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28 de abril de 2004

Del libro 11-M: tres días que engañaron al mundo.

La vida en el planeta tierra: El 11-M cotidiano

Santiago Alba Rico
Rebelión
Coordinación: Angel Rekalde. Autores: Jabier Salutregi, Giovanni Giacopuzzi, Rui Pereira, Angel Rekalde y Santiago Alba Rico. Editorial Txalaparta

Chismes y noticias: la democracia herida


El 21 de marzo del 2004 ocurrió un hecho sin precedentes: 50.000 hinchas de fútbol que habían pagado muy caras sus entradas y que habían aguardado durante meses un encuentro decisivo obligaron a suspender el partido cuando apenas se llevaban jugados dos minutos de la segunda parte. Sucedió en el estadio Olímpico de la capital de Italia, durante el derby Lazio-Roma, después de que alguien hiciera correr el rumor de que la policía había atropellado a un niño en los aledaños del terreno de juego. El rumor, que luego se reveló sin fundamento, se extendió a velocidad vertiginosa entre la multitud; fue añadiendo en su irresistible expansión nuevos elementos narrativos -choques con las fuerzas del orden, heridos a las puertas del estadio- con el rigor literario que caracteriza todas las obras colectivas; y rompió finalmente en un unánime grito de ira y de dolor jaleado sin distinción de colores: "¡Asesinos! ¡Asesinos!". Los jugadores, de vuelta al césped tras el descanso, fueron recibidos con voces apremiantes: "¡No juguéis!"; varias bengalas interrumpieron el juego apenas reanudado y algunos espectadores asaltaron el campo para enfrentarse a los admirados futbolistas. La megafonía del estadio, así como las cadenas de radio y televisión, difundieron un comunicado de la Jefatura de Policía y del Ministerio del Interior desmintiendo las "noticias circulantes" y llamando a conservar la calma y disfrutar del encuentro. Todo inútil. Ante el furor creciente de los espectadores y la actitud solidaria de los jugadores, el presidente de Feder-Calcio, Adriano Galliani, de acuerdo con el delegado del gobierno, decidió finalmente suspender el partido. En un ejemplo muy ilustrativo de profecía parcialmente "autocumplida", la salida fue tumultuosa: el rumor acabó por convertirse en la causa de su propia causa y los choques con la policía se sucedieron hasta la media noche en las calles próximas al Olímpico, que habían permanecido completamente en calma hasta ese momento.


A veces las páginas de deportes contienen más política que el Parlamento. De esta historia al mismo tiempo anecdótica y asombrosa se pueden extraer al menos dos enseñanzas, una esperanzadora y otra inquietante.


La primera es que la mayor parte de los humanos, incluso en el corazón de la Europa amodorrada y satisfecha, siguen siendo capaces de indignarse moralmente, y de expresarlo en voz alta, incluso a expensas de sus más sagradas ventajas sociales. Que 50.000 italianos no tengan la menor duda a la hora de escoger entre el fútbol y la justicia debería hacer reflexionar a todos esos cínicos -incluidos algunos intelectuales de renombre- que han tratado a millones de personas opuestas a la invasión de Iraq como a niños veleidosos que se soliviantaban al calor de sus calefacciones encendidas y acudían a las manifestaciones en automóvil olvidando su complicidad en los móviles económicos de la guerra. Sobornar a los ciudadanos con petroleo mal adquirido, mentirles acerca de la necesidad de un modelo de consumo y culpabilizarles luego tanto por sus sumisiones como por sus protestas, tranquiliza sin duda la conciencia de aquéllos que querrían arrastrarnos en su despeñadero moral y a los que, más que la fuerza de los descontentos, perturba la "inocencia" e "incorruptibilidad" que se manifiesta en su indignación. No conviene consultar a esa "inocencia"; no conviene atender esa llamada. Podemos votar a partidos o programas y hasta de vez en cuando participar en algún plebiscito sobre la OTAN o la escala móvil, pero jamás ningún gobernante occidental se atreverá a plantear un referendum kantiano que aborde las cuestiones más simples, las más radicales, las que todos podemos entender: "¿Está usted dispuesto a sacrificar a quince mil civiles iraquíes para no pasar frío en invierno?" o "¿Quiere usted matar de hambre a miles de campesinos indonesios para poder comer carne todos los días?" o, como en el caso del estadio Olímpico, "¿Está usted dispuesto a olvidar la muerte de un niño para poder disfrutar de su equipo favorito?". Todo el mundo, con excepción de Madeleine Albright, sabe qué responder a estas preguntas. Por eso no se hacen. Es preferible atenerse a la evidencia sociológica de que el hipotético votante kantiano refunfuñaría después ante la calefacción apenas templada, rezongaría ante el plato de verduras o se deprimiría sin fútbol en la televisión; es preferible atenerse a esa evidencia y dejar votar sólo al refunfuño, el rezongo y la depresión (y llamarlo luego "sensatez democrática"). El más elemental referendum kantiano obligaría a un nuevo proceso constituyente; la pregunta más sencilla llevaría de carrerilla al socialismo y el simple reconocimiento electoral de la existencia de los niños conduciría inevitablemente a la revolución.


La segunda enseñanza de la historia romana tiene que ver precisamente con el estado de la democracia no sólo en Italia, o en el Estado español, sino en el conjunto de los países capitalistas desarrollados. Con independencia de su fundamento, el éxito de un rumor contra el gobierno y la incapacidad de éste para desmentirlo constituye un acta de acusación contra la legitimidad misma de las instituciones; sólo es posible allí donde no hay ningún "contrato social" reconocido, donde ninguna constitución funciona. La historia romana es, si queremos, una típica historia tercermundista; pero -cuidado- no podríamos atribuir este tercermundismo a la ignorancia de la gente, que se limitó a reaccionar de un modo moralmente saludable, sin confirmar con ello una concepción aristocrática y cesarista de la gestión gubernamental. Si 50.000 romanos se creen esa historia es porque esa historia, más allá de los hechos, narra la estructura de su gobierno; si ese gobierno no puede hacer nada para convencer a 50.000 personas es porque ha destrozado previamente el prestigio casi sacramental del espacio público. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha tenido que pasar para que 50.000 personas "otorguen más credibilidad" -dice el periodista de El País- "al espectador de al lado que a la policía"? ¿Por qué no se cree al ministro del Interior? ¿Por qué no inspiran confianza ya la megafonía, la radio, la televisión?


Estas preguntas ocultan un misterio mucho más grande, y mucho más feo, que esa otra más elemental de "¿por qué creemos en los hombres llamados públicos?". La respuesta en este caso constituye lo que en lógica se conoce como una tautología: precisamente porque son públicos. En términos antropológicos podemos decir que los hombres nos dejamos tanto más fácilmente persuadir cuanto menos personal es un mensaje; confiamos menos en lo que se nos dice a nosotros que en lo que se dice a todo el mundo. La reunión de mucha gente delimita un espacio público en cuyo centro una figura muchas veces aleatoria se inviste de una autoridad aural. Cuanta más gente nos mira o nos escucha, más aumenta nuestro poder de persuasión, extendido ahora tecnológicamente a los confines del universo: si la megafonía es ya casi irresistible, la televisión alcanza una especie de totalidad imposible de desmentir. En este sentido, la lucha por el poder y la riqueza ha sido tradicionalmente una lucha para acceder a marcos de credibilidad cada vez más amplios y seguros; fuera de ellos, los pobres, los susurrantes, los libelistas no pueden ser creídos; su naturaleza es contar chismes.


¿Cómo el chisme de pronto desborda la autoridad majestuosa del espacio público? En términos políticos, la "forma" democracia es superior a todas las otras porque es más pública, porque delimita un marco de credibilidad teóricamente universal y transparente y ello porque engloba a todo el mundo con independencia del poder y la riqueza individuales y porque formalmente, al mismo tiempo, no se reserva nada, no oculta nada, no admite ni excrecencias ni dobles fondos. Constituye, pues, el esquema de autolegitimación más invulnerable, frente al cual las teorías conspiratorias se ridiculizan a sí mismas como puras fantasías paranoides o -peor- como las únicas auténticas conspiraciones que existen. La forma "democracia" presupone, en efecto, que los ciudadanos creen en los jueces, los políticos y los periodistas como la institución familiar presupone la confianza en el amor de los padres. No es sólo una cuestión de ingenuidad o de la aceptación inconsciente de un "velo de ignorancia" a la manera de Rawls. Los hombres somos bastante tolerantes con la mentira en la vida privada; trampeamos, sisamos, bordeamos, emborronamos, resignados a las flaquezas de nuestra condición mortal, pero extrañamente convencidos de nuestra relativa inocencia. No es que creamos, pues, que los jueces, los políticos y los periodistas son mejores que nosotros; es que son jueces, políticos y periodistas en la medida precisamente en que no son dueños de sí mismos, en la medida en que participan individualmente del poder de una transparencia impersonal que sería catastrófico dañar. De la misma manera que tenemos la ingenua confianza -cada vez más débil- de que las consecuencias de una explosión nuclear impiden el uso de las armas atómicas, así tenemos también la ingenua confianza -cada vez más débil- de que las consecuencias de una mentira pública impiden a los jueces, políticos y periodistas prevaricar o mentir. La mentira pública destruye el lenguaje mismo, las condiciones de todo marco de credibilidad; es decir, la forma misma de todo "contrato social". En un mundo en el que se diera por supuesta la mentira pública ninguna verdad podría ya ser creída, como en un mundo en el que se diese por supuesto el odio de los padres la reproducción social sería imposible. Este terror a la pérdida del lenguaje, al solipsismo salvaje, es la garantía, interna a la forma "democracia", que obliga a los hombres públicos a decir la verdad y a los ciudadanos a creer en los hombres públicos -y que deja impunes tantos incumplimientos de promesas electorales y tantas prevaricaciones discretas. Por eso los gobiernos llamados "democráticos" caen menos por sus crímenes que por sus mentiras. Pero, ¿es que hay crímenes? El problema es que este esquema de autolegitimación es pura teoría, no es redondo, no se determina a sí mismo, como exigiría su propia definición; el problema es que de hecho la riqueza y el poder, formalmente excluidos de su funcionamiento, conquistan constantemente desde fuera y desde abajo el espacio público y su majestuosa credibilidad; el problema es que en un régimen en el que el crimen es el sistema, la "forma" no puede cubrir eternamente su monstruosa regularidad. En ese régimen, es necesario ajustar permanentemente sistema y forma y para eso hace falta conspirar, manipular, engañar, falsear; en definitiva, mentir. Hace falta, es decir, darle constantemente patadas a la "forma". Y como los hombres somos más sensibles a las "formas" que a los hechos, los mentirosos acaban por sucumbir, siempre demasiado tarde y arrastrando consigo -desgraciadamente- la credibilidad impersonal que los gobernantes han explotado hasta la destrucción.


