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24 de marzo de 2004

Basilio Martín Patino

Del No-Do al mercado del cine

Ana Useros
Rebelión

Con veinte películas a sus espaldas Basilio Martín Patino es un personaje esencial del cine español de los últimos cuarenta años. El debut de Patino –muy vinculado a lo que se llamó Nuevo Cine Español– con Nueve cartas a Berta dio paso a obras de la talla de Canciones para después de una guerra. Sin embargo, se trata de un autor maltratado por el mundo del cine cuya última y premiada película –Octavia (2002)– apenas ha tenido difusión comercial.

Al ver Octavia surge la duda, como en otras películas tuyas, de si se trata de un relato autobiográfico. Mis películas no son autobiográficas. Otra cosa es que su subjetividad se alimente de mis experiencias y de mis propias emociones. Prefiero crear un distanciamiento ante lo que cuento, un extrañamiento desde donde ver y observar. No querría tampoco caer en el realismo o en el naturalismo o, más bien, en el verismo. La estética del verismo es algo que no me interesa si no es para desenmascarar dialécticamente la engañosa tapadera de la realidad que suele ofuscarnos. En Octavia hubiera querido ir mucho más lejos en la fabulación irreal pero me moderé pensando que un exceso perjudicaría la comprensión. Aunque a posteriori siempre pienso que es preferible dejarse llevar por las propias intuiciones, por disparatadas que puedan parecer. Por ejemplo, en la edición en DVD he añadido las imágenes que precedían a los títulos de crédito, suprimidas por cierta cobardía ante las convenciones de que no se debe comenzar una película con un entierro.

Sin embargo, esas imágenes dejan mucho más claro algo que en la versión cinematográfica sólo se comprende al final, que la historia es una tragedia. En efecto, la película, de ser algo encasillable dentro de un género, sería una tragedia. Los personajes de Rodrigo y de Octavia están marcados desde el principio, y no cabe sino tratar de comprenderlos, uno por su pasado y su incapacidad para entender lo que ocurre y la otra por la herencia de un tiempo determinante, a modo de destino. Todas sus transgresiones no son sino intentos desesperados e inútiles de escapar a sus circunstancias históricas. En cambio, la aventura de Manuela funciona como un contrapeso dramático, la historia de una mujer con sus frustraciones sexuales, maternas, sociales, eternamente dependiente de quienes la condicionan y juzgan.

Tragedia y drama con un fondo y una razón común, Salamanca, de la que enseñas todas sus miserias que, estéticamente, coinciden con sus glorias: la arquitectura, el paisaje... Sí, Salamanca es una ciudad especial, de un pasado cultural deslumbrante. Ahí queda el libro abierto de sus escenografías hermosísimas, tan bien cuidadas en la actualidad. Es a la vez centro de una región pobre, sin industria, que vive principalmente del turismo y de la oferta cultural, amenazada de desmoronarse. Es por otra parte muy significativo que haya sido históricamente la cuna del franquismo, donde surgieron con agresividad las ideologías de la Cruzada y esas ilustres familias de ganaderos, enriquecidos a partir de la Desamortización, ahora en crisis, nostálgicos de aquellos días gloriosos en los que se levantaron los suyos con el mandato de exterminar a quienes encarnaban el mal.

¿Cómo se ha recibido allí la película? Tengo que decir que, oficialmente, con gran generosidad. Y, como es lógico, con bastante curiosidad. En no pocos núcleos la acogida ha sido entusiasta; en otros, más bien fría, pero respetuosa. Tampoco han faltado ciertas reacciones mediáticas a base de exabruptos y alguna que otra zafiedad. Me quedo con la compensación de que haya tantos salmantinos que coinciden conmigo en la comprensión de la ciudad, sus valores y sus lastres.

Por lo demás, la película la seleccionaron para el Festival Internacional de San Sebastián, donde fue espléndidamente recibida, con una ovación interminable y unas críticas por lo general extraordinarias. Es decir, que cumplimos honorablemente. Después, sin haberla publicitado en absoluto, la han solicitado más de veinte festivales y muestras del extranjero, con algún gran premio importante que aquí ni se ha dado a conocer.

