http://www.rebelion.org

2 de febrero de 2004

Valiosísimos bocetos

Ortiz de Elguea, un plenairista alavés

Rafael Castellano
Maverick Press

Muchos estetas, cuando se sienten encumbrados, olvidan un principio muy práctico a la hora de ponerle barreras a la Ley de Murphy. Todo cuanto se produce sirve, y no depende de quien engendró el presunto engendro (para él), destruir las virutas, grafitos al vuelo, cartas de amor. Oigan este Murphy apócrifo: “Lo que hoy echas a la papelera o al fuego de la chimenea, mañana te será imprescindible”. No hay obra de arte que no sea obra, y mucho menos arte.

Hay autores, como Félix Beristain, que un día, al cambiar de estudio, volcaron a la hoguera, en la rampa de un pueblo pesquero, toda la obra que estimaban concluida y ajena a su egocéntrica evolución. Hay que ser consciente de que el arte es una actividad mutua de este homínido que se cree sabio: uno, quien lo hace; y dos, quien lo mira, siente u oye. U olfatea. Lo de Xavier Laka, es autocrítica presuntuosa que olvida sus principios en el Taller de Aia. Escultor y, hoy, catedrático de Bellas Artes, pasado a la instalación o a formas macrogeométricas en óxido inoxidable, me habló de sus mármoles-rosa con explícita figuración: “Eso ya no me sirve, eso era una de las fases de juventud, un escultor no es como piensa la gente, un fortachón dándole con el mazo o la lija o al compresor a un trozo de piedra”, llegó a confesar, en otra ocasión Olvidando que, de ese estilo, había vendido, por mucho más de un puñado de pelas, todas las que expuso en el Museo donostiarra de San Telmo. Hace años. Hablarán los siglos. Qué error.

Carmelo Ortiz de Elguea expone durante un mes sus ágiles bocetos de plenairista. De mayor valor y, a saber por qué, menor precio. Que no es lo mismo. Sí, es la antítesis y la síntesis de la tesis de Laka, No se puede mimar a los gemelos grandullones y dejar de lado en la emoción a los frágiles sietemesinos. Ortiz de Elguea acaba de exponer en Madrid, en la catarata del Centro de Cultura de la Plaza de Colón. “Más que nada, cuando me lo ofrecieron acepté de inmediato porque ahí caben mis obra de gran tamaño. No todas, claro; pero vi la luz y allí fui, a exponer”. Estamos rodeados de bocetos suyos en la sala “Ekain”, que dirige con tino y vista de lince Juan Cruz Unzurrunzaga, personaje polígrafo y emprendedor a quien jamás escuché quejarse. “Ya era hora”. “Es que no tenía periódico”. “Oye, yo de eso digital, estoy pez, pero estás en tu casa”. Poco a poco, por vaharadas de vétiver, van bajando personajes de la cosa culta, y chascan los besos. El cronista se siente un tanto cazurro: no besuquea. No se arrima al lunch, donde la viña no deja ver el cuadro. En dos palabras, Carmelo Ortiz de Elguea ha decidido exponer los embriones de lo que fueron sus enormes formatos que cupieron en la Sala Municipal de Madrid, Plaza de Colón. Es un homenaje al instante. A lo que se percibe, a lo que narran las formas, a la lucha voluptuosa contra la luz y las figuras; contra los elementos y los verdes: ningún verde es verde y hay que lograrlo. Ortiz de Elguea logró a vuelapincel, que es plenairismo en otro concepto, extraer el verde de Asturies tal-cual. Realizó más tarde la versión en cinemascope; pero, ahí acierta, no destruyó los esbozos y los enmarcó, y se los llevó a “Ekain”, a un Unzurrunzaga ágil de percepción.

