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27 de abril de 2004

'La resistencia silenciosa' es obra del profesor de Literatura Jordi Gracia

Un ensayo sobre la cultura bajo el franquismo gana el Anagrama

Elena Hevia
El Períodico de Catalunya


Para Jordi Gracia (Barcelona, 1965) el franquismo fue un túnel negro. La historiografía comparte esa idea, pero el crítico y profesor de Literatura española en la Universidad de Barcelona ha querido ir más allá, sumergirse en las entretelas de la época, especialmente en los años 30 y 40, " con una linterna de minero" para detectar los múltiples matices de esa oscuridad.

De cómo el franquismo no pudo acabar con una intelectualidad liberal que, pese a la opresiva atmósfera, todavía era capaz de dar mínimas muestras de disidencia en su busca de la modernidad. Esa tesis ilumina La resistencia silenciosa con el que ha ganado el Premio Anagrama de ensayo, concedido por un jurado compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde. El jurado también distinguió como finalista la obra Sócrates furioso: el pensador y la ciudad, del catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid Rafael del Águila.

Huye el autor del maniqueismo y aunque parte del planteamiento de que "el virus franquista infectó a todos los intelectuales", también constata que la forma en que escaparon a esa enfermedad fue particular en todos los casos. La guerra civil abrió la primera brecha. Unos se apoltronaron en el bando fascista. Es el caso de Baroja, Azorín, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Josep Pla. "Pero con los años, a excepción de Marañón, necesitaron crear un nuevo uso racional de la lengua, alejado de las formas rimbombantes del Nodo, que no designaba las cosas por su nombre".

Frente a ellos una serie de intelectuales liberales como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Carles Riba, Antonio Machado, Luis Cernuda o Pedro Salinas, pese a ser "burgueses que no se identificaban con la revolución del 36", optaron por el exilio. "La idea --desarrolla un vehemente Gracia-- es que ninguno de los que acataron el franquismo tenían las armas suficientes para oponerse frontalmente al régimen; ellos eran más proclives al orden. Tuvieron miedo o fueron cínicos".

En ese panorama complejo también se sitúan los --así llamados por el profesor-- "fascistas presumidos" como Sánchez Mazas, Torrente Ballester, Giménez Caballero, Camilo José Cela o Dionisio Ridruejo. Gracia no oculta su curiosidad frente a este último, gran personaje de novela, a quien califica de "fascista honrado, capaz de dimitir de sus cargos cuando vio que el régimen no se ajustaba a sus ideales y de crear un partido socialista en 1956". Todo ese fermento, invisible en apariencia, daría sus frutos en los años 50 y 60.

Gracia considera superadas algunas aproximaciones históricas: "Ya hemos sido antifranquistas, ahora nos toca profundizar en ello", dice. No en vano, el libro está dedicado a su amigo Javier Cercas, capaz de proyectar una mirada similar sobre la guerra civil en la novela Soldados de Salamina.

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