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2 de mayo de 2004

Teatro no adecuado para la línea editorial de la fundación

Antonio José Quesada Sánchez
Rebelión

No quiero agobiar a nadie con mi vida, pero a veces me ocurren historias que creo que pueden ser graciosas o interesantes para narrar. Y por eso me gusta contarlas a mis amigos, para que vean las cosas que me suceden a veces.

Hacía tiempo que una editorial me decía que no a algo. Hacía tiempo que no ofrecía nada a una editorial, también es verdad, así que difícilmente me iban a negar lo que no pedía (porque ofrecer trabajos a algunas editoriales se parece mucho a mendigar en la puerta de una iglesia). Y claro, decidí ofrecer algo otra vez. En esta ocasión, un par de cositas de teatro.

Todo comenzó cuando me llegó un mensaje al correo electrónico (no sé cómo tenían mi dirección, igual alguna vez me metí en esa página web; sinceramente no lo recuerdo). Una fundación navarra convoca un concurso de poesía, y no tenía mala pinta. Me interesó tanto que visité la página web de la fundación y no tenía mal aspecto aquello. Hice un recorrido veloz, nada profundo, pero comprobé que tenía una colección donde publicaba poemarios (los ganadores del concurso que me anunciaban en el correo), pero también publicaban obras de teatro de personas desconocidas. Interesante, pensé: podría reunir las dos obritas de teatro que tengo escritas, que creo sinceramente que no están mal aunque sean novatas, y quedaría un librito apañado. Perfecta idea. Les escribo comentándoles la cuestión y me responden que sí, que se las mande para que estudien su posible publicación conjunta.

El miércoles 28 de abril las remito, a eso de la una y algo de la tarde. Bueno, pensé, pues con un poco de suerte, en una semana o así sabré si están interesados en la publicación, porque tampoco es exageradamente largo lo que les remito como para que tarden mucho más tiempo (no llega, en total, a ochenta páginas).

Nada de eso: esa misma tarde, a eso de las cuatro y algo, recibo el siguiente mensaje de correo electrónico (copio literalmente, pues lo imprimí para guardarlo como medalla inversa, de derrota, de ésas que me gusta guardar para mi museo personal). “Estimado Antonio: tus textos no nos parecen adecuados para la línea editorial que mantiene esta Fundación. Recibe un cordial saludo”. Sin más.

Madre mía, qué velocidad: en unas horas analizaron los dos textos y comprobaron que aquello era demasiado para ellos. Y uno, que en el fondo sigue siendo un caballero (aunque descreído: la vida te hace así; no hay que asimilar a Sartre para llegar al existencialismo, sino que basta con abrir bien los ojos y mirar a tu alrededor), agradeció su velocidad con toda la cortesía que fue capaz de atesorar: “Estimados amigos: agradezco su gentileza y su velocidad al valorar la cuestión. Reciban un cordial saludo.”. Y así terminó mi relación con estas gentes.

En fin, que se ve que las críticas de mis textos eran demasiado para ellos. Que este cotarro en que vivimos no está tan mal, que los rojos y sus aliados malévolos se quejan por nada. Que esto es un Edén o así, y la Fundación quiere que así conste.

Lo primero que hice fue volver a la página web, a ver si era capaz de enterarme de la línea editorial que mantenía la Fundación. Esperaba encontrar a algún santo o santa como inspirador de esta fundación, a alguna secta integrista financiando literatura políticamente correcta, a algún obispado dando tijeretazos a los francotiradores de la crítica o con una colección que llevara el nombre de Pemán, por ejemplo. Todo ello me haría explicarme la situación. Nada de eso encontré: una página algo cursi dedicada a una poetisa y nada más. ¡Qué raro!.

Y me llevé mi teatro a casa, otra vez. Pero como la vida no es sino un teatro, tampoco me importa mucho. Prefiero esmerarme con mi papel, que alguno tendré.

¡Ah!, lo que no haré será participar en el concurso de poesía que me ofertaban, claro. No quiero perder mi tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que mis textos no parecen adecuados para la línea editorial que mantiene esta Fundación. Antes de que me censuren ellos, me autocensuro yo. Como aseguran los carniceros de vacas negras, “más cornás da el hambre”.

Que sigan su camino, que yo seguiré el mío. O como dirían ellos, “cada uno en su casa, y Dios en la de todos”. Amén.

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