Decencia estética

Es una postura, la de desdeñar lo que se produjo en vías pretéritas de la creatividad, tan cursi como común en los genios de baratillo: insultar a quien admira, admiró y compró. Ya se dijo ‘ut supra’. En “Ekain”, joven sala de exposiciones, el alavés Ortiz de Elguea nos muestra hasta mediados de febrero sus bocetos. Todo un alarde de maestría y decencia estética.

También, una recuperación de esa intemperie tan difícil como desdeñada: el plenairismo. Les cuento, y en seguida charlamos de Elguea, que me susurra con su sonrisa de gnomo en la faz tirando a dionisiaca que no está por la labor tridimensional (los pijos aún no se han dado cuenta de que la más viva de las instalaciones es la exposición misma y en sí, con sus adictos, sus eternos gastrónomos, sus viudos de ambos sexos buscando empatías, y los cuadros sin más , sin penetrar demasiado en la objetividad). Mientras el arte y su ejercicio mantengan una relación de compraventa, a veces fetichista, pero industrial en la raíz, destruirlos constituye un agravio con dolo hacia clientes que en su día adquirieron una obra fija y coetánea de un estado de ánimo. El creativo es el peor autocrítico de sí mismo. A los autores no les corresponde juzgarse mientras vendan, otorguen o regalen. O cuando lo hacen bien de puro churro. No era pose, lo de Dalí: sabía que su obra era perfecta, inalcanzable, y la ensalzaba a su manera. El arte es el único comercio donde el versátil cliente siempre tiene la razón. Ortiz de Elguea lo comprendió. Uno debe comerse la carcoma del papel, el lienzo o la piedra antes de renegarla. Es más, el autor valiente debe enfrentarse con serenidad a sus presuntos yerros. “Todo esto”, abarca con el gesto la Galería “Ekain”, de estructura de catacumba o submarino en lo más castizo de la Parte Vieja de Donostia, “es lo que antes de pintar iba trazando por los montes, bosques, parques”, se golpea la frente, el tercer ojo. “Todo lo que llama la atención en ese instante, al aire libre, es muy difícil de captar de forma realista pura, sin que cambie la luz, con ella la forma... Así que las principales manchas se hacen contra los elementos, se guardan como esbozos y luego, en el estudio, se pasan a gran formato”.

Perdura el plenairismo

Algunos, muchos plenairistas, una vez retocada la escena en el taller, dejan de lado el escorzo inicial, percibido a golpes de óleo o acrílico, o simples lápices, sobre maderas, cartonajes, blocs, lo que haya a mano. “Yo siempre salgo al monte con los aperos, material para pintar y soporte en forma de cartón, táblex, madera o lienzos adheridos a chapa de conglomerado. Se me ocurrió que por qué no conservar los bocetos que traía del monte o de la playa también, una vez instalada la imagen en la cabeza o en el soporte de gran formato”.

Y no es fácil, tampoco, el plenairismo. Se enfrenta uno a los mirones (“oiga, el cielo no es amarillo; y al perro, por qué no pinta al perro; ha pasado un tractor, ¿cuándo lo va a poner?”); al resfriado, a la llovizna, a las molestas ráfagas de brisa, al frío que agarrota los nudillos. Plenairismo, que no lo hemos dicho, es pintura al aire libre, tal y como se percibe en un momento dado. Tal y como nos percibe la naturaleza. Que también nos contempla. Por lo cual también transmite aromas y sonidos que hay que captar y plasmar antes de que el rayo de luz (o de sombra) varía. Recorro las paredes. Sigue bajando gente que terminará sentada en las escalinatas del local royendo cacahueses. El primero, el autor. Son ceremoniales que acepta con idéntica naturalidad. Los ‘vernissages’ jamás concluyen con gentes absortas o pasmadas ante los lienzos. Su ventaja: reunir a los amiguetes de la pugna estética. Incluso a los que llevan otros rumbos. Nadie podrá decir, en estas asambles: “Tu quoque, Brutus”. Es una fauna que merece este larguísimo artículo.

