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19 de mayo de 2004

Un capítulo extra de “Estúpidos hombres blancos”, gratis en la red

"Los tristes y sórdidos paraderos de Ben Cheney y Ben Bush"

Michael Moore
http://www.bowlingforcolumbine.com/library/stupid.php traducido para Rebelión BelÚn Martos


Primera parte:
"¿Qué tiene que ver un mechero Bic de 99 centavos con la guerra de Bush contra el terrorismo?”

El 22 de septiembre de 2001, sólo 11 días después de los ataques terroristas en Nueva York y en Arlington, tuve que volar. En realidad, me habría gustado haber volado el 11 de septiembre, y de hecho tenía un billete para el vuelo de las 3 de la tarde con American Airlines desde Los Ángeles hasta el aeropuerto John F. Kennedy. Como todos sabemos, dicho vuelo nunca llegó a tener lugar, porque horas antes cuatro vuelos desde y hacia California, dos con la American y dos con la United, fueron secuestrados como parte de una misión suicida coordinada para atacar el World Trade Center de la ciudad de Nueva York, y también el Pentágono, en las afueras de Washington, DC.

Retenidos en Los Ángeles, mi mujer y yo (estábamos allí para recoger un premio Emmy por nuestra serie “La horrible verdad”) fuimos despertados aquella mañana por la madre de mi esposa, que nos llamó desde Flint a las 6.15 de la mañana, hora de Los Ángeles. Yo contesté al teléfono y le oí decir que “Nueva York ha sido atacado, Nueva York está en guerra.” Recuerdo que pensé que “menuda novedad”, pero ella sugirió que encendiéramos inmediatamente la tele. Busqué el control remoto y encendí el televisor de nuestra habitación de hotel. Y ahí estaba aquello. Las Torres Gemelas estaban ardiendo y nubes de humo negro ascendían hacia el cielo.

"Bueno," pensé, “un incendio tremendo.” Pero en ese momento emitieron unas imágenes que parecían una repetición de lo ocurrido 15 minutos antes: un segundo avión impactaba en la torre sur. No era un accidente. Intenté telefonear a nuestra hija a Nueva York. Las líneas de teléfono no permitían hacer llamadas. Intentamos llamar a nuestra amiga Joanne Doroshow, que trabaja a unas manzanas de las torres. De nuevo, las líneas estaban bloqueadas.

Dentro de mí empezó a instalarse un pánico espantoso. Por fin, logré contactar con la oficina de Joanne. Una mujer desesperada me contestó. Pregunté si Joanne estaba allí. “¡NO!”, me gritó, “¡no está aquí! ¡Nos tenemos que ir! ¡Dios mío!” Dejó caer el teléfono y escuché un fuerte estruendo, como de un tren. Mi mujer me dijo: “Mira la tele.” Lo hice, y vi desde L.A. lo que estaba escuchando por el teléfono: el derrumbe de la torre sur.

Aún tendrían que pasar cuatro horas hasta que consiguiéramos hablar con nuestra hija, y siete horas hasta que Joanne nos telefoneó, desde su apartamento, y a salvo (se había refugiado en un edificio justo cuando la nube de escombros arrasaba las calles).

Esa noche, mientras veíamos las imágenes repetidas en la televisión, el teletipo comenzó a dar los nombres de algunos de los muertos que viajaban en los aviones. En la pantalla apareció el nombre de William Weems. Un amigo nuestro nos confirmó a la mañana siguiente que se trataba, en efecto, de Bill Weems, un productor de Boston con el que hacía poco habíamos grabado algunos sketches humorísticos metiéndonos con las compañías tabaqueras. Bill estaba en el avión que viajaba de Boston a Los Ángeles. Murió cuando el aparato, que viajaba a 586 millas por hora, se estrelló contra la torre sur. Dejaba mujer y una hija de 7 años. Me encontraba increíblemente horrorizado.

Se cerraron los aeropuertos, y los aviones permanecían en tierra. Encontré un monovolumen de alquiler por 1.700 dólares, y 43 horas más tarde salíamos del hotel en el océano Pacífico y comenzábamos un viaje de 2.990 millas de vuelta a nuestro apartamento en la ciudad de Nueva York.

En alguna parte cerca de la ciudad de Oklahoma, los aeropuertos estaban abiertos de nuevo, pero mi mujer no quiso dejar el monovolumen para tomar un avión. Así que continuamos viajando hasta casa durante unos días, en el primer viaje que ambos hacíamos conduciendo de costa a costa. Mereció la pena, a pesar de todo, porque nos dio la oportunidad de calibrar las reacciones de ciudadanos corrientes, sobre todo cuando pasamos por la tierra de Bush y de Ashcroft (los correos electrónicos que escribí –y leí- entonces desde la carretera están disponibles en mi sitio web).

