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29 de abril de 2004

La degradación de la cultura

Robert Kurz
http://www.krisis.org/ Traducido para Rebelión por M.Alonso

Para la mayoría de las personas, una crítica fundamental de la economía moderna es una locura tan grande como intentar atravesar un mundo en lugar de utilizar la puerta. Vista a distancia, esta economía parece tener las características de la locura. Pero dado que las leyes de la máquina capitalista se han internalizado universalmente, se las acepta como norma; porque cuando los locos son mayoría, la locura se convierte en un deber del ciudadano. Bajo esta presión, la crítica social huye del campo de la economía en busca de una alternativa. Esto es precisamente lo que hace la izquierda cuando se toca el nervio de las condiciones económicas prevalentes: que a uno se le recuerde su rendición incondicional, duele. Por eso la izquierda, desarmada teóricamente, prefiere renunciar a cualquier crítica seria del mercado, del dinero y del fetichismo de las mercancías como un "economismo" que personalmente ha dejado atrás hace ya mucho tiempo.

¿Y de qué se puede ocupar una crítica social cuando ha dejado de ser lo que es? En el pasado, el principal campo de evasión era la política.  Entonces se pretendía la regulación de los asuntos públicos (y también hasta la economía) del sistema de la producción de mercancías por los miembros de la sociedad de las instituciones políticas con un "discurso de razón". De esto no queda casi nada. La política hace ya mucho que ha sido degradada a un espacio funcional secundario y dependiente de la economía totalitaria. Hoy en día, el fin capitalista ha engullido lo que antes se tomaba como "relativa independencia" de la política. Por esto la crítica social en la era posmoderna huye de la política para refugiarse en la cultura, al igual que antes huyera de la economía a la política. La izquierda posmoderna se ha convertido en "culturalista" en todos los respectos y con toda seriedad cree que de algún modo puede actuar "subversivamente" en el campo del arte, la cultura de masas, los medios y la teoría sobre los medios, habiendo renunciado ya prácticamente a la crítica de la economía capitalista, la cual solamente menciona sin interés alguno.

Pero no importa a qué área de la sociedad haya huido la izquierda ahora-sin-crítica-económica; la economía capitalista está siempre ahí, sonriéndole despreciativamente. Es verdad, "que esta economía se ha divorciado de la sociedad", como la crítica social francesa Viviane Forrester escribe en su libro sobre "el terror de la economía". Sin embargo, el capitalismo ha olvidado a la sociedad solamente en un sentido, pero sin soltarla de sus garras. Por contrario, la economía totalitaria vigila celosamente para que nada ocurra en la Tierra que no sirva directamente el objetivo de maximizar beneficios. Actualmente esto también es aplicable a la cultura.

Así pues, la economía moderna se ha desarrollado igualmente que el ámbito capitalista de la producción industrial se segregó del resto de las áreas de la vida. La cultura, en su sentido más amplio, parecía una actividad "extra económica" y  fue proscrita al "tiempo de recreo" como una negación de la vida. Ésta fue la primera degradación de la cultura de la era moderna: en cierto modo, la cultura se transformó en una actividad no seria y en un mero "tiempo residual". Pero tan pronto como el capitalismo controló completamente la reproducción material de la sociedad, su insaciable apetito se extendió a los elementos inmateriales de la vida y comenzó a coleccionar una por una las actividades segregadas y las subyugó lo más posible a su inherente racionalidad administrativa comercial. Esa fue la segunda degradación de la cultura: su industrialización.

Lo que Marx dijo sobre la transformación de la producción material ha vuelto a repetirse, pues la cultura también ha experimentado la transición de la sumisión "formal" a la sumisión "real" al capital: al principio, los activos culturales estaban asimilados sólo formalmente; más tarde, fueron asimilados como objetos reales para comprar y vender según la lógica del dinero. De esta forma, a lo largo del siglo XX su creación fue basándose cada vez más en los principios capitalistas. El capital ya no se conformaba únicamente con ser el agente de circulación de activos culturales; ahora quería controlar la totalidad del proceso de reproducción. Arte y cultura de masas, ciencia y deportes, religión y erotismo fueron produciéndose cada vez más como automóviles, frigoríficos o detergente. Con ello, los productores de cultura perdieron su "relativa independencia".  De igual manera, la producción de canciones y novelas, de descubrimientos científicos y reflexiones teóricas, de películas, pinturas y sinfonías, y de eventos deportivos y espirituales pudo tener lugar únicamente como una producción de capital (plusvalía). Esta fue la tercera degradación de la cultura.

En cualquier caso, en la era de prosperidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial existió en muchos países una especie de parachoques social que protegía parcialmente la cultura del completo control de la economía. Este era el mecanismo de la redistribución keynesiana. El "gasto deficitario" no alimentó solamente el armamento militar y el estado de bienestar, sino también ciertas áreas de la cultura. Naturalmente, el subsidio estatal a la cultura imponía severas restricciones a su independencia. Sin embargo, el control estatal podía ser debatido públicamente y no era completo. En casos de conflicto se podía hablar con los funcionarios y los políticos, pero no con impersonales "leyes de mercado". Con la mediación de la "cultura keynesiana", una parte de la producción cultural sólo dependía indirectamente de la lógica del dinero. Mientras la radio y la televisión, las universidades y las galerías de arte y los proyectos artísticos y teóricos estuvieron dirigidos o subvencionados por el Estado, no tenían que someterse directamente a los criterios de administración comercial y existía cierto margen para la reflexión crítica, para experimentos y para las artes menores "no lucrativas" sin la amenaza de sanciones económicas inmediatas.

