http://www.rebelion.org

23 de marzo de 2004

Bernardo Atxaga

El secreto de los mapas

César Rendueles
Ladinamo

Tras un silencio de varios años Bernardo Atxaga ha publicado Soinujolearen semea, su nueva novela cuya traducción castellana llegará a las librerías en septiembre. Con obras como Obabakoak (Premio Nacional de la Crítica y Premio Nacional de Literatura), Etiopía, El hombre solo o Esos cielos Atxaga se ha convertido en una pieza clave de la literatura europea contemporánea. Además, desde hace años la voz de Atxaga viene siendo un asidero de sensatez en la convulsa vida política del País Vasco.

Me gustaría que repasáramos las circunstancias que te llevaron a desaparecer del mundo literario hace unos años. Fue todo un tanto confuso, sobre todo por una entrevista en la que no quedaba muy claro si colgabas la pluma o sencillamente te tomabas un descanso y que, además, te retrataba como un excéntrico en plan Sallinger. ¿Qué ocurrió realmente?

Sencillamente cometí un lapsus de manual. Yo estaba muy cansado, venía de una presentación de un libro de Barcelona y se me escapó algo que venía pensando desde hacía tiempo: que uno tiene que marcar su propio paso, que el trabajo del escritor no se parece al del surfista sobre las olas. De ahí surgió una confesión inoportuna. Utilicé una palabra que resultó muy atractiva para la prensa que fue “crisis”. Luego intenté arreglarlo explicando que, etimológicamente, “crisis” es el momento previo a la mejoría. He intentado tomar positivamente este lapsus, he aprovechado estos años para dedicarme a escribir el nuevo libro que, para mí, ha sido un final y una apertura.

Lo cierto es que en los últimos tiempos tus apariciones públicas han tenido más que ver con temas políticos que artísticos. ¿Se trata de una situación coyuntural, una medida de emergencia ante sucesos particularmente graves o te consideras, por utilizar una expresión un tanto ajada, un intelectual comprometido?

Para mi es básico el concepto de permeabilidad: no se puede ir por la vida con gabardina, está bien que la realidad te traspase, te arrincone y te haga enfermar. No sé actuar de otra manera. Reacciono ante ciertas situaciones sin controlarme excesivamente. Me considero ideológicamente progresista y mi formación en la facultad de Económicas de Bilbao me ha dejado un poso marxista, aunque nunca fui un hombre amigo de aparatos o disciplinas. Confío más en la acción individual y en este sentido he trabajado mucho a lo largo de toda mi vida. Creo que podría tener un récord Guinness de conferencias en pueblos de menos de trescientos habitantes. He hecho mucha carretera, he hablado en muchísimos sitios y he dado la cara en situaciones... Lo que ocurre es que ha sido siempre en ámbitos de muy poca trascendencia. Para mí, mantener una postura progresista significa trabajar a favor del más débil, así de sencillo, de lo más minoritario, de lo que menos representación tiene... Creo que los escritores tenemos una crítica pendiente acerca de nuestra propia función. Yo entiendo que no todo el mundo puede ser un atleta de la reivindicación pero, en fin, al menos que silben o que abucheen.

Precisamente, de tu obra más reciente me ha gustado mucho el poema “Escrito en USA” que, según tengo entendido, fue una especie de encargo...

Sí, últimamente parece que se está recuperando la tradición de las lecturas públicas, que a mí me interesa mucho porque te permite tener un contacto directo con la gente, en especial si están organizadas por amateurs. Este poema lo escribí para el Royal Festival Hall. La verdad es que Londres es un lugar especial para la poesía, tengo la sensación de que allí creen de verdad en ella, son auténticos aficionados. En este festival se hacen lecturas durante tres días. El primer día te encargan un poema (en este caso el tema era EE UU), el segundo lees tus propios textos y el tercero recitas poemas de otro poeta que a ti te guste.

En este poema interpelas a Virgilio, pero no me ha quedado claro si lo haces en cuanto poeta del Imperio Romano que te puede ayudar a entender otro imperio o como acompañante en un descenso a los infiernos.

