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2 de marzo de 2004

Torino: vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Higinio Polo
El Viejo Topo, marzo 2004

En aquellos tiempos siempre era fiesta”. Así inicia Cesare Pavese su novela El bello verano, y, en otro lugar de la misma trilogía, apunta: “Llegué a Turín bajo la última nieve de enero, como los saltimbanquis y los vendedores de turrón.” Cuando llegué yo mismo a la ciudad piamontesa, hacía también frío y el nuevo año estaba a punto de iniciarse, pero no se veían por ninguna parte saltimbanquis: a despecho de la obligatoria y beata alegría de la navidad, yo iba pensando en cómo debían sonar las alarmas en los meses de la ocupación nazi de Torino, casi al final de la guerra, influido, sin duda, por el relato de Pavese La casa en la colina.

Pero no había ido hasta allí sólo por Pavese, sino también por Primo Levi y por Emilio Salgari, que hicieron lo mismo que el autor de Lavorare stanca: suicidarse. De manera que, aunque yo no oía las alarmas y me costaba imaginar, en aquel orden burgués del centro de Torino, las insignias del puñal y la calavera de las milicias fascistas o las motocicletas de los soldados alemanes, los días de las casas humeantes, destruidas, con las bombas cayendo sobre las calles, sobre las colinas, en el Po, o concebir los colchones y muebles rotos que se acumulaban en los meses finales de la guerra en muchas calles, iba buscando los ecos que la autodestrucción de aquellos tres escritores había dejado en la topografía codiciosa de la ciudad.

Los suicidios de Levi, Pavese y Salgari tienen en común la geografía de pórticos arquitrabados de Torino, dominados por la gigantesca Mole Antonelliana que nació como sinagoga y parece ahora resistir como una stupa budista sin mirada, también, la cicatriz del Po, la neblina silenciosa de unos rituales protegidos por la seguridad y la costumbre. Esta ciudad industrial, que fue la primera capital de Italia y cuya tradición comunista convive con la sábana santa que guardan aquí desde la Edad Media, albergó los últimos momentos, solitarios, de esos escritores torturados, y yo quería ver, con alguna melancolía, los lugares donde decidieron acabar con su estupor y su condena ante la vida. Algunos afirman que la ciudad es francesa y cinematográfica, aunque alberga la FIAT y un museo egipcio lleno de papiros y con el bronce damasquinado de la Mensa Isiaca. Esos tres escritores suicidas, cuyo final me había llevado hasta allí, no son los únicos torineses relevantes, claro. Ahí están Cavour y los Agnelli. Y De Amicis y Alfieri, que eran también casi torineses, aunque tuvieron otro destino.

* * *

Desde la Piazza San Carlo, el deslumbrante centro barroco de Torino, enfilé la Via Arcivescovado, para llegar hasta el Corso Re Umberto. Iba buscando la casa en la que Primo Levi vivió toda su vida. Corso Re Umberto es una amplia calle burguesa, arbolada, llena de castaños, y en la que los tranvías circulan por el centro de la calzada. En algunos lugares de la vía, el gobierno municipal, fatigado, ha dispuesto anuncios alertando de la caída de castañas en el otoño. Tras algunas dudas, llegué al número que buscaba: allí, junto al timbre, siguiendo las costumbres italianas, figuraba el apellido Levi. Es un edificio de ladrillo visto, amarillento, con una gran puerta de entrada, y con balconcitos alternos. Primo Levi vivía en el tercer piso. En la cuarta planta, se ven en la fachada unas guirnaldas esgrafiadas. El breve diálogo con el portero, latinoamericano, confirmó que la viuda de Primo Levi no quería recibir a nadie. Desde el amplio zaguán, observé la casa que el escritor habitó durante tantos años, la escalera triangular con el hueco central abierto por donde sube el armazón negro del ascensor: está pintada de amarillo, y no pude evitar pensar en el momento, el último, en que Primo Levi miró aquella escalera. Al lado, en el amplio vestíbulo con entrada para carruajes, destacaba la ventana enrejada de la portería, como una telaraña maltratada.