Una semana antes del singular derby romano, en el Estado español ocurrió un hecho menos anecdótico, en algunos aspectos homogéneo, pero que sí tiene precedentes: el derrocamiento popular de un gobierno anti-democrático (como en la Yugoslavia de Milosevic o en la Georgia de Schevernadze, que los medios de comunicación aplaudieron tanto; o en la Bolivia de Sánchez de Lozada, que dejó significativamente más fríos a nuestros analistas). Al contrario que en el estadio Olímpico, en Madrid había habido realmente muertos (no uno sino doscientos); y, al contrario que en Italia, en el Estado español Aznar y su gobierno, a través de las radios y las televisiones, realmente mintieron. Fue la última patada. Sin megafonía, provistos sólo de la autoridad del chisme, convocados mediante el tam-tam eléctrico, el morse de los labios y la levadura de la indignación compartida, miles de ciudadanos salieron a la calle el 13 de marzo para impedir un pucherazo moral y voltear los pronósticos de un fatalismo anunciado. Cayó Aznar como caen los dictadores. Si el cambio pareció inscribirse blandamente en un proceso de "normalidad democrática" fue tan sólo porque al día siguiente había elecciones, pero la prueba de que la actuación del gobierno -la última patada de una larga sucesión de coces- había suspendido todo marco de credibilidad, el esquema mismo de la autolegitimación democrática, es que a lo largo de los días sucesivos, incluso después de los comicios, el Estado español, como el estadio Olímpico de Roma, fue presa de todo un crepitar de rumores muy verosímiles, aunque quizás sin fundamento, en torno a un golpe de Estado frustrado o en curso. Esta es una de las paradojas de la modesta sublevación madrileña: que pareció un voto. La otra es precisamente que se frenó en un voto, en el marco de un modelo bipartidista -minado por toda clase de ajustes entre sistema y forma- que perpetua, con ligerísimas modificaciones, la falta de auténtica democracia contra la que protestaban los votantes.


Siento un gran respeto por las "formas" y una antigua pasión por las "libertades políticas"; se me antojan tan importantes que deberían ser ellas, y no al revés, las que decidieran el sistema. La combinación de Montesquieu y Beccaria me parece excelente: una división de poderes vigilada por un cuarto poder independiente -unos medios de comunicación libres y transparentes- más un Estado de Derecho que proteja a los detenidos de la arbitrariedad policial (la presunción de inocencia y la exclusión de cualquier forma de tortura) no basta tal vez para asegurar la felicidad de los hombres, pero es sin duda la condición irrenunciable de todo bienestar público.


El descubrimiento de este modelo es tan independiente del capitalismo que lo hizo posible como lo es el descubrimiento del teorema de Pitágoras del esclavismo griego, y sólo un izquierdismo pedestre y un derechismo interesado pueden identificar la historia de las innovaciones con los límites de su funcionalidad. La confusión, en todo caso, no es sólo un error mental. Si los antiguos esclavistas hubiesen encadenado, azotado, violado y exterminado a miles de personas en nombre de un teorema, quizás Espartaco se hubiese rebelado contra las hipotenusas y los catetos; si los antiguos esclavistas -aún más- hubiesen obligado al ángulo recto a reducir su gradación para mantener sus privilegios, el teorema de Pitágoras habría dejado de ser verdadero. El problema, en efecto, es que las presiones del sistema sobre la forma convierten la democracia en poco más que una fantasía. Frente a la Unión Soviética, el capitalismo aceptó un espejismo de democracia geográficamente limitado a Europa occidental, pero a partir de la rendición del Este, y de un modo áun más claro desde el 11-S, es imposible seguir sosteniendo una ecuación puramente propagandista (aunque muy real para sus pocos beneficiarios); lo que han venido a demostrar los acontecimientos de la última década es la radical incompatibilidad entre capitalismo y democracia. En el mejor de los casos, el capitalismo sólo se puede permitir una gestión democrática en unos pocos países y a expensas de las libertades de la mayor parte del mundo; en el peor de los casos, en períodos de crisis, recesión o ausencia de oposición, la democracia es precisamente el único procedimiento de gestión que no puede permitirse. La maravillosa invención de la revolución ilustrada del siglo XVIII es demasiado restrictiva para la libertad total que reclama el dinero; las sacudidas de la economía desencadenada se subliman en la majestad formal del espacio público, pero acaban por reventar sus costuras. Allí donde la "forma" democracia no puede decidir sobre el hambre y sobre las armas; allí donde no puede decidir la independencia del cuarto poder o la de Euskal-Herria; allí donde no puede decidir ni siquiera su propia supervivencia; allí donde la "forma" democracia no es una conquista soberana sino un préstamo provisional a merced de los caprichos de una economía cada vez más militarizada que puede suspender o recortar a discreción su jurisdicción, la "forma" democracia sólo es el eufemismo azucarado con el que algunos privilegiados occidentales nos tragamos sin rechistar un ininterrumpido "estado de excepción".


En estas condiciones, podemos ignorar los hechos, clavar los ojos en la aérea pureza de la "forma" -sin verla jamás achicarse o resquebrajarse- y criminalizar a los descontentos o rebeldes, como hacía Arcadi Espada con los manifestantes de Madrid, tildándolos de "antifranquistas genéticos"; o podemos enfrentarnos a la evidencia de una democracia desprestigiada, disminuida, malversada, manoseada, revolcada, anti-democrática, y a la responsabilidad de los que se protegen detrás de ella, después de patearla, para poder condenar a los que están hartos de patadas. Durante la República romana, la majestas o majestad soberana del pueblo estaba por encima de la potestas (o poder legislativo-ejecutivo del senado) y de la auctoritas (o autoridad del pontífice), tres instancias engullidas y silenciadas bajo Augusto por el imperium, que hasta entonces sólo había definido la subordinación de las legiones a su general. En Grecia, hacia el año 430 a. de C., durante la guerra "mundial" del Peloponeso, el gran Pericles, padre de la democracia ateniense, se había percatado de las dificultades de conciliar las libertades públicas y la justicia con el mantenimiento de un imperio y había invitado cínicamente a sus ciudadanos a defender la hegemonía de Atenas con argumentos muy semejantes a los que utilizan hoy Bush o Aznar para justificar la huida hacia adelante del horror planetario: "No penséis que luchamos por una sola causa, esclavitud o libertad, sino que también está en juego la pérdida de un imperio y el riesgo de sufrir los odios que habéis suscitado en el ejercicio del poder. Y a este imperio ya no es posible renunciar, si es que alguien, debido a su miedo en la presente situación o a su deseo de tranquilidad, pretende hacer el papel de hombre bueno a este respecto. Este imperio que poseéis ya es como una tiranía: conseguirla parece ser una injusticia, pero abandonarla constituye un peligro". ¡Giovanni Sartori no podría decirlo mejor!