Escribí este poema a partir de mis experiencias en EE UU, un sitio donde me siento muy extraño y que me obliga a escribir. Virgilio, efectivamente, es un acompañante al Infierno pero, a mi modo de ver, también es un poeta compasivo. Mi idea era hacer una lectura del campesino como habitante de un tiempo antiguo, al que pertenece Virgilio. La desaparición de ese tiempo en EE UU, la desaparición de la memoria, la absoluta desolación... Todo ello forma parte de un libro que me gustaría hacer y que se llamaría Llamadas a larga distancia cuyo tema de base es el Paraíso.

Me parece que esta querencia anglosajona guarda relación con la importancia que tiene la música en tu imaginario literario. De hecho, en cierta ocasión decías que comenzaste a escribir en euskera gracias a la música.

La música siempre ha sido muy importante para mí. Es un poco como esos traumas que surgen de un motivo trivial o accidental pero luego entreveran toda tu vida. Atribuyo mi afición a la música al sonido de la guitarra eléctrica. Fue como una revelación. Tenía trece años, estaba en Francia con mi madre y, al pasar delante de un bar que tenía una máquina de discos, escuché un sonido que me fascinó y que era, luego lo supe, una guitarra eléctrica. Me causó tal impresión, tal sensación de la existencia de otro mundo, de algo de lo que yo no tenía noticia... No te digo ya cuando fui a Inglaterra y empecé a ver gente con el pelo naranja o chicas descalzas por la calle. Fue un choque enorme que me ha marcado. Me ha enseñado que a la hora de escribir hay que tener cuidado con la aceptación, con el kitsch, con lo que no es directo. Ha sido como una vacuna porque la poesía está repleta de aceptación, de elementos supuestamente poéticos, de crepúsculos y cosas así.

Ahora vuelves con una novela que se inicia en la Guerra Civil, ¿puedes avanzarnos algo de ella?

Estoy muy contento con la acogida que está teniendo el libro en el País Vasco porque he dedicado mucho tiempo a esta novela. He escrito muchísimo y también he borrado mucho. El argumento se basa en la historia de dos amigos y, en ese sentido, es como un libro doble: nunca sabes cuál de los dos ha escrito la página que estás leyendo. Cronológicamente me centro en el tiempo que mejor conozco y que abarca desde la época de mi padre a la de mis hijas. De hecho, estoy convencido de que ya nunca más escribiré nada que no conozca bien. Lo que ocurre es que es un libro lleno de ecos, de diferentes vectores. Por ejemplo, uno de los personajes vive en Sausalito, entre California y Nevada, y va a un restaurante que hay allí que se llama Gernika (este restaurante existe de verdad). Y a mí la palabra Gernika me trae una enorme cantidad de recuerdos. Para empezar, la historia de mi tío carnal, que era gudari. Estaba escapando del bombardeo cuando pasaron dos cazas nazis que se iban ya de la ciudad y que, al verlo, dieron la vuelta y lo ametrallaron. Decía que los cazas bajaron tanto que pudo ver cómo iban vestidos. Pero hay otros ecos, como el poema de Wordsworth sobre el árbol de Gernika y la libertad. Otro de los temas es el boxeo...

Un tema recurrente en tu obra.

Sí, me interesa mucho. Yo soy un poco como de sota, caballo y rey, tengo tres o cuatro temas... Para mi el boxeo está relacionado con los campesinos. Por ejemplo, Uzcudun era de un pueblo de al lado de donde yo nací, Urtain era de un pueblo que estaba a diez kilómetros... En toda la novela hay un poso personal muy importante. La realidad es tan compleja, tiene tantos detalles y es tan difícil entenderla poéticamente...

Después de lo que ha ocurrido con Julio Médem y Fermin Muguruza, ¿te preocupa la recepción que puede tener tu nueva novela?

En estos momentos los vascos somos protagonistas de un contrarrelato, de un contramito. Ocupamos el mismo lugar que ocupaban los turcos para la cristiandad. En un contrarrelato no importa mucho el matiz, ni siquiera las grandes diferencias. Para mucha gente los vascos somos sospechosos. Así como en otras sociedades la culpa siempre la tiene la mujer, ahora en caso de duda la culpa es de los vascos, esos tipos de acento tan peculiar... ¿Qué va a ocurrir con el libro? Creo que puede haber una reacción en contra pero, por otro lado, lo cierto es que la literatura requiere un considerable esfuerzo, no es como una película o un concierto, da mucho más trabajo. Los libros basta con arrinconarlos un poco, con no citarlos.