Esta situación cambió completamente a partir de la nueva crisis mundial y la correspondiente campaña neoliberal. El final de los socialismos y del keynesianismo tenía que golpear más fuerte a la cultura, pues los primeros fondos que se eliminaron fueron naturalmente sus subvenciones. Los Estados no se desarmaron militarmente, sino culturalmente. En una pequeña franja del espectro cultural, la esponsorización privada ha sustituido al apoyo estatal. Ya no hay derechos civiles sociales y culturales, sólo el capricho caritativo de los capitalistas ganadores. Los productores de cultura están sometidos a los antojos de los potentados del mercado y de los mandarines ejecutivos, a cuyas aburridas esposas sirven de hobby y pasatiempo. Como bufones de la Edad Media, tienen que llevar los logos y los emblemas de sus amos para ser útiles en el marketing.

Para la inmensa mayoría de las artes, las ciencias y las actividades culturales de todo tipo ya no es posible ni la humillante y arbitraria esponsorización. Actualmente y más que nunca, éstas están sometidos directamente y sin filtros a los mecanismos de mercado. Los institutos científicos y los clubes deportivos deben cotizar en bolsa; las universidades y los teatros deben producir beneficios, y la literatura y la filosofía deben someterse a las leyes de la producción en masa. Sólo obtiene acceso a los grandes canales de distribución aquello que es útil como oferta para las actividades recreativas de los siervos del mercado. Correspondientemente, se producen grotescas distorsiones en la remuneración de prestaciones culturales: mientras que los futbolistas y tenistas obtienen ingresos millonarios, los productores de crítica, reflexión, descripción e interpretación del mundo se hunden en el status de limpiadores de letrinas. Mediante la racionalización capitalista de los medios, en el área de la cultura se aplican ahora  sueldos bajos, "outsourcing" y una administración comercial de traficantes de esclavos.

El resultado sólo puede ser la destrucción del contenido cualitativo de la cultura. Los trabajadores de la cultura y los medios --mal pagados, socialmente degradados y perseguidos-- engendran productos miserables, cosa que también ocurre en muchas otras áreas. Asimismo, la brutal reducción del tiempo de preparación y la distribución masiva del mercado, elimina de manera eficaz todo lo que intente ser algo más que un producto unidireccional. Dentro de poco, en las librerías encontraremos solamente libros de pornografía blnada, de cocina y libros esotéricos para la depravada clase media. La incontrolada lógica del dinero también deja un rastro de destrucción en las ciencias. Dado que por su naturaleza no pueden ser mercantilizadas, las ciencias humanas y sociales están siendo extirpadas de los servicios académicos como malas hierbas. Sobretodo los centros de historia están siendo sometidos a "asaltos" y a la retención de fondos, porque un mercado sin historia ya no necesita un pasado. La ciencia puramente natural ha sustituido a la filosofía y a la teoría social para siempre; pero también las ciencias naturales y la investigación pura están siendo devaluadas y estranguladas a favor de la investigación comisionada del capital.

Estas tendencias llevan necesariamente al colapso de la subjetividad cultural en la sociedad burguesa, igual que ya devaluaron la subjetividad política y religiosa sin poner nada nuevo en su lugar. Actualmente ni siquiera un conservador "es" conservador; él o ella y no es más que alguien que vende conservadurismo, como otros venden puré de tomate o cordones para zapatos. El actual papa ortodoxo ha resultado ser un especialista de marketing para eventos religiosos. Dentro de poco las iglesias y las sectas irán a la bolsa y entrarán en el mercado de religiones de acuerdo con los principios del valor accionario. Los artistas y los científicos están experimentando ahora la misma desecación de su personalidad. Si se apresuran a obedecer pensando y produciendo a priori en las categorías de lo vendible, habrán perdido su causa y sólo podrán ratificar su rendición, como el exitoso artista Baselitz hizo en un momento de verdad cuando volvió sus pinturas contra a la pared.

El "economismo" no es un pensamiento errado y desequilibrado de marxistas incorregibles; es la tendencia real del orden social dominante hacia el totalitarismo económico, que quizás está propinando su último y más violento coletazo. Sin embargo, el capitalismo no puede existir por sí mismo. Al igual que la industria farmacéutica perderá su última fuente de conocimiento y material cuando las selvas ecuatoriales hayan sido finalmente destruidas, la industria de la cultura se agostará cuando no pueda succionar más subculturas creativas, porque la independencia comercial de las masas finalmente tiene que cesar. Una sociedad compuesta únicamente de pintura, inoportunos vendedores y que no puede reflexionar sobre sí misma, se hace social y económicamente intolerable.

Para los productores de cultura, arte y pensamiento reflexivo ya no hay razones para ponerse al servicio de capitalismo tiránico y miserable pagador y buscar halagos en el desierto de mercado posmoderno. Si les queda un resto de dignidad, tendrán que emigrar interiormente y al menos declarar secretamente su irreconciliable hostilidad a las leyes de mercado. Esta intención no debe ser pasiva; tiene que ser activa. Quizá los productores de cultura deben formar grupos, cooperativas, gremios, clubes y asociaciones anticapitalistas que no quieran vender nada, sino tan sólo salvar los recursos culturales de la barbarie del mercado de. Uniéndose a los injuriados y malmirados y dando expresión cultural a la miseria social en lugar de hacer coro con el feliz positivismo de los optimistas posmoderno, esta intención tiene que distinguirse especialmente del conservadurismo cultural, que es siempre conforme con el poder.

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