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27 de mayo de 2004

¿Por qué ir a ver a Ophuls en lugar de al "mono" Burgos?

Otra rebelión es posible: crítica de la tragedia típica

Juan Jesús Rodríguez Fraile
Rebelión

1 ¡Qué le vamos a hacer!

La figura de la "self-fulfilling prophecy" —literalmente: "profecía que se autosatisface"—, antes de convertirse en una de las herramientas fundamentales del marketing moderno y en una de las más exitosas técnicas publicitarias, tuvo una larga y profunda tradición en la cultura europea y mundial como expresión del destino de los pueblos, las razas y los imperios. Las ventajas que se derivan del uso de la self-fulfilling prophecy como mecanismo de predicción, explicación y justificación se derivan del hecho de que uno siempre puede estar seguro de que se cumplirá. Las posibilidades que ofrece un instrumento semejante son, por tanto, como es obvio, incalculables. Una de las formulaciones castellanas más tradicionales de la self-fulfilling prophecy es la de algo que comienza con un: "...si es que está visto que al final siempre..." que es, a la vez, la conclusión. Aparentemente faltan aquí algunas premisas, con lo que el argumento no parece ajustarse a la forma de un silogismo hipotético estándar —que suele ser algo más parecido a: a) "si haces...", b) "entonces está visto que al final siempre...", c) "hiciste...", luego (conclusión): "al final..."—, y recuerda mucho más a una inferencia inmediata (entimema), en la cual todo lo que falta se puede dar por sobreentendido. Ello redunda, obviamente, bastante, en beneficio de la naturalidad con que se suelen asumir este tipo de razonamientos, que pasan así entremezclados con el resto de aquellas inferencias inmediatas entre las que normalmente se desarrolla nuestra existencia. En efecto esta forma es la que habitualmente usan las madres y los padres para decir cosas como: "Si es que está visto que al final siempre te tienes que acabar cayendo Juanito", "si es que está visto que al final siempre tienes que acabar llorando Juanito que pareces tonto". En casos como éste se pueden, en efecto, sobrentender tranquilamente el resto de las premisas, tales como: "si te sigues columpiando con la silla de playa", "has seguido columpiándote con la silla de playa"... etc., puesto que hay una especie de ámbito común compartido que podríamos llamar "experiencia" en el cual resulta evidente el hecho del estar columpiándose alguien sobre algo tan peligroso y tan poco de fiar —por principio— como una silla de playa, y el de estar con ello desafiando a una ley particularmente estricta como lo es la de la gravedad (pugna para la cual, además, la pericia acrobática del sujeto en cuestión no parece ir a ser bastante a ojos de todo el mundo salvo a los suyos propios —lo cual justifica la coletilla final que suele añadirse para recalcar más esta última circunstancia—). Sin embargo, en el caso de la self-fulfilling prophecy se trata de algo completamente distinto, porque no es sólo que se dé por supuesta alguna premisa, o incluso muchas premisas —o hasta un montón enorme de premisas—, sino que en este caso se dan por supuestas todas las premisas, siendo de ahí de donde procede su peculiar efectividad predictiva que es, propiamente, infalibilidad. La profecía se cumple —digamos— por c..., es decir, porque: c) "hiciste..." (sea lo que sea lo que hayas hecho o dejado de hacer). Dicho de otra manera, no hay nada en este mundo que pueda impedir que se cumpla una self-fulfilling prophecy, porque la self-fulfilling prophecy se caracteriza, precisamente, por basarse en la mera posibilidad de que ocurra aquello que predice, y por lo tanto en el hecho de que su cumplimiento, puesto que no es imposible, ni puede convertirse en imposible de ninguna manera, se puede aplazar, puede retrasarse tanto como se quiera, pero nunca podrá impedirse completamente, y es, por tanto, completamente inevitable. En efecto, la self-fulfilling prophecy se usa a menudo para sostener cosas tales como que si El "mono" Burgos no fingiera los penaltis, dado que no es imposible fingirlos, alguien que no fuera El "mono" Burgos fingiría los penaltis, y que carece de sentido, por tanto, pretender del "mono" Burgos que haga algo que nadie puede hacer —evitar que se finjan los penaltis— y algo para conseguir lo cual es, además, enteramente irrelevante lo que él haga o deje de hacer. Dicho de otra manera: puesto que es posible fingir los penaltis, los penaltis acabarán fingiéndose. Ni el "mono" Burgos ni nadie puede hacer nada para impedirlo, ya que, en efecto, tanto si el "mono" Burgos finge el penalti, como si no lo finge y deja que otro lo finja en su lugar, el penalti se acabará fingiendo por c..., sea lo que sea lo que haya hecho o dejado de hacer el pobre "mono". De igual forma, como no es imposible que alguien saque unos ciertos beneficios especulando con propiedades inmobiliarias, alguien especulará con propiedades inmobiliarias, con lo que carece por completo de sentido pretender que alguien venda un piso ateniéndose a unos criterios que no sean especulativos como si así fuésemos a conseguir alguna vez acabar con la especulación. O bien, como tampoco era imposible fabricar armas nucleares —como demostró Einstein sobre una pizarra— y las armas nucleares iban a acabar fabricándose de todos modos, carecía de sentido —incluso para alguien tan militantemente pacifista como lo era Einstein— no ayudar a fabricarlas —participando en el famoso "Proyecto Manhattan" como lo hizo él— y dejar así que las fabricasen otros —otros que a lo mejor hasta las querían para arrojarlas sobre la población civil indefensa de algunas ciudades habitadas por individuos de otras razas distintas de la suya—.

Así, en general, puesto que todo lo que puede pasar, puede pasar, y además no es imposible, cada vez que algo pasa no hace sino demostrarnos que esta visto que al final siempre pasa lo que esta visto que al final pasa siempre, es decir: lo que es posible que pase, lo que no era imposible impedir que pasara. De este modo, una vez que ya ha pasado nos damos cuenta de que si todavía nos hubiéramos seguido empeñando en impedir que pasase eso que podía pasar, lo más que hubiéramos conseguido hubiera sido retrasarlo un poco más, pero, al final, siempre habría acabado pasando, con el añadido de que, cuanto más nos hubiéramos empeñado nosotros en retrasarlo, tanto más hubiéramos conseguido, en realidad, únicamente, retrasarnos nosotros con respecto ello, quedarnos retrasados respecto de todos los que hubieran estado más dispuestos que nosotros a ver las cosas como son, por no decir que lo único que hubiéramos hecho habría sido comportarnos como unos retrasados, hacer el primo y ponerle las cosas todavía más fáciles a los más listos, a los más aprovechados y a los que más dispuestos están siempre a aprovecharse de todo lo que pasa, y más capaces son de sacarles partido a las circunstancias.

En efecto, el que todo eso sea así, el que las profecías se cumplan —los penaltis se finjan, los precios aumenten especulativamente y las bombas atómicas se fabriquen—, sólo depende, pues, del hecho de que haya siempre un montón enorme de gente dispuesta a hacerlas realidad, aunque ni siquiera hace falta que sean un montón, basta con que haya unos cuantos, por ejemplo unos poquitos, muy malos, organizados en una poderosa red... o no, porque, el caso es que basta, incluso, con que haya alguno, uno sólo, o incluso con que no haya ninguno dispuesto a hacer esas cosas tan malas pero pueda haberlo...