Primo Levi había nacido en Torino, en 1919, y estudió química en su ciudad natal. Era un judío que apenas prestaba atención a la religión de su familia, cuyos ancestros habían llegado desde España al Piamonte como consecuencia de la expulsión decretada por los Reyes Católicos: él mismo nos cuenta lo que sabe de su familia en uno de los relatos de El sistema periódico. Mientras estudia, la represión fascista ahoga las inquietudes de los jóvenes: tienen que leer a Feuchtwanger clandestinamente, y apenas pueden creer muchas de las noticias que corren, aunque les quedan las colinas que rodean a Turín, escenario de sus excursiones en bicicleta, que ahora nos recuerdan, es inevitable, las bicicletas de otros judíos en esos mismos años treinta: las de Giorgio Bassani y sus amigos los Finzi-Contini.

Levi anota que, en Turín, la semilla de la rebelión casi había desaparecido, ahogada la voz de los Einaudi, Ginzburg, Carlo Levi y otros en el confinamiento, la cárcel o el silencio. En 1942, ya licenciado, con el mundo en guerra, Levi se va a trabajar a Milán; allí soporta el frío y se resigna “lleno de inconsciencia” a los bombardeos nocturnos que hace la aviación británica. Ingresa en el Partito d’Azione y en la resistencia, en los grupos partisanos que actúan en el valle de Aosta y en el Piamonte. No tiene suerte: parte del grupo partisano es detenido y el futuro escritor, apresado por la Milicia fascista en diciembre de 1943, es internado en el campo de Fossoli, en los alrededores de Módena, desde donde los alemanes lo enviarán después a Auschwitz. En su destacamento de deportados viajaban seiscientas cincuenta personas en doce vagones, apiñados. Parece mentira, pero, cuando les anunciaron que eran enviados a Auschwitz, no reaccionaron: aquel nombre no les decía nada.

La mayoría de las personas que viajaron con él, como ganado, fue conducida a las cámaras de gas, pero a él lo seleccionaron para trabajar. Supieron enseguida el destino que les esperaba: Levi recuerda, en Si esto es un hombre, a Emilia, la hermosa niña de tres años, hija de un ingeniero milanés llamado Aldo Levi, a la que sus padres habían conseguido proteger durante el trayecto hasta el campo de exterminio, y que sería enviada a la cámara de gas el mismo día de su llegada. Habían terminado en Auschwitz tras un largo viaje de cinco días, realizado en un convoy de prisioneros que atravesó el paso del Brennero, Austria, Checoslovaquia, y, finalmente, Polonia. Allí, en el infierno de Auschwitz, el futuro escritor pudo sobrevivir gracias a su conocimiento del idioma alemán, a su trabajo y a la fortuna. Pasó un año en el centro que había construido la IG Farben, una de las más importantes empresas alemanas, para elaborar caucho y gasolina. Todos los trabajadores eran esclavos, y Levi, el prisionero número 174.517.

Cuando los soldados soviéticos liberan a los prisioneros del campo de exterminio, en enero de 1945, Primo Levi permanece durante unos meses trabajando en Katowice como enfermero, con el Ejército Rojo. Después, inicia el retorno a casa, como si eso fuera posible después de Auschwitz. Si esto es un hombre, su terrible crónica de Auschwitz, fue escrita poco después de finalizar la guerra, en 1946. Casi veinte años después, escribiría La tregua, el relato de su vuelta a casa —a Turín, a ese edificio de Corso Re Umberto que yo estaba mirando ahora— a través de media Europa. Finalmente, publicó Los hundidos y los salvados, poco antes de su muerte, en 1986. No fueron sus únicos libros: a su labor memorialista sobre los campos de exterminio añadió su interés por la literatura, la ciencia y la vida, en obras como El sistema periódico, Historias naturales o Lilith y otros relatos.

