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31 de marzo de 2004

Entrevista: John le Carré - Escritor

"Nunca he escrito tan en caliente"

Florence Noiville y Raphaëlle Rérolle
Le Monde /El País

Pregunta. Todas sus novelas están ligadas a la historia reciente, pero Amigos absolutos lo está de un modo especial, pues comienza un mes después de finalizada la segunda guerra de Irak.

Respuesta. Nunca he tenido la impresión de escribir tan en caliente. Normalmente, una novela es la síntesis de una experiencia: una serie de elementos que se ensamblan en un clima de relativa tranquilidad. Pero Amigos absolutos ha sido dictada por la ira. Me daba la impresión de estar viendo un remake de una película demasiado conocida, con Estados Unidos, una vez más, de protagonista. Pero la ira no basta. Es necesario al menos que funcione la intriga. Y sabía que en este caso funcionaba porque conozco muy bien a Ted Mundy, el personaje central. Me es muy cercano. De hecho, cuando comienzo un libro, invento siempre a alguien que comparte conmigo un secreto. Cuando era joven, inventé un sustituto de la figura paterna, George Smiley. Ello me permitió alcanzar una suerte de estabilidad, de respetabilidad. Y como yo no comprendía a las mujeres..., pues ¡no le permití poseer realmente a ninguna!

P. La guerra de Irak, a la que usted se opuso, ¿fue el desencadenante del libro?

R. Antes incluso del 11 se septiembre ya estaba interesado en esa radicalización ligada a la mundialización. Tras Seattle y las manifestaciones de Génova contra la cumbre del G-8 me pregunté, inocentemente, si no se estarían poniendo de manifiesto nuevas formas de acción directa contra la mundialización y Estados Unidos. Me parecía que estaba surgiendo una situación parecida a la de 1967-1968. Sin el enemigo comunista, el imperialismo americano se convertía en una obsesión. Evidentemente, a partir del 11-S todo cambió. Busqué desesperadamente el modo de representar ese acontecimiento. En mi opinión, muchos autores se plantearon esa cuestión y se sintieron viejos, acabados. Hasta entonces, había jugado con ambigüedades. De repente nos encontrábamos ante el mal absoluto. La historia nos acusaba: nuestra manera de utilizar a los muyahidin contra la Unión Soviética, nuestras relaciones con Arabia Saudí...

A pesar de ello, podía entender e incluso aprobar la invasión de Afganistán. Pero más tarde, cuando vi los preparativos de la guerra de Irak, me pareció que en Estados Unidos estaba pasando algo auténticamente nefasto. Comprendí que no había duda de que en la primavera de 2002 Blair había prometido a Bush que le acompañaría en la guerra. Blair pensó que podía entregar a Europa, a las Naciones Unidas. Se engañó o le engañaron acerca de las informaciones que justificaban la invasión de Irak. Algo muy desagradable se insinuó en el orden mundial, algo guiado por una locura puramente ideológica.

P. El libro habla de la imposibilidad de enunciar la verdad...

R. Cuando, en la primavera de 2002, Blair se implicó sin decirlo, sentí que ese silencio se había convertido en una gran mentira. Y que ya nada podía detener ese proceso. El libro contiene también la idea de que es posible destruir a través de la mentira, de esa capacidad de engañarse a sí mismo. Y que la sinrazón puede triunfar incluso en personas muy inteligentes. Ahora sabemos que los neoconservadores habían decidido la guerra de Irak mucho antes del 11 de septiembre de 2001 y que se sirvieron de Osama Bin Laden para luchar contra Sadam Husein. En cierto sentido, Bush y Osama están hechos el uno para el otro: ninguno acepta los términos medios.

P. Está usted muy impresionado por la política estadounidense.

R. Si no me equivoco, el presupuesto americano de defensa de los siete últimos años ha alcanzado la suma de 3,5 billones de dólares. Aunque de un modo instintivo, creo que muchas de las cuestiones que exigen hoy ser respondidas son mucho más simples de lo que los profesionales de la política quieren hacernos creer. Tras el 11 de septiembre debía haber prevalecido el sentido común. La reconstrucción de Afganistán debería haber sido una prioridad absoluta; la pobreza en África, también. Los expertos han calculado que lograr que todo el mundo tenga acceso al agua potable costaría una media de 25 millones de dólares por país africano. Hay cosas que se pueden hacer y que, en mi opinión, constituyen un auténtico inicio de respuesta a una guerra contra el terror. Mientras se ponga el acento en el mercado libre, en el poder de las firmas comerciales..., se reforzará la miseria y se matará.