La "forma" democracia en el Estado español lleva años -siglos- engullida y silenciada en un doble imperium, uno exterior y otro interior: la subordinación a una economía de exterminio dirigida manu militari por los EEUU y la sumisión a una razón de Estado -por encima de los partidos y, por supuesto, de la voluntad ciudadana- que regula las libertades y dosifica a Montesquieu y a Beccaria a la medida de la unidad de la patria. Aznar ha sido la versión entusiasta, mayestática, caralsólica, de este doble imperio; pero el PSOE, por tradición y por historia, está igualmente atrapado en él. ¿Podrá, querrá desmantelar el imperio interior? En cuanto a las presiones exteriores, ya hemos visto que EEUU está dispuesto a ejercerlas con menos disimulos que en épocas anteriores: el mismo 16 de marzo, dos días después de las elecciones, el candidato demócrata John Kerry, despreciando el mandato de los votantes en un país soberano, pidió públicamente a Zapatero que reconsiderara su decisión de retirar las tropas españolas de Iraq; una semana más tarde Collin Powell, despreciando la soberanía y neutralidad de la ONU, prometió a Zapatero una nueva resolución del Consejo de Seguridad. El líder socialista ya ha dado alguna muestra subliminal de inteligencia claudicante. El 21 de marzo, en una entrevista concedida al diario El País, declaró que había que buscar "una vía razonable para mantener la ocupación", lo que constituye un gazapo mental harto inquietante: incluso en el supuesto engañoso de que Iraq necesitase algún tipo de tutela internacional, de lo que se trataría -imagino- es de encontrar una "vía razonable" para "desmantelar" y no para "mantener" la ocupación. A la pregunta del periodista de si había alguna esperanza de encontrar esa vía antes de junio, Zapatero contestó: "tengo la impresión de que sí".


España cara al sol


Durante ocho años de gobierno, y de una manera creciente, Aznar forzó tanto las costuras que paradójicamente consiguió convencer incluso a sus enemigos de que tenía personalidad. Sus gestos de gran estadista eran tan desproporcionados, tan chaplinescos, que ni siquiera la sombra de Bush, que sujetaba los andamios, podía evitar el traspiés final. Aznar estaba a punto de despedirse como Diocleciano, flotando por encima de su obra de destrucción, que habría de seguir funcionando sola durante un milenio después de él; aclamado por sus seguidores como el más grande, sabio y gualdirrojo gobernante de las Españas desde Isabel la Católica, se le proporcionó además a última hora, como guinda o postre de su gestión y como para convencerle de la singularidad de su destino, un escenario espectacular para su partida: una versión castellana del horror de las Torres Gemelas. Automáticamente Aznar respondió como Bush y dirigió a los ciudadanos un discurso "histórico" en el que habló de "la grandeza de España", de todas esas orgullosas víctimas a las que habían asesinado por "ser españolas" e incluso de la "civilización" asediada que había que proteger de la barbarie anti-española. Aznar se cargaba de razón, encarnaba una nación, aseguraba la victoria de su sucesor. Parecía un nuevo principio y era en realidad la caída. Uno de los grandes logros del ex-presidente había sido, según sus propias palabras, el de sacar a España del "rincón" de la Historia, el de haberle devuelto su protagonismo de gran potencia, el de haberla reconectado a los nervios centrales de Occidente. Aznar conectó España a la Historia e inmediatamente estallaron cuatro trenes en Madrid y saltaron por los aires doscientas personas despedazadas. Enchufó España al doble imperio y decenas de cristales se hicieron añicos.


Luego hizo como Nerón; es decir, se creyó Nerón creyendo que iba a ser creído porque la mentira encajaba mucho mejor que la verdad en sus propios planes providencialistas. Mintió y cayó Ángel Berrueta en Iruña, asesinado por ese anti-vasquismo inducido y atizado que no se cobró más víctimas porque el ruido de los cristales rotos, mientras los partidos de oposición y los medios de comunicación se dejaban intimidar por el gobierno, despertó a mucha gente -como despierta un nuevo golpe al amnésico traumatizado- del estupor impotente de ocho años de dictadura. Mintió Aznar y cayó el aznarismo como la choza de paja ante el soplido del lobo. Y si la conexión al doble imperio no hubiese costado la vida a doscientos inocentes, si estas muertes no anunciasen tiempos más difíciles y peores tragedias, si pudiésemos verle la gracia a la destructiva arrogancia del PP y al olor a quemado que transporta el vendaval desencadenado, el paso de Aznar por La Moncloa ofrecería a un alma jocosa la coherencia extravagante de una mala novela: una bomba de ETA lo levantó por los aires ("ahora ya tengo carisma") y una bomba de Al-Qaida lo derribó por el suelo. En veinticuatro horas -circulaba la broma por Madrid el 15 de marzo- Jose María Aznar pasó sin transición, saltándose todos los reyes intermedios, de Carlos V a Alfonso XIII.


El gobierno del PP, con Aznar a la cabeza, conectó España, no a la Historia, sino a España misma; la reconectó a un pasado muy largo que nadie se ha atrevido nunca a romper, pero que ellos se han atrevido a anudar más fuerte; un pasado tan largo que aún no ha terminado y uno de cuyos extremos se pierde en el futuro atando las piernas de los pueblos y de los hombres. Aznar conectó España a España, la encajó mejor en sí misma, por si estaba un poco suelta: la España de Isabel y Fernando, la del incendiario Cisneros en las plazas de Granada, la de las conversiones forzosas y los certificados de sangre; la España que encarcelaba a los que llevaban la camisa limpia o a los que no echaban tocino en la olla; la España que mató a veinte millones de indígenas americanos; la España del Santo Oficio y de Trento; la España que expulsó judíos, moriscos, erasmistas, librepensadores; la España del Decreto de Nueva Planta y de la suspensión de los Fueros; la España de los Espadones y los Pronunciamientos; la España que echó a Blanco-White y disparó a Larra en la sien; la España siniestra de los grabados de Goya; la España rancia, metafísica, altiva y gruñona de Menéndez Pelayo y Donoso Cortés; la España bravucona y vencida a la que se enfrentó Abdelkrim; la España que no respeta más lengua que la de Castilla; la España que fusiló a Lorca, destrozó a Machado, enterró a Miguel Hernández y desesperó a Max Aub; la España que bombardeó Guernica; la España de la Cruzada contra los rojos y los separatistas; la España que enterró a cien mil soñadores valientes en las cunetas; la España que pagaba sueldo de general a Santiago Apostol y se arrodillaba ante Franco; la España que tiene aún príncipes y reyes; la España que no lee a Alfonso Sastre, ilegaliza partidos, cierra periódicos y tortura a Unai Romano o a Ainara Gorostiaga; es decir, España, la España única y eterna, la insoslayable, la incuestionable, la que sobrevino y la que vendrá, esa España que habría que desmantelar, reconstruir a escala más modesta y renombrar de nuevo, no sólo para que su selección, como sugiere Maragall, pueda enfrentarse en competiciones deportivas a la de Catalunya o a la de Euskadi, sino para que sus hombres y mujeres puedan también determinar libre y democráticamente -sin las cargas de ningún imperium- su destino.


Iraq, el acelerón del imperialismo


Aznar conectó España a España misma conectándola, como un felpudo a una barraca, al imperio de fuera. Las bombas del 11-M revelaron la universalidad negra de España y establecieron la relación matemática entre la caída de Aznar y la caída de Bagdad; abrieron en el corazón de Europa el enésimo frente de una guerra que sólo un imperialismo puede provocar, pero que ningún imperialismo puede controlar. Esta historia es tan vieja y tan nueva al mismo tiempo que lo que tiene de viejo nos tranquiliza y lo que tiene de nuevo nos impide reaccionar.


El 10 de septiembre del 2001 la fuerza aérea estadounidense bombardeó el sur de Iraq, como venía haciendo casi cotidianamente desde diez años antes sin que mereciese ya una línea de periódico. El 11 de septiembre dos aviones derribaron las Torres Gemelas de Nueva York. Como es sabido, no se trataba de una respuesta: ningún iraquí estuvo implicado en esta monstruosa acción que mató al equivalente de un 0,3 % de las víctimas que había causado en Iraq el embargo de los EEUU y, por otra parte, el borroso grupo que se atribuyó el atentado, la red Al-Qaida de Ben Laden, no sólo era indirectamente un engendro de la CIA sino que se oponía, en nombre del wahabismo radical, a la dictadura laica de Sadam Hussein. No fue, pues, una respuesta, aunque podía haber provocado algunas preguntas. En lugar de eso, el gobierno de los EEUU aprovechó la ocasión -es lo menos que se puede decir- para emprender toda una serie de respuestas ya decididas de antemano (las invasiones de Afganistán y de Iraq) destinadas a borrar materialmente todas las diferencias, generar una escalada que impidiese toda forma de neutralidad y producir la ilusión de un intercambio de golpes a escala planetaria entre dos fuerzas homogéneas y metafísicamente incompatibles. A partir de ese momento, la estrategia básica de los EEUU ha sido la de acelerar vertiginosamente la historia de manera que todo se ordene fuera del tiempo, donde nada puede ser ni analizado ni decidido: a esa velocidad, toda la historia criminal de los EEUU (intervenciones, invasiones, golpes de Estado, bombardeos) parece retrospectivamente una respuesta a la agresión originaria del 11 de septiembre; a esa velocidad, todas las respuestas a esa respuesta son ontológicamente anteriores y se encierran en un solo campo de oposición. La hegemonía de los EEUU está hoy brutalmente condicionada a este acelerón en el que la lógica del dominio es inseparable de la lógica de la superación deportiva, irresistiblemente orientada a batir nuevos records mundiales de muertos inocentes.


