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18 de mayo de 2004

El corrosivo arranque de esta película corta el aliento por la tenebrosa información que recibimos y su poderosa estética

Panfletaria, esclarecedora y necesaria

Carlos Boyero
Rebelión


CANNES.- El sistema le tiene miedo a ese hombre gordo, mordaz, hipercrítico, atrevido, a contracorriente de lo establecido llamado Michael Moore. Vocifera tanto y es tan doberman en sus investigaciones sobre el horror y las mentiras oficiales que acaba haciéndose oír.

Hollywood detesta a la mosca cojonera que eligió el género documental para lanzar un discurso letal sobre los cánceres, la violencia, los abusos y las corrupciones que bendice cotidianamente la política de su país, pero es una industria y una institución tan prepotente que se permitió el lujo de contradecirse premiando con el Oscar a la feroz Bowling for Columbine, permitiendo que su creador montara la bronca al recogerlo, con la consecuente repercusión internacional para su incisivo panfleto filmado y su transgresora actitud.

Moore vuelve a la carga contra los acorazados molinos de viento en Fahrenheit 9/11. Paradójicamente alguien tan conservador como Mel Gibson se había comprometido a producirla y la siempre reaccionaria casa Disney a distribuirla en todo el mundo.

El primero se retiró del proyecto cuando vio que el tema era heavy y los tutores de los dibujos animados más empalagosos se niegan a distribuirla intuyendo que la Casa Blanca les puede cortar las orejas y las subvenciones estatales si se atreven a difundir el subversivo mensaje de la mosca cojonera.

¿Y qué hace tan temible a este documental sobre el lamentable estado de las cosas en el corazón del Imperio? Pues que el suicida Moore le sigue la pista con imágenes y datos escalofriantes a los turbios y sabrosos negocios que relacionan ancestralmente a la familia del justiciero Bush con la del ogro Bin Laden. También a las intolerables mentiras, coartadas y manipulaciones que utilizó Estados Unidos para invadir Irak y robarle su petróleo.

Moore demuestra que todo es grotesco y falaz en el discurso del hombre más poderoso del planeta («¿Por qué no se busca un trabajo de verdad para ganarse la vida?», le contesta el desdeñoso Bush al hurón Moore cuando éste intenta preguntarle algo) pero eso no impide que sus decisiones guerreras en nombre de la especulación sean terroríficas para esa utopía de la paz mundial.

El corrosivo arranque de esta película corta el aliento. Por la tenebrosa información que recibimos y la poderosa estética con la que está transmitida. Después hay desfallecimiento narrativo, tendencia a la obviedad y tentaciones por parte del autor de lanzar dardos fáciles buscando el regocijo de los progresistas y entregados receptores.

En la parte final vuelve el ritmo y la tensión. Oímos los desgarrados testimonios de los civiles que han sido masacrados en Irak y piden venganza a Alá. Vemos el llanto y la protesta desesperada delante de la Casa Blanca de una norteamericana que bendecía antes la guerra pero que ha tenido la mala suerte de que su hijo muriera en ella. Vemos a los marines intentando reclutar futuras víctimas entre el lumpen, los parias, los negros y los hispanos más pobres. Vemos cómo los congresistas y los senadores salen corriendo o se descojonan cuando Moore les interroga sobre la posibilidad y el deseo de que sus hijos y sus hijas vayan a combatir por la sagrada patria.

Vemos a los hombres de negocios comentando con tanta desvergüenza como pragmatismo que Irak puede ser una mina, que allí hay pasta a espuertas para todos. Y agradecemos la lucidez ante la siniestra movida que nos proporciona Michael Moore pero ese feroz retrato de la impunidad del poder también nos provoca dolor y náuseas.

Sabemos que ninguna película tiene capacidad para detener la barbarie, pero consuela un poco que alguien siga gritando desde una pantalla contra ella con tanta inteligencia, sarcasmo, personalidad y mala leche.

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