Dado que sólo depende de alguno de nosotros el que se cumplan esas profecías que anuncian solemnemente que los penaltis serán fingidos y las bombas nucleares fabricadas, uno siempre puede estar seguro de que se cumplirán, puesto que eso sólo depende del irresistible poder que, en un momento dado puede llegar a tener sobre cualquiera algo de cuya existencia, eficacia y hasta irresistibilidad nadie puede dudar: el fingidor de penaltis, el especulador inmobiliario y el fabricante de bombas nucleares que todos llevamos dentro. Todos sabemos que puede haber alguien capaz de hacer todo eso porque todos sabemos que nosotros mismos podríamos serlo, y el poder serlo es algo que nosotros no podemos convertir en completamente imposible de ninguna manera a no ser que nos quitemos la vida o que nos priven completamente de nuestra libertad individual. Así pues, si uno siempre puede estar seguro de la profecía se cumplirá se debe a que ello está, en último caso, en sus propias manos: basta, en efecto, con que él mismo haga realidad aquello que sabe que puede hacer y que está visto que al final siempre alguien va a acabar haciendo para que en él y por él la profecía se autosatisfaga, Adán muerda la manzana y la serpiente se muerda la cola. La posibilidad que uno mismo tiene siempre de hacerla realidad —en el peor de los casos— es lo que convierte en infalible a la self-fulfilling prophecy y lo que hace que pueda prescindirse con respecto a ella de todas las premisas, porque nada en este mundo puede impedir que alguien se proponga hacer algo si ese algo es posible, ni tampoco impedir que lo logre (a menos que no lo sea). Por eso es tan seguro apostar por el hecho de que todo eso que está visto que, al final, siempre acaba pasando pasará, y es ciertamente eso lo que hacen los entrenadores más astutos, los modernos analistas financieros, y los asesores de los presidentes —estos últimos siempre, eso sí, con más dolcezza (ma non tropo)—, sobre todo, cuando aconsejan a los demás que finjan penaltis, que especulen con el precio de los pisos o que inviertan un poco más en gastos de defensa. Esa posibilidad siempre abierta —la de un adversario que pueda adelantársenos a la hora de aprovecharse, y que es realmente, quien nos obliga (en contra de nuestros mejores deseos), a aprovecharnos nosotros primero—, es la simbolizada en muchas culturas por ese personaje al que tradicionalmente se representaba con la figura folklórico-mítica de "el Demoño". Los argumentos que este personaje pone en boca de los entrenadores, analistas y asesores son, a menudo, completamente irrefutables, porque no existe ninguna premisa en este mundo que sea capaz de invalidarlos, y se limitan a convencernos de que nosotros también podemos ser infinitamente sabios y omnipotentes, podemos conocer el futuro antes de que ocurra y hacerlo realidad tal y como lo habíamos previsto, tal y como habíamos visto que al final siempre iba a acabar sucediendo.

2 ¡Ya es tarde!

Pero el caso es que, aunque el cumplimiento efectivo de la profecía siempre está en nuestras manos, y siempre está, por tanto, garantizado en último término, por nosotros mismos, normalmente, las cosas suelen ser mucho más fáciles, porque a menudo ni siquiera hace falta que seamos nosotros personalmente quienes la llevemos hasta su cumplimiento, ya que siempre es ya demasiado tarde, ya se nos ha adelantado siempre alguien para hacer esas cosas y nosotros no seremos ni los primeros ni los últimos, sino que nos limitaremos a hacer lo mismo, lo que hace todo el mundo etc. Siempre es ya tarde, llegamos siempre demasiado tarde como para evitar que pase eso que, si hubiésemos llegado a tiempo de impedir, hubiese evitado que pasara aquello otro que ya no tiene remedio, y por tanto ha hecho necesario el que nosotros tengamos que tomar ahora estas desagradables medidas, medidas que a ninguno nos gusta tomar, etc...

Por eso, el caso es que no sólo es posible, sino que es, además, bastante fácil —tal y como están las cosas— fingir penaltis, especular con el precio de los pisos y fabricar bombas nucleares, y ni siquiera está hoy en día mal visto por la sociedad, porque todo el mundo sabe lo difícil que es no hacerlo, y lo inútil que resulta, porque es obvio que porque alguien no lo haga no va a acabar con ello con las trampas, la especulación ni la guerra. En efecto, si el "mono" Burgos no finge el penalti sólo conseguirá perjudicar a los de su propio equipo (a los de casa) y beneficiar a los del contrario (a los de fuera de casa), y ni siquiera evitará así que estos vengan después a fingir un penalti en su propia área. De igual modo, si alguien vende un piso ateniéndose a unos criterios que no sean especulativos, con ello sólo conseguirá perjudicar a los dueños de la casa y beneficiar a unos extraños (que, además, son unos que ni siquiera tienen casa). También si Einstein se hubiera negado a ayudar a que fabricaran bombas nucleares aquellos que le habían recibido en su propia casa eso sólo hubiera servido para ponerles las cosas más fáciles a esos otros que eran, además, los le habían echado antes a él de la suya. Tampoco otros campos más lejanos de las urgencias inmediatas como el de la Cultura, la Educación, la Sanidad, o la Investigación Científica, están libres de este modelo de razonamiento, ya que, puesto que no es imposible, por ejemplo, que las empresas se preocupen por estas actividades y financien aquellas que más sirven a sus propios intereses, éstas apoyarán aquellas actividades científicas haciéndolas dar mejores resultados. Parece absurdo, por tanto, no intentar hacer también al sector público más sensible a esas necesidades y más atractivo para esas inversiones, y dejar así que sigan inventando ellos —los científicos de los laboratorios privados— en lugar de los científicos de la casa, y obligar a estos últimos a pasarse finalmente también al sector privado para poder servir así mejor a esos intereses (privados) de la sociedad (anónima) que les paga (mejor). ¿Por qué seguir tratando, entonces, de salirse por la tangente (como intentan hacer hoy día quienes se oponen, por ejemplo, a las reformas de la Educación Superior Europea —llevados, sin duda, por una tradicional y rectilínea inercia funcionarial—) en lugar de dejarse arrastrar por las fuerzas de la convergencia hasta caer, si es preciso, en el Sol de la más ardiente y entusiasmante competitividad? Esa posibilidad de obtener un cierto provecho o una cierta ventaja de una cierta situación o de unas determinadas circunstancias es la que en el marco de una teoría de la "elección racional" como la que aplican hoy en día cada vez con más frecuencia y cada vez en más ámbitos los modernos analistas de los sistemas sociales y económicos, determina completamente la estrategia a seguir en cualquier juego en el cual ello sea posible, allí donde ocupar primero, por ejemplo, una cierta posición ventajosa que antes estaba vacía proporciona una superioridad sobre el resto de los jugadores, y no hacerlo supone situarse en inferioridad ante quien, actuando de una manera más "racional" y más acorde con la lógica del juego, irá a ocuparla inmediatamente si tiene la oportunidad de hacerlo. Este tipo de racionalidad es la que prima en aquellos juegos "de suma uno" que están regidos por las leyes de la competencia; o dicho de otra manera: en aquellos juegos en los que las reglas se fijan pensando en favorecer la competitividad este tipo de estrategias destinadas a ocupar una posición dominante —el centro del tablero de ajedrez o los extremos en las tres en raya— son las más racionales —si por racionalidad entendemos, obviamente, la capacidad para alcanzar de la manera más rápida y eficaz posible el fin último del juego sin reflexionar lo más mínimo acerca de éste—. Así, por ejemplo, en un juego cuyo objetivo fuese únicamente matar al rey blanco o al rey negro —como ocurre en el ajedrez— sería enteramente irracional —de acuerdo con lo que acabamos de exponer— salvar a un peón y poner en peligro a un caballo, o no sacrificar a dos peones para acabar con dos torres, y preocuparse sólo por conservar sobre el tablero el mayor número de piezas vivas. De igual forma, en un en un juego cuyo objetivo es lograr tirarse a un pozo situado en el centro del campo y romperse la cabeza, los jugadores estarían locos si —permitiéndolo las reglas del juego— renunciaran a darle un violento empujón al miembro del equipo contrario que les impide alcanzar ese objetivo final y ganar la partida. Si el objetivo en un partido de fútbol es, únicamente, ganar, llega un momento en el cual las propias reglas no hacen más que entorpecer la labor de los jugadores y limitar su iniciativa individual impidiéndoles coger la pelota con la mano, dar empujones a los contrarios, darles cabezazos y abrirse paso a lo bruto hasta la meta para meter el gol, de manera que sólo quedan dos alternativas: la del fútbol europeo —fingir los penaltis, o fingir que no se los ha hecho— o la de asumir que las cosas son así, ponerse el casco y escribir reglas nuevas más acordes con la lógica del juego —es decir, la alternativa del fútbol americano—. En efecto, a nadie le puede resultar difícil en absoluto reconocer en este tipo de argumentos el modelo de muchos de los que se oyen últimamente por todas partes viniendo de un lado y de otro y concerniendo a las más diversas materias; argumentos que comparten todos, sin embargo, esa misma forma. Este modelo de razonamiento se ha ido imponiendo progresivamente en el discurso (así llamado) político —en el de la Realpolitik (sobre todo desde los tiempos de la Guerra Fría) y también, de forma creciente, hasta en el de la Retorikpolitik (cada vez más desde los atentados de Nueva York y Washington)— convirtiéndolo así en una curiosa mezcla de Teología, Estadística, Físico-psico-biología y crónica deportiva que más que a una racionalidad política —la del gobierno de la "polis" (la "ciudad")— parece responder a una racionalidad económica —la de las necesidades de la "Economía" (literalmente: "gobierno de la casa")—. Así, puesto que, en habiendo armas nucleares, no era imposible que se usaran, se acabarían usando, con lo que lo único que podía hacerse era usarlas uno mismo primero. Pero como no era imposible que uno no fuese a ser siempre el primero o el único que pudiera usar armas nucleares, era necesario poner en marcha un procedimiento automático e imparable de respuesta que hiciera imposible que a nadie en su sano Juicio se le fuera a ocurrir usar armas nucleares —procedimiento al que, muy sensatamente, se bautizó como MAD—. Pero como —tal y como pusieron de manifiesto repetidamente a lo largo de aquellas décadas las películas de James Bond— seguía sin ser imposible que alguien estuviera tan loco como para usar armas nucleares (u otras armas de destrucción masiva) a pesar de todo (a pesar, incluso, de que no las tuviera), era necesario... etc. O bien: puesto que en estando todo el poder económico del planeta (o de la Comunidad de Madrid) en manos de unas pocas grandes multinacionales (o constructoras), no es imposible que éstas impongan sus intereses especulativos privados a las instituciones políticas públicas, estos impondrán sus intereses especulativos a las instituciones políticas, con lo que lo único que puede hacerse es impedírselo antes. Pero como no es imposible que ya lo hayan hecho, será necesario hacerles frente por otra vía que no sea la abierta por esas instituciones y poner en marcha un procedimiento de intervención política directa que no pase por ellas y ante el que a nadie en su sano Juicio se le vaya a ocurrir preferirlas —procedimiento de inmediata y auténtica toma de la justicia por la propia mano al que muy justamente podríamos llamar "Insurrección" (u "Okupación") —y hasta "Rebelión" o "Revolución" según, al menos, la terminología usada por el Libro Rojo de Yo-Man-Go—). Pero como tampoco es imposible que alguien (o incluso algunos, o muchos o un montón) prefiera las viejas y corruptas instituciones —movidos, sin duda, por sus intereses o por su absurda y decadente ideología burguesa— puede que, a pesar de todo, acabe siendo necesario... etc.