Como el dios de Leibniz, el imperialismo tiene que estar poniendo constantemente el mundo en hora. Desde la "doctrina Monroe" al Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (1999), la política exterior de los EEUU se ha caracterizado, por debajo de su versatilidad vertical, por una monótona continuidad horizontal. Esta continuidad ha sido señalada tanto por la lúcida disidencia de un Chomsky como por el arrogante hegemonismo de un Robert Kagan, tal vez el más importante ideólogo de la administración Bush ("El 11-S no cambió a EEUU; sólo lo hizo más estadounidense"). El 11-S constituye sin duda un eje simbólico, pero no hace, en efecto, sino acelerar las mismas líneas que llevaron a él, una dinámica de lebensraum que una combinación histórica de circunstancias centra necesariamente -como sus puntos más visibles- en el Caúcaso y en el Medio Oriente. ¿Cuáles eran para EEUU las ventajas convergentes en las campañas de Afganistán e Iraq? Al menos cinco.


Petróleo


La primera, claro, se refiere al control de los recursos petrolíferos. Al igual que hay mentiras que, a fuerza de repetirlas, se imponen como verdaderas, hay cuestiones tan evidentes, tan de perogrullo, que, a fuerza de repetirlas, parecen falsas o, en cualquier caso, irrelevantes. Es tanta la naturalidad con que asumimos la evidencia de la codicia petrolífera que acabamos por considerar naturales sus consecuencias -y buscamos, para subrayar nuestra perspicacia, motivaciones más nobles o más retorcidas. En el mundo abstracto de internet y la telefonía móvil, entre minúsculos chips y tormentas financieras, la verdadera lucha se libra por debajo, a vida o muerte, y sigue siendo una lucha, como en la Edad de Piedra, por los recursos naturales (petroleo y agua, sí, pero también coltán, gas natural, minerales). El capitalismo -un sistema económico que tiene que crecer indefinidamente en un marco natural de recursos limitados- depende del petróleo como un enfermo del riñón de la hemodiálisis: el 80 % de la energía mundial se produce a partir de combustibles fósiles, lo que afecta no sólo a los transportes sino también a los sistemas de saneamiento de agua potable y a la alimentación (cinco de cada seis calorías de los alimentos consumidos en el mundo proceden indirectamente del uso del petróleo).


Europa y EEUU, con el 8 % de la población mundial, consumen aproximadamente el 50 % de la producción, a expensas naturalmente de los países pobres, sobre los que se abate esta funesta hambre de oro negro, criminal en sus manifestaciones e inmoral en su misma fuente (incluyendo a la españolísima Repsol). EEUU, que exportaba petróleo en los años treinta, importa hoy el 60 % de su demanda y en veinte años más tendrá que importar la totalidad de su consumo. Durante las dos últimas décadas, estudios financiados por las grandes multinacionales de la energía hicieron creer a los occidentales que las reservas de crudo eran casi inagotables y que sólo había que dejarles a ellas ordeñarlas con los brazos remangados, pero hoy incluso Shell reconoce que muy probablemente empezará a haber escasez de petróleo a partir del año 2025. ¡Hay que arrancarles las últimas gotas a los países productores y mantener los motores encendidos hasta el último aliento! Resulta que el 64 % de las reservas comprobadas se encuentra en Oriente Medio y el 73% en países musulmanes, lo que explica quizás de un modo muy infantil y muy exacto la necesidad de hacerle la guerra al Islam; resulta que los nuevos yacimientos se han descubierto en el Caúcaso y que Afganistán constituye el pasillo más recto y barato hacia Occidente; y resulta que Iraq, con el 13% de las reservas mundiales, alberga en su subsuelo 120.000 millones de barriles del petróleo más suntuoso y fácil de extraer. ¿Quién sino EEUU tiene el derecho a quemar todo este tesoro en los próximos veinte años?


Habiendo perdido la confianza en Arabia Saudí, su más fiel aliado en la zona desde el final de la Segunda Guerra Mundial, EEUU se vuelca con sus picos y sus palas hacia el segundo productor mundial de petróleo después de destruirlo por completo. Por lo demás, la necesidad de administrar directamente los recursos de Iraq viene determinada también por la urgencia de salvaguardar los intereses de las grandes empresas estadounidenses. Hasta 1972 el mercado petrolífero estaba dominado por las compañías de ese país (Exxon, BP-Amoco, Shell, Texaco, Chevron, Gulf y Mobil); en el año 2000 las políticas independientes de la OPEP habían desplazado los intereses estadounidenses en favor de las empresas estatales locales (la saudita Aramco, la iraní NIOC, la mexicana PEMEX, la PDVSA venezolana o la INOC iraquí). El capitalismo está estructuralmente interesado, como se comprenderá, en matar a cada vez más hombres para satisfacer a un puñado cada vez más pequeño de "consumidores" en un baile absurdo que con cada zapatazo hunde el suelo bajo los pies; EEUU lleva la batuta y hace bailar a todo el mundo. Para librarse de esta maldición -un extraño y siniestro castigo griego para el conjunto de la humanidad- haría falta un cambio radical de civilización y no sólo de gobernantes; es decir, un cambio hacia la civilización, a lo que se opondrán con todos sus medios -con todos los medios- los más grandes y destructivos "terroristas suicidas" del planeta: los dueños de las corporaciones capitalistas (incluida la españolísima Repsol).


La competencia


Pero EEUU no sólo aceleró su proyecto expansionista tras el 11-S para apoderarse del petróleo iraquí: también -y ésta es la segunda razón- para impedir que otros se apoderasen de él. ¿Otros? No, naturalmente, como bien explica Pedro Prieto, los países productores, que no representan ninguna clase de amenaza, sino los consumidores rivales, con Europa y Japón a la cabeza, completamente dependientes como son del mercado internacional, pero también Rusia y China, las dos grandes potencias, una declinante y otra ascendente, que proyectan su sombra antagonista en el tablero de los intereses estadounidenses. En Afganistán y en Iraq, los EEUU piensan también en Rusia y China, en términos estratégicos y también simbólicos. A Rusia le va comiendo terreno en las antiguas repúblicas ex-soviéticas del Caúcaso y el Caspio (Georgia, Uzbekistán, Kazakistán, Turkmenistán) mientras aparentemente le deja hacer en Chechenia; a China, que consume poco petróleo pero produce menos y que constituye al mismo tiempo, por su potencia demográfica y económica, la mayor amenaza a medio plazo, le cierra el acceso al Asia Central y le advierte con toda la majestad de su poder militar contra las tentaciones imperialistas.


Europa


La tercera ventaja tiene que ver la potencia relativa de Europa. El acuerdo de EEUU y la Unión Europea frente al Tercer Mundo no puede ocultar una sorda, tímida, guerra interimperialista entre las dos partes, de la que son una buena muestra los litigios surgidos en torno al acero, los plátanos o los alimentos transgénicos. A partir de 1945 EEUU ha promovido y controlado interesadamente el crecimiento de Europa, tratando de mantenerlo en su condición de satélite desarrollado, pero sin poder impedir que al desarrollarse desarrollase también sus propias ambiciones independientes. EEUU ha orientado buena parte de su política exterior a limitar estas ambiciones, tarea para la que se ha servido de la OTAN -como instrumento compartido de la defensa militar europea- y de la propia división interna, convenientemente atizada desde Washington. El optimismo de los primeros noventa (con la firma del Tratado de Maastricht, la expansión hacia la Europa del Este, la configuración de la futura zona Euro o el proyecto de un ejército europeo) fue brutalmente desbaratado por la intervención estadounidense en Yugoslavia (1999), que se proponía claramente, más allá de asegurar pasillos para la conducción del petróleo oriental, el debilitamiento de las instituciones de la Unión.


Durante la crisis diplomática que precedió a la voladura del orden jurídico internacional por parte de los EEUU y a la invasión criminal de Iraq, se insinuó de nuevo una sombra de confrontación, artificialmente avivada por las propagandas respectivas, que derivó enseguida hacia una división intra-europea (la Nueva y la Vieja Europa) y finalmente concluyó en una claudicación del núcleo más "autonomista" de la UE. Aznar y Blair, representados en el Consejo de Seguridad de la ONU, jugaron un papel fundamental, como cabezas de puente y arietes insidiosos, en la batalla diplomática que EEUU libró contra Francia y Alemania y que terminó en una nueva derrota de la Unión Europea como proyecto de "bloque" alternativo y equilibrante frente al poder estadounidense. La posición inicialmente firme de Chirac y Schroeder generó incluso la ilusión de una contradicción esencial, filosófica, entre Europa -seguidora de los principios morales de Kant y de su proyecto de "paz perpetua"- y los EEUU -que se reconocerían más bien en Hobbes y en la necesidad de sofocar por la fuerza "el estado de guerra natural".


Este debate, que encubre retóricamente una banal y desigual lucha inter-imperialista, fue alimentado por intelectuales de la talla de Derrida y Habermas y contestado con displicencia y claridad por Robert Kagan en su obra "Poder y Debilidad" (2003), cuyo sólo título ya expone sin ambages la inspiración casi nietzscheana de su pensamiento. Robert Kagan sostiene la tesis muy sencilla de que la "ley" está hecha para los débiles y que por eso Europa recurre a ella frente a EEUU, cuya hegemonía incontestable sólo puede limitarse a sí misma; Kagan, al mismo tiempo, recuerda que Europa sólo se puede permitir este coqueteo con las grandes palabras y esta veneración a los grandes principios porque EEUU los viola una y otra vez en su favor: "Como Europa no tiene voluntad ni capacidad para guardar su propio paraíso ni para impedir que quede arrasado, tanto espiritual como físicamente, por un mundo que aún no ha aceptado la regla del "conocimiento moral", ha pasado a depender de la determinación estadounidense de usar su fuerza militar para disuadir a cualquiera que en el mundo entero todavia crea en las políticas de poder".