Sin embargo, y a pesar de las críticas favorables, apenas se ha visto en el resto de España... Sí, los españoles no la han podido ver apenas, porque apenas se ha distribuido. Esa es una contradicción que tendremos que explicar más despacio y que quizás sea difícil de entender. Y por excelsas que hayan sido las críticas, curiosamente han sido precavidas al incluir de un modo u otro la advertencia paternal: “Pero, ojo, que no es comercial”. Un modo de curarse en salud ante sus lectores, algo así como: “Pero les recuerdo que el cine es, por encima de todo, un negocio”, que es una forma elegante de advertir a los espectadores “qué lástima que sean ustedes tan zafios y tan vulgares”, por no recordarles directamente que asuman que no se hizo la miel para las moscas. Yo creo que algunos hasta se sienten en la obligación de consolarme, a modo de pésame por su presunta profecía de no comercialidad. Es como si un crítico de arte, después de alabar la calidad de un cuadro, advirtiese: “Pero no se le ocurra comprarlo porque encima de su televisor va a hacer fatal”. Es el fantasma que agarrota esta forma de expresión, tan sometida y puteada por todos los centros de poder. Me atenazaron ya desde mi primer trabajo, Nueve cartas a Berta: “Todos los premios sí, pero esto no va a haber quién lo estrene, porque la gente no está preparada”. Y, efectivamente, los distribuidores se enfadaban al verla porque, desde su experiencia tan brillante, “esto no es cine ni es nada”, etc. Hasta que nos concedieron la limosna de unos días para proyectarla y resultó que hubo colas desde el principio y estuvo en los cines durante meses y meses. ¿Quiénes eran los que no estaban preparados? O, por poner otro ejemplo más extremo, la escasez de dinero nos llevó a aquel juego de combinar imágenes de otras filmaciones con música que no tenía nada que ver, sin argumento y, quién lo iba a decir, se batieron récords de taquilla. ¿Podría pensarse que Queridísimos verdugos o una película realizada sobre el Hiperión de Hölderlin llegara siquiera a amortizarse? Nos amedrentaban diciendo “¡es que el cine es una industria!”, cuando en este país la tal industria se parece más a una lotería de feria, con demasiada frecuencia tramposa y manipulada por pícaros. Por mi parte creo que si mis ya bastantes trabajos, con quince películas largas, fueran tan atípicos y marginales a este mi país y este mi tiempo, no se explicaría el que haya conseguido vivir de ellas feliz sin convertirme en un timador ni haber arruinado a nadie. Ahora salen todas ellas a la luz pública entre montones de extras y añadidos para que quien esté interesado pueda llevárselas a casa y examinarme o criticarme libremente. En eso consiste este juego fascinante.

Fragmentos de sentido

Texto: A. U.

No faltan razones para que Basilio Martín Patino sea hoy un cineasta desconocido: la eterna miseria del cine español, avatares de censura, renuencia a programar las películas por televisión, el reñidero en que se ha convertido el circuito de exhibición... La edición en DVD de su obra puede ser la ocasión para descubrir otras muchas razones por las que sus películas nos son necesarias.

En el desierto creativo que, a pesar de los publicistas, es el cine español actual, las películas de Martín Patino poseen virtudes tan básicas que produce cierto pudor nombrarlas: una actitud ética ante su oficio y ante la realidad social, una visión del mundo coherente y una capacidad de comprensión humana que lo alejan del maniqueísmo, la frivolidad y la espectacularidad gratuita que reinan hoy en día. Patino es un cineasta rigurosamente contemporáneo, comprometido desde su primera obra con la actualidad que lo rodea, que observa con una mezcla sabia de distanciamiento, pasión y piedad. De ahí que sus películas se constituyan con sencillez en documentos exactos del momento en que se produjeron y que anticipen el futuro. Pero además, pocos artistas han afrontado la creación cinematográfica más libremente, sin limitaciones formales ni miedo a experimentar, partiendo de otro principio básico: una película es simplemente un fragmento con sentido que se emite o se proyecta, se ruede en celuloide, en vídeo o cualquier otro formato y en la que cabe todo lo que se sepa meter.

Bastaría Queridísimos verdugos (1973), donde la pobreza y la opresión del pueblo se relata a través de la crónica negra y los testimonios de los verdugos oficiales del reino, para hacer de Patino un imprescindible. Pero en toda su obra no hay una sola concesión, ni un momento bajo. Dos temas se dibujan. Por un lado, el análisis de la burguesía y el poder, desoladores en su exactitud crítica: el joven desorientado de Nueve cartas a Berta (1965), la cobardía de los nuevos políticos con que topa la protagonista de Los paraísos perdidos (1985), desolación que alcanza extremos casi insoportables en Octavia (2002), que conjura todos los abusos de poder de la mal llamada izquierda de los últimos cuarenta años y todo el peso de la historia de los vencedores eternos para explicarnos a nosotros, las víctimas, el por qué de nuestro callejón sin salida. Por otro lado, un sincero homenaje al pueblo, bullicioso, resistente o vencido por el fascismo y la miseria, protagonista, desde imágenes recuperadas, de Canciones para después de una guerra (1971) y Caudillo (1973), filmado después con inmenso cariño en Madrid (1987).

Mención aparte merecen las siete películas englobadas en la serie Andalucía, un siglo de fascinación (1995). En la estela de La seducción del caos (1991), realizadas con "absoluta libertad", un presupuesto rídiculo y un derroche de imaginación, ironía y documentación, Carmen o la libertad, Ojos verdes, El grito del Sur, Silverio, El museo japonés, El jardín de los poetas o Paraísos fabulan la historia (desde la contemporaneidad: Patino, como Godard, nunca ha hecho una película "de época") y, a la vez, muestran críticamente las turbias relaciones entre imagen (y sonido) y realidad, la distorsión informativa, el componente ficticio de la información que nos tragamos. La dirección de cine es, por razones obvias, un oficio para hijos de burgueses. Es difícil producir desde la conciencia de clase. Hay que ser, como en el poema de Brecht, un traidor y dar el saber al enemigo. Surgen así películas plenamente políticas, retratos de la burguesía, su miseria y su poder ciego: La regla del juego, Imitación a la vida, Un perro andaluz... Las películas de Basilio Martín Patino, y especialmente Octavia, se sitúan en esta línea. Algún espectador exigirá una toma de postura más "clara", un inicio de rebeldía o que se escenifique la lucha. Eso sólo quiere decir que al verla ha tomado postura, que se ha rebelado. Lo verdaderamente reaccionario sería que esa rebeldía se resolviera en la ficción.

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