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11 de mayo de 2004

Rostropóvich: música para un golpe de Estado

Higinio Polo
Rebelión

La apertura de ese polémico acontecimiento que es el Fòrum 2004 barcelonés, nos anuncia, para el próximo 14 de mayo, la actuación de Mstislav Rostropóvich, el violonchelista y director de orquesta ruso, que dirigirá el Réquiem de Guerra, de Benjamin Britten, con la OBC, la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya, en L’Auditori de Barcelona. La obra de Britten, como es sabido, es un hermoso alegato contra la guerra, y su audición ha sido bien recibida en la ciudad. También ha sido elogiada la personalidad de Rostropóvich, recordando su condición de disidente en el socialismo real y su pasión en la defensa de la tolerancia, la paz y la libertad. Es lógico que presentaran así a Rostropóvich los medios de comunicación: ese es el retrato canónico del violonchelista ruso.

Escribo estas líneas, sin embargo, para romper el coro de los elogios, y no ya porque Rostropóvich se haya revelado como un consumado asistente de los salones del poder, como un inmejorable ornato de la arquitectura torturada que el liberalismo está imponiendo al mundo, sino por la ¿sorprendente? hipocresía que el violonchelista ha mostrado en la defensa de esa libertad tan amada, esa misma libertad por la que vibraba en el Moscú del socialismo real.

No es nada nuevo decir que Rostropóvich es un hombre acostumbrado a frecuentar los pasillos del poder. Aquí, en España, el 23 de marzo de 2003, Juan Carlos de Borbón le imponía la encomienda de la Orden de Carlos III, en una ceremonia en La Zarzuela, y, anteriormente, le habían entregado el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia, entre otros honores. Tal vez merece ese trato. El 3 de noviembre de 2003, Rostropóvich celebraba un concierto en el Teatro Real de Madrid, al que no faltaron los miembros de la casa real española, tan preocupados, como se sabe, por el fomento de las artes y el bienestar de la población. Y había visitado no hacía mucho España para participar en otro concierto, con su amiga Sofía de Grecia, la esposa de Juan Carlos de Borbón. De manera que nuestro violonchelista, tan estimado por los Borbones y otros mandatarios, tan sensible, tan preocupado por la belleza, por las líneas sublimes de la vida y del destino, por la elocuencia y la gracia ante el gesto delicado de quienes entregan su vida al arte, ha permanecido siempre al amparo de los poderosos.

Ahora, Mstislav Rostropóvich, también aparece con frecuencia llegando a Moscú. Es bien recibido. Y cree merecerlo. No es para menos: cuando, a finales de septiembre de 1993, Yeltsin dio el golpe de Estado en Rusia, disolviendo el poder legislativo y judicial y asumiendo dictatorialmente, como Hitler en 1933, todos los poderes del Estado, Rostropóvich no dudó en apoyar el recurso a la fuerza. Incluso el Tribunal Constitucional ruso proclamó que el golpe era ilegal, pero eso no importaba mucho a Yeltsin, ni a sus militares, ni a Washington. Tampoco a Rostropóvich.

En los días que transcurrieron entre el golpe de Estado, el 21 de septiembre, y el aplastamiento de la resistencia, hubo momentos difíciles. La resistencia del Parlamento a su disolución, y el rechazo popular al golpe de Estado de Yeltsin, que sacó a decenas de miles de manifestantes a las calles de Moscú, pareció poner en peligro la vía golpista al capitalismo que había emprendido Yelstin, con el acuerdo de Washington. En ese momento, con los golpistas embarrancados en una comprometedora situación, el Kremlin decidió —entre otras cosas— convocar una manifestación “democrática” de apoyo a Yeltsin, que apenas consiguió agrupar a tres mil personas. Al mismo tiempo, organizó un concierto al aire libre, en la Plaza Roja, para —como ha explicado el entonces corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Rafael Poch— “ponerle música al golpe”.

Ahí, en ese crítico momento, encontramos a nuestro violonchelista. En el concierto, participaron la Orquesta Nacional Sinfónica de Estados Unidos, y nuestro sublime Rostropóvich, junto con un coro de Washington, todos llegados especialmente desde la patria de Clinton, para apoyar al siniestro matarife Yeltsin. En la plaza, sin que los que apoyaban al golpista se avergonzasen, un poeta declamó ante el público versos que sentenciaban: “Nuestro Boris Yeltsin, nuestro Dios ruso…”. Mientras se estaba incubando la matanza que culminaría los días siguientes, todos, también Rostropóvich, oyeron con agrado cómo se calificaba a un grotesco borracho, Yeltsin, de Mesías.

Pocos días después, el presidente ruso, a quien con tanta emoción saludada y apoyaba Rostropóvich, ordenaba bombardear el Parlamento, provocando una matanza en Moscú que no tenía precedentes en Europa, al menos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial: desde Washington, el presidente Clinton, consultado por Yeltsin, había dado luz verde al inicio de la matanza. Ese bombardeo del Parlamento ruso, el 4 de octubre de 1993, dejará horrorizado al mundo, y las decenas y decenas de cadáveres de manifestantes moscovitas, que quedarán rígidos para siempre en los alrededores del Parlamento o de la televisión, serán el testimonio de que el nuevo poder yeltsinista no iba a detenerse ante nada en su camino hacia el capitalismo. El violonchelista ruso no pronunciará nunca una sola palabra de condena.

Desde luego, no parece criticable que Rostropóvich, en su día, protestase contra los abusos de Breznev, pero algo cruje cuando vemos su actuación posterior. Como tantos otros, estaba incómodo en el socialismo real pero se descubrió feliz en los salones del capitalismo, ese sistema que sigue sembrado la muerte y la destrucción en el planeta, ahora, en Afganistán o en Iraq, también, en los territorios de la antigua Unión Soviética, aunque las noticias lleguen amortiguadas hasta los artistas exquisitos y Rostropóvich descubra que no dispone de tiempo para preocuparse de esos asuntos.

Como ocurrió con Céline, con Pound, con Drieu la Rochelle, que unieron su talento como escritores a la maquinaria de guerra del fascismo, comprobamos que la calidad de la música de Rostropovich no está reñida con su apoyo a un sanguinario golpe de Estado que sancionó la pavorosa y larga noche rusa hacia el capitalismo. El violonchelista y director de orquesta ruso, perdido en los sublimes senderos de la música, dando testimonio de melancolía entre las sombras, se prestó a poner música al golpe de Estado yeltsinista, sin volver siquiera la mirada hacia las víctimas que se amontonaban sobre los adoquines ensangrentados de Moscú.

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