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15 de febrero de 2004

El director inglés retrata en 'Ae fond kiss' a la comunidad paquistaní en Glasgow y el francés aburre con 'Triple agent'

Ken Loach está en forma y Eric Rohmer es un plasta

Carlos Boyero
El Mundo

BERLIN.- Nadie podrá acusar a Ken Loach de incoherencia, contradicciones, titubeos o estratégicos cambios de actitud en su visión de las personas y de las cosas. Tampoco de vagancia creativa, ya que un año sí y otro también nos suministra su puntual ración de dinamita. Y esas explosiones siempre mantienen su onda expansiva cuando habla de lo que conoce y vive, pero se convierten en artificio bienintencionado cuando le da por viajar con el manual de trotskismo internacionalista como ocurrió con las panfletarias La canción de Carla y Pan y rosas.

Loach y su incisivo guionista Paul Laverty, indesmayables e imprescindibles moscas cojoneras, convencidas de que siempre existe alguna razón para dar la bronca y cuestionar el estado de las cosas, dedican su crítica mirada en la excelente Ae fond kiss a la comunidad paquistaní instalada en Glasgow. Y evidentemente lo hacen sin folclor, con mordacidad, con complejidad. A través del tormentoso desarrollo de una historia de amor entre un paquistaní, disc jockey de moda pero también hijo responsable y temeroso de una familia asfixiantemente tradicionalista, y una profesora muy sincera y vital que da clases de música en un colegio católico.

Ken Loach nos va a hablar de la intolerancia que otorga señas de identidad a los fundamentalismos, de los prejuicios como inviolable norma de fe, de las estructuras férreas y los principios ciegos con los que intentan perpetuarse las castas, del chantaje emocional, el anatema y el desamparo social y afectivo a los que son condenados los hijos pródigos y también los heréticos con causa.

Loach nunca es maniqueo. Comprende las razones del inmigrante que fue puteado aunque consiguió sobrevivir en una tierra hostil para fortificarse en una marginalidad honorable y poderosa, pero no la justifica. Se ceba con la falta de libertad ideológica y sentimental que imponen las iglesias a sus miembros. Su cámara logra que todos los personajes, lo que dicen y lo que hacen, lo que sienten y lo que piensan, su temor y sus ilusiones, su rebeldía y su servidumbre, suenen a verdad, a realismo inteligente, a observación de primera clase.

Y siendo tan lúcido y consecuentemente pesimista, Loach deja en esta ocasión un resquicio a la esperanza, a asumir la deserción de tus castrantes raíces y enfrentarte a la amenaza y la maldición que ello implica, para seguir las órdenes del corazón disponiéndote a que te lo rompan. El final de esta película, con los dos amantes exponiendo sus pavores y sus incertidumbres hacia el futuro, pero sabiendo que tienen que vivir el presente y que éste rebosa calor y amor, es de los epílogos más intensos y afirmativos que ha filmado nunca su director, guerrero y artista convencido de que aunque la batalla la ganan los de siempre, los que no han tenido más remedio que hacerse guerrilleros para sentirse vivos no pueden admitir ni racional ni siquiera visceralmente la palabra rendición.

En La noche se mueve, el detective cornudo y estafado le comentaba a su intelectual esposa que el cine de Rohmer producía la misma sensación que ver crecer la hierba. Hay algunos cuentos morales de este inimitable señor a los que yo no podría aplicarles tan demoledora descripción, pero viendo la insufrible Triple agent me solidarizo absolutamente con aquella crítica. El argumento promete emociones fuertes al estar protagonizado por un exiliado general del ejército del zar que hace tortuoso y maquiavélico espionaje indistintamente para Hitler, Stalin y Franco en el París de 1936, pero la acción y la aventura sólo existen en teoría, ya que, fiel a su estilo dialéctico, Rohmer cree que la palabra debe de ser el único héroe y consecuentemente su sinuoso traidor a todo no hace otra cosa que hablar y hablar, largándole extenuantes parlamentos a su esposa para informarle de sus exóticas aventuras políticas. El espía no tiene ninguna gracia y su forma de contar las cosas, aún más cansina que laberíntica, comienza y acaba aburriendo a las ovejas.

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