En efecto, el problema está en que siempre es ya demasiado tarde como para haber podido establecer primero de forma explícita y consensuada las reglas del juego antes de ponerse a jugarlo. Se trata de un juego, por tanto, cuyas reglas no hemos fijado nosotros, sino que, normalmente nos han sido impuestas. Además, tampoco se entiende muy bien por qué vamos a tener que ser precisamente nosotros —que no hemos sido, que no hemos sido los primeros, y que a menudo somos los que menos culpa tenemos— los que carguemos con el trabajo de enmendar las injusticias que cometieron nuestros padres, los que nos amarguemos la vida tratando de cambiar las cosas, y sin conseguir, además, con ello nada más que hacer un poco el primo, por que lo más probable es —no nos engañemos— que ni siquiera vayamos a poder disfrutar, ni siquiera un poquito, de los beneficios que producirán esos cambios que intentamos llevar adelante.

En el fondo, todos sabemos que el principal problema, al final, es ése, ése del cual nadie puede echarnos a nosotros la culpa: el de que todos hemos llegado demasiado tarde como para evitar que las cosas se pusieran como se han puesto, y nos iremos demasiado pronto como para poder enmendarlas. Menuda tragedia es esto de que seamos tan lentos que hemos tenido que esperar a nacer para poder empezar a cambiar las cosas, y claro, ya no nos va a dar tiempo a cambiarlo todo antes de morirnos. Este retraso coyuntural que hace recaer en nosotros las consecuencias de las malas acciones cometidas por nuestros antepasados es el que en la literatura folklorico-mítica se simbolizaba antiguamente con la figura del "pecado original". El verdadero responsable de haber convertido éste mundo en un valle de lágrimas, en un lugar en el que nos tenemos que pasar la vida ganándonos el pan con el sudor de nuestra frente, se sitúa en un lugar que está colocado mucho más allá del principio de la acción, en un momento en el cual ninguno de los personajes de la obra podría haber llegado a tiempo de impedirlo. Los verdaderos protagonistas entran ya en escena con un mal karma que te pasas, y claro, quién podría culpar al pobre de la pobreza, al ignorante de la ignorancia, o al malo de la maldad. Eso es lo que ocurre en la India, por ejemplo, con los "intocables". Pero esto vale también, como es obvio, para el rico, el sabio, y el bondadoso, para nuestros propios intocables, que a nadie pueden, ni tienen por qué agradecer todos esos bienes de los que ellos disfrutan. Se trata de unas argumentaciones, pues, de nuevo, inapelables, y que a menudo —unas y otras— hacen progresar enormemente a las libertades, las igualdades y las fraternidades a lo largo del mundo, y ayudan a derribar las barreras que existen entre los pueblos, las razas y los imperios, favoreciendo, grandemente, el desarrollo de las relaciones internacionales —o, al menos, el florecimiento de las multinacionales—, y estrechando fuertemente los lazos interpersonales: uniendo en un mismo negocio a chinos, ecuatorianos, peruanos y nigerianos —el mundo es una manta—, o juntando en un mismo equipo —o en un mismo comando— a un argelino, dos marroquíes, un chino y un agente de la CIA o del CNI, todos en la misma barca, todos cruzando el mismo estrecho; en fin el "Dream Team".

No hace falta decir que este modelo de la omnicompetitividad perpetua y/o la guerra abierta en todos los frentes es, hoy por hoy, el principal motor del progreso de nuestra sociedad —por no decir, el motor de la Historia— y que intentar resistirse a él sería algo tan profundamente reaccionario como ponerse a lloriquear porque a uno le hayan quitado su queso en lugar de alegrarse de que le hayan empujado así a ponerse, de una vez, a ordeñar a la vaca —aunque sea la vaca de otro, porque, claro está, el problema es que ¡ya es tarde!, y todas las vacas son ya de alguien—. Incluso está visto que todas las vacas que algún día nacerán tienen ya un dueño en nuestro mundo —tal y como están las cosas—, salvo, claro está, en la India —donde son sagrás—.

3 ¡Ahora se tenía que morir!

Hagamos lo que hagamos y pase lo que pase, el caso es que si de una cosa podemos estar seguros es de que nos moriremos tan pronto que nunca llegaremos a ver con los ojos de la cara el momento en el que todo eso que tanto nos gustaría hacer y que todos estamos más o menos de acuerdo en que debe de pasar, habrá llegado a ser. Siempre mucho antes o, en el mejor de los casos, justo cuando estemos a punto de conseguirlo, nos moriremos, porque así es la vida, como en el "Romance del caballero y la muerte".

"Yo me estaba reposando / anoche como solía / soñando con mis amores /que en mis brazos se dormían" y entonces: "Vi entrar señora tan blanca, / muy más que la nieve fría /¿Por dónde has entrado amor? /¿por dónde has entrado vida?". Como es lógico —al menos según la lógica que rige un romance con final trágico— ese sueño del caballero que parece haberse hecho realidad así de pronto y graciosamente, inmediatamente se convierte en una pesadilla: "No soy el amor, amante / la muerte que Dios te envía". La muerte, sí. "Oh muerte tan rigurosa" —dice el caballero— " déjame vivir un día. /Un día no puedo darte / una hora tienes de vida". Uno no puede dejar de preguntarse cada vez que lee éstas cosas, porqué la muerte es siempre tan tacaña en esas situaciones, y en general; y por qué el tiempo y los días —de los que parece que hay tantos y todo el rato se están haciendo más con muy poco gasto— se les dan a los hombres tan contados, y a uno siempre le está faltando un año más, o un mes más o un día más o una hora libre, por lo menos, para terminar de hacer lo que está haciendo o para poder hacerlo sin tantas prisas y corre que te corre como se anda siempre. Sin embargo, no se puede negar que, en este caso, la muerte se muestra excepcionalmente poco rigurosa, y hasta injusta, porque normalmente no da ni un segundo ni una décima más de la cuenta. Ése es precisamente el error que precipita la tragedia, esa excepción que introduce la Gran Igualadora en la aplicación de sus reglas, esas arbitrariedades y familiaridades que se permiten a veces los dioses con nosotros. "Muy deprisa se levanta / más deprisa se vestía / ya se va para la casa / en donde su amor vivía". El caballero llega hasta allí a deshoras: "la muerte me anda buscando / junto a ti vida sería", y mientras escala el balcón, la fina cuerda se rompe: "la muerte que allí venía"; la muerte, otra vez: "Vamos el enamorado/ la hora ya está cumplida". Se cumple la hora y con ella, puntualmente, claro está, también la profecía y, cómo no, como está visto que al final siempre pasa, por la propia mano de la víctima.