EEUU debe estar por encima de las reglas que él mismo ha creado y esto en beneficio de esta Europa débil, idealista e ilusa, que no entiende que sólo el apoyo incondicional al "nacionalismo universalista" estadounidense puede salvar los magníficos logros de su civilización: "El problema es que EEUU debe a veces jugar con las reglas de un mundo hobbesiano, aun cuando al hacerlo viole las formas postmodernas de Europa; debe rehusar atenerse a ciertas convenciones internacionales que pueden limitar su capacidad de luchar eficazmente en la jungla de Robert Cooper; debe moverse en una doble moral, y debe a veces actuar unilateralmente porque, teniendo en cuenta que la débil Europa se ha trasladado más allá del poder, EEUU no tiene más remedio que actuar unilateralmente" y si lo hace, en todo caso, se debe a que incluso "cuando se emplea bajo un doble rasero, el poder de EEUU puede ser el mejor medio para el progreso humano, quizás el único medio". Es imposible ser más claro. Como sabemos, la independencia de Europa es una ilusión, lo que queda paladinamente ilustrado por la posición de la Unión, tras este teatral juego de esgrima, en la cuestión de Palestina, en la que ha abandonado cobarde e interesadamente el campo, o en la de Iraq, como muestra el apoyo a esa resolución 1511 de la ONU que "legaliza" la ocupación del país medio-oriental.

Como sabemos, al mismo tiempo, esta independencia no tendría en ningún caso un contenido kantiano y mucho menos socialmente progresista, como bien se refleja en el proyecto de Constitución europea, la cual consagrará una política económica, exterior y de seguridad tan "hobbesiana", exclusivista, capitalista y antidemocrática como los son Kagan y el Gran Leviatán.


El euro


Pero Europa no es tan débil como las bravatas de Kagan podrían hacer creer. La economía de EEUU es una gran burbuja coloreada, un gigantesco Monopoly cuya riqueza monetaria apenas cubre la sexta parte de la riqueza material del país y que sostiene su cada vez más frágil andiamaje sobre un pivote podrido: la incuestionabilidad del dólar como divisa central de los intercambios comerciales internacionales. La fortaleza del euro ensombrece el futuro económico de Washington. Como es sabido, Sadam Hussein decidió en octubre del 2002, aun a expensas de una parte de sus beneficios, abandonar el dólar y comercializar su petróleo en la moneda europea. ¿Qué pasaría si Arabia Saudí, Venezuela o Irán tomasen una medida semejante? ¿Si la OPEP se pusiera de acuerdo en la misma dirección y todo el comercio internacional del crudo pasase a realizarse en euros y no en dólares? Contra esta tentación, que amenaza con derribar de un soplido la economía estadounidense, mandó Bush sus tanques y sus B-52 a Iraq, atormentado por una preocupación a la que se ha dado una importancia sólo periférica y que constituye sin embargo uno de los factores principales del acelerón expansionista de la administración estadounidense tras el 11-S.


La crisis


Por último -y sin que el orden establezca ninguna prioridad jerárquica- EEUU sabe muy bien que nada cambiará mientras no cambien los ciudadanos occidentales; o, en palabras del helenista marxista Luciano Canfora, que "es del corazón mismo del sistema de donde surgirá la nueva crisis". Tras tres décadas de letargo político, las movilizaciones de Seattle anunciaron inesperadamente el nacimiento de una nueva resistencia internacional, todavía embrionaria, contra la que la nueva situación económica de las metrópolis hace parcialmente inoperantes los viejos procedimientos de desmovilización -esa combinación genial de manipulación y soborno- y a la que Washington y Bruselas quieren aplastar en huevo. El acelerón del 11-S, en definitiva, no implica solamente una nueva estrategia de apropiación de los recursos naturales ni un plan geo-estratégico a medio y largo plazo ni una larvada lucha inter-imperialista: es también -e inseparable de todo esto- una maniobra de Terror contra la política. EEUU -secundada en este punto por la Unión Europea- apuesta por disolver la política en el oleaje de una inestabilidad total y generalizada.


Retorno a las cavernas


En el marco de una crisis económica estructural sin precedentes, todas estas "ventajas" se traducen en móviles imperativos para la supervivencia de la hegemonía estadounidense. En 1994, el historiador Giovanni Arrighi describía un "nuevo orden mundial" desconocido hasta la fecha en el que el poder militar aparecía disociado del poder económico, el cual "por primera vez desde los orígenes primigenios de la economía-mundo capitalista habría escapado de manos occidentales". Arrighi se equivocó en sus predicciones sobre el Japón, arrinconada poco después por el derrumbe financiero de finales de la década, pero no en el uso que podía hacer "la nación más endeudada del mundo" de su "cuasi-monopolio de la violencia" a escala planetaria. Otro gran historiador de la misma escuela, Inmanuel Wallerstein viene advirtiendo desde hace años de la "vulnerabilidad" y "decadencia" del imperio estadounidense, cada vez más tentado a sostener su dominio sobre el puro empleo de la fuerza militar. Lo cierto es que, según el premio Nobel de Economía Daniel Mc Fadden, la situación económica de los EEUU no es hoy muy diferente de la de Argentina poco antes de su estrepitoso hundimiento en el año 2001; mientras que su presupuesto militar (en torno a 400.000 millones de dólares) supera a la suma de todos los presupuestos de todos los países del mundo. Iraq estaba condenado por algo más que la ideología reaccionaria del partido republicano.


Como bien explica Ignacio Álvarez Peralta en su excelente obra Asalto a Bagdad, bajo estas circunstancias y como consecuencia directa de algunos acontecimientos recientes ("pinchazo de la burbuja financiera en Wall Street, salida de capitales de la economía norteamericana, depreciación continuada del dólar frente al euro y cuestionamiento con ello del papel de reserva de dicha divisa"), "la toma de control por parte de la potencia hegemónica del destino dado a la renta petrolífera no se podía hacer más que por la vía militar", con la consiguiente "pérdida de legitimidad democrática y política para el régimen político norteamericano en el contexto mundial".


"El concepto de 'libre comercio'" -dice el documento sobre Nueva Estrategia de Seguridad Nacional redactado por la administración Bush en el 2002- "surgió como un principio moral aún antes de convertirse en un pilar de la ciencia económica". Hoy EEUU tiene que imponer ese "principio moral" mediante guerras preventivas y bombas de racimo; tiene que volver a imponer, según la expresión de Marx, "la 'ley natural' de la oferta y la demanda a golpes de bayoneta". El acelerón del 11-S ha restablecido una situación de imperialismo clásico, una política de recolonización territorial directa muy semejante a la del siglo XIX. ¿Muy semejante? En el nuevo contexto migratorio y tecnológico, los 'colonizados' no se defienden sólo en sus países lejanos; los 'colonizados' pueden defenderse también en las metrópolis y con medios de destrucción sin precedentes; el nuevo colonialismo, pues, lleva dentro -con sus replicantes clones terroristas- la posibilidad muy fundada de un retorno europeo a las cavernas y de un nuevo record mundial de inocentes exterminados en todos los rincones del mundo.

Democracia y seguridad: el esquema del Terror

La "pérdida de legitimidad democrática y política" que se extiende como chapapote a todos los gobiernos del mundo es un coste muy pequeño si el propósito es el de levantar por los aires impunemente tres países o media docena, acortar impunemente la vida del planeta y vaciar impunemente dos continentes. Pero como la gente es muy sensible a las "formas", hay que construir un orden -un caos- en el que valga la pena renunciar a ellas. Es decir, se trata de reducir la existencia de los occidentales -los otros nunca han podido salir de ahí- a la emoción más angustiosamente 'igualitaria', la más primitiva, la menos civilizada, la menos política que existe: la inseguridad. Sustituir un Esquema de Autolegitimidad por un Esquema de Seguridad es lo que técnicamente se conoce como "golpe de Estado"; y el 11-S, con independencia de la autoría de los atentados, constituyó un "golpe de Estado" planetario al que siguieron en cadena, como después del incendio del Reichstag en 1933, en la India y en la República Checa, en Washington y en Madrid, en Colombia y en Inglaterra, toda una serie de medidas de excepción que suspendieron o recortaron los pocos rescoldos de Estado de Derecho que aún alentaban entre las cenizas: legislaciones anti-terroristas, arrestos preventivos, control de las comunicaciones, juicios militares, agencias de delación, campos de concentración...


Un Esquema de Seguridad es, ante todo, una máquina de allanar diferencias o, si se prefiere, de asegurar una "indiferencia" estructural y esto en el doble dentido del término: porque absorbe todas las formas de oposición en una alteridad homogénea y porque vuelve a los hombres "indiferentes" a todo lo que no sea su propia supervivencia. El establecimiento de un Esquema de Seguridad exige, por tanto, que nadie pueda estar tranquilo, que nada pueda ser creído y que el enemigo nunca pueda ser completamente identificado: bombas aleatorias, mentiras públicas, rumores serpentinos que aumentan la tensión y debilitan el pensamiento.