Levi sabía, y lo dejó escrito, que los pocos prisioneros que consiguieron salvarse eran los que pudieron acceder a algún pequeño privilegio en el interior de aquel infierno. Un hombre llamado Perrone fue para él la salvación. Lorenzo Perrone era un albañil italiano, enviado a Auschwitz —no era un preso: era un trabajador contratado por una empresa italiana que desarrollaba labores en el campo de exterminio—, que durante meses ayudó a Primo Levi llevándole un pequeño bote de lata con sopa, cada día. Se las ingenió para entrar en las cocinas del campo y coger algo de las sobras, que entregaba después a Primo Levi. Ese gesto salvó al futuro escritor de la muerte. También le entregó algunos harapos, algo de incalculable valor para combatir el frío –la muerte- en el lager. Gracias a Perrone, Primo Levi pudo también hacer llegar un mensaje a su madre, oculta en Italia, haciéndole saber que estaba vivo. Levi no olvidó nunca la generosidad de aquel albañil italiano. Hoy, por petición de uno de los hijos del escritor, el nombre de Lorenzo Perrone se recuerda en lo que llaman los Jardines de los Justos, en el memorial Yad Vashem, de Jerusalén.

Cuando los soldados soviéticos liberan Auschwitz, en enero de 1945, apenas pueden creer lo que ven sus ojos. Levi había vivido en el infierno, y esa experiencia cambió su vida para siempre: “Debo decir que la experiencia de Auschwitz me afectó tanto que destruyó todo resto de la educación religiosa que recibí. (…) Existe Auschwitz, por lo tanto, no puede haber Dios. No encuentro una solución al dilema. La busco, pero no la encuentro”. Conocemos la vida de Levi gracias al trabajo de Myriam Anissimov, que escribió una biografía del escritor, Primo Levi o la tragedia de un optimista, publicada hace apenas dos años en castellano. Se da la circunstancia de que la escritora Myriam Anissimov nació en un campo de refugiados en Suiza: la autora siguió paso a paso la vida de Levi: habló con su familia y sus amigos, leyó documentos e incluso pudo preguntar a algunos supervivientes de Auschwitz, compañeros de Levi en el infierno.

Cuentan sus biógrafos que, antes de su suicidio, Levi no hacía más que pensar en el aspecto de su madre, muy anciana ya a sus 92 años, cuyo rostro le recordaba a sus compañeros de Auschwitz. Aseguran que, en sus últimos días, el escritor turinés leía a Eliot y que citaba El entierro de los muertos, donde el poeta tilda a abril de ser el mes más cruel: en ese mes se suicidó Levi, aunque no podemos sino pensar que Levi retrasó su muerte durante muchos años, como Paul Celan. Así, en abril de 1987, se arrojó al vacío, por el hueco de la escalera de su casa. Él mismo escribió que el recuerdo del letrero iluminado de la entrada al campo de exterminio de Auschwitz, con la leyenda Arbeit Macht Frei, seguía persiguiéndolo en sueños.

Mientras yo miraba la casa de Corso Re Umberto, el timbre con su nombre, el portón tras el que se escondía toda su vida, pensé en lo que sentiría Levi cuando volvió del infierno, el 19 de octubre de 1945, en el momento en que tocó la puerta y entró en el vestíbulo, cuando miró el hueco de la escalera, sin saber aún que un sueño persistente lo perseguiría durante el resto de su vida: “Todo se ha vuelto un caos: estoy solo en el centro de una nada gris y turbia, y precisamente lo que ello quiere decir, y también sé que lo he sabido siempre: estoy otra vez en el Lager, y nada de lo que había fuera del Lager era verdad.”