Uno está tranquilamente "soñando con sus amores", viendo en la televisión a El "mono" Burgos, cruzando la calle o leyendo a Harry Potter, y de pronto se da cuenta de que "la muerte le anda buscando", y de que para librarse de ella tendrá que volver a respirar después de que El "mono" Burgos haya fallado el penalti, que levantarse a comerse unos panchitos para no morirse de hambre antes de que empiece la segunda parte, que evitar a un BMW pilotado por El Farruquito que se dirige a gran velocidad hacia él mientras cruza el paso de cebra sin semáforo para ir a comprar panchitos, o que no volver a leer más a Harry Potter antes de dormirse —para no morir de hastío— etc. Pero sabe que nada de eso conseguirá alejarla definitivamente de nosotros, ni siquiera desplazarla un paso más allá de donde quiera que sea que nos esté esperando, y todo lo que hagamos no sirve, en el fondo sino para aproximarnos cada vez más a ella. Por mucho que luchemos para alcanzar aquello junto a lo cual ésta "vida sería", ella siempre nos alcanza antes, y a menudo, contribuimos incluso con nuestras propias manos —tanto más cuanto más digna sea nuestra causa— a ponérselo un poco más fácil. La vida es así, ciertamente, porque el hecho es que si hubiésemos alcanzado aquello antes, nos habríamos puesto inmediatamente a intentar lograr otra cosa más difícil todavía, como Alejandro Magno que decía que no consideraba que él hubiese hecho nada, mientras todavía le quedase algo por hacer. Sin embargo, de habernos conformado, en cambio, con cualquier cosa, y de no habernos preocupado nunca por conseguir algo mejor —como hacen, al parecer, los intocables—, tampoco le hubiéramos llamado "vida" a eso. Así, justo cuando Alejandro tenía en sus manos el mundo entero, cuando estaba a punto de conseguir todo aquello por lo que tanto había luchado y tenía a su pies toda Persia y toda la India hasta su más extremo oriente, justo ahora, ¡ahora se tuvo que morir!

Esa era, en efecto, la última de esas tres frases con las que Azorín resumía —en sus Confesiones de un pequeño filósofo— nuestras verdades eternas, el carácter —trágico donde los haya— de nuestro pueblo: "tres apotegmas", "tres cofrecillos misteriosos e irrompibles en que se encierra toda la mentalidad de nuestra raza". Azorín —en pleno 98, cuando acababa de caer un imperio y España todavía no constituía una "Unidad de Destino en lo Universal"— estaba pensando en el pueblo y en la raza españoles, pero lo mismo valdría para cualquier pueblo y para cualquier raza que no es capaz de ver más allá de las paredes de su propia casa: "tal vez estas tres sentencias le parezcan extrañas al lector; no lo son de ningún modo;... ellas indican la resignación, el dolor, la sumisión, la inercia ante los hechos, la idea abrumadora de la muerte. Yo no quiero hacer vagas filosofías; me repugnan las teorías y las leyes generales, porque sé que circunstancias desconocidas para mí pueden cambiar la faz de las cosas, o que un ingenio más profundo que el mío puede deducir de los pequeños hechos que yo ensamblo leyes y corolarios distintos a los que yo deduzco. Yo no quiero hacer filosofías nebulosas: que vea cada cual en los hechos sus propios pensamientos. Pero creo que nuestra melancolía es un producto —como notaba Baltasar Gracián— de la sequedad de nuestras tierras; y que la idea de la muerte es la que domina con imperio avasallador en los pueblos españoles". Como todo el mundo sabe, el desierto crece, y no ya Europa sino el mundo entero no hacen más que españolizarse, en ese sentido, cada vez más. "¿Qué es ser español?" —preguntaban en aquellos tiempos en el Congreso— "Es español el que no puede ser otra cosa?" —respondían—.

4 ¿Que podemos saber?

Todos estos argumentos son, en efecto, impecables, y el hecho de que se basen en último término en nuestra común y compartida fe en el Demoño y en esos irresistibles poderes suyos que han venido imponiéndose, una y otra vez, desde el principio y que está visto que al final siempre se van a acabar imponiéndose, no tendría por qué ir en contra de la validez formal, puramente lógica, de los mismos, como tampoco tendría por qué ir en contra de otros argumentos posibles el hecho de que se pudiesen elaborar unos análogos —bien que inversos— que se basaran en una común y compartida creencia de algunas personas en el infinito poder de un Dios que será capaz de castigar, al final, todas las acciones que se hayan cometido en contra de sus mandatos, y hasta de justificarlas entonces —de alguna manera que, para los hombres, obviamente, es un Misterio— haciéndonoslas ver como muestras de su inmenso amor hacia nosotros. Pero, aun dejando al margen ese tipo de problemas teológicos o religiosos (cuya resolución definitiva no tenemos más remedio que aplazar hasta el final de los tiempos —literalmente—), lo que tampoco parece imposible es que alguien, aquí y ahora, considerando —quizás equivocadamente— que esos poderes malignos no son absolutamente irresistibles, creyendo, incluso, que no hace falta un poder infinito para resistirse a ellos, nos diera esa self-fulfilling surprise consistente en no fingir un penalti —cuando podía, perfectamente, haberlo hecho—, en no fabricar ni colaborar en la fabricación de una bomba nuclear o un arma de destrucción masiva (y haberse gastado el dinero —aunque haya sido a su pesar— en una potabilizadora), o en no apropiarse de una vaca que tiene ahí al lado, aunque se esté muriendo de hambre, porque es tan retrasado y tan reaccionario que sigue sosteniendo que eso es sagrao —por más que todo el mundo diga que lo único que está haciendo con ello es el indio—. En efecto, si bien la self-fulfilling prophecy es lo que tradicionalmente identificamos con el Destino (de un hombre, de un pueblo o de una raza) y con aquello hacia lo que nos empuja irresistiblemente y en lo que nos hace caer el amor fati; aquella self-fulfilling surprise es lo que suele llamarse la Libertad, aquello por lo que todo el mundo está siempre luchando sin acabar de alcanzarlo nunca —ya que para ello tendría que conseguir, nada menos, que escapar de su Destino, lo cual es tanto como saltar por encima de su propia sombra—. Pero sea así o no, sea o no imposible el que alguien pueda, finalmente, escapar de su Destino, de lo que no cabe duda es de que siempre, o al menos durante toda su vida, está en su mano retrasarlo. El "mono" Burgos retrasa, efectivamente, el cumplimiento de la profecía cada vez que no finge un penalti. Con ello, ciertamente, no consigue más que ponerle las cosas más fáciles al adversario que se interna inmediatamente por el área. El delantero del equipo contrario se encamina rápidamente a hacer realidad la profecía con sus propias botas. Encara la línea de puerta. Se dirige al guardameta. Va a dejarse caer... pero, en el último momento, el delantero del equipo contrario ¡tampoco finge el penalti! ¡tampoco él finge el penalti! ¡El delirio completo se adueña del terreno de juego! El delantero contrario no ha fingido el penalti aunque podía haberlo hecho, aunque el árbitro ha demostrado ya ser descaradamente casero e ir todo el rato de parte de los suyos.

Nada impide —puesto que no es imposible— que nadie lo haga cada vez que puede hacerlo, y que hayan pasado ya 90 minutos sin que nadie haya fingido ningún penalti. Basta con que el cumplimiento de la profecía se retrase durante un poco más de 90 minutos para que el partido haya podido pasar a convertirse así en un raro y sorprendente ejemplo de fair play. Puede hasta que los jugadores levanten entonces la vista del terreno de juego y descubran que el árbitro ya no está —que se ha muerto de aburrimiento después de haber tenido que sentarse en la banda a leer Harry Potter—. Es verdad que esa no es la regla, pero puede que tampoco se trate, propiamente, de una excepción, sino del primer caso de otra regla distinta, de la excepción que confirma, con su ejemplo, la posibilidad de eso otro que nada podrá impedir, entonces, que alguna vez llegue a constituirse en regla, transformarse en una nueva ley —por más que vaya, aparentemente, en contra de todo aquello que a uno le parecería más "lógico" a la luz de las reglas del juego que parece que nos traemos entre manos—.