Cuando se ha cruzado la última frontera es mejor desdibujarlas todas. La "pérdida de legitimidad democrática" es un coste, pero también un arma. Si se han violado las normas, hay que conseguir que nadie las respete; si se ha mentido en público, que sirva para que nadie pueda ser creído. Las patrañas de Powell ante la ONU, las de Bush y Blair ante sus respectivos Parlamentos, las de Aznar después del 11-M, tratan menos de ocultar una verdad que les perjudicaría que de minar el marco mismo en que se puede diferenciar la verdad de la mentira. Al destruir las condiciones mismas de toda credibilidad, deslegitiman también las denuncias levantadas contra esa agresión, corroen la credibilidad de toda resistencia, desprestigian todas las variantes de acción o de discurso. Hay que desatar sobre la población, a velocidad creciente, una combinación de bombas y de embustes para que, cuando ya no se sabe a quién temer ni a quién creer, se confíe en la fuerza institucional -encarnada en un liderazgo personal- que cierra las fronteras, militariza las calles y restringe la libertad de movimientos. Un Esquema de Seguridad borra brutalmente todas las diferencias (las del derecho, las de la política, las de la piedad) para imponer en su lugar una sola diferencia: nosotros y ellos -y ellos, en un mecanismo idéntico al del racismo, son todos iguales y hay que tratarlos de la misma manera: Al-Qaida, ETA, el movimiento "okupa", José Bové, ANSWER, la Alianza Nacional Patriótica, los pacifistas, los internacionalistas vascos, las Madres de Mayo...


El Esquema de Seguridad que generalizó el acelerón del 11-S tenía dos precedentes en países "democráticos". Uno era Israel, donde Sharon no ha hecho más que llevar a su extremo la política estructural del Estado sionista consistente en privilegiar -cuando no fabricar- las respuestas más violentas a la ocupación para legitimar -y extender y endurecer- la ocupación misma como una respuesta a la resistencia, impidiendo así cuestionar la legitimidad de la presencia israelí y espoleando para ello a todos los caballos del Apocalipsis. El otro era el Estado español, donde el PP, tirando de la cuerda de la llamada "transición", llevaba ya algunos años experimentando en el País Vasco, contra el País Vasco, y ante la indiferencia de casi todos, la transformación impune de un Esquema de Autolegitimación Limitada en un boceto totalitario. Por eso después del 11-S Aznar y Bush se sintieron cálidamente hermanados en una estrategia común a la que llamaron "guerra contra el terror" y que era, en realidad, una guerra contra los pueblos, una guerra contra la política, una guerra contra toda posibilidad de solución. Por eso después del 11-M tantos ciudadanos vascos, tantos ciudadanos del Estado español, se echaron primero a temblar y después -después- se echaron a la calle.


En definitiva, el triunfo de este Esquema de Seguridad -y la supervivencia de EEUU como superpotencia- pasa por el aumento exponencial de la violencia, la disolución de todas las diferencias políticas en un horizonte de Terror Borroso y su sustitución por binarismos metafísicos o tribales. La historia nos enseña que para lograr este propósito EEUU es capaz de todo, sin ningún escrúpulo ni frontera.


De lo que se trata es de sustituir la famosa disyuntiva de Rosa Luxemburgo "socialismo o barbarie" por la única alternativa a partir de ahora evidente: "imperialismo o barbarie". De lo que se trata es de llevar a los occidentales -los demás ya han sido descontados de la humanidad- a un punto de no retorno en el que, como decía Pericles, "nadie pueda permitirse jugar el papel de hombre bueno"; un punto de no retorno en el que nos parezca irremediable tener que escoger entre la dictadura fascista y la dictadura islámica.

La fabricación del nuevo mundo


En 1992 Francis Fukuyama publicó El fin de la historia y el último hombre, libro en el que engordaba un artículo de 1989 del mismo nombre. Las tesis de Fukuyama, de sobra conocidas, reflejaban el júbilo un poco infantil por la derrota del comunismo y la victoria -según él- del liberalismo, nuncio de una nueva civilización sin batallas ideológicas ni enfrentamientos armados. En 1993 Samuel Huntington publicó "El choque de civilizaciones", voluminosa secuela también de un artículo anterior y obra destinada a convertirse en la más comentada y en la menos leída de los últimos años. En ella Huntington abordaba igualmente el mundo de las "post-guerra fría" tratando de demostrar que, tras la rendición de la Unión Soviética, las "batallas ideológicas" iban a dejar paso sobre todo a "batallas culturales", a conflictos de civilización, y que en este nuevo marco el Islam constituía sin duda la civilización destinada a convertirse, por su historia y su ideosincrasia, en la civilización antagonista del Occidente liberal y democrático.


Las tesis de Fukuyama y Huntington en realidad se complementaban y juntas formaban un esquema de comprensión universal que nos es hoy mucho más familiar que hace diez años. Fukuyama parecía equivocarse en su ingenuo optimismo deportivo, pero no excluía de ninguna forma el enfrentamiento; ese enfrentamiento más bien se desplazaba fuera de Occidente para oponer a Europa y EEUU -ya al margen de la Historia- a un murmullo inquietante y confuso de pueblos y naciones, atrapados todavía dentro de la Historia, que tratarían de asaltar, como los bárbaros de Alarico, la Civilización; Fukuyama, pues, oponía el orden cartesiano, la democracia, la convicción de la paz, a una amenaza exterior que por fuerza adquiría, en su impreciso hervor, la forma del Terrorismo. Por su parte Samuel Huntington se limitaba a añadir algo así como una ficha policial para identificar la confusión, el desorden, la belicosidad y la barbarie del otro lado con el Islam. Desde ese momento, Terrorismo e Islam se convirtieron en las dos figuras, superpuestas o alineadas, que vinieron a turbar el sueño de los mismos inocentes blancos anglosajones -o aceitunados mediterráneos- que hasta entonces temblaban ante el nombre de Lenin o de Moscú.

Fukuyama y Huntington describían a principios de los noventa un mundo que aún no existía; un mundo que sólo ha adquirido visos de verosimilitud después del 11-S. Por contraste con lo que vendría después, eran años razonablemente benignos; resuelta con muy pocas bajas estadounidenses la primera "crisis" del Golfo, palestinos e israelíes se reunían en Madrid, Ben Laden era aún "nuestro" amigo y los magnates de Davos podían repartirse el mundo sin que la turba alterase sus digestiones. No creo que ni Fukuyama ni Huntington sean analistas particularmente bien dotados ni -aún menos- que gozasen entonces del don de la profecía. Lo cierto es que mucha gente piensa retrospectivamente que acertaron; mucha gente piensa en ellos -y en sus tesis vulgarizadas y repetidas por la prensa- cada vez que hay que pensar algo de lo que ocurre a nuestro alrededor; a mucha gente le parece saber ya lo que pasa cada vez que pasa algo que nos molesta, nos asusta o nos preocupa. Los artículos y libros de Fukuyama y Huntington, asesores del Departamento de Estado de los EEUU, no querían describir un fenómeno sino producir un efecto. Estaban anticipando un esquema ideológico de comprensión universal que en algún sentido se autovalidaba por su propia difusión, pero que necesitaba también -como no- de un poco de realidad. De eso se ocupaban en otro despacho. Porque mientras Fukuyama y Huntington fabricaban ideológicamente el mundo por venir, la CIA se encargaba de fabricarlo materialmente.

En 1985, el entonces secretario de Estado estadounidense declaró: "Sólo combatiremos el integrismo islámico en la medida en que convenga a nuestros intereses nacionales". Algunos años antes, en 1979 Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional, había sugerido al presidente Carter la posibilidad de "proporcionar a la Unión Soviética su propio Vietnam", apoyando en Afganistán, contra el gobierno laico y avanzado de Babrak Kamal, a los fanáticos que cortaban la cabeza a los directores de las escuelas mixtas y asesinaban a los médicos que atendían mujeres en sus consultas.


"La más grande operación encubierta en la historia de la CIA" condujo a Afganistán hasta a 100.000 mujahidines entre 1982 y 1992, armados, entrenados y financiados por los EEUU: uno de esos hombres era Ben Laden, millonario saudí cuya familia ha mantenido, por lo demás, una estrecha relación de negocios con la familia Bush. Esta "vastísima operación" fue financiada en gran parte gracias al tráfico de drogas, lo que convirtió a Afganistán en el primer productor mundial de opio e hizo aumentar en la vecina Pakistán el número de heroinómanos de cero a un millón en poquísimos años. Expulsados los soviéticos, Afganistán se precipitó en una terrible guerra civil entre facciones islámicas, guerra que produjo cientos de miles de muertos y millones de desplazados y que continua hasta el día de hoy tras el breve período de estabilidad siniestra del gobierno talibán (primero apoyado y después combatido por Washington).