P. ¿Era esta guerra la consecuencia de una serie de cosas que hacía ya tiempo que le indignaban?

R. Sí. Por ejemplo, el hecho de que tras la guerra fría no se haya intentado redibujar el mundo de un modo constructivo. Creo que hay un momento, entre 1989 y 1991, en el que, con imaginación y valentía, hubiéramos podido hacer mucho, y no estoy siendo especialmente sentimental o romántico. Pero nadie nos guió. Todo lo que pasó fue que el libre comercio se exportó a todo el mundo. De repente, los países del ex bloque del Este abrazaron el capitalismo con el mismo fervor con el que algunos se habían adherido al comunismo. Lo que posteriormente ha surgido es consecuencia de ese fracaso: del fracaso de la imaginación y del altruismo, de la carencia de visión, de sabiduría, de sentido común.

P. ¿Cómo trabaja usted?

R. Al comienzo, sin descanso. Vuelvo una y otra vez sobre la primera página, el primer capítulo. Pero no tengo ningún plan. Intento entrar en la historia lo más tarde posible y luego doy marcha atrás para explicar cómo se llegó a ello. Hago una serie de investigaciones sin las cuales la novela no iría muy lejos, pues cada detalle hace avanzar la acción. Pero no se trata de una investigación fría; también hago entrevistas, planteo preguntas y escucho las respuestas; hago que la gente se sienta en confianza conmigo, como en el periodismo. En El jardinero fiel, que trataba de la industria farmacéutica, tuve que ir a Basilea y buscar a un cuadro medio de la industria farmacéutica dispuesto a hablar de su vida. Pasar bastante tiempo con él, prometerle que no iba a revelar las fuentes y enseñarle el resultado.

P. ¿Tiene la impresión de ayudar al lector a ahondar en la complejidad del mundo?

R. Me sentí orgulloso cuando la organización Oxfam me escribió para darme las gracias tras la publicación de El jardinero fiel, pero en el caso de Amigos absolutos simplemente deseo que los lectores compartan mi cólera y sientan que hay que inventar formas nuevas de protesta y de expresión popular. Una de las ventajas del caos actual podría ser la reconciliación de la voluntad popular y el poder político. El impacto de la televisión, la incesante repetición de clichés, han logrado hacernos apáticos y estúpidos. Peor aún, a que tengamos la impresión de que la política es virtual. Lo mismo que la guerra, los muertos, e incluso la victoria. El hecho de que los civiles sean ahora un blanco quizá provoque una protesta popular más eficaz.

Hecho para ser espía

Pregunta. En su libro evoca el Berlín de los años setenta, el de la extrema izquierda. ¿Qué pensaba usted entonces?

Respuesta. Tenía la impresión de estar viendo un teatro humano. En esa época yo era rico, ya había escrito El espía que surgió del frío y miraba todo con los ojos del que acaba de acceder a la propiedad. Me sentía un poco culpable. Pero no estaba comprometido, ¡no como ahora! En aquel entonces era funcionario y, por tanto, estaba institucionalizado. Había dado clases en Eton, la cuna de la respetabilidad, entrado en el Ministerio de Defensa y después en el Foreign Office. Había sido diplomático en Bonn, cónsul en Hamburgo. Era educado hasta el extremo. Escribía al alba, de cuatro a siete de la mañana, tenía una doble vida y unas inhibiciones muy ancladas.

P. ¿Le ha liberado la ficción?

R. Sí, pero me llevó tiempo. Una de las causas de mi inhibición fue mi infancia. Mi padre era un tipo muy especial, un empresario fracasado. Mi madre murió cuando yo era muy pequeño. Mi hermano y yo vivimos fuera de todo control parental, bajo un tipo de control institucional: fundamentalmente el de los pensionados, a partir de los cinco años. Eso hizo que desde mi más tierna infancia fuera un pequeño espía. Mi hermano y yo aprendimos a hablar la lengua de la clase media, a reflexionar y funcionar como la clase media, pero sin formar parte de ella. Pensábamos que ése era el papel que había que desempeñar en la vida. Veía el mundo como un lugar muy peligroso, en el que había que disimular constantemente para evitar el desastre. Esa impresión de surgir de la nada explica también mis relaciones con la gente: generalmente me siento mucho más a gusto con el personal de servicio de los hoteles que con los clientes.

P. Estaba hecho para el mundo de los agentes secretos...

R. Sí, es un mundo en el que siempre hay que disimular, ser lo que los demás quieren que uno sea. Para un escritor es una escuela formidable. El mundo secreto se convierte en un santuario. De hecho, mucha gente se refugia en él por miedo al mundo real.

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