Sólo por eso, por esa última e improbable —pero no imposible ni irracional— posibilidad de dilación y de retraso —y quizás, hasta de fuga— no le sorprende a uno tanto, a pesar de todo, el hecho de que pese a su extraordinaria fiabilidad, a su práctica infalibilidad —dado que queda enteramente en nuestras manos el que se cumpla—, y a su fabulosa utilidad —ya que lo convertiría todo en algo mucho más previsible ("piensa mal y acertarás")—, la self-fulfilling prophecy —aun con ese impactante nombre tras del cual uno no puede dejar de imaginarse a un young-urban-profesional tomando importantes y definitivas decisiones relativas a la world-trade-bussines-administration—, siempre haya tenido y siga teniendo tantos problemas para ser considerada un tipo más de inferencia lógica válida de esas que se estudian en los manuales de Lógica, una más entre aquellas otras que nos conducen siempre necesariamente —y more geométrico (por decirlo así)— a la verdad; que nunca haya sido considerada del todo una figura de esas que todavía tienen nombres de los del marketing de antes —el que se escribía el latín (y el que trata de revitalizar hoy Mel Gibson con sus películas)—, nombres tales como el "modus ponendo ponens", "modus tollendo tollens" etc.; y que siempre se la haya tendido a ver, más bien, como uno de esos argumentos que uno se encuentra mucho mejor desarrollados en obras como las de Sófocles, Cervantes, Shakespeare o Dostoyevski.

La diferencia está en que, aunque el modus ponens y el modus tollens también son, como la propia self-fulfilling prophecy, modos de inferencia que permiten poner en marcha modelos de predicción, explicación o justificación que siempre valen, los primeros nos permiten edificar una construcción teórica mediante la cual llegamos a conocer algo acerca del mundo siempre que hayamos partido de algunas —o de varias o de muchas— premisas verdaderas, mostrándonos así que algo se sigue verdaderamente de algo; mientras que en el caso de aquellos otros argumentos, en la medida en que puede prescindir de cualesquiera premisas —ya que se sigue de todas y las circunstancias de la acción son una mera excusa para poner en marcha una especie de caída libre que no puede por menos de consumarse en el seno de cualquier historia—, no puede decirse, propiamente —al menos desde el punto de vista teórico—, ni siquiera que se trate de uno de esos peligrosos "silogismos de cuatro patas", sino que nos encontramos delante de uno que tiene muchos más de cien pies y que es más escurridizo además, y más retorcido, que una serpiente. A ningún ser mínimamente civilizado —con independencia de a qué lado esté en el "Conflicto de Civilizaciones"— le cuesta mucho reconocer ese planteamiento, ni identificar en ese lío a los principales personajes de la historia: la desmesura del héroe, la tentación del Demoño, la maldición del pecado original, la amenaza de la muerte etc. En fin, las estructuras elementales de la típica tragedia.

5 ¿Qué debemos hacer?

A través de esos argumentos la tragedia nos tienta una y otra vez con la misma manzana, y en cuanto la cogemos nos deja en cueros enfrentados a nuestra propia vergüenza —chasco al que los antiguos retores denominaban "catarsis"—. El caso es que se nos cae el alma a los pies después de haber vuelto a caer en lo mismo otra vez de la mano de nuestra simpatía hacia el heroico y sacrificado protagonista de la obra, hasta el punto de que, a veces, no sabemos si luchar contra la causa (la caída) o contra el efecto (la vergüenza) o, mejor dicho, solemos optar por esto último que es lo que suele ser, además, lo mas fácil. Pero al final siempre somos, nosotros también, castigados junto con el héroe de la historia, porque está visto que al final siempre las tragedias tienen que acabar mal, sobre todo, porque si no, no serían tragedias. Es verdad que, a menudo, es necesario dejar caer para ello a un deus ex machina en medio del escenario que le dé al protagonista su merecido, pero el poder hacer eso es, justamente, el privilegio de la ficción, y el verse obligada a hacerlo es el síntoma de una ficción poco lograda, poco verosímil. En efecto, en el caso de una novela de Dostoyevski o de una nivola de Unamuno, puede prescindirse enteramente de semejantes artificios teatrales de carácter sobrenatural, y basta con mostrar a los hombres tal y como son: los unos esforzándose por hacer el bien a aquellos a los que aman y compadecen —aunque sea teniendo que hacer ellos cosas malas o injustas para conseguirlo—, y los otros por impedir que hagan el mal a aquellos a quienes odian y desprecian —aunque para ello tengan que saltarse las reglas del juego o que aprovecharse de su capacidad para dictar unas que les sean a ellos favorables o para evitar que se cambien las que lo son (con el objeto, claro está, de impedirles a aquellos cambiarlas antes y poner la situación en su contra)—.

La tragedia —mostrándonos las desgracias que se siguen del intentar hacer posible no lo difícil sino lo imposible, o de negarse a hacer lo que está en nuestras manos para seguir sólo soñando con algo mejor— nos revela una y otra vez siempre lo mismo: a nosotros mismos suspendidos en una especie de presente eterno en el que la muerte no deja de regalarnos una y otra vez una hora tras otra de vida, y en las que nosotros nos vemos una y otra vez metiendo la pata en el mismo sitio —y tanto más cuanto más intentamos sacarla—; una especie de "eterno retorno de lo memo" (por decirlo con las palabras de Félix de Azua). Esos argumentos nos hacen caer, pues, en la cuenta de ciertas verdades prácticas —no teóricas— nos hacen darnos cuenta del modo en que es siempre una y la misma tragedia, continua, la que se perpetúa, sin cambiar en lo más mínimo, a través de los tiempos —como en Intolerancia, la película de David W. Griffith—, y cómo nosotros mismos nos precipitamos por nuestro propio pie en ella, con entera independencia del lugar del que partamos, tan pronto como intentamos ponernos a argumentar de una cierta manera: si nos dejamos, por ejemplo, seducir por los Demoños y les hacemos caso cuando nos dicen eso de que podemos llegar a ser como dioses si nos portamos como ellos aunque sea sólo por un ratito. Eso es, al menos, lo que les ocurre siempre a los personajes de Dostoyevski o a los de Sófocles o a los héroes de El nacimiento de una nación (también de Griffith) que son, nada más y nada menos, que los fundadores de Ku Klux Klan. Esas obras se limitan a poner de manifiesto, y a resaltar, haciéndolo más visible, algo que ya sabemos todos: no sólo que la vida es así, sino que, además, la hemos inventado nosotros y que es un fruto de nuestro propio delirio, de nuestros desatinos y no de nuestros Destinos, y que lo único que podemos hacer para cambiarla es cortar, por algún sitio esa pescadilla que no hace más que morderse la cola, ese nudo gordiano que se va poniendo cada vez más gordo. Cortarlo de un golpe, a poder ser por la cabeza: cambiando nuestro modo de pensar.

6 ¿Qué nos cabe esperar?