El 22 de septiembre no tuve otra elección que volver a montar en un avión. Tenía una cita para dar una conferencia en San Antonio. En el aeropuerto me encontré con una lista –precipitadamente redactada- de las cosas que NO podía llevar a bordo del avión. La lista era larga y extraña, y en ella se incluían los siguientes objetos prohibidos:

Armas de fuego. (Obviamente)
Armas blancas. (Ídem)
Cutters.
(Desde luego, estaba justificado.)
Cortauñas. (¿Cómo?)
Agujas de hacer punto. (¿Eh?)
Agujas de crochet. (Bueno, ¡un momento!)
Agujas de coser.
Mazas.
Aspiradoras de hojas. (Vale, esto es personal.)
Sacacorchos.
Abrecartas.
Hielo seco.

La lista seguía y seguía. Muchos de los objetos tenían sentido. No estaba muy seguro de si los terroristas hacían edredones en sus momentos de ocio, y supongo que se me debe haber pasado el incidente terrorista en el que algunos pobres bastardos metieron hielo seco de tapadillo a bordo de un avión (¿intentaban quizá mantener fríos sus polos hasta que los comieran, y utilizar entonces los palitos para atacar a alguien?).

La verdad es que estaba un poco asustado por volar tan cerca del 11 de septiembre, y supongo que no había manera de volar con un arma para protegerme. Así que cogí mi pelota de béisbol firmada por los Yankees de Nueva York, que el alcalde Giuliani me había regalado en “TV Nation”, la metí dentro de un calcetín, y hala: Con eso podía atizarle en la cabeza a alguien, para que se echase una cabezadita. Nota para los putos terroristas en ciernes: Si intentáis algo en un vuelo en el que yo viaje, os pienso sacudir con la firma de Clemens. Eso, o la peste de mi asqueroso calcetín, acabará con vosotros.

Aunque entonces me sentí seguro con mi arma casera, mientras seguía viajando durante el otoño y el invierno siguientes, NO me sentía seguro al ser recibido en el aeropuerto por guerreros domingueros de la Guardia Nacional enarbolando M-16 descargados como los que venden en el departamento de “necesidades especiales” del hipermercado que visito de vez en cuando.

Además, me dí cuenta de algo extraño. El tipo que tenía delante, mientras vaciaba sus bolsillos en la bandejita de plástico para pasar por la máquina de rayos x, sacó su mechero de gas y sus cerillas, los puso en la bandeja, y los recuperó por el otro lado, todo a la vista de los de seguridad. Al principio pensé que se trataba de un error, hasta que revisé la lista de cosas prohibidas, y vi que los mecheros de gas y las cerillas NO estaban allí.

Y así llegó el 22 de diciembre de 2001. Richard Reid, en un vuelo de American Airlines de París a Miami, intentó prender fuego a sus zapatos, que según la policía contenían un explosivo plástico que, si algunos pasajeros y auxiliares de vuelo no hubieran actuado con la suficiente rapidez para impedirlo, podría haber hecho volar el avión entero. Pero no pudo incendiar sus zapatos lo suficientemente rápido, así que todo el mundo sobrevivió al incidente.

Estaba convencido de que tras este suceso tan anómalo seguro que se prohibirían los encendedores y las cerillas. Pero, cuando comencé la gira de presentación de mi libro en febrero, allí estaban, los pasajeros con sus encendedores Bic y sus cajas de cerillas. Le pregunté a toda la gente de seguridad que me encontré por qué se permitía a esas personas que llevasen objetos que podían iniciar un fuego a bordo del avión, sobre todo después del incidente Reid. Nadie, ni una persona con autoridad o que llevase un arma automática descargada, pudo o quiso darme una respuesta.

Mi simple pregunta era ésta: Si está prohibido fumar en todos los vuelos, ¿para qué narices quiere nadie encendedores o cerillas a 30 mil pies de altura (mientras yo estoy a su lado)?

¿Y por qué el único artilugio que ha sido utilizado para intentar volar un avión desde el 11 de septiembre no aparece en la lista de cosas prohibidas? Nadie ha utilizado cortauñas para matar a nadie en los vuelos de la Jet Blue, y a nadie le ha dado por aspirar hojas en el pasillo durante el vuelo de la Delta a Tupelo.

PERO UN DESCEREBRADO SÍ UTILIZÓ SU MECHERO DE GAS PARA INTENTAR ASESINAR A 200 PERSONAS EN EL VUELO 63 DE AMERICAN AIRLINES. Y tal cosa no obligó a la Administración de Bush a hacer algo al respecto.