Expulsados los soviéticos, los veteranos mujahidin -los "afganos"- pasaron a nutrir los grupos islamistas más violentos en todos los rincones del mundo musulmán; con arreglo al principio de Baker, en algunos lugares estos grupos fueron más o menos perseguidos; en otros, en cambio, se convirtieron en aliados indispensables. Como ha dejado demostrado el analista canadiense Chossudovski, fue una insensata, premeditada y criminal combinación estadounidense de "droga" e "islamismo" la que facilitó la desintegración de la URRS y el despedazamiento de la antigua Yugoslavia. Aún después de convertirse en 1997 (en un vuelco sorprendente y casi cinematográfico) en el enemigo oficial número uno de los EEUU, Ben Laden siguió prestando servicios a la CIA en Bosnia y en Kosovo, donde los terroristas del ELK, transfigurados también en "resistentes", fueron entrenados, financiados y apoyados por miembros de la jihad. Como en el caso del petróleo, conocemos ya tan bien esta historia que casi se nos antoja aceptable, pero lo cierto es que, a la espera de esclarecer los obscuros entresijos del 11-S, las víctimas de las Torres Gemelas –como en Madrid las del 11-M- tienen motivos de sobra para exigir responsabilidades a su gobierno.


En todo caso, el análisis ideológico de Fukuyama y Huntington, promocionado mediante dólares y bombas por los sabios de la CIA, responde muy bien a la nueva necesidad de sustituir un Esquema de Autolegitimidad por un Esquema de Seguridad; o, lo que es lo mismo, a la necesidad de disfrazar bajo un nuevo manto ideológico las viejas, monótonas, sucias y banales razones del intervencionismo imperialista.


El "choque de las civilizaciones" es una memez puesta en circulación por gente muy lista que sabe lo que se hace, pero a la que no importa lo que provoque. En nombre del "combate contra el Terror", orientando nuestra atención hacia Afganistán, Iraq y Palestina y reduciendo toda forma de resistencia al formato "islamista" no sólo se obliga a los justamente desesperados a canalizar -y deformar- su rebeldía en el Islam sino que se olvida además lo que Gary Leupp llama los "objetivos 'rojos' en la Guerra contra el Terrorismo". Un mapa del actual intervencionismo estadounidense en el mundo proporciona una visión mucho más amplia en la que el elemento "islámico" se disuelve como un excipiente secundario: la operación Balikatán en Filipinas, no contra Abu Sayyaf, sino contra los maoístas del Nuevo Ejército del Pueblo; la lucha contra el Ejército Popular de Liberación en Nepal; las brutales presiones contra Corea del Norte; la intervención militar en Colombia contra las FARC; las amenazas reiteradas contra Cuba o las operaciones de acoso y derribo contra el gobierno de Chávez en Venezuela.


De la misma manera que en el marco de la Guerra Fría cualquier tentativa de emancipación nacional (Naser, Arbenz, Mossadaq, Sukarno, Allende o incluso el primer Perón) era sin distinción ni matices tachada de "comunista", hoy todas las formas de resistencia antiglobalizadoras y anti-imperialistas son indistintamente tratadas como "terroristas" y como "islámicas" -hasta el punto de tratar de establecer vínculos entre ETA y Al-Qaida o de fantasear con "actividad islamista" en la Triple Frontera sudamericana.


"Terrorismo" borra todas las diferencias entre los rebeldes, a todos los cuales se podrá tratar por igual sin miramientos legales; "Islam" introduce una diferencia -a un nivel engañosamente empírico- que todos creemos poder entender e identificar (aunque sólo sea de un modo "fantástico").



El mundo árabo-musulmán: un callejón sin salida


El "choque de las civilizaciones" es una memez; pero no hay ninguna idea lo suficientemente mema que no se pueda imponer si se tiene mucho dinero, muchas armas y pocos escrúpulos. No hay ninguna memez que no se pueda imponer si se utiliza como medio de persuasión la represión, la pobreza, la humillación, la doble moral, el desprecio, los bombardeos de civiles, el uranio empobrecido y la Biblia.


De Mauritania al Golfo Pérsico, millones de árabes y musulmanes que sólo sentían indiferencia o repugnancia hacia Sadam Hussein experimentaron personalmente como una derrota la caída de Bagdad en abril del 2003. Millones de árabes y musulmanes que se dan la espalda los unos a los otros, que viven en las costuras de sus Estados nacionales despreciando un poco a sus vecinos hermanos, que ignoran o evitan la historia común, están compartiendo la humillación de la invasión y ocupación de Iraq. Por encima de las clases sociales, transversal a las diferencias de fortuna, ideología o formación, la mayor parte de ellos han pasado a fundirse en el dolor de una patria negra, de una Umma cenicienta de fracaso -el enésimo fracaso- y amargura. Editorialistas, analistas políticos, poetas y lectores de a pie, en las páginas de Al-Quds, Al-Hayat o Al-Ahram, han repetido hasta la saciedad, como una letanía, esas dos mismas palabras dotadas de la fuerza paralizadora de un talismán y de la atracción un poco morbosa de una úlcera en el paladar: "decepción" (jibat-amal) y "frustración" (ajbat).


Al igual que en 1991, en un mundo en harapos, dividido, cuarteado a sablazos, sofocado desde dentro y saboteado desde lejos, sin una política común ni una cultura convergente, la "decepción" y la "frustración" constituyen la conciencia inconjurable -terrible y atenazadora- de una unidad de hecho. Por encima de los reconocimientos inmediatos (familiares o sociales) y de las políticas locales, un siglo de traiciones, agresiones directas y mercadeos bajo cuerda -dos, si nos remontamos a la invasión napoleónica de Egipto- ha acabado por sublevar una "diferencia" contrariada y negativa, una identidad a contrapelo que mantiene siempre abierta una herida narcisista colectiva; de los acuerdos Sykes-Picot a la Segunda Intifada y, ahora, a la ocupación de Iraq, la paradoja es que las mismas políticas que han triunfado en separar a los árabes los han unido de la peor manera.


De algún modo, los árabes ya son sólo árabes como consecuencia de su imposibilidad de serlo, contra aquellos que les niegan un sueño que no llegan a soñar, un proyecto que la pobreza y la represión no les permiten proyectar. La historia de un feroz colonialismo inscrito en una decadencia de larga duración -en una zona geo-estratégica crucial para los sucesivos poderes imperiales- ha producido un mundo que se obstina en medir su propio declive, por contraposición a la supremacía occidental, no en términos de justicia e injusticia, de libertad y tiranía, sino en el marco de la oposición victoria/derrota. Una sociedad que constituyó realmente la cima de la civilización, que legó realmente a Occidente los instrumentos de su hegemonía y que constituyó realmente otra vía posible de universalidad e ilustración, sólo sueña hoy, cuando le dejan el hambre y la policía, con la revancha.


El problema es que, por desgracia, en las condiciones actuales sólo los movimientos islamistas, depositarios al mismo tiempo de una conciencia política de corte culturalista, parecen capaces de proporcionársela, aunque sea de forma provisional o anecdótica: de hecho las únicas victorias de las últimas décadas se las deben a Hizbollah en el Líbano y a Jomeini en Irán, fuera ésta del contexto árabe, lo que explica por lo demás la influencia política del chiismo sobre el sunnismo y la restauración de la Umma musulmana como marco identitario tras el fracaso del panarabismo. Los pueblos árabes, divididos, empobrecidos y humillados por fuerzas que malversan y trampean la democracia en su propio provecho; los pueblos árabes, que ni siquiera pueden resarcirse ganando un Campeonato del Mundo de fútbol, sueñan con una victoria, aunque sea pequeñita.


No les importa quién se la procure ni de qué manera. ¿Pero acaso nos importó, acaso nos importa a nosotros? ¿Acaso no usamos nosotros todos los días, para asegurar nuestra propia victoria, de la mentira, el crimen, el golpe de Estado, el asesinato de civiles, el atropello del Derecho, la amenaza del átomo, la mutilación de niños, las bombas de racimo, la eliminación de periodistas? ¿Qué tiene de moralmente escandalosa y de políticamente inexplicable la alegría de millones de árabes, de Mauritania al Golfo Pérsico, el 11 de septiembre del 2001?


Vivimos en un mundo tan perverso, tan ajeno a los conceptos de libertad y de justicia, que el gobierno de los EEUU, como he insistido en estas páginas, también se alegró. Los atentados de Nueva York, fuera o no Ben Laden su autor, y la satisfacción narcisista que produjo en el mundo árabe, constituyen el gran triunfo de la política exterior estadounidense de la post-guerra fría: durante años, y con la inestimable colaboración de Israel, estuvieron preparando ese colofón sangriento mediante la financiación, protección o consentimiento del islamismo radical, desde Hamas en Palestina hasta el desembarco, vía Afganistán, de los muyahidin en Argelia y Egipto.


Como ya hemos dicho, la famosa tesis de Huntington de 1991 sobre la "confrontación de civilizaciones" no era una análisis: era un plan.


Por el camino, literalmente enterradas en las cunetas, quedaron seis décadas de movimientos de liberación nacional, de militancia socialista o marxista y de políticas panarabistas. Incluso el naserismo y el baazismo, en gran parte responsables del fracaso de las izquierdas árabes, fueron ferozmente yugulados en la región, a pesar de haber constituido en Egipto, Siria o Iraq regímenes dictatoriales, como todos los demás: eran demasiado laicos, demasiado "socialistas", demasiado independientes para el Oriente Medio diseñado desde Washington y Tel Aviv. Cualquier cosa antes que el "comunismo". Es decir, cualquier cosa antes que la libertad y la justicia.