En efecto, cuando por fin nos damos cuenta de cómo funciona el juego, entonces no hay tiempo que perder, no se puede ya seguir esperando a que llegue el momento de que las cosas empiecen a cambiar, sino que hemos de precipitar nosotros mismos el desenlace; entonces, ahora, ése es el momento —el momento crítico— de intentar darle la vuelta a la tortilla trágica, cogiendo la sartén por el mango e imprimiéndole un audaz golpe de muñeca, y de empezar a decir algunas cosas que tampoco es imposible decir, como por ejemplo, que es, en efecto, una suerte, el que ¡ya sea tarde!, porque gracias a que el mundo ya es así y las cosas ya están como están —por bien o mal que estén— también podemos estar seguros de que, al menos en este mundo, ya no es todo posible, ya nadie puede evitar, por ejemplo, que haya pasado el año 1781 o el año 1789; es imposible restaurar la intocabilidad del Rey Sol como si nada hubiera ocurrido, la ignorancia de los Europeos o de los Afroamericanos acerca de sus Derechos Civiles y de sus Derechos Humanos, la sumisión incondicional de las mujeres españolas a sus torturadores, de los trabajadores europeos a las necesidades de sus empleadores, de los estudiantes de secundaria ante la necedad y la arbitrariedad de sus profesores. Es tarde para evitar todo este sindiós que se nos viene encima por culpa de la dichosa Ilustración, porque es tarde para borrar la "firme letra" —que decía Jolderlín—, y todo eso está escrito, como está escrito también que: "lo que sea sonará". Pero también puede decirse que —¡qué le vamos a hacer!— por más posible que algo sea, algo tiene siempre que producirlo para hacerlo real, y ese algo puede retrasarse todavía mucho —incluso indefinidamente—. Sin duda. Pero también, por eso mismo, puede adelantarse y acelerarse tanto como nosotros queramos o podamos hacerlo. En efecto cuando el que un hecho llegue a producirse sólo depende de la voluntad de un ser racional, se le puede intentar convencer de que lo haga ya ahora mismo, o de que no lo haga nunca, mientras viva, o de que espere sólo noventa años o noventa minutos, y si no se consigue convencerle, y lo hace de todas maneras, entonces, al menos puede decirse que es él el único responsable de haberlo hecho, o el culpable de ello —y no un primo suyo como quería Farruquito—; y entonces no tenemos más que mirar qué es lo que dicen las reglas o las leyes para saber ¡qué le vamos a hacer!, a saber: darle un premio o meterle en la cárcel. Pero es que además, aunque no lo pudiéramos demostrar, aunque no existiese Tribunal Penal Internacional reconocido por él donde condenarle, o aunque se nos escapase en el último momento en un avión haciéndose pasar por un abuelito enfermo, al menos siempre nos cabe esperar que algún día pagará, de hecho, por ello, y hasta podemos estar ciertos de que justo en aquel momento en el que intente ponerse a disfrutar de sus ilegítimos beneficios —puramente especulativos, nunca reales—, tarde o temprano, pero siempre ahora, ¡ahora se tenía que morir!: se habrá —de derecho— muerto allí mismo, al menos en ese sentido en el que decía Unamuno que sólo de alguien cuya vida haya dejado de valer la pena hasta para él mismo podría decirse, con justicia, que "se ha muerto", mientras que de los demás siempre habría que decir que "los han muerto" —a veces sin haberles dado tiempo siquiera ni de saber por qué—. A menudo hay que ser un poco bruto, un poco de Bilbao (como lo era el propio Unamuno), para estar dispuesto a hacerle un poco de violencia a las palabras y a los pensamientos, y obligarles a que digan toda la verdad, en lugar de dejarlos ahí diciendo todas esas cosas tan verosímiles, tan caritativas y compasivas y tan razonables que dicen, e intentar después obligar a la verdad misma —aunque sea violentamente— a estar de acuerdo con ellas, obligar después a lo real a que sea "racional" adaptándose a nuestras reglas para no tener que cambiarlas, es decir, obligar a la verdad a que nos dé "la razón" en eso de que está visto que al final siempre habrá buenos y malos, pobres y ricos, hombres y mujeres, dominantes y dominados, y que por eso más vale hacer lo que esté en nuestra mano para estar entre los unos y no entre los otros, porque si no está visto que uno se va a tener que pasar la vida haciendo el primo y al final encima le acabarán condenando a muerte injustamente, lo acabarán muriendo de todas maneras —como a Sócrates—.

Esas tres eran —"¿qué puedo saber?", "¿qué debo hacer?", "¿qué me cabe esperar?"— aquellas tres preguntas (no tesis ni verdades eternas) en las que el gran filósofo Immanuel Kant afirmaba que se resumían las preocupaciones más íntimas del cualquier ser humano, con independencia de su nacionalidad, de su sexo, de su raza o de su religión, de cualquier ser racional finito (también de los ángeles y de los demonios), y que como tres muñecas rusas quedaban, para nosotros, encerradas dentro de una cuarta: "¿Qué es el Hombre?". Pues bien, según parece, la conclusión a la que llegó este filósofo siendo ya muy mayor (después de haber vivido la Revolución Americana, la muerte de Federico el Grande, el triunfo de la Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón) fue la de que Hombre es, básicamente, quien siempre puede ser otra cosa —vamos, lo contrario de un español del 98—. El Hombre es un ente de ficción, y no tiene naturaleza, sino historia. Es un ser ideal que sólo puede vivir a base, no de engañarse constantemente, sino de arriesgarse constantemente a estar engañándose a sí mismo o a estar siendo engañado por los demás, es decir, estando siempre expuesto a sufrir continuos desengaños. Sin embargo eso, a pesar de todo —no nos engañemos— siempre es preferible a aquello otro de tener que pasarse la vida intentando engañar al prójimo, sacar ventaja, llegar antes, y aprovecharse de los más retrasados —como con el timo de la estampita— o tratando de impedir que el prójimo le tome a uno la delantera y le consiga engañar, a base de engañarle uno primero —como hacen los "jugadores de ventaja" (es decir: los tramposos)—. Porque —al final—, aunque parezca mentira, aunque esto nos parezca inaudito, y nos parezca lo nunca visto, siempre es mejor padecer injusticia que cometerla, y eso es mejor tenerlo ya claro desde el principio; pero es que, incluso aunque no fuese así al final, siempre sería mejor actuar de acuerdo con la voluntad de poder hacer que así fuera, que en su contra, porque sólo así, al menos, siquiera, aquí y ahora, podría quizás llegar a ser así, pasara al final lo que pasara. El Hombre está destinado a ser, pues, esencialmente —pero no por naturaleza, sino por su propia voluntad— un primo.

7 El modus primus ponendo ponens.

Más o menos esto era lo que venía a decir también al final Unamuno —que era otro de los del 98— después de haberle dado vueltas y más vueltas en su Del sentimiento trágico de la vida: "El mundo quiere ser engañado —mundus vult decepi—, o con el engaño de antes de la razón, que es la poesía, o con el engaño de después de ella, que es la religión. Y ya dijo Maquiavelo que quien quiera engañar encontrará siempre quien deje que le engañen. ¡Y bienaventurados los que hacen el primo! Un francés, Jules de Gaultier, dijo que el privilegio de su pueblo era n´être pas dupe, no hacer el primo. ¡Triste privilegio!".

Como es sabido Unamuno —como gran admirador que era de El Quijote— se declaraba un firme partidario de todos aquellos que estaban solemnemente decididos a hacer el primo cuando fuera necesario, y estaba en contra de todo, pero sobre todo, de los manejos maquiavélicos. Unamuno invitaba a todo el mundo en una obra suya a que se uniera a él en una absurda y dadaísta búsqueda del sepulcro de Don Quijote perfectamente infructuosa —no lo hallaréis (no haréis más que el primo) pues no se puede buscar entre los muertos a quien está vivo—. Pero al fin y al cabo —venía a decir Unamuno al final de su Del sentimiento trágico de la vida— tampoco tiene por qué ser tan trágico eso de hacer un poco el primo, eso de proponerse llevar a cabo algo inaudito, insólito, o nunca visto —de hacer "una barbaridad" como decía él—, y por eso nunca ha habido un género más nuestro que ese de la tragi-comedia al que pertenece, sin duda alguna, el propio Quijote: "¿Por qué peleó Don Quijote? Por Dulcinea, por la gloria de vivir, por sobrevivir. No por Iseo, que es la carne eterna; no por Beatriz, que es la teología; no por Margarita, que es el pueblo; no por Helena, que es la cultura. Peleó por Dulcinea, y la logró, pues que vive". ¡Primum vivere!, pues. Pero ¿cómo vivir, como hacer esa barbaridad de vivir que es, sin embargo, la única capaz de hacer que nuestra existencia deje de ser la típica tragedia, como alcanzar aquello gracias a lo cual hasta la propia muerte "vida sería"? Unamuno recomendaba en su Vida de Don Quijote y Sancho olvidarse ahora de todo eso, ponerse a buscar, a buscar el sepulcro, y hacer, por el camino, como el Caballero al que pertenece aquel: "Endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora y aquí lo de aquí. ¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! Luchar, y ¿cómo? ¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre! ¿Es que con eso —me dice uno a quien tú conoces y ansía ser cruzado—, es que con eso se borra la mentira, ni el ladrocinio, ni la tontería del mundo? ¿Quién ha dicho que no? La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es ésa de decir que nada se adelanta con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se adelanta con decirle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuirá en el mundo. Sí, hay que repetirlo una y mil veces: con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero habríase acabado el embuste de una vez para siempre".

