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22 de abril de 2004

Discurso de la embajadora de Francia en Cuba Marie-France Pagnier en la entrega de la orden del mérito a la poetisa Nancy Morejón

Entre los dibujos inéditos de Walt Disney, a su muerte, encontraron a Nancy

Rebelión


Nicolás Guillén escribía:


“Entre los dibujos inéditos de Walt Disney, a su muerte, encontraron a Nancy. Era el mismo nervioso antílope que ahora vemos, pero aún no había echado a correr, fina gacela detenida entre el cartón y el lápiz. Los ojos grandes, grandísimos y como asombrados en su inocencia; los senos breves y culpables.


Pienso que su poesía es negra como su piel, cuando la tomamos en su esencia íntima y sonámbula. Es también cubana (por eso mismo) con la raíz enterrada muy hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se la puede ver sólo el instante en que la Tierra se detiene para que la retraten los cosmonautas”.



Señora,


Usted sin duda alguna ha realizado el sueño del poeta: ser usted misma y para los otros, estibador y costurera. Su padre y su madre ejercían estas dos ocupaciones que usted ha llevado a un alto nivel artístico. Usted es estibador, la que amarra para poder navegar mejor. Es costurera, porque surce y cose para unir los hilos distendidos, reparar los ultrajes del tiempo y tejer nuevas formas de expresión.


Rememoremos hoy, Nancy Morejón, cuando en el 2001, Cuba, su tierra y su musa, le entregó el Premio Nacional de Literatura.


Pablo Armando Fernández ha dicho:


“A mí me ocurre que su poesía me devela insondables secretos de nuestro ser. Por negra y cubana, Nancy Morejón concilia la historia con la geografía, de tal modo que nos reconcilia con ambas”.



Este premio es su consagración (aunque a usted no le gusta este término, usted que ama navegar y coser sin cesar), la consagración de una obra que hace del verbo y del lenguaje la esencia misma de la vida, del gesto y de la identidad. Ese verbo y ese lenguaje usted lo forja desde siempre para escribir, defender, explicar, cantar y contar cuentos. A través de la investigación, del testimonio, del periodismo (de la prensa plana y la televisión), el ensayo, la crítica , la traducción, la prosa y, por supuesto la poesía, nos llega su canto de mujer y de insular, que la convierte en cantor de lo universal.


Sus principales selecciones de poemas: Mutismos, Amor, ciudad atribuida, Richard trajo su flauta y otros argumentos, Parajes de una época, Octubre imprescindible, Cuaderno de Granada han dado la vuelta al mundo y han sido traducidos a varios idiomas: portugués, inglés, alemán, holandés, y por supuesto el francés.


“La Morejón”, como la llaman los grandes poetas que la han acompañado, pasea la voz de Cuba por el mundo, en tierras indispensables, para usted y para nosotros: el África, por supuesto, Sudáfrica -–que usted recorrió--, el Caribe, los Estados Unidos –donde usted pronunció varias conferencias memorables sobre la cultura cubana--, Europa y, particularmente, Francia, que usted visita frecuentemente.


Permítame que esta noche, como muestra de nuestra admiración y nuestro afecto, nacidos en lo más profundo del corazón, le recuerde las dos estrellas que usted escogió como guía y luz:


--La de la identidad y las raíces, que nos separan para siempre del concepto de género y raza, pero que, junto a sus dos maestros y cómplices, Aimé Césaire y Édouard Glissant la ayudan a regresar al país natal (parafraseando a Césaire), para abrazar a todo el mundo (parafraseando a Glissant). Usted amarra y teje su vida y su obra, dejando navegar, por ejemplo, el pensamiento y el verbo, desde lo grandemente particular hasta lo ínfimamente universal.


--La segunda estrella es la del amor y la ciudad: Esto significa hoy, en nuestro mundo de desorden y locura, un coraje y un lenguaje que la honran. El amor será siempre para usted este lenguaje, que va más allá de todo encierro, y la ciudad puede ser el lugar doloroso más sublime en que este amor se declara.


De hecho, lo que la apasiona es el ser: su combate, su casa, su lenguaje y sus pasos. Su ensayo Fundación de la imagen es, desde este punto de vista, excepcional.

Pero esta noche, la Francia que la honra saluda en usted a la embajadora de las letras y las artes, la francófona y la infatigable tejedora de sueños y arquitecta de puentes entre Cuba, el Caribe y Francia, y pienso que igualmente con las Antillas, y el mundo.


Es poco agradecerle, querida Nancy, haber escogido a Francia como su segunda tierra y su segundo idioma. La licenciada en lengua y literatura francesas que es usted se ha convertido en una de las grandes traductoras y mensajeras de nuestros idiomas, nuestras culturas y nuestros deseos. Gracias a usted Molière, Rimbaud, Éluard, Prévert, Anne Hébert, René Depestre, Aimé Césaire, Paul Laraque, y muchos otros a los cuales saludo de paso, nos hablan en su idioma y acompañan a este otro gran estibador que fue François Rabelais, cuando confió a Pantagruel la misión de descongelar las palabras.


Francia la condecora esta noche, Nancy Morejón, invitando al África y a sus tambores, a las Américas y sus pueblos, a Europa y sus poetas, hermanos de todos los poetas, a recalentar a través de usted las palabras congeladas.



Muchas gracias.