* * *

La evocación de los últimos días de Cesare Pavese me lleva por Via Roma, la calle más elegante de Torino, hasta la plaza de Carlo Felice, un enorme espacio porticado que tiene en un lado la Stazione de Porta Nuova. Allí está el hotel Roma, una agradable fonda dirigida por la misma familia desde hace siglo y medio. La discreta entrada, bajo los porches, alberga una recepción con un mostrador de madera y moqueta roja en el suelo, que hace destacar los grandes radiadores, un gran espejo y la mesita con dos sillones minúsculos. Es un caserón, con una escalera interna de baranda metálica. La habitación donde murió Pavese está en el segundo piso, intacta, como en 1950: veo en ella una mesa con una silla, un silloncito de plástico rojo y un perchero. Hay también un armario, la cama individual, con una lamparita encima de la cabecera y un teléfono negro de la casa Siemens colgado en la pared. En la entrada de la habitación, el lavabo, con unas pinturas en el tabique. Es una habitación modesta, aunque digna. En ella expiró Pavese.

Cesare Pavese había nacido en Santo Stefano Belbo, cerca de Cuneo, en 1908. Desde niño muestra inclinación por la soledad y, al mismo tiempo, no quiere estar solo. Estudia con compañeros como Norberto Bobbio y Leone Ginzburg. Con 22 años, se licencia con una tesis titulada Sobre la interpretación de la poesía de Walt Whitman, y empieza a traducir a escritores en lengua inglesa: primero, a Sinclair Lewis, a quien después seguirán otros autores norteamericanos, como Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Dos Passos, Herman Melville o William Faulkner, y británicos, como James Joyce o Daniel Defoe. Es un joven solitario, aunque busca la amistad. La muerte de su madre le afecta duramente en esos años.

En la amordazada sociedad italiana de los años treinta, con el régimen fascista consolidado, la retórica nacionalista de Mussolini crea una atmósfera social con la que las inquietudes y el ansia de libertad de Pavese chocan irremediablemente. En esos años treinta, que son los de la juventud de Pavese, se crea la editorial Einaudi, en Torino, y el escritor colabora con ella y con su fundador, Giulio Einaudi, y su amigo Leone Ginzburg. Al mismo tiempo, se implica en la lucha política: en mayo de 1935, como consecuencia de su actividad antifascista —y de su complicidad con una mujer militante del Partido Comunista, a la que ama— el régimen mussoliniano lo condena a tres años de destierro en Brancaleone Calabro, en el sur profundo y pobre de Calabria, aunque no cumplirá la reclusión enteramente: vuelve a Torino en la primavera de 1936. Allí, en Calabria, había empezado a escribir Il mestiere di vivere, El oficio de vivir, que continuará durante años y que no será publicado hasta después de su muerte, y, en el mismo 1936, dará fin a Lavorare stanca, uno de sus libros más notables. La inclinación a la soledad, la opresión política y, pese a su grandilocuente retórica, el mezquino horizonte que el fascismo ofrecía al país, marcan los años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su inclinación al desarraigo, su distanciamiento, se vierten ya en su literatura. En La cárcel Pavese recoge sus meses de confinamiento en Brancaleone, convirtiendo a Stefano, el joven protagonista de la novela, en el portavoz de sus propias experiencias. Tras su retorno de Calabria, se inician sus problemas amorosos y sus constantes crisis existenciales, mezcladas con una fría y silenciosa amargura que le tentará con la idea del suicidio.