Lo más difícil no es, pues, acabar de una vez para siempre con el embuste, sino acabar con él una sola vez, dar ese primer paso, y luego dar, una y otra vez, ese mismo primer paso, y "repetirlo una y mil veces", dar ese paso que uno sabe que es el único que estaría dispuesto a repetir infinitas veces, en cualesquiera circunstancias, y que no por eso le cuesta menos dar cada vez. Y sin embargo esto es justamente lo contrario que el estar dispuesto a meter la pata, a morder la manzana y justificar al héroe —o a matar a la vieja usurera con un hacha— sólo por esta vez, sólo para que luego sea ya más fácil hacer el bien durante el resto de nuestra vida, o para que al menos sólo esta vez los malos no se salgan con la suya como siempre. Eso es lo que nos enseñan, pues, los protagonistas de los mitos trágicos, de los cuentos y de las típicas tragedias que se narran en todas las buenas novelas desde el Quijote para acá. Que es una suerte que sean ellos —que son puros entes de ficción o seres legendarios procedentes de un pasado más o menos remoto—, los que se sacrifiquen y los que hayan dado la vida por nosotros, hayan sufrido y sigan sufriendo en sus carnes el dolor que nos estaba destinado de haberles seguido despreocupadamente por ese mismo camino; y nos enseñan también —"paradoja, contradicción, agonía" diría Unamuno— que ya no hace falta que nadie más muera de verdad y se sacrifique para enseñarnos nada, que ya está bien, que ya nos hemos enterado, gracias, de verdad, que ya está todo en los libros y sólo hay que leerlos, atreverse a saber (que ese era uno de los lemas de la ilustración), que ya no hay que hacer más barbaridad que esa: tratar de comprender y de explicar lo que se ha comprendido, a saber: que hay que tratar de comprender y de explicar lo que se ha comprendido, a saber: que hay... Porque el caso es que para enseñarnos eso ni siquiera hace falta que tengan que venir ya grandes héroes a darnos ejemplo, o que sean mujeres u hombres muy sabios y muy bondadosos quienes nos enseñen lo que es la bondad y la sabiduría y nos hagan toda la vida de tutores. Basta, en realidad, con que alguien nos cuente bien la historia de un hombre cualquiera, o hasta la de uno de esos antihéroes grotescos que le gustaban tanto a ese especialista en inventarse a sí mismo llamado Valle-Inclán: "el héroe reflejado en el espejo cóncavo". Con que una vez, una sola vez, viviésemos del todo y para siempre la vida de un hombre cualquiera habríase acabado la tragedia de una vez para siempre —ya lo decía John Lennon en Imagine—. Ahora bien, como eso no es posible, entonces habrá que seguirlo repitiendo una y mil veces, habrá que vivir una y mil vidas, oír mil y una historias y ver una y mil películas de cine o una y mil veces las mismas.

8 Primum vivere.

Eso es, más o menos, lo que a uno le entran muchas ganas de hacer con las del prodigioso documentalista Marcel Ophuls, hijo del gran cineasta Max Ophuls, emigrado a Estados Unidos junto con su padre desde Alemania —a través de España— durante la Segunda Guerra Mundial, escapando de la persecución de los judíos en Europa, e instalado después en Francia; autor a quien ha dedicado en el mes de mayo (mes de las flores) un ciclo la Filmoteca Española, el cual culminará con la presencia de Ophuls el próximo viernes 28, con ocasión de la proyección de su documental Novembertage (1990) —sobre la caída del Muro de Berlín—. En su extenso e intensísimo documental titulado The Memory of Justice —al parecer en honor a Platón— de 1976, dedicado a los Juicios de Nüremberg, así como en todos sus otros documentales —muchos de ellos como el extraordinario Hotel Terminus. The Life and Times of Klaus Barbie (1988) o el clásico Le Chagrin et la Pitié (literalmente: "La Penita y el Dolor" 1969) en los que se tratan también cuestiones relacionadas esa gran tragedia de los últimos tiempos que fue la Segunda Guerra Mundial (vivida por él y los suyos en sus propias carnes)— Ophuls hace comparecer ante la cámara —a menudo durante las más de cuatro horas que suelen durar sus películas— a un enorme montón gente, protagonistas todos ellos de los hechos de los que trate su documental, o que han estado directa o indirectamente relacionados con ellos (no a analistas, ni a especialistas, ni a consejeros, entrenadores o tutores). Al igual que en el caso del cine de Griffith —a quien también ha dedicado la filmoteca un ciclo durante este mismo mes— los protagonistas de esas historias están inmersos a la vez en la Historia, pero se parecen más a los héroes de Dickens que a los de Walter Scott, y forman más bien parte de esa urdimbre a la que Unamuno llamaría la "intrahistoria" sobre la que se trama esta última. El caso es que resulta asombroso ver allí lo entrañable que puede llegar a ser un campesino nazi con su gorra marrón, pescando en el río y negándose, no obstante, a ocultar y mucho menos a justificar el Holocausto, o lo noble, caballeroso y franco que puede resultar un ex-miembro de la "División Hitler", "Sección Calavera" de las antiguas Waffen-SS, sentado en su salón, hablando de su ex-camarada Klaus Barbie —al que tanto cariño tenían sus perros, que nunca se equivocan en esas cosas—, y que si hizo lo que hizo tuvo que haber sido por alguna razón. También resulta más que sorprendente ver a los ex-cabecillas de la resistencia francesa aireando sus rencillas, denunciando con una enorme dureza y mezquindad las traiciones reales o sospechadas de sus compañeros, mientras que otros confiesan, con gran honestidad, que cada vez que les llevaban de vuelta a la celda después de haber sido brutalmente torturados ni siquiera podían estar seguros de no haber hablado ellos mismos. La extraordinaria riqueza de graduaciones morales y ambigüedades presentada por, ejemplo, en The Memory of Justice, es suficiente como para quitarle a cualquiera las ganas de tirar la primera piedra en lo que le queda de vida y de ponerse a juzgar a nadie que no sea uno mismo —como dice al final de la película el músico judío Yehudi Menuhin— y sólo aquí y ahora, porque cualquiera se acuerda de las tonterías que decía uno ayer. Eso no significa que Ophuls sea en absoluto imparcial y que no sea capaz de mostrar con toda claridad la diferencia entre unos y otros; pero lo hace dejándoles hablar, y dejando que sean ellos los que se juzguen a sí mismos, y los que, haciéndolo, se condenen o se salven ante los ojos de los demás; haciéndoles notar sólo, de vez en cuando, algunas contradicciones en sus testimonios en las que caen quizás sin darse cuenta —como en las dos imágenes del Gran Almirante Karl Dönitz (sucesor de Hitler tras la muerte de éste) negando ante las cámaras de Ophuls lo mismo que le vemos admitir años atrás ante el tribunal de Nüremberg— pero sólo violentando y entorpeciendo un poco su discurso para ayudarles un poco a decir toda la verdad —como solía hacer también Sócrates con sus interlocutores—. Los documentales de Ophuls están rodados, además, veinte, treinta o cuarenta años después de que haya acabado todo, para que la gente haya tenido un poco de tiempo para pensar; porque: "La gente que ha tenido treinta años para reflexionar cuenta cosas más interesantes que la gente que se encuentra en mitad de un conflicto, y que a menudo sólo te dan clichés y retórica" (entrevista de Bernard Cohn y Jean-Paul Torök, en Positif nº 128, Junio 1981). Y sin embargo, en todos esos documentales, los relatos relativos a hechos históricos como el Holocausto o la ocupación nazi no se tratan como sucesos del pasado, se alternan con otros más recientes, o se ilustran con imágenes de la Guerra de Vietnam, o de Argelia, o con las acciones de los grupos de paramilitares en los países de latinoamérica, o bien, con la celebración de un cumpleaños en la casa del propio Ophuls —a quien le regalan un chaleco tejido a mano— a la que asisten él y su familia y los miembros de su equipo, celebración con ocasión de la cual su esposa habla de su antigua pertenencia a las juventudes hitlerianas y de sus recuerdos de la guerra, creándose así con todo ello una fuerte impresión de sincronía, pero no de actualidad, sino casi de eternidad, como si se tratara de captar no los hechos o los sujetos individuales, sino los arquetipos, las ideas que se encarnan en ellos.

