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6 de abril de 2004

Vargas Llosa, la invasión a Irak y las encuestas

Luis Carlos Silva Ayçaguer
Rebelión


En una comunicación en siete entregas a la que tituló DIARIO DE IRAK, publicada por el periódico madrileño "El País" entre el 1 y el 9 de agosto de 2003, y luego recreada en forma de opúsculo por la editorial Aguilar, el escritor Mario Vargas Llosa, quien un trimestre antes había expresado serios reparos a la guerra que se avecinaba, reconsidera sus puntos de vista y nos ilustra acerca del auspicioso futuro que espera a Irak.

Vale la pena repasar la sorprendente conclusión a la que llega tras una breve visita al país: la única finalidad de Estados Unidos para comandar la guerra de ocupación ha sido la de ejercer su reciente vocación de combatir las satrapías. Lo hace, por lo demás, con enorme generosidad expresada en términos de fabulosos gastos y a pesar de que ello ha supuesto la entrega de numerosas vidas norteamericanas. Una sola vez comparece la palabra «petróleo» a lo largo de decenas de cuartillas. Pero no para mencionarlo como un producto llamado a satisfacer la inocultable codicia de los invasores, aunque supongo que conozca los estrechos vínculos personales de George Bush, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld y Dick Cheney con el negocio del petróleo, sino para señalar los recursos con que cuenta Irak para su hipotética resurrección.

Al analizar las motivaciones de los agresores, admite: "La verdad es que las dos razones esgrimidas por Bush y Blair para justificar la intervención armada -la existencia de armas de destrucción masiva y el vínculo orgánico entre el Gobierno irakí y los terroristas de Al Qaeda- no han podido ser probadas y, a estas alturas, cada vez parecen más improbables". Tras este reconocimiento, apostilla de inmediato: "Pero ¿y si el argumento para intervenir hubiera sido, claro y explícito, acabar con una tiranía execrable y genocida, que ha causado innumerables víctimas y mantiene a todo un pueblo en el oscurantismo y la barbarie y devolverle a éste la soberanía?" Según se deduce de tal reflexión, lo único que cabe reprochar a Bush es haber ocultado su intención altruista y desinteresada detrás de un par de mentirijillas, hecho que explica el yerro inicial del escritor.

Pero ¿cuáles habían sido las razones de Vargas Llosa para ser refractario a la entonces inminente guerra? Repasemos lo que entonces escribiera en su artículo «Los desastres de la guerra» (El País, 16/2/03): "Es verdad que Sadam Husein es un dictador sanguinario, que ha invadido a sus vecinos, utilizado armas químicas y bacteriológicas contra su propio pueblo, y ha instaurado un régimen policial, de censura y de terror". Dicho esto, se pregunta: "Pero ¿de cuántos gobernantes de su vecindad y de otras regiones del mundo se podrían decir cosas muy semejantes? ¿Qué son Irán, Siria, Libia, Arabia Saudí, Zimbabue y un buen número más de países africanos y asiáticos, sino satrapías indecentes que a diario atropellan los derechos más elementales de sus ciudadanos, a los que tienen sometidos a un régimen de oscurantismo y pavor?" Y concluye con una nota de ironía: "No es, pues, verosímil que detrás de esta guerra se halle la loable intención de ayudar al pueblo irakí a emanciparse de una dictadura y forjar una democracia".

¿Qué elementos novedosos recopiló en su visita para dejar de considerar inverosímil que las motivaciones de los agresores fueran filantrópicas? Absolutamente ninguno. Ni un mago de la palabra puede camuflar el carácter humillante de la invasión y posterior ocupación de Irak (aunque asépticamente la denomine una y otra vez "intervención"), las decenas de miles de muertos y heridos irakíes, el saqueo cultural y material de que ha sido objeto el país, la destrucción que resultaba imprescindible para poder repartirse de inmediato el botín de la "reconstrucción", el estado prevaleciente de caos e inseguridad cotidiana, la brutalidad de la soldadesca con la población civil y su inevitable secuela de odio, horrores todos que hubieron de consumarse en nombre de la democracia.

¿Cómo explicarse el súbito giro autocrítico que tres meses después conduce a Vargas Llosa a justificar el crimen? Quizás algún día lo sepamos. De momento cabe advertir a algún lector distraído que no se deje embaucar por sus acrobacias verbales: no se haga la ilusión de que, por ejemplo, el salvaje régimen de Arabia Saudita o el corrupto gobierno de Pakistán están a punto de ser derrocados mediante este novedoso sistema yanqui de restituir la democracia a bombazos; tampoco debe creer que Somoza, Trujuillo, Pinochet y Videla ejercieron sus oprobiosas dictaduras con el apoyo norteamericano solo debido a que dicho sistema democratizador no había sido aún inaugurado.

