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7 de abril de 2004

Sami Naïr, Xavier Antich y José Antonio Millán analizan la capacidad de perversión de la palabra en un seminario en el Círculo de Lectores

«El lenguaje es totalitario, fascista y tramposo por definición»

Quico Alsedo
El Mundo


La palabra como arma de destrucción masiva. Esa es la única que conoce el politólogo Sami Naïr. «El lenguaje es un instrumento totalitario y fascista, y no hay solución: la relación entre objeto designado y palabra es imposible». ¿Cómo entendernos, entonces? «Manteniendo una actitud, al menos, de consciencia del poder de las palabras», repuso el filólogo y diplomático José María Ridao.

El diálogo se producía ayer en el Círculo de Lectores de Madrid, donde el seminario La perversión del lenguaje reunió al filósofo Xavier Antich y al lingüista José Antonio Millán con Naïr y Ridao.Todos, por cierto, partiendo de una única premisa: lenguaje y violencia son, sin matices, lo mismo. «Sólo desde la responsabilidad podemos esperar algo bueno del lenguaje», aseguró Naïr.

Citando a Wittgestein comenzó el eurodiputado socialista francés: «El ya dijo que no tenía ninguna ilusión en el lenguaje, y acertó de pleno: las palabras sólo perpetúan la relación de fuerzas que late en la vida social común». Y prosiguió yendo a casos concretos: «Por ejemplo, la palabra inmigrante significa hoy 'inferior' y no 'trabajador de otro país', como debería».

La invasión de Irak, por supuesto, no iba a tardar en aparecer en su discurso: «Es sintomático lo que ya hace años la administración Clinton dijo: 'Estado paria es lo que diga EEUU que lo es'. Eso demuestra cómo el lenguaje está al servicio del poder». En su cara más política, Naïr terminó advirtiendo: «Huntington ya está apuntando a los hispanos, y toda la batería léxica que en los 90 se orientó al Islam gira hacia ellos». Antich partió criticando las «legitimidades ilegítimas» que suscitan y sustentan algunos titulares periodísticos. «No se puede utilizar, por ejemplo, la expresión 'fuera de la ley' cuando esa ley ha sido acuñada por un gobierno que cree en la mentira noble», explicó, refiriéndose claramente a Bush.

En lo cotidiano

Antich compiló algunas citas al respecto más que reveladoras.La primera, del mismísimo Platón: «La falsedad que se oculta en las palabras es la de los pensamientos». La segunda, de Joseph Conrad, al final de El corazón de las tinieblas: «El auténtico horror es el de las palabras de cada día, de las cotidianas: encierran las peores mentiras».

Y la tercera, que probablemente venía más a enredar que a traer luz, del novelista y crítico Maurice Blanchot: «La única alternativa a la violencia es la palabra». A lo que Ridao hubiera añadido que la palabra responsable y no interesada.

Millán, por la parte que le tocó, se apoyó en su formación como lingüista para desentrañar cómo la semiótica de atención al público en instituciones y empresas tiende, por oscura y confusa, a discriminar a ciudadanos de primera, segunda y tercera. «Se ha renunciado a la lengua por la imagen, y ese empobrecimiento puede ser calificado de violencia, porque te hacen creer que eres un desgraciado si no entiendes».

Por no hablar de la «pobreza que imponen los call centers, que lleva a degradar los cauces de comunicación y utiliza el lenguaje en su faceta más perversa», explicó José Antonio.

Millán Naïr, de nuevo, no dejó resquicio: «Quien diga que se puede vehicular lo justo en el lenguaje miente. Es totalitario, fascista y tramposo por definición». Y, para poner el broche, Xavier Antich marcó un territorio entre palabra y violencia: «Cuando las palabras se pudren, más vale optar por el silencio».

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