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22 de marzo de 2004

Monederos falsos

Andrés Boiero
Rebelión

Tengo un puñado de exilio sobre la mesa y no sé qué hacer. ¿Usted sabrá?. O simplemente su delicada piel morena, robusta estatura capitán, años cautivos en moteles, no le permiten contestar. El exilio no es una condición, es una enfermedad. Un enfermo es un ser que tose colores, encuentra ojos en las calles, habla con las estatuas, escribe sus orgasmos, colecciona botellas arco iris, llora, gime, cree, bebe néctares de pechos separados, come, se reproduce e infecta. Cómo se lo puedo explicar a usted, hombre de los mil fusiles y de las mil y una noches, macho de pelos cardos y soberbia voz, cómo puedo confesarle que el exilio es la nueva epidemia de éste siglo, es una poética del hambre. Nuestra América, lejos de ser “su” América, está podrida, trunca, hendida en el lodo de un progreso falso, pero usted en los tiempos de los héroes y los titanes, en la época de las lecturas rojas y las plazas de papel, era una sombra sin cuerpo, un batracio sin charco, un seudo militar. Por eso emigró a un país plástico y fatal. Y allá recibió las medallas lavadas por dinero, las caricias de seda oriental, allá sólo allá fue y será un mimo de la vergüenza. Un capitán de navíos averiados, un astillero de miradas esquivas. Pero el exilio con el que usted juega y se burla es -lo repito- una enfermedad. Y como todo estado alterado del equilibrio humano, como todo artificio de la memoria universal, las consecuencias caen sobre los nuevos ejes de la transformación social: las palabras son flechas, la velocidad es la innovación, la tristeza es introspectiva; los hombres melancólicos dedican las horas y los días al exterminio de la soledad: espejo del exiliado. Lugar sin lugar. Ecuación sin incógnita. Límite sin horizonte.

Usted en su desesperada búsqueda de la “razón”, encontró al mayor de los asesinos de la humanidad: dios.

Un dios adoptado a su imagen y semejanza, padre e hijo y algunas veces espíritu es el mismo que ruega por las cuentas bancarias del imperio, invade las tierras de Isaac; es el mismo que los siglos y las generaciones usaron para acribillar el erotismo, el cuerpo profanado, el vicio del verso, el sudor angelical. Para usted capitán decapitado es un “socio”. Un acróbata perfecto y silencioso. Un simulador de piedad. Por eso se incomoda tanto o se sonroja cuando alguien cuestiona sus altares. Su familia emplumada en los deberes cotidianos, su mujer hembra insatisfecha y cobarde , su descendencia perfumada con avaros consuelos, se estrella ante la mirada del verdadero exiliado, aquél que trae de la “su” tierra un nombre y apellido, un barrio, una historia y sobre todo -capitán decapitado- un código de honor. Su “mundo” se rompe ante el veneno del exilio. Aquí, capitán decapitado, le ruega a su “socio” divino la muerte o la desaparición de las plagas en un Egipto de mármol. Aquí es donde el dogma lo abandona y sus gritos de gladiador desaparecen y quizá alguien de su “sangre” le diga: Adiós.

Pero el exiliado es un ser intrínsicamente quebrado, cuerpo y alma sobreviven juntos, son inseparables porque toda separación es muerte. Y la muerte no es -en el exilio- la aniquilación del cuerpo, es el olvido. Olvidar diferencia: Negros. Indios. Judíos. Blancos.

Usted, capitán decapitado, falso navegante de alta mar desconoce los síntomas del exilio porque nunca fue un síntoma. Después habla con soltura de las hembras y los tajos, de las piernas anguilas escondidas en el barro de los instintos, de las copas y los bares de sus muelles soñadores. ¡Europa! ¡Europa! gritan las tripas vacías, las putas consoladas con golpes de chequeras y firmas escolásticas.

En Buenos Aires los restos fósiles del exilio siguen resplandeciendo en los campos de la memoria. Pero Buenos Aires está lejos de éstas anomalías, tiene hambre y sensatez, es voraz e impenetrable. Los capitanes decapitados son crónicas salvajes, arquetipos estériles o simplemente buitres en el cielo de obeliscos y licores.

Usted cerrará la puerta de los años y se enfrentará con las bestias de la desolación, en su jungla, en su caverna refrigerada, en sus espadas combatientes, alguien lo estará esperando. Cauto. Humeante. Instintivo.

Y las palabras se enfrentarán con las batallas, los lupanares con las anacondas, las camas con el cansancio.

El verdadero exiliado exalta los momentos felices, sus misas son las fiestas, cáliz perpetuo e inmutable, el verdadero exiliado tiene una biblioteca explosiva, cruje de noche, ama de día, la botella es el arma, las piernas el consuelo.

Usted nunca lo sabrá. Jamás será el Mesías para los hombres “enfermos”, sus profecías son para las ciénagas.

Sus monedas viven en falsos monederos, como su aliento, su ignorancia sabia, sus barcos sin proas.

Tengo un puñado de exilio sobre la mesa y no sé qué hacer. ¿Usted sabrá?.

Andrés Boiero

Mujer botella


I


una noche como esta alguien

ha perdido un color o una vida

alguien duerme mientras lo demás muere

una cara se repite ante el incandescencia del olvido


una noche como esta

es irrepetible

como aquellas anatomías edificadas en los ojos

como tus labios tersos de dudas

como el vértigo del contagio


dios rige corduras de sujetos y calambres

hubo un instante anterior a dios

en el cual nació el primer hombre


II


si los espejos esconden las caras y las generaciones

el camino es la embriaguez y la locura



III


escribir una palabra es tan siniestro como omitirla

un simple texto articula una idea y aniquila más de cien

la cifra es inexacta como la gratitud de una limosna

ante el hartazgo de vivir sólo queda vivir

lo demás es muerte

o simplemente pasión



IV


mujer botella

botella hembra

hembra

de H

profunda

de M

Universal

mujer

boca volumen

cuerpo de grados

sangre y

alcohoooooooooool

Marco1

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