El instante de la ola

Poco a poco se ha ido concediendo bula al fotógrafo que después resuelve las diapositivas en lienzo o madera, incluso proyectándolas sobre el soporte para pintar sobre el espectro. Se le meten unas pellas mini-expresionistas al calcado, se fantasean los climas, los aromas, se le añaden unos cisnes al lago plagado de nenúfares, se altera el relumbrón solar y, si uno tiene la vena transrromántica, se instalan dos amantes en miniatura. La foto ya es cotidiana. El plenairismo, una especie a extinguir, en este mundo comodón, de montañismo artístico que permite fantasear con el esbozo ya trasladado al lienzo de 2 X 170. Hay incluso volúmenes planos (la obra de Ortiz de Elguea sí juega con la perspectiva óptica). Tenía colgada en “Ekain” una marina insólita que ejercía de imán incluso cuando Unzurrunzaga voceó que tenía más rioja alavesa. No. Es raro el fenómeno, pero los asistentes al ‘vernissage’ de Carmelo (Ortiz de Elguea se llama Carmelo), desdeñaban las antes aludidas almendras y cacahuetes para, simios educados, plantarse ante la genialidad directa -existen los genios e ingenios vivos, que no renuncian a nada surgido de sus dedos- de una ola en torrentera gestual, pero no tanto. Es un gesto logarítmico, el de Ortiz de Elguea: en esa y otras obras vecinas captadas en Asturias, en Aragón, en Alava. Un gestualismo similar al de tirar con honda o, más actual, jugar a cestapunta o percibir de instinto los rebotes del frontón a pala.

Una oficina en un castillo

El castillo donde Ortiz de Elguea ha trabajado hace muchos años, desde sus hazañas codo a codo con los alaveses expresionistas y matéricos Mieg e Iñurrieta, se sitúa en una barriada medieval alavesa: Urizaharra. No sé si publicarlo, por los chorizos, pero advierto que el casón está rodeado de perros, vecinos-pitbull que admiran y aprecian a Carmelo, poternas y demás trucos de vigilancia. “Yo vengo aquí cada día como a una oficina un oficinista: a pintar”, me dijo un día, yendo de Vitoria-Gasteiz a Aretxabaleta de Araba, al volante de su auto. “Con lo cual, aunque no los haya contado, hay unos mil cuadros, bien congelados”. El inmenso y catedralicio interior dispone de un chubesqui como única calefacción. Hace unos años, Ortiz de Elguea permitió que quien esto firma le fotografiara ante una de sus obras menos difundidas, y no por falta de méritos. Se cumplía el aniversario del Athletic y le habían encargado un lienzo conmemorativo. “Oye, que la gente se queda con la estirada de Iribar, pero el mérito está en los aficionados. Pinté todo San Mamés, al fondo, en día de llenazo. A cada forofo le puse con ojos, bocas y orejas, y a bastantes hasta el farias”. El Alavés no dijo nada, por ahora.

Y mi padre: ‘Tú, a pintar’

