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13 de mayo de 2004

El secreto del código Da Vinci

Luis Angel Abad
Cartelera Levante-EMV

El panorama literario lleva unos meses revuelto con El código Da Vinci, cuyo éxito comercial lo ha convertido en fenómeno social. El libro vende como rosquillas, los foros de internet humean la controversia de su interés y la crítica se lleva las manos a la cabeza. Y plañe los gustos de una plebe que pasa página de Harry Potter para sólo caer en las garras de un folletín detectivesco con ínfulas reveladoras y hasta revolucionarias. Este es quizás su peor pecado a la vista del resultado final.

Es verdad que los logros literarios de El Código Da Vinci son cuestionables. Dan Brown ha construido un mecanismo de precisión que precipita sin remisión al lector página a página. Pero este logro se consigue a costa de simplificar los personajes y las situaciones hasta el tópico, siempre en función de la necesidad inexorable de imponer el efecto. Se trata por lo tanto de kitsch puro según la definición clásica de Umberto Eco, con cuyo Nombre de la Rosa se ha tenido la tentación de comparar en más de una ocasión al Codigo Da Vinci. Tan desgastados aparecen hoy los límites de la presunta erudición. En realidad, si no se impusiera tan categóricamente la prioridad cultural del libro, bastaría enfrentar El Código Da Vinci con el clásico de los videojuegos Broken Sword para vislumbrar el límite de sus logros artísticos.

Pero en general no importa el valor artístico o cultural de tal o cual obra, sino su sentido ideológico. Y no he tenido ocasión de leer gran cosa al respecto a pesar de la virulencia y la agudeza de las muchas críticas recibidas por Brown. El problema es que El código Da Vinci se pasa quinientas páginas anunciando una revelación revolucionaria para terminar admitiendo que la revelación ha de postergarse conservando el secreto, que la revolución ya está en marcha, que no está en nuestras manos, que se trata de una revolución tranquila y que, para más inri, está de hecho custodiada por el Estado. La cosa queda en una suerte de feminización abstracta del mundo, que no está mal de no ser porque al no concretarse sólo abunda en la mera corrección política de estos días. Y lo que es peor, este brindis al sol borra de paso los problemas reales del mundo que viene a resolver.

Se podría decir que para ese viaje no necesitamos cargar con semejante tocho las alforjas. Alforjas que Dan Brown llena de billetes conectando con nuestra necesidad de que nos paseen por la apariencia más tópica del secreto y del peligro, para finalmente comerciar con la tentación siempre activa de seguridad y tranquilidad del lector, con el abandono a la inercia; con la aquiescencia de que todo cambie para que todo siga igual. Así resuelve este libro la responsabilidad de su fama como definitiva inocuidad revolucionaria. Y armado sobre una prestidigitación que escamotea su perversidad ideológica, el secreto de El Código Da Vinci consiste en la limitación que impone a miles y miles de lectores que toman por ejemplo una visión tan estrecha de la posibilidad de un mundo diferente. De una revolución reconocida pendiente pero abortada de raíz por tan resuelta antes de empezada. Será por eso esa sonrisa de la Mona Lisa, prototipo del retrato de la mujer. Moderna, pero burguesa al fin y al cabo.


¿Confluyen necesariamente la condición de bestseller y la inocuidad revolucionaria?

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