Pero, ¿dónde están los pueblos árabes? ¿Por qué no hacen nada? El modelo colonial, y los gobiernos post-coloniales que hoy gobiernan en esta zona del mundo, encajaron sin rechinos en una larguísima tradición antropológica que no es "árabe" sino -digamos- "feudal" (o, si se quiere, "edípica"): la de la recíproca autonomía de la sociedad y la política. Desde la fundación misma de la dinastía omeya, a finales del siglo VII, las sociedades árabes se han protegido extramuros de las instituciones, procurando evitar todo contacto con el Estado, y el Estado, por su parte, ha dejado a la sociedad a su propio cuidado, abandonada a sus propios mecanismos de reproducción autógena, en una anticipación bastante exacta (aunque con más recursos antropológicos) de nuestra novedosísima "gobernanza" capitalista.


En este contexto el islam, como la propia retórica panarabista de los gobiernos, ha tenido sobre todo un efecto adormecedor en las poblaciones, en este cuadro cortado por una estricta divisoria en el que la inmovilidad, tolerancia y calidez sociales siguen siendo directamente proporcionales a la inestabilidad y violencia políticas. De algún modo, las clases dirigentes de nuestras dictaduras amigas pueden disputarse tranquilamente el poder dando siempre por descontado el consentimiento antropológico de sus ciudadanos, a los que sólo excepcionalmente habrá que reprimir con excepcional violencia. ¿Es acaso esto muy "árabe"? El camarero de un café tunecino que hablaba de "los árabes" y al que yo recordaba que la invasión de Iraq era una agresión contra toda la humanidad que en ningún lugar del mundo debía aceptarse, me respondía con resignada sorna: "No; nosotros, como árabes, tenemos que aceptarlo como si fuese la voluntad de Dios... porque si no (y aquí bajaba la voz y hacía un gesto elocuente con la mano) palos".


La frustración y la decepción, allí donde toda vía pública y colectiva de expresión es meticulosamente cegada, refuerza los dispositivos laterales de la supervivencia social. Los únicos países ricos de la zona tienen burguesías incultas, salvajes y egoístas (Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos); las burguesías cultas, por su parte, constituyen minorías complacientes en países devorados por la pobreza, el paro y la represión (Marruecos, Egipto, Líbano, Jordania, Túnez). Las poblaciones, entre tanto, mientras atesoran angustiosamente su pan, reconstruyen sus casas y entierran a sus hijos, esperan. ¿Qué esperan? Esperan al déspota justo en el que subrogar el alivio de su herida narcisista, en la tradición sunnita, o al Imán inspirado que establezca el reino de Dios sobre la tierra, en la tradición chiita. Con las dos excepciones, claro está, de Palestina e Iraq, que son hoy por hoy dos países ocupados por ejércitos extranjeros y en los que el aumento de la resistencia puede generar, a medio plazo, movimientos imprevisibles en todo el contexto árabo-musulmán.


En estas condiciones, sin ningún pasaje de lo privado a lo público, sin vías institucionales de expresión -y en medio de una erosión creciente de los recursos sociales-, de la sociedad a la política se pasa sin transición del "victimismo" (o la indiferencia) a la "violencia". El mundo árabe, sí, se columpia cada vez más entre el "victimismo" y el "terrorismo". Cada vez más "victimismo", cada vez más "terrorismo". Eso es justamente lo que interesa a EEUU e Israel, que confían en seguir sirviendose de -en seguir alimentando- ambos al mismo tiempo. Todas las "terceras vías" son cuidadosamente perseguidas, obstruidas o aniquiladas: los movimientos anti-normalización en Jordania, la desobediencia civil en Palestina (que tanto molesta a Sharon, Arafat y Hamas contemporáneamente) o la Alianza Patriótica Iraquí, que combatió a Sadam Hussein y que combate hoy al ejército estadounidense. Ninguno de ellos merece siquiera una línea en nuestros medios de comunicación, serviles colaboradores en la "construcción" de un mundo árabe que justifique los planes imperialistas estadounidenses e israelíes.


Los EEUU e Israel creen poder mantener indefinidamente esta relación victimismo/terrorismo a su favor y confían en que hoy, como en 1991, bastará el terror impuesto por sus dictaduras amigas para conservar esta siniestra aritmética. Pero desde 1991 han pasado trece años de "frustraciones" y "decepciones". Económicamente, incluyendo a los países del Golfo, el mundo árabe no ha dejado de empobrecerse desde entonces. Políticamente, no ha dejado de endurecerse. Por añadidura, la evolución de la cuestión palestina y ahora de la situación iraquí no han dejado de atizar la úlcera material y simbólica de esta Umma negra y dolorosa: las promesas tras la primera guerra del Golfo condujeron a los claudicantes Acuerdos de Oslo, incumplidos por Israel, y a la segunda Intifada. No estamos en 1991. Hay ya dos países árabes ocupados en Medio Oriente. Que la "frustración" pueda ser ilimitada significa también que su límite es impredecible.


En estas condiciones, el mundo árabe puede estallar en cualquier momento. Es decir, puede estallar lo mismo dentro de cien años, como han calculado los estadounidenses, que mañana. Y si el mundo árabe estalla, cuando estalle -con su herida narcisista y su sueño de revancha, contenido hasta ahora en los fieltros de una sociedad más pacífica y tolerante que la nuestra-, todos quizás tendremos que arrepentirnos de no habernos tomado más en serio la libertad y la justicia y de haber preferido la victoria de nuestra bandera, nuestras multinacionales y nuestros tanques.


Compromiso y resistencia: el mundo de los cien Aznares


Es más fácil fabricar una "guerra de civilizaciones" que controlarla. Es este avispero, ruinoso para todos, el que ha venido a alborotar aún más el PP con su política de apoyo incondicional a la dictadura imperialista de Bush. ¿Cuáles son las ventajas que ha obtenido con ello el Estado español?


-Aznar ha conseguido un puesto de profesor invitado en la Universidad de Georgetown (EEUU).


-Una empresa española ha obtenido un contrato para la "reconstrucción" de Iraq (por 10 millones de euros).


-Algunas multinacionales españolas (BBVA, Banco de Santander, Repsol, Telefónica, Iberdrola) han recolonizado económicamente Latinoamérica.


-La industria armamentística española (CASA, IZAR, SANTA BARBARA, GAMESA) ha vendido algunas armas a Marruecos, Colombia o Israel (entre otros) y ha proporcionado indirectamente a los terroristas del 11-M el explosivo utilizado en los atentados.


-Bush ha prestado su apoyo logístico y moral al imperium de dentro, colaborando -de un modo impreciso- en la lucha contra ETA y cerrando los ojos ante las violaciones de los derechos humanos en el País Vasco.


El precio a pagar por estas ventajas valía sin duda la pena: 200 muertos en el Estado español y miles en Iraq (alguno de ellos obra ya directa de las tropas del Apostol Santiago); el orden jurídico internacional hecho jirones como en vísperas de la Segunda Guerra Mundial; la democracia y el Estado de Derecho pateados y arrinconados por doquier; las condiciones mismas de toda credibilidad desmoronadas; y una guerra mundial de metástasis incontrolables instalada como normalidad de un mundo en el que ningún ejército, ningún gobierno, ningúna dictadura, puede proteger ya ni siquiera a los occidentales. En definitiva: el 11 de marzo cotidiano.


En las últimas páginas de su Largo siglo XX de 1994, Giovanni Arrighi contemplaba "tres posibles resultados de la actual crisis del régimen de acumulación estadounidense para el capitalismo como sistema mundo". Diez años más tarde, todo parece indicar que es el último de los tres, el peor, el más trágico, el más terrible, el que está a punto de hacerse realidad: "Antes de que la humanidad se ahogue (o se deleite) en las mazmorras (o en el paraíso) de un imperio-mundo postcapitalista o en una sociedad de mercado postcapitalista mundial (las dos primeras hipótesis), puede muy bien abrasarse en los horrores (o las glorias) de la intensificación de la violencia que ha acompañado la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría. En este caso, la historia capitalista concluiría instalándose en el caos sistémico en el que se originó hace seiscientos años y que se ha reproducido a una escala cada vez mayor en cada una de sus transiciones. Resulta imposible decir si esto significaría únicamente el fin del capitalismo o el de toda la humanidad".


El alivio de la caída de Aznar es una débil promesa frente a todas las amenazas que él ha contribuido a alimentar. Sólo un proceso constituyente planetario (contrapartida del golpe de Estado planetario del 11-S) podría evitar el cumplimiento de los ominosos pronósticos de Arrighi. La solución, pues, es tan difícil que la tentación de rendirse está inscrita en la gravedad inducida del problema; pero el 13-M debe enseñarnos que, si "la crisis debe surgir del corazón del sistema", los procedimientos de lucha deben imitar modestamente los de la periferia: una movilización popular ininterrumpida, ajustada a las situaciones y a los países, que acepte que una sublevación puede parecer a veces un voto, pero que ningún voto, en la crisis actual de la democracia, puede salvar a los hombres de la destrucción política, moral y material.


Fabricar una "guerra de civilizaciones" es más fácil que controlarla. De lo que se trata es de cerrar la fábrica.

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