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16 de marzo de 2004

A propósito del libro “El encarcelamiento de América” de editorial Virus

Andrés Herrero
Rebelión

La forma en que una sociedad trata a su población reclusa, retrata su condición moral. Todas sus miserias se exponen en la cárcel con mayor crudeza.

El libro El Encarcelamiento de América, reúne una colección de artículos publicados por los propios presos desde “el vientre de la bestia”, y constituye uno de los testimonios más estremecedores sobre un fenómeno que no se puede calificar más que como terrorismo social.

La lectura de este libro, muy documentado, requiere la participación del lector y exige un cierto esfuerzo, pero que recompensa sobradamente.

Más allá del catálogo de brutalidades, abusos y torturas a que son sometidos los reos (que van desde administrarles drogas siquiátricas si se muestran rebeldes, hasta reducir las posibilidades de apelación legal de los condenados a muerte para que se les pueda ejecutar antes de que tengan tiempo de probar su inocencia y de este modo no estropeen las estadísticas y la fe en el sistema de los bienpensantes), lo que impresiona realmente es la lucidez de sus autores a la hora de desenmascarar las razones, ocultas para la opinión pública, por las que se encuentran privados de libertad.

Criminalizar la pobreza y convertir a los más desfavorecidos en delincuentes, se ha convertido en los últimos 25 años en uno de los negocios más lucrativos y con mayor crecimiento de los Estados Unidos.

Con ellos, el capital ha descubierto un nuevo recurso económico que explotar y una fuente inagotable de beneficios.

La privatización de las cárceles, la gestión privada de servicios, la construcción de nuevas prisiones y el trabajo esclavo de los reclusos, son algunos de sus ejes.

La materia prima para llenar las cárceles abunda y es completamente gratuita: población marginal, excedentaria, sin puesto de trabajo ni sitio el sistema, gente desarraigada sin recursos ni formación, desempleados que rechazan los sueldos y contratos basura, etc.

El libro muestra como de paso que se libra a la sociedad de una parte de su población improductiva, se la rentabiliza y saca el jugo. El delito se convierte en una mercancía más. La jugada es maestra.

La condición indispensable para que la industria del encarcelamiento resulte rentable, es garantizar un nivel de ocupación suficiente, lo que requiere endurecer las leyes para alargar las condenas e incrementar el número de delitos. Así, con el pretexto de proteger a los ciudadanos, se emprende “la guerra contra la droga”, o se aprueba la ley de los 3 delitos, por la cual, al tercer tropiezo con ella, aunque solo haya consistido en robar una pizza, el ladrón puede ser condenado a prisión de por vida.

La estancia de un hombre en la cárcel hasta que muera, por delitos que puede que no sumen más de unos cientos de euros, puede costarle a la sociedad como contrapartida, cientos de miles de euros.

Obviamente, resulta mucho más barato facilitarle a una persona en dificultades económicas, ayudas del estado, para que pueda estudiar y sobrevivir sin tener que delinquir, y sin duda es mejor terapia prevenir que curar, pero eso no importa demasiado a los que se benefician mediante el sistema de enjaular a la gente.


Así:


A medida que los sueldos, derechos y condiciones de los trabajadores se han ido recortando, en paralelo se han ido endureciendo las condiciones de vida de los presos, para que los trabajadores no se encuentren mejor encerrados dentro, que libres fuera.

“A los prisioneros les hacemos la vida tan desagradable como podemos, me cuesta más cara la comida de mi perro que la suya” – se jactaba un funcionario.

Frente al castigo que reciben los presos, los asalariados se pueden sentir afortunados se haga lo que se haga con ellos; la prisión se convierte así en una herramienta disuasoria y de control social.

Los reclusos made in USA, constituyen una mano de obra esclava, sin convenio, sindicato, huelga, ni derecho alguno, y sueldos y condiciones tercermundistas; si se niegan a trabajar pueden sufrir aumentos de condena, aislamiento, palizas, etc.

Los presos son los trabajadores más oprimidos de la sociedad, se encuentran incluso un escalón por debajo de los inmigrantes ilegales. A la opinión pública se le vende la idea de que los reos deben de pagarse con su trabajo la estancia en la prisión.

La realidad es que los productos de la prisión cuyo coste es ínfimo, compiten con los de fuera, destruyendo puestos de trabajo en el exterior, sin que por descontado sus beneficios recaigan sobre los presos ni sobre la sociedad.

El sistema ha cobrado tanto impulso, que las prisiones llevan camino de convertirse en fábricas con vallas y es posible que muchos trabajadores la única oportunidad que encuentren de obtener un empleo sea ir a la cárcel.

Un preso no se distancia de su brutal experiencia dentro, lo mismo que los soldados no olvidan los traumas de la guerra y de las atrocidades que cometieron en ella, y tanto unos como otros la trasladan a la sociedad, y se entra en una espiral de delito- represión que termina por ahogar las libertades de todos.


Más cárceles no significa más seguridad.


El dinero de los ciudadanos se destina a reprimir a los más desfavorecidos y perjudicados, en vez de contribuir a mejorar su situación, lo que sería la única ruta aceptable hacia un mundo más habitable y más seguro para todos.

En las prisiones de Noruega, no se ha producido una violación en los últimos 20 años, la comparación con las de EEUU sería odiosa.

Todo eso y algo más se cuenta en este libro, que nos desvela el nuevo modelo de sociedad que se pretende imponer.

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