Cualquier persona sensata y bienintencionada siempre supo o intuyó que la brutalidad de los ocupantes produciría más fanatismo, que multiplicaría y extendería el afán de venganza. Lamentablemente, esta intuición, que parece escapar a la sensibilidad de Vargas Llosa, se ha visto confirmada por hechos tales como la sangrienta hoja de ruta que ha seguido el conflicto palestino-israelí. Sin ir tan lejos, también lo confirma que a los pocos días de escrito el texto, varios de los entrevistados por el novelista perdieron la vida, trágicamente envueltos en la delirante espiral de violencia desatada por la invasión (tal fue el caso del enviado especial de la ONU, Sergio Vieira de Mello, del ayatolá Mohammed Bakr al Hakim y del máximo responsable de la inteligencia de guerra española en Irak, Manuel Martín Oar). Pero la prueba más cercana ha sido la masacre perpetrada en España.

Recuerdo haber leído en una de sus novelas un apotegma expresivo de cómo se despeñaba moral y físicamente el protagonista: "El deterioro no tiene fondo". Nunca imaginé que esa lacónica y estremecedora verdad pudiera quedar tan acabadamente encarnada en el propio escritor que la enunció. Pero con su nota Madrid en el corazón(EL PAÍS, 21 de marzo de 2004), escrita a raíz de los salvajes atentados de Madrid, Vargas Llosa lo consigue. Allí se duele de la ingratitud del pueblo español hacia Aznar. A su juicio, el pueblo se equivocó, ya que en realidad debería estar agradecido al genuflexo ex­­-presidente, aunque su servil y profundamente impopular política de apoyo a la guerra haya contribuido a que tengamos que lamentar la muerte de miles y miles de seres humanos, y aunque, para cerrar con broche de oro su nefasta ejecutoria, haya realizado un febril y patético esfuerzo por engañar a sus enlutados conciudadanos.

Vargas Llosa da por sentado que, de no haber sido por el atentado, el Partido Popular hubiera vencido en las elecciones, ya que los resultados de las encuestas auguraban dicho desenlace. Es muy probable que el atroz acontecimiento y, muy especialmente, el inexitoso intento de engañar a la opinión pública, hayan restado votos al Partido Popular; pero lo cierto es que no hay fundamento razonable alguno para confiar en ninguna de las encuestas a las que alude el escritor. Desafortunadamente, debido a sus diversas insuficiencias técnicas que no es del caso detallar aquí, la calidad de los sondeos que suelen realizar las empresas que operan en España es paupérrima. ¿No reparó el escritor en que todas las encuestas realizadas a pie de urna el propio día de los comicios se equivocaron aparatosamente? En efecto, los cuatro sondeos conducidos por respectivas empresas una vez concluido el sufragio pero antes del escrutinio, arrojaron resultados absolutamente errados. Por ejemplo, DEMOSCOPIA (contratada por la emisora Tele 5) anunció que el PP habría obtenido 169 escaños y el PSOE 141; tres horas después se supo que los resultados reales eran exactamente los contrarios.

Sería bueno que Vargas Llosa nos contestara lo siguiente: si los únicos sondeos cuya fiabilidad podemos comprobar fueron un fiasco, ¿sobre qué bases debemos aceptar por buenos los restantes? Téngase en cuenta que son incluso menos azarosos que los realizados previamente, pues concernían a votos consumados y no a los que los ciudadanos comunicaban que proyectaban realizar.

Ha de reconocerse que esta sorprendente miopía no es privativa del escritor; muchos analistas dan por supuesto que las encuestas previas arrojaban resultados confiables. Pero en el caso de Vargas Llosa la miopía para a ser sospechosa ceguera. Para fundamentar su opinión de que Zapatero debe comenzar su mandato incumpliendo los compromisos contraídos con el electorado y mantener a toda costa las tropas españolas en Irak, en el propio artículo en que explica a los españoles cómo deberían haber expresado su agradecimiento, se hace eco de un sondeo realizado en Irak por la británica "Oxford Research International". Según esta entidad, cuyo nombre evoca al mundo académico pero que no pasa de ser una empresa convencional, la mayoría de la población irakí expresa su actual satisfacción con relación a su vida pasada.

Pero cualquier analista honrado puede sospechar que una encuesta realizada por una empresa procedente de uno de los países ocupantes, en un Irak caótico y aterrorizado, tiene muy escasa fiabilidad, incluso muy inferior a la que merecen los desatinados sondeos españoles. Allí es imposible garantizar el cumplimiento de exigencias técnicas básicas, tales como disponer de marcos muestrales confiables y otros requerimientos operativos, que consientan que un profesional especializado en teoría y práctica científicas de las encuestas pueda conferirle el menor aval técnico. Por más señas, la propia empresa reconoce en Internet -cualquiera puede comprobarlo- que investigadores y trabajadores de campo se desempeñaron en condiciones de gran inseguridad y sujetos a la suspicacia y rechazo generalizados, hasta el punto de que no pocos fueron reiteradamente arrestados, increpados y atacados, tanto por la población como por la policía y otras fuerzas militares.

Señor Vargas Llosa: por versátiles que sean sus habilidades retóricas y amplias sus dotes de prestidigitador verbal, aunque muestre solo lo que convenga a sus argumentos y esconda lo que no se ajuste a sus deseos, tratar de engañar a todos no siempre es redituable, documéntese con Aznar.

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