Traducción de Xavier d’Artuy

NANCY MOREJÓN / PALABRAS PRONUNCIADAS AL RECIBIR LAS INSIGNIAS DE OFICIAL DE LA ORDEN NACIONAL DEL MÉRITO DE LA REPÚBLICA DE FRANCIA2


Su Excelencia, Sra. Marie-France Pagnier

Embajadora de Francia en Cuba

Distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático

Queridos amigos:


Ante todo, agradezco las generosas palabras que acaban de ser pronunciadas con el fin de hacer comprender a los presentes las razones que me han hecho acreedora de esta distinción tan importante como inesperada.

La recibo porque es un signo que ha querido inclinarse hacia mi persona en la medida en que ella pueda representar el amor de muchas otras hacia las artes y las letras francesas entendidas como flechas lanzadas hacia los cuatro puntos cardinales del planeta, muy en especial hacia Nuestra América, hacia el Caribe, hacia Cuba. La recibo también como una escritora que no sólo ha tenido conciencia de una tradición literaria y filosófica que bebió de esa fuente sino que decidió, desde su adolescencia, difundir y rescatar sus valores más trascendentes.


La cultura francesa, por razones históricas que conocemos bien, respira en nuestros poros. Ya desde fines del siglo XVIII hasta los albores de la Revolución de Haití --la primera que implantó la independencia real de una república negra--, su savia alimentó casi todos los ideales independentistas de los patriotas cubanos a lo largo del siglo XIX y en plena mitad del siglo XX cuando la Generación del Centenario alzaba las banderas del Moncada. Ahora mismo, estoy recordando cómo Juan Gualberto Gómez, el gran amigo de José Martí, avizoraba la república escribiendo versos y admirando los de Alfred de Musset. Los dos Heredias son inexplicables si, al estudiarlos, no nos remitimos a las formas de la poesía engendradas por Ronsard y Villon. No hay un Martí posible, ni un Darío alcanzable para nosotros, sin los hallazgos de los simbolistas. El mito de París se forjó en el corazón del movimiento modernista. Muchas décadas después, ese mito colmó los anhelos de infinidad de artistas e intelectuales prestos como nunca antes para hacer sucumbir las huestes hitlerianas que invadieron, no el mito, sino el espacio urbano y su patrimonio arquitectónico. El mito de París tiene viejas raíces en cada sueño de libertad. No por azar, en sus versos de juventud, al margen de sus libros de estudios, el camagüeyano Nicolás Guillén reconocía “donde París es sueño y es realidad La Habana”; o como expresara Roberto Fernández Retamar al descubrir que “Abandonar París es abandonarse”. Una nostalgia sin límites me abandonó para posarse sobre el Pont Neuf y deambular tras el fantasma de Fayad Jamís, o el de La Maga, perdida rumbo a la calle de Saint André des Arts, ambos buscando, a su vez, al ahorcado del Café Bonaparte.

Como dije hace poco, a propósito de ese concepto aún polémico que es la francofonía, en los años sesenta, en la Escuela de Letras y Artes de la Universidad de La Habana aprendí que esa literatura, en el cenit de un proceso altamente cambiante y renovador, se había extendido a tierras americanas y que, aunque lengua obliga, había reverdecido aquí con voz y cabeza propias, fueran de iguana y de león a la vez.

Aprendí francés con las Iluminaciones de Arthur Rimbaud, con el decir de Paul Éluard, muerto también un 18 de noviembre como mi padre y con la risa triste de Jacques Prévert; con las páginas memorables de Marguerite Duras mientras alfabetizaba en rincones desconocidos. Busqué en el norte oriental de la Isla el imaginario de los campesinos que enriquecían, con los aires de Cabo Haitiano, el ritmo legendario de una épica moderna atrabancada entre las dos Sierras. Traduje sin descanso y sólo gracias al conocimiento de esa lengua me gané la vida de forma noble colaborando al conocimiento de poetas como Robert Desnos, amigo fiel de Alejo Carpentier, orfebre nuestro de la francofonía antillana cuyo centenario ya estamos festejando aquí; o Saint-John Perse, o Aimé Césaire, Jacques Roumain y Jules Supervieille.

Como André Breton ante los lienzos de Wifredo Lam; como Édouard Glissant ante las esculturas sin igual de Agustín Cárdenas, así contribuí a crear puentes, puentes indestructibles, orgullosos de su estruendo finisecular, de sus aguas que nos traen la hermosura de la primavera. Debajo de esos puentes pasa el agua de las palabras que nos hacen recapacitar y defender el derecho a instaurar un diálogo incesante. La cultura no necesita otra cosa sino aire, intercambio, movimiento perpetuo, como los puentes. Hay que ir al rescate de lo más legítimo, de aquello que marca a la cultura francesa como una cultura abierta, volcada fuera de sí y enriquecida por isleños en su fiel resistencia humanista. Todas las culturas se necesitan, en verdad pues es el mejor modo de afianzar la condición humana.


En nombre de un legado que va de Montaigne a los socialistas utópicos --que ya no lo son tanto en nuestros días--, en busca siempre de una justicia sin adjetivos y sin tregua, es un honor aceptar este reconocimiento que ya es un irreversible augurio, una obligada señal de que vendrán tiempos mejores.

Muchas gracias


1 La ceremonia de entrega, de manos de la embajadora de Francia en Cuba, S.E. Marie-France Pagnier, tuvo lugar en su residencia de la Avenida 41 #706 esq. a 9, Miramar, La Habana, el jueves 12 de febrero del 2004, a las 6:30 p.m.

2 La ceremonia de entrega, de manos de la embajadora de Francia en Cuba, S.E. Marie-France Pagnier, tuvo lugar en su residencia de la Avenida 41 #706 esq. a 9, Miramar, La Habana, el jueves 12 de febrero del 2004, a las 6:30 p.m.

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