Pareces muy interesado en las postrimerías de las batallas, en el comportamiento de la gente tras dejar las armas. Sin embargo, veo cierta ambivalencia en tus planteamientos. Los personajes de tus novelas muestran, por así decirlo, la banalidad del mal, cómo ciertas decisiones dramáticas para uno mismo y para los demás se integran en una cotidianidad que impide reflexionar sobre ellas. En cambio, en textos como “Conversación entre Muerte 1 y Muerte 2” introduces un horizonte moral muy intenso.

Es un asunto complicado. Me doy cuenta de que a la hora de escribir ficción uno se disuelve en la obra, es como si hubiera a tu lado otro que escribe contigo. Para mí el punto de partida son personajes que han recibido un golpe, siempre pienso en estas bolas de acero que se usan en las demoliciones. Lo que me interesaba en estos libros era ver cómo quedan las cosas tras el golpe, como un cuadro que queda torcido. En cambio, cuando hablo como autor, como sujeto, no puedo sino tener una actitud más moral. Es más, odio profundamente el relativismo. De ahí lo de “Muerte 1 y Muerte 2”, que es un texto que, como te imaginarás, me ha acarreado la antipatía de mucha gente. La única explicación que encuentro a todo esto es la convicción de que cuando escribes un libro piensas que a lo mejor ese libro va a leerse dentro de muchos años, que la literatura pertenece a un tiempo diferente.

En otro de tus últimos poemas, “La vida según Adán”, haces un fuerte alegato antiutópico. De algún modo, estos versos engranan con “Conversación en un coche”, un texto en el que criticabas el utopismo de los movimientos de izquierdas de los años setenta.

Efectivamente tienen mucha relación. Forman parte de una serie de temas que me preocupan y en los que empecé a pensar leyendo un texto de Pasolini en el que hablaba en contra de la utopía y que me descolocó. A mi me interesó la idea de comparar los mapas geográficos reales y los mapas de las ciudades utópicas: el mapa de Utopía, el mapa de la Ciudad del Sol de Campanella... En realidad son esquemas, se parecen a un mapa real como la fotografía de un hombre real se parece al hombre dibujado en las señales de los pasos de cebra. Y el secreto de los conflictos y por tanto, de las soluciones, siempre pasa por los mapas físicos y no por los mapas utópicos.



Pietá


Nuestras tías, y lo mismo nuestras madres,

reparaban tarde en la importancia de la vida,

nunca antes de los setenta o de los sesenta,

y estupefactas ante aquel descubrimiento,

perdían la cabeza durante varias semanas:

olvidaban la cita de los jueves con sus hijos

hacían compras tontas en el supermercado,

hablaban por teléfono a gritos, interminablemente

como si en su patio hubiesen visto un ovni.


Más tarde, dispuestas a recuperar su tiempo,

nuestras tías, y lo mismo nuestras madres,

daban su nombre para las clases de gimnasia

promovidas por el ayuntamiento, "soy Mengana

por favor no me pregunte la edad que tengo";

a partir de entonces, bailaban al compás

de los números, dando carreras, chillidos, saltos,

Uno Dos, Uuno Dos Tres y Arriba, Uno Dos.

El polideportivo recogía sus risas con frialdad.


Cumplidoras fieles de las órdenes del profesor

seguían adelante con sus carreras, chillidos, saltos,

y de vez en cuando se marchaban todas a cenar

dejando el chándal y vistiéndose con elegancia;

luego, un día, se mareaban durante el desayuno

y caían redondas en brazos de uno de sus hijos;

morían poco después, a primera hora de la mañana,

mientras sus amigas, en el polideportivo, coreaban

el Uno Dos, Uuno Dos Tres y Arriba, Uno Dos.

Bernardo Atxaga

Envia esta noticia