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15 de marzo de 2004

Sobre la censura en USA

El seno del miedo

Luis Ángel Abad
La Cartelera de Levante

Billy Cristal comenzó la gala de los Oscars ironizando sobre la primera vez que le tocó presentarla hace ya trece años y lo que han cambiado las cosas, con un presidente llamado Bush, saliendo de una guerra contra Iraq, y así. La verdad es que resulta apabullante la capacidad de la realidad actual para sorprendernos con su efecto de eterno retorno, de convencernos de que ahora más que nunca es necesario que todo cambie para que todo siga igual.

Triunfa el relato de un mito en los Oscars justo cuando el pensamiento mítico parece haberse apropiado del conjunto de la cultura actual. El problema es que, frente al iluminismo y la razón, el mito se genera desde el miedo y administra el miedo. Por eso el mito es el instrumento idóneo para imponer un escenario de dominación.

El mes pasado nos sorprendieron los efectos desproporcionados que provocó la teta insulsa de Janet Jackson. La gala de los Oscars ha puesto de manifiesto que el carácter aparentemente anecdótico de este momento jocoso pone en juego un efectivo sistema de control y censura. Si la memoria fuese una posibilidad en semejante escenario, recordaríamos que, ya cuando la guerra, Madonna con todas sus tetas tuvo que recular una crítica de lo más rebajada en uno de sus videoclips.

Sin duda el control del tabú sexual es la excusa perfecta para aplicar mecanismos de control y de censura sobre actitudes y opiniones estrictamente políticas. Con todo, lo más grave es esta propia imposición de una mentalidad irracional donde los viejos tabúes ganan renovados bríos.

Ya quedó dicho en su momento que el once de Septiembre está repleto de sentido mítico, y que con las torres gemelas caían los propios ejes del mundo, ese elemento simbólico impreso en toda mitología que conecta lo que está separado (cielo y tierra), y cuya sola presencia se convierte en motivo de seguridad, en referencia permanentemente generadora de la realidad. Este derrumbamiento incluye por lo tanto un apocalipsis estricto, y el nacimiento de un mundo sobre las ruinas de la modernidad que estableció como símbolo al rascacielos. Desde entonces no conocemos más que un progresivo e inexorable olvido de la razón. Ese olvido que nos sumerge en la respuesta del mito. Ese mito que construye un escenario de miedo. Ese miedo que permite manejar con comodidad razones fundamentalistas, malos absolutos y guerras santas como “lo más natural del mundo”.

Vivimos en el miedo y la fatalidad permanente (como nunca y como siempre). El mito establece un no-tiempo y ahora ni siquiera controlamos el margen de nuestros últimos cinco segundos, que pueden ser borrados arbitrariamente por el poder si estima una mera incorrección estilística. Nos da miedo la visión de un seno. Vivimos en el seno de un momento que no nos da de mamar porque la teta, tan materna, es un monstruo. Todo en este momento parece expresar una carencia, de lo más apropiada por toda parte. Por y para un poder que es el primero en mearse en los pantalones, no sabemos si con una extraña mezcla de gusto, satisfacción y de miedo.

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