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14 de febrero de 2004

A Julio Medem

Alfons Cervera
Cartelera Turia

Cuando la muerte anda por el medio, es muy difícil meter algo de razón en la maraña de sentimientos y emociones encontrados que genera a su paso. Cuando ETA dispara o pone una bomba en cualquier sitio, lo que queda atrás, aparte el daño irremediable, es un reguero insufrible de esos desencuentros. La Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) tiene todo el derecho del mundo a defender lo que defiende: una aplicación justa de las leyes y la solidaridad a que el dolor tiene derecho cuanta más ancha mejor. Vale hasta aquí. De acuerdo. Pero el asunto es más complejo. O si ustedes quieren: se está volviendo cada día que pasa más complejo porque hay ángulos oscuros que ni esa Asociación ni quienes le andan cerca se aprestan decididamente a sacarlo de esa zona en sombras que lo distorsiona. Demasiadas veces es como si lo que desde ese colectivo se organiza tuviera que ver más con la política demagógica de un gobierno dispuesto a sacar provecho de la desgracia terrorista que con la conmoción por las pérdidas humanas y el miedo que acompaña a la obstinada intransigencia de las pistolas y las bombas. El dolor es intransferible, se sufre bien adentro, como si en las tripas hubiera un alacrán picoteando inmisericorde las entrañas: es muy difícil sacar afuera esos picotazos y dejarlos al alcance de los otros para que lo hagan suyo. El dolor es de uno y así se vive. Otra cosa es que pueda ser contado, que lo volquemos del lado de los otros para hacerlo visible y a partir de ahí pedir que se le entienda: al dolor mismo y a quien lo sufre. Y sin embargo, se nos quiere transmitir ese dolor como una especie de veneno colectivo, un veneno que en vez de añadir una miaja de razón al descalabro moral a que nos aboca todo terrorismo creo que aumenta un poco más ese descalabro. Muchas veces me parece ver en las iniciativas de la Asociación de Víctimas del Terrorismo algo que me desasosiega: como si en lugar de querer transmitirnos el dolor intentaran acercarnos algo que se parece demasiado a la rabia. Miren, si no, lo sucedido la otra noche en la ceremonia de entrega de los Premios Goya. Allí, a las puertas del Palacio de Congresos madrileño, había centenares de miembros de esa asociación para insultar al director de cine Julio Medem. Allí estaban con sus gritos y sus pegatinas, exigiendo que se le quitara la voz, que condenaran el documental La pelota vasca. La piel contra la piedra, que lo retiraran del mapa, en definitiva: que a la intransigencia de las armas estaban oponiendo la intransigencia de una razón que no se parece tanto a la razón como al resentimiento. Decía Antonio Machado, en boca de Juan de Mairena, que los chantajes de la paz suelen ser tan terribles como los de la guerra. Y tengo para mí que desde esa asociación, al hilo de la política estrictamente policial del gobierno de Aznar, se nos está obligando a tomar partido por esa política y no por la necesidad de que de una puñetera vez se acabe la violencia en el País Vasco o donde sea. Y deberían de ser los miembros de ese colectivo quienes habrían de apostar decididamente por alcanzar ese objetivo, quienes primero habrían de desmarcarse de las políticas demenciales que se están llevando a cabo no sólo en el País Vasco sino en todo el país. La otra noche, cuando los Goya, el espectáculo provocaba vergüenza ajena. ¿Qué pretendían los de la algarabía?: acallar la voz de un cineasta cuya película abarca todo el arco cultural, sociológico y político que tiene voz autorizada en el conflicto en que vive sumida la sociedad vasca. En ella está quien quiso estar, habla quien quiso hablar, incluso una de las víctimas del terrorismo ha colaborado en la producción de la película. Y sin embargo, la masacran con el argumento de la intransigencia: da la voz, Julio Medem, a quienes según esa asociación no deberían tenerla. Todas las voces hacen falta para acabar con las muertes y las heridas del terrorismo. Todas. Necesitamos el puente que nos junte más que los destrozos que el oportunismo político y la demagogia del Partido Popular -del cual tantísimas veces la AVT es como su portavoz emocional- está produciendo en el tejido social de un país (y no sólo el vasco) cada vez más débil democráticamente, más ahogado en sus amarguras cotidianas, menos feliz en ese encuentro necesario entre los unos y los otros. Y el diálogo entre todas las partes es imprescindible, absolutamente imprescindible. No hay España más rota que la que está propugnando, con una política de brutales exclusiones a todos los niveles, un gobierno autoritario con tintes que se acercan peligrosamente al fascismo. Las arañas, a veces, parece que andan en el aire porque el hilo sobre el que caminan es como invisible. Pero el hilo está ahí, aunque no lo parezca. Lo malo es que, invisible o no, existe y se puede romper de un momento a otro. Es la fragilidad lo malo. Eso: la fragilidad. Lo cuenta en una metáfora impagable Bernardo Atxaga en una de sus magníficas novelas. Y demasiadas veces veo en la actitud de la Asociación de Víctimas del Terrorismo unas ganas extrañas de que el hilo por donde debiera discurrir la caminata común para conseguir la paz se rompa de una vez por todas. La otra noche, y tantas veces antes, quisieron acallar la voz de Julio Medem. A su manera, sin pistolas, sin el dolor cruento de la sangre. Pero cuando a alguien le quitan la voz, cuando le arrebatan las palabras, es como si estuviera muerto. Lo mismo. Muerto.

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