Convocado a filas, Pavese consigue eludir la guerra gracias a su condición de asmático. Va a Roma, y, cuando vuelve a Turín, tiene que refugiarse en la casa de su hermana Maria, en Monferrato, huyendo de los bombardeos sobre la capital piamontesa: la editorial Einaudi y su propia casa han sido destruidas. Cuando la guerra termina, Pavese ingresa en el Partido Comunista Italiano, mientras continua trabajando con Einaudi. Allí, en la editorial, tiene una relación amorosa con Bianca Garuffi, que trabajaba en las oficinas, y con la que llegará a escribir conjuntamente un libro. Pero es una historia de amor fracasada, una más, como todas las suyas. Sin embargo, el escritor no piensa sólo en esos asuntos, aunque le opriman. En abril de 1946, por ejemplo, —en vísperas de la nueva república italiana: el referéndum sobre monarquía o república se celebra apenas un mes después, el 2 de junio de 1946— anota en su diario una reflexión sobre la libertad: “Los intelectuales que disienten del Partido Comunista por la cuestión de la libertad, deberían preguntarse qué pretenden hacer con esa libertad por la que se muestran tan solícitos. Y entonces verían que —eliminando las perezas, los intereses inconfesables de cada cual (vida cómoda, meditación indeterminada, sadismos elegantes)— no existe instancia en la que den una respuesta diferente de la colectiva del Partido Comunista.”

Mientras tanto, el escritor ha conocido a una actriz norteamericana, Constance Dowling, que más tarde lo abandonará para volver a los Estados Unidos: es una relación cuyo fracaso lo marcará profundamente. Pavese había intentando casarse con ella, y la asediaba con palabras, pero la decisión de la actriz de unirse con otro hombre es firme. Es el segundo, y grave, fracaso sentimental de Pavese (tras el de aquella militante comunista por la que había sido detenido en 1935), que se ve perseguido por la soledad y la inquietud existencial. En 1949, en plena relación con Constance Dowling, Pavese visita Santo Stefano Belbo junto con su amigo Pinolo Scaglione, y allí se inspira para engrendar los personajes de la última novela que escribirá, publicada en abril de 1950, pocos meses antes de su suicidio, final que ya había anunciado en los poemas de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, dedicados precisamente a Constance Dowling.

En la dedicatoria de La luna e i falò, —La luna y las fogatas—, que Pavese termina de escribir, según anota él mismo, el 9 de noviembre de 1949, indica: para C. Y, en inglés, una frase: Ripeness is all. No hay duda: C., es Constance Dowling, y la clara y al tiempo hermética referencia a que la madurez es todo tal vez expresa que el escritor está llegando al final. En abril de 1950, Pavese escribe a Constance: “No me siento con ánimos para escribir poesías. Las poesías vinieron contigo y se van contigo (…). ¿Creerás que esta noche lloré como un niño al pensar en mi suerte y en la tuya… Cara de primavera, adiós. Te deseo buena suerte en todos tus días, y un matrimonio feliz.” Poco antes de su suicidio, Pavese envía una carta a una muchacha a la que se refiere como “Pierina”. En ella, revela su soledad, sin amargura: ¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hombre”.

El desengaño amoroso, la dificultad para seguir escribiendo, la pérdida de horizontes vitales, las dudas, preparan el final. Stendhal, que tanto amaba a Italia, se preguntaba en Roma, casi a punto de cumplir cincuenta años, si había empleado bien su vida, y llegaba a la conclusión de que no la había desperdiciado. También Pavese, con cuarenta y dos años, se hace preguntas similares, pero su conclusión es más amarga. El 17 de agosto, Pavese anota en su diario: “Los suicidas son homicidas tímidos.” Y, al día siguiente: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.” Son, efectivamente, las últimas palabras que escribe. Algunos biógrafos han especulado con la hipótesis de que, de alguna forma, Pavese eligió a Maiakovski como fuente de inspiración de su propio suicidio, acaso porque veía en la vida del poeta ruso singulares similitudes con la suya. Hay algunas, es cierto: Maiakovski se suicida cuando termina el primer cuarto de siglo, y Pavese, con el segundo. Maiakovski había sido encarcelado por la autocracia zarista, y Pavese lo fue por el régimen fascista de Mussolini; el último amor de Maiakovski fue una actriz, Veronika Polonskaia, así como el de Pavese fue la norteamericana Constance Dowling. Incluso, la noche de su muerte, Maiakovski pidió a Veronika Polonskaia que subiese a su habitación, sin éxito; igual que hará Pavese horas antes de matarse: cuentan sus biógrafos que el escritor llama por teléfono a varias mujeres, pidiéndoles, también en vano, que fueran a verlo al hotel. Tal vez sea así, pero no importa mucho.

