonzalo
era un hombre de fuego, tenía su propia energía.
Coincidíamos en muchas cosas: el amor por la Naturaleza, la
afición por el río y la breve selección de
autores. Acostumbrábamos ir al río, porque el colegio
de bachillerato de Andes queda en la orilla del San Juan. Allá
hay unos charcos donde íbamos a bañarnos desnudos. Los
pantalones de baño eran escasos, caros y feos, y en realidad
no se necesitaban. Nos pasábamos todo el día comiendo
guayabas y leyendo clásicos, y también improvisando
discursos. Discursos no políticos, sino literarios, con
nuestros pocos conocimientos, que hoy me parecen muchos, pues
hacíamos discursos sobre literatura griega. Le hablábamos
al río porque allá nadie nos oía ni nos
regañaba. El río es ruidoso, tiene muchas piedras. En
esa época existía el culto por la elocuencia y nosotros
queríamos ser elocuentes. Era muy lindo ser elocuente. Ahora
los poetas ni siquiera saben leer.
¿Dónde
está usted, qué lugar ocupa en la fundación del
Nadaísmo?
Gonzalo
Arango funda el Nadaísmo en Medellín, en agosto del 58,
con un grupo de amigos. En ese tiempo yo vivo en Cali y de pronto
aparece allí Gonzalo con su proyecto del Nadaísmo. Me
entero, voy a encontrarme con él y él convoca a unas
reuniones de jóvenes para incitarlos con su propuesta. Allí
aparecen Jotamario, Diego León Giraldo ya fallecido y otros
más. Nos hacemos todos muy amigos, un grupo que perduró
el resto de la vida. Leemos los manifiestos y nos identificamos con
el pensamiento de Gonzalo, con sus propósitos en ese momento.
Desde luego, me considero en el grupo inicial del Nadaísmo. Yo
había ido en el 53 a Bogotá, de Bogotá fui a
Cali aproximadamente en el 56 y trabajaba en las computadoras de la
época. Parecían ballenas que tragaban tarjetas
perforadas. En Cali estuve hasta el 62 y regresé a Bogotá.
Pensaba que en Bogotá podría tener más
facilidades con respecto a las cosas que siempre me han interesado.
Allá edité con Gonzalo los ocho números de la
revista Nadaísmo.
¿Cómo
son los recuerdos de ese Cali de entonces?
Para
mí son espléndidos, nadando en las piscinas, en los
ríos. Total, que identifico a Cali con el agua. Todos los
poemas que hasta ahora he publicado fueron escritos en Cali. Nunca he
escrito un poema fuera de Cali, donde he vivido varias veces. La
primera en la época del Nadaísmo. La última,
antes de venirme para Medellín en el 85. Cali tuvo para mí
una magia, encanto, un misterio. Se origina en que cuando estaba niño
en Antioquia, oía hablar de que los antioqueños
aventureros se iban para el Valle y allá vivían una
vida muy distinta a la de Antioquia, empezando por la geografía.
Desde ese momento el Valle empezó a atraerme con algo que a la
vez era un poco peligroso o malévolo, en regiones de frontera.
Aún los antioqueños andaban por toda Colombia abriendo
espacios, y como a mí me habían dicho que el diablo
vivía en Cali, por eso me fui para allá.
Regresemos
a Walt Whitman.
Como
te dije, había leído de niño la Biblia. No la
lectura que hacen los Testigos de Jehová, ni la lectura
dirigida que se hace en las casas. Ni la lectura religiosa, sino la
lectura histórica y literaria. Contaría 14 años
en ese tiempo. Entonces, cuando me encuentro con Whitman, que tiene
su origen en el versículo, veo la gran voz que siempre he
creído que debe ser la poesía. La gran voz de la
humanidad.
¿Cuando
usted escribe Los poemas de la ofensa lo hace de manera
deliberada, en el sentido de que desea crear una ruptura con la
tradición poética colombiana, o fueron actos aislados,
fortuitos?
Aunque
me había criado con la métrica y la manejaba muy bien,
ya para entonces estaba claro el predominio de otras formas en la
poesía. Pero el problema no es de forma, sino de concepto y
contenido. Ya te dije que mi psicoanalista no acepta las
casualidades. Una vez que nació una plantita inesperada en mi
jardín, él empezó a buscar razones lógicas
para que así hubiera sido.
Hablemos
del seudónimo, X-504, que usó durante mucho tiempo.
Ese
seudónimo, para sorpresa mía, se ha conocido en muchas
partes. La traducción que Pablo Hecker Filho hizo en Porto
Alegre conserva el seudónimo y tengo recortes de periódicos
del Brasil que también prefieren utilizarlo. Hoy creo que,
excepto por motivos periodísticos, sólo se llega a ser
escritor cuando se es capaz de firmar con nombre propio. Corresponde
con mi cédula. Gallina lo pone.
Hay
varias versiones de cómo ganó usted el premio de poesía
nadaísta Cassius Clay.
Cuando
se publicaron las bases vivía en Barranquilla. Se convocó
en Bogotá y como tenía ese libro inédito hacía
años, pues lo mandé. Era una época en que no
había muchos concursos de poesía, nunca ha habido
muchos en Colombia. Me pareció que siendo un concurso del
Nadaísmo, podía enviar mis poemas, los envié y
me olvidé de eso hasta el día en que me llamó
Gonzalo para avisarme, o tal vez lo vi en la prensa, no recuerdo
bien. Fue una sorpresa. Me invitaron a Bogotá para la entrega
del premio, que eran cinco mil pesos, pero no me pareció que
el viaje se justificara. Hasta hoy, que usted me lo dice, ignoraba
que existieran “versiones”.
Dicen
que usted escribe desnudo.
Solamente
puedo escribir desnudo; no puedo escribir vestido. Cuando se publicó
que escribía desnudo, los periodistas púdicos empezaron
a decir que eso significaba que escribía desnudo de
prejuicios. Siempre he estado desnudo de prejuicios, pero cuando digo
que escribo desnudo quiero decir empeloto. La ropa es un disfraz, una
cobertura que nos ponemos para aislarnos. Siempre vivo desnudo,
porque no tengo nada que ocultar.
Harold Alvarado Tenorio (www.arquitrave.com/hatprincipal.htm)