Comencé haciendo esta pregunta a las audiencias de mi gira de promoción. Conseguí una respuesta en una noche oscura y lluviosa en Arlington, Virginia, en la librería Ollsson, a un par de millas del Pentágono. Después de preguntar sobre los mecheros Bic en mi charla ante el público, me senté a firmar ejemplares a la gente que esperaba haciendo cola. Un joven caminó hacia la mesa, se presentó, y en voz tan baja que nadie más podía escucharlo, me dijo lo siguiente:

"Trabajo en la Hill. Los encendedores de gas estaban en la lista original preparada por la FAA [Administración Aérea Federal] y enviada a la Casa Blanca para su aprobación. La industria del tabaco presionó a la Administración de Bush para que quitase los mecheros y las cerillas de la lista de objetos prohibidos. Sus clientes (adictos) están, naturalmente, desesperados por encenderse un cigarro tan pronto como aterrizan y, ¿por qué deberían ser castigados simplemente para mantener la seguridad en el espacio aéreo?”

Los mecheros y las cerillas fueron apartados de la lista de objetos prohibidos.

Estaba atónito. Sabía que tenía que haber alguna extraña razón por la cual estos objetos tan obvios no habían sido prohibidos. ¿Podía la pandilla de Bush ser tan descaradamente desdeñosa con la seguridad pública? ¿Cómo podían hacer tal cosa, y al mismo tiempo publicar semanalmente avisos sobre la “próxima amenaza terrorista”? ¿De verdad habían antepuesto las peticiones de las grandes empresas tabaqueras a las vidas de la gente?

Sí, claro, la respuesta siempre ha sido SÍ, pero entonces, en momentos de crisis nacional, ¡entonces NO, con tan poco tiempo trascurrido desde el peor asesinato masivo local en la historia de los Estados Unidos!

A menos que no hubiera ninguna amenaza.

La dura, y difícil, pregunta debe plantearse: ¿La “Guerra contra el terrorismo” es una estratagema, una pócima para desviar la atención de la ciudadanía?

Aceptemos, si me lo permitís por un momento, que con todo lo verdaderamente despreciable que es George W. Bush, no sea tan vil como para que sus concesiones a sus amigos tabaqueros cuesten otro 11 de septiembre. Una vez concedido este extremo –y por una vez os pido que lo hagáis-, una vez admitido que ni siquiera él permitiría el asesinato de cientos de miles de personas más sólo para que los adictos al Marlboro puedan encenderse un cigarro en la terminal, entonces se abre otra posibilidad. Y esa posibilidad, amigos míos, conduce a la caja de Pandora del 11 de septiembre, una lata de gusanos podridos que mucha gente en los medios de comunicación teme abrir por temor a lo que pueda salir de ella, o a lo lejos que llegue el hedor.

¿Qué pasa si no hay “amenaza terrorista”? ¿Qué pasa si Bush y compañía necesitan desesperadamente esa “amenaza terrorista” más que ninguna otra cosa, para llevar a cabo la destrucción sistemática que han iniciado contra la Constitución de los E.U.A. y la buena gente de su país que cree en las libertades y los derechos que la Constitución garantiza?

¿Queréis que lleguemos a eso?

Yo sí. He complimentado una formulario del Acta de Libertad de Información para la FAA, pidiéndoles que me hagan llegar todos los documentos concernientes a las decisiones que se tomaron para permitir que haya mortales encendedores de gas y cajas de cerillas a bordo de los aviones de pasajeros. No soy optimista sobre los resultados que pueda conseguir.

Y, afrontémoslo, esto es sólo una pieza del rompecabezas. Se trata, en el fondo, de un encendedor Bic de 99 centavos. Pero, amigos, tengo que deciros que a lo largo de los años he encontrado que son PRECISAMENTE las “pequeñas historias” y los “detalles sin importancia” los que contienen las verdades MAYORES. Quizá mi intento por averiguar el porqué de la libertad de encenderse un cigarro a bordo de un avión lleno de ciudadanos sea fundamental por sí mismo, para que mi vida no sea en vano. O tal vez, sólo tal vez, sea el comienzo del final de esta administración corrupta y banal de artistas de la Contra que desvergonzadamente utilizan la muerte de aquel día de septiembre como tapadera para hacer lo que les viene en gana.

Creo que ya es hora de que todos nos plantemos y empecemos a preguntar ciertas cosas acerca de estos individuos. La idea de fondo: El que sea capaz de robar unas elecciones y colarse en NUESTRA Casa Blanca sin respaldo popular alguno es, francamente –tristemente- capaz de hacer cualquier cosa...

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