Es cierto, también, que entre sus objetos personales se encontraron algunas frases de Maiakovski, que había copiado el propio Pavese. Se trataba de un mensaje de saludo y de indulgencia. Dice: “Perdono a todos y a todos pido perdón. (…) No murmuren demasiados chismes”. El mensaje es similar al que dejó Maiakovski, quien había escrito una carta afirmando: “No se culpe a nadie. Y, por favor, nada de chismes”. El sábado 26 de agosto, Pavese telefonea a esas tres mujeres de sus últimas horas: pretendía cenar con alguna de ellas. Todas rechazaron su invitación. No hay rencor en el escritor. En las páginas de sus Diálogos con Leucò, deja anotado: “Perdono tutti e a tutti chiedo perdono”. Pocas horas después, tras haber tomado barbitúricos, se tumba en la cama de su habitación del hotel Roma, para esperar la muerte. Tenía los ojos de Constance Dowling.

* * *

Desde el Palazzo Madama enfilo la Via Po, porticada y llena de tiendas, por donde pasean los inmigrantes, para llegar hasta el río. Es la misma calle que recorría el niño Primo Levi con su padre, los domingos por la mañana, para ir a visitar a su abuela Màlia. Tras superar la plaza Vittorio Véneto y el puente Vittorio Emanuele I, entre la boira y un débil sol, se llega a la plaza de la Gran Madre di Dio. El gusto italiano por la ostentación. Aquí empieza el Corso Casale, que sigue el río, acariciado por los plátanos. Las casas son modestas y no se ve la elegancia burguesa del corazón turinés. En el número 205, lejos del centro de la ciudad, está la casa en la que vivió Emilio Salgari. Allí, hace casi medio siglo, para remediar el olvido, la revista Italia sul mare decidió costear una sencilla placa, para que los italianos recordaran la genialidad aventurera del escritor y, también, su doloroso calvario. En la placa, unas palabras: “entre estas paredes vivió Salgari en honorable pobreza”. Onorata povertà.

Dentro, tras el portón, se halla un patio abierto al Po, con toldos verdes arruinados y galerías corridas, donde Salgari pensaría en los puentes de barcos llenos de piratas malayos o en las tempestades del Mar de la China del sur. Hay algunos tiestos de flores rojas. Interrogo a los vecinos, pero ninguno sabe donde vivió el escritor: una señora me enseña la placa de la calle desde su ventana; otra, afirma que Salgari vivió en el primer piso. Voy a verlo: el descansillo, que se vuelca al patio, es minúsculo, y hay una ventana con rejas: allí vive un doctor. Otro curioso afirma que en la casa de Salgari vive ahora un escritor, que se instaló allí atraído por su vida. Fuera, en Corso Casale, la mañana fría apresura el paso de los viandantes, y nadie mira la placa con un velero, como los que surcaban los mares de Salgari. Porque Salgari es el éxito literario, y, también, la desolación, el abandono, la pobreza, el olvido.