La historia de Carmelo Ortiz de Elguea, el hombre que jamás tiró sus cuadernos, bocetos, manchones sugestivos, apuntes y auras cósmicas, y que las expone en Galería “Ekain” de Donostia (para visionarlas: [email protected]) es digna de un folletín. “Yo he pintado desde que tuve esas acuarelas que te regalan los Reyes. Tuve suerte, porque cuando tenía seis, nueve años, me presentaba a todos los certámenes de pintura y los ganaba todos. Y mi viejo...”. “¡Se oponía!”. “¡No! Decía: este tío es muy bueno”. Olfateaba el ‘crack’, el Mozart de la acuarela, el padre. “Cuando terminé la Escuela, allí en Aretxabaleta, con catorce años, lo normal hubiera sido ir a Vitoria, al instituto, como los demás. Pero dije: ‘Yo a pintar’. Y mi padre: ‘Tú, a pintar’. Y no he hecho otra cosa nunca”. Sabe salir por lo posibilista, además, este Carmelo. Mucho superpintor palaciego se queja de que sus enormes formatos no caben en las minisalas y cada día más numerosas estancias para tamaños medios o mínimos. “¿En ‘Ekain’? Ahí no cabe lo mío”, dicen los monumentalistas en la era de la vivienda casi japonuda y carísima. Sagaz, Ortiz de Elguea decidió que tanto valor artístico -y social- tiene su obra captada a pestañeos perspicaces como lo que después recrea con enorme lujo y aparato en el castillo de los mil cuadros, Urizaharra, Araba. Un detalle: los precios llaman la atención por lo baratos. Tampoco es eso. Porque la infraestructura que utiliza no es avara. Se hace traer los lienzos de la Castilla textil que él mismo corta con cizalla. A un decorador en quiebra le adquirió unos cuantos bidones para mezclar la linaza con pigmentos. Todavía le duran. 700 kilos de colores que aún conservan el sello a metálico de 0’25 céntimos (de peseta). El castillo, o estudio, es acogedor en su ámbito de radio antigua, vigas, baúles, fotos de difuntos viradas a sepia, columnas, poternas, escalinatas. “Vender, sí he vendido siempre: he vivido de ello”. Y tocamos el punto de los ‘ismos’ y los paroxismos: “En Madrid, en una exposición de minimal, los que estaban instalando no se aclaraban. Había una madera allí, y dudaban si sería una simple tabla o una obra de arte. Era un puto tablón de estantería con unos clavos, y ya no discernían si era el andamio o una pieza de la muestra”. Otra: “Ahora ya se acepta todo. La gente mira con más seriedad lo que haces, pero yo creo que es una pose. Creo que falta crítica, y no me gusta hablar de eso. Pero deberían apretar más las cuñas y no decir que todo vale. Porque no vale todo”.

El punto exacto

Conserva Carmelo una dialéctica muy sensata. No se hace el artista: lo es. Como en todas las provincias vascas donde Oteiza sembraba cizaña, alarmaba y excitaba, Araba se acostó con paisajitos de la llanada y se despertó vanguardista. “Oye, te daban de hostias, en aquellos días te daban de hostias. Ahora”, añora, triste, “ahora ya no. Es... Es cojonudo. Hemos sufrido a ese par de tipos y a ese cura con sotana que entraban y gritaban ‘¡¡Esto qué coño es!!!!’ ; y ahora... Un día estábamos Juan Mieg y yo exponiendo juntos en Vitoria, y nos fijamos en un visitante al que cada cuadro le daba una hostia en los morros. Pasaba delante de ellos”, adopta la postura del púgil que acaba de sufrir un jab de izquierdas, “y ¡¡¡joder!!!, decía; y se iba a otro, y ¡zas! ¿¿¿Qué carajo???...” Se pone pensativo. Son muchos años. “Yo pensé, ese tío está sintiendo la pintura, la siente... ”. ¿Reacción positiva? “¡Pues claro! Si hubiese podido, en ese momento me envía al paredón. Pero era positivo porque era la prueba de que los cuadros estaban funcionando, de que le estaban golpeando. ¡Eso es cojonudo! ¡Mucho mejor que quedarse así, mirándolos, comiendo pipas o cacahuetes?” Prosigue su parábola, mientras la exhibición de sus valiosos bocetos va convirtiéndose en un mitin de lo chic, lo txak, lo grunge, lo cincuentón, lo eterno, el ‘after shave’ Rabanne, los adictos a actos, los canapés, las calvas rosadas, los brindis, los abrazos de oso. “Aquel hombre cabreado no se daba cuenta, pero sentía la pintura. Y ahora”, distingue, “todo aquél que ve una tiza atada a una cuerda que cuelga de un tablón la mira con un respeto tremendo, y eso es peor: es un gilipollas”. Para qué seguir.

Envia esta noticia