Al parecer, y según relata el propio Ophuls en un artículo suyo ("¿Hay que fusilar a Speer en vez de filmarlo?" Positif, nº 200-202, diciembre-enero 1977-78), tras la exhibición de su documental The Memory of Justice en la Universidad de Brandeis un joven estudiante judío se levantó y preguntó: "¿Por qué Ophuls se molesta en interrogar a Speer? ¿Por qué no simplemente lo fusila?". Ophuls —tras haber reflexionado un par de meses sobre la cuestión— acude a una cita de Lukacs hablando de Balzac: "Balzac creía que la Revolución Francesa había quebrado la coherencia económica y social de la agricultura francesa y, consecuentemente, el tejido de las tradiciones y la vida política francesa. La expropiación de los grandes propietarios y la destrucción de la aparcería trajeron según él, la codicia y el egoísmo mezquino. Era un crimen contra el orden divino de las cosas, la naturaleza humana y la monarquía de derecho divino. Balzac no se contenta con creer esto, lo proclama en el prólogo —el prólogo de Les Paysans—, sin duda también para complacer a la clase dominante de la que creía que dependía su existencia material. ¿Y entonces? ¿Cómo el extremismo contrarrevolucionario de un escritor puede resultar en una obra maestra revolucionaria? Respuesta: la honestidad artística. Respuesta: la simpatía artística. Los personajes que él había inventado, las situaciones en las que los coloca para ilustrar sus ideas sobre las desgracias del campesino, la tristeza de su condición, el sufrimiento de su vida cotidiana han despertado su compasión y el interés invencible e incorruptible de su mirada atenta. La generosidad sin límite de su fuerte naturaleza ha transformado esas sombras, esos "arquetipos", esas simples ilustraciones de su análisis político miope en seres de carne y hueso, en víctimas y cómplices de las estructuras sociales existentes, pero también en padres, hijos, amantes celosos, individuos. Ningún lector actual de Les Paysans le concede hoy la menor importancia a la sociedad orgánica o la monarquía de derecho divino. Quien tiene el tiempo y la paciencia de entrar en el universo de Balzac debe descubrir la opresión y los sufrimientos de las víctimas. Como hizo el autor, quizás a su pesar". Pero Ophuls no tiene ninguna intención de recluirse en ningún esteticismo —por más que lo suyo sí sea, verdaderamente, "el arte por el arte"—, no pretende refugiarse en ninguna erudición libresca citando a alguien que critica a alguien que sostiene algo... etc. para huir así de los problemas reales y presentes que tenemos aquí y ahora y esconderse de ellos enterrándose entre toda esa letra muerta, sino que sólo trata de hacerle, de verdad, justicia a todo eso que tiene delante, es decir, de dejar que eso que tiene delante le enseñe (o le recuerde) qué es la justicia. "A veces, en mis momentos felices —dice ya Ophuls— tengo verdaderamente la impresión de sentir lo que Balzac, imagino, debía sentir a las tres de la mañana. Son los momentos en los que el material resiste, se niega a abandonar su sistema, sus ambigüedades, se niega a dejarse ordenar y etiquetar en una construcción de conjunto, cuando me obliga a reestructurar mis ideas a su alrededor. Entonces debo encontrar nuevos lazos, meter la mano en mi saco de trucos y decirle al público: "Un momento, por favor, hay que encontrar algo". Porque el conejo se niega a salir de la chistera, el material me dice: "¡Estoy aquí! Soy real... soy sorprendente... Puedo ser Pierre Mendès France contando una historia absurda de enamorados bajo un árbol de Clermont-Ferrand, o puedo ser Albert Speer, que se niega a alzar el último velo de sus confesiones. Puedo ser los campesinos franceses que nunca revelarán si mataron o no a los alemanes, o puedo ser una madre irlandesa que llora a su niño con una frase suave, misteriosamente poética: `antes teníamos una casa, sí, una casa´. Nunca seré tan sencillo y claro como tú quieres. Pero déjame mi oportunidad y quizá te sorprenda. Y entonces todo lo que tendrás que hacer será comunicar a tu público ese sentimiento de asombro, ese sentimiento de haber aprendido una cosilla. Por eso te pagan, ¿verdad? ¿Hay acaso una forma más fácil de ganarse la vida?". En efecto, si algo demuestran —una y mil veces— los documentales de Ophuls es que cualquiera puede darnos la self-full-filling-surprise de nuestra vida encontrando, por ejemplo, un camino abierto donde parecía que sólo había el callejón sin salida de una tragedia anunciada —como el juez militar alemán Ernst Lueben que se quita la vida antes de firmar la sentencia de muerte de dos hombres inocentes durante la ocupación nazi, o el soldado francés que se escapa con el rebelde argelino al que le habían ordenado ejecutar y ocultar después la ejecución tras un intento de fuga—, o encontrando un término medio en donde parecía que sólo había dos extremos irreconciliables —como sin duda tuvieron que hacer los hijos de Otto Kramzbuehler a quienes éste les respondía cuando le preguntaban por su pasado nazi que a él sólo se le ocurrían tres alternativas: o bien que no sabía nada, en cuyo caso era un idiota; que lo supo pero no hizo nada, en cuyo caso era un cobarde, o que lo supo y estuvo de acuerdo, en cuyo caso era un canalla—. Hasta es posible que alguien nos puede dar una sorpresa simplemente diciendo en medio de una batalla: "un momento, por favor, hay que encontrar algo" —¡por Dios, con la que está cayendo!— y consiguiendo, no obstante, al menos que alguien, alguno —aunque sea solo uno mismo—, se ponga a buscarlo en lugar de seguir pegando tiros o lanzando arengas. Así, incluso allí, aquí y ahora donde parece que sólo hay una solución final posible trágicamente criminal, puede que alguien acabe encontrando otra, si por lo menos la busca, si por lo menos intenta de verdad ser el primero que pone un huevo de pie, o se resigna, al menos, a ser el penúltimo que se pasa la tarde haciendo el primo intentándolo sin conseguirlo. Puede que hasta tenga que ser un francés el que le venga aquí a dar la sorpresa y a enseñarnos a españolizar Europa como Dios manda. Al fin y al cabo fue también un francés el primero que —a pesar de las profecías de Jules de Gaultier— "hizo el primo", y precisamente en España, cuando cierto general de las tropas napoleónicas ocupantes —o a lo mejor Pepe Botella que era, al parecer, hermano o primo del Emperador—, copiando literalmente el encabezamiento de las cartas que se enviaban unos a otros los Grandes de España —todos ellos emparentados entre sí y descendientes de las mismas Casas— se dirigió a uno de ellos (o puede que al propio rey —el primum inter pares—) llamándole "Querido primo", como hacían aquellos (que lo eran realmente). Qué mejor manera de extender la fraternité: puede que no todos podamos ser primos, pero todos podemos hacerlo.

Notas.


N.B: Según parece El "mono" Burgos es un portero de fútbol y no un delantero, lo que puede que haya sido una sorpresa para alguien, pero por otra parte era de esperar a la vista de su apodo. Ahora bien, la mayor prueba de que sólo lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, —y mucho menos cuando no sólo es imposible sino que ni siquiera va de forma explícita en contra de las reglas del juego—, está en el hecho de que hasta un portero de fútbol (aunque parezca que su único trabajo es el de impedir que se metan goles, o aunque le pueda llegar a resultar dificilísimo —debido a su deficiente preparación para ello y a su inapropiada colocación en el campo—, y aunque todos le llamen el "mono") puede meter un gol. No es imposible que lo haga ni de hecho, ni de derecho, y por lo tanto —ciertamente quien hizo la ley hizo la trampa— tampoco lo es que finja un penalti.

Tampoco es imposible que (tal y como se cuenta en Libertad Digital) este sujeto concreto —el portero argentino del Atlético de Madrid, Germán Burgos al que todos llaman el "mono"—, haya intentado, de hecho, meter un gol o evitarlo, pero esta vez por medios ilegítimos que sí van en contra de las reglas del juego, sobornando, concretamente, al delantero uruguayo del Racing, Mario Regueiro, para conseguir que éste sólo fingiera tirar a puerta en lugar de tirar de verdad en el partido de Liga Racing-Celta —tal y como éste último ha afirmado ante el juez instructor del expediente abierto por el Comité de Competición de la Federación (extremo que niega el "mono")—. No obstante, tanto El "mono" Burgos como Regueiro pudieron defender en la sede federativa recientemente sus posturas y ahora será el juez José Manuel Fraile quien deberá determinar si el guardameta rojiblanco es merecedor o no de una sanción, porque, gracias a Dios, todavía hay sitios en los que siguen imperando el orden y la ley.

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