Emilio Salgari es el más importante de los escritores italianos que cultivaron la novela de aventuras. Había nacido en Verona, en 1862, donde sus padres eran unos modestos tenderos, pero después se trasladó a Torino, en 1893. Se hizo capitán de altura y navegó, experiencia que le ayudaría sobremanera en la escritura de sus novelas. Pero tuvo escasa fortuna con sus editores, y sus contratos apenas le permitieron vivir con holgura, pese a la variedad y abundancia de sus páginas. Con poco más de veinte años, Salgari empieza a publicar por entregas la novela El Tigre de Malasia, y, con treinta, se casa con Ida Peruzzi —otra actriz, como les ocurrió a Pavese o Maiakovski—, con la que tendrá cuatro hijos. En esa época, tras instalarse en Torino, publica treinta novelas, a lo largo de la última década del siglo. Llegará a escribir casi quinientas historias, entre relatos y novelas de aventuras, que transcurren en lugares exóticos que encendieron la imaginación de millones de lectores: títulos como Los misterios de la jungla negra, Los tigres de Mompracem, El hijo del Corsario rojo, Yolanda, la hija del Corsario negro, La venganza de Sandokan, El rey del mar, o Los piratas de Malasia, están en los recuerdos juveniles y en la imaginación de varias generaciones. Salgari no es un hombre demasiado afortunado, pero consigue algunos honores —el rey Umberto lo nombró Caballero de la Corona—, que, sin embargo, no le reportarán una vida desahogada. Cercado por las deudas y por las adversidades familiares, intenta ya suicidarse en 1910, aunque consiguen arrancarlo de la muerte.

No viviría mucho más. En la mañana del 25 de abril de 1911 —en ese mes cruel, como Primo Levi—, Salgari sale de su casa de Corso Casale y camina por los prados de la ribera del río, hacia las colinas. Va pensando en su desesperada situación. Está cansado de la vida, casi ciego, sin recursos, apenas puede alimentar a sus hijos, y, además, su esposa Aida, como la llamaba Salgari, acaba de ser internada en un manicomio. Tiene cuarenta y ocho años y ha tomado ya una decisión. De pronto, el escritor se detiene y, con una navaja de afeitar, se abre el vientre y se destroza la garganta. Muere desangrado. Podrán identificarlo gracias a unas cartas que lleva consigo, llenas de amargura. Una está dirigida a sus hijos, y otra a los editores, a los que ruega costeen los gastos de su funeral. En las líneas que dirige a sus cuatro hijos, reconoce: “soy un vencido”, y quiere pensar que los millones de personas que han leído sus libros proveerán por ellos. Era un iluso.

Salgari, que amaba profundamente a su mujer, la Ida Peruzzi que había sido actriz y que lo subyugó desde su juventud, había muerto pensando en ella. Se ha hablado del alcoholismo del escritor, como también del de su esposa, de su fantasía desbordada para adornar su propia vida, como si fuera una página más de sus novelas, de su difícil carácter, su histrionismo, su inclinación por las aventuras coloniales italianas. Allí, en la colina ante el Po, en el ahora frío Corso Casale, Salgari supo que había llegado al final.

* * *

Primo Levi se lanzó al vacío por el hueco de la escalera de su casa, en Corso Re Umberto; Pavese cedió al fin a la angustia constante que había arrastrado durante toda su vida y le puso fin tomando barbitúricos en una solitaria habitación de hotel, en la plaza Carlo Felice; Salgari se abrió el vientre y la garganta con una navaja barbera, en Corso Casale. De todos ellos, no sé cuál es el destino más temible, más atroz, pero hay algo que los une en la desgracia o en la determinación, por encima de las calles de Torino y de una decisión irremediable de poner término a sus vidas: en sus horas finales, los tres están pensando en una mujer, en la que creen reconocer a la muerte. Para Salgari, la locura y la muerte están en el adiós de su querida Ida, encerrada para siempre en un manicomio, perdida. Pavese, joven aún, sabe que llegará la muerte y que tendrá la mirada de una mujer, Constance Dowling. Levi no puede soportar el rostro, los ojos de su madre: ve en ellos la muerte de sus camaradas del campo de exterminio. Ve Auschwitz. La ambigüedad de la vida, las temblorosas certezas a las que se agarraban los tres escritores, la mezquindad de la existencia y el horror ante los ojos de la muerte, son el presagio de una visita inapelable. Pavese lo había escrito, unos meses antes del final, con unos versos estremecedores, inolvidables:

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

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