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26 de abril de 2004

Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra

Wu Ming 6
Cádiz Rebelde

Los situacionistas afirmaban que no querían un mundo en el que la garantía de no morir de hambre equivaliera al riesgo de morir de aburrimiento. No morimos de hambre. De aburrimiento y de exceso de peso están llenas las estadísticas de difuntos. Malcomen en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos consumen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald's. Uno de cada cuatro estadounidenses es obeso. Los efectos sobre la salud son varios, desde la diabetes –que afecta a 17 millones de estadounidenses, el 60% más que hace 10 años– hasta enfermedades cardiovasculares y de vesícula biliar. Lo que no mata, engorda.

Muchos de los saciados ciudadanos se apocopan en el corazón de la abundancia e ingresan en la población obesa del primer mundo calmando sus penas atiborrándose de chicha emparedada en pan de molde. Ingieren en diez minutos una cantidad de calorías que darían para llenar el estómago una semana. Mientras, las cifras más recientes de la FAO, que hacen referencia al bienio 1999-2001, indican que durante este periodo había 842 millones de personas hambrientas en el mundo. El informe no indica los diferentes grados de hambre, es más utiliza el eufemismo de personas desnutridas. Si fuese la cifra real deberíamos multiplicarla al menos por 5, pues se trata del 82% de la humanidad.

El discurso del hambre, tan recurrente en las conversaciones de los que comen tres veces al día y desean que todos los habitantes del planeta disfruten de esta nimiedad calórica, se ha convertido en un escenario de lugares comunes, de soluciones caritativas y, en muchas ocasiones, de pronosticables lluvias de paracaídas amarrados a enormes cajas de semillas. Quiero creer que la mayoría de ciudadanos de las ciudades donde abre un Mcdonald’s y no es desmantelado estratégicamente, como hizo José Bové, sabe que el chamán de la tribu ahora no negocia extáticamente con los dioses para recibir este chaparrón de abundancia, sino que el acuerdo se realiza por la diplomática exigencia de los delegados de las multinacionales. El trato supone poblar de ganado grandes superficies del mapa, talado de árboles, explotar la tierra y contemplar exhaustos como los baratos frutos parten para el otro mundo. Luego, como hizo Nestlé, reclaman millones de dólares al país que se pasa de listo y nacionaliza alguna de las más sucias empresas que se instalan en sus expoliadas tierras. La mano oculta del mercado nunca funcionará sin un puño oculto. McDonald's no puede florecer sin McDonnell Douglas y sus F15.

Cuando las materias primas llegan manufacturadas en forma de comida hasta la grasienta parrilla, éstas son manipuladas por jóvenes que, según el Ministerio de Trabajo, son adictas al trabajo temporal a tiempo parcial, al contrato basura y a la actitud autoritaria y prepotente de los encargados. Es bien sabido que disfrutan cuando reciben un salario ínfimo, que manejan alta la presión de trabajo con templanza y que aquellos empleados afiliados a un sindicato comprenden su fulminante despedido por cualquier excusa ya que Mcdonald's, siguiendo su política de diplomacia, no quiere problemas con sindicatos. El pan de molde nuestro de cada día.

Lo que nunca imaginó el desaparecido, y excelente gourmet, Vázquez Montalbán era que un documentalista norteamericano atentara contra la nueva política sana de la multinacional de la manera más sencilla. Norman Spurlock ha rodado y estrenado SupersizeMe, un film sobre la obesidad a lo Michael Moore, en el que el propio director, arriesga su vida en un ejercicio de documentalismo-periodismo gonzo (que con tanto rigor practicó el inefable Hunter S. Thompson). El plan era limitarse a desayunar, almorzar y cenar comer en McDonald's durante un mes y convertir la experiencia en una película.

Spurlock observa su figura en el espejo y se sube a la balanza justo antes de comenzar el rodaje. El peso indicaba una cifra de 83 kilos. Durante el rodaje, el equipo viajó por el país compartiendo menús e impresiones con clientes de McDonald's, expertos en salud y lobbies de la comida rápida. Tras un graso régimen a base de Big Mac, McNuggets de pollo y batidos de fresa, así como de las nuevas ensaladas sanas de McDonald's, Spurlock engordó 11 kilos.

El impacto de la dieta McDonald's fue mucho más severo que un ángulo más pronunciado en la aguja de la balanza. Al cabo de unos días sucumbía a la nausea y vomitaba mientras conducía hacia la ventanilla de pedidos. El hígado se le hinchó y el colesterol se le disparó desde 165 a 230. Padeció constantes dolores de cabeza y algunas oscuras décimas de la fiebre depresiva. El médico responsable del seguimiento aseguraba que el director: “era una persona muy sana. Nadie se imaginaba que iba a sufrir un deterioro de su salud tan rápido”. Le recomendaba el abandono del proyecto si no quería temer por su salud. Para calmar los insalubres ánimos de Spurlock y su médico, Lisa Howard, portavoz de McDonald's, afirmó que no conocía la película y que en cualquier restaurante podría obtener el mismo flaccido resultado.

Las críticas sobre el papel en la epidemia de la obesidad se multiplican, los gabinetes de imagen trabajan duro y el resultado es que McDonald's ha iniciado en los últimos meses una campaña en EE.UU. En su oferta de comidas incluye el vegetariano Veggie Burger, hecho de soja, y una ingente cantidad de verde y de ensaladas. Han fichado al entrenador personal del personaje de televisión Oprah Winfrey para aleccionar a sus clientes en la importancia de la moderación. Pero los obesos títeres de la multinacional se mueven gracias a que casi dos terceras partes de los ingresos corresponden a niños y adolescentes que comen más de cinco veces por semana en un establecimiento de comida rápida. El objetivo del marketing de Mc Donald's –según Greg Crister, autor del libro Fat land- es que los visiten veinte veces al mes. La obesidad es, de pleno hecho, una «enfermedad social» a la que han contribuido generosamente los políticos norteamericanos y las grandes multinacionales de la alimentación.

Pero volvamos al hambre. Los países occidentales gastans en comida para mascotas 17.000 millones de dólares frente a los 19.000 millones que se destinan a luchar contra el hambre; Occidente gasta 4.000 millones de dólares más en cruceros que en potabilizar el agua de países en vías de desarrollo. La primera propuesta del presidente Lula fue el de Hambre cero. Aún así existen muchos que intentan resolver el problema con más efectividad o acierto. Bush, Aznar y demás sátrapas han apostado por reducir las cifras del hambre reduciendo considerablemente el número de los que no disfrutan de vituallas diarias. Eso sí a base de un estricto programa de bloqueo económico, subsiguientes bombardeos y ocupación territorial. Otros más sardónicos, como Swift, apostaban por comerse a los niños directamente.

El hambre, madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.

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