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21 de mayo de 2004

Luis Sepúlveda

Ignacio Ramonet
La Voz de Galicia

UNA EXTRAÑA -y pertinente- pregunta (¿Existe América Latina?) fue el tema de una mesa redonda en la que participé la semana pasada en el marco del VII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Esta cita de escritores, traductores, libreros y agentes literarios especializados en literatura iberoamericana contó este año con la participación de 45 editoriales de las Américas a las que se unieron editoriales de España y de cinco países europeos. Y con la presencia de escritores de la talla de Mempo Giardinelli, Sealtiel Alatriste o José Manuel Fajardo.

El certamen se ha convertido en la más importante feria del libro latinoamericano de Europa. Fue una idea del novelista chileno Luis Sepúlveda, su director actual, a quien yo admiro más que a cualquier otro por ser el autor de ese libro conmovedor y mágico: Un viejo que leía novelas de amor (Tusquets, Barcelona, 1993), impecable defensa de la Amazonia, traducido a 46 lenguas y del que se han vendido ya más de 10 millones de ejemplares por todo el mundo.

Acudí a Gijón para conocerlo en persona, aunque ya sabía su increíble itinerario. Nacido en 1949, Luis Sepúlveda, tras escuchar al gran Pablo Neruda en un mitin a la edad de 13 años, se afilió a las Juventudes Comunistas. Fue escolta de Salvador Allende y cerca de éste se hallaba el 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado del general Pinochet. Detenido y torturado, pasó años en las cárceles de las que salió gracias a Amnesty International. Se fue a vivir luego a la jungla ecuatoriana, marco de la intriga de su Viejo que leía novelas de amor . Después se alistó con los sandinistas y participó en 1979 en la toma de Managua en el seno de la Brigada Simón Bolívar. Se vino a Europa y, como sabe alemán, fue corresponsal del semanario Der Spiegel en la guerra de Angola. Se hizo luego camionero de la ruta Fráncfort-Estambul, también fue activista de Greenpeace y militante activo contra la caza de ballenas.

Le pregunto: ¿Cómo vino a Gijón? «Estuve aquí una vez en 1982 -me dice- y me enamoré de sus gentes y de esta ciudad, de su luz y de su aire color perla como el del Pacífico chileno. Entonces yo vivía en París. Me prometí que en cuanto pudiera me vendría a vivir aquí. Y lo conseguí. Un día pude realizar mi sueño, instalarme con mi familia en Gijón. Para seguir ligado a América Latina tuve idea de este salón. Y cada mes de mayo, esta ciudad asturiana se convierte en una cita obligada de los escritores iberoamericanos. Ya es una etapa importante en el circuito de las grandes ferias literarias como Buenos Aires, Guadalajara, Bogotá y São Paulo».

Le cuento en qué circunstancias descubrí su Viejo que leía novelas de amor . Fue bajo las lluvias, en La Realidad, en plena selva de los indios lacandones de Chiapas. Me habían dicho que era el libro preferido del subcomandante Marcos. Y mientras en la noche esperaba a que el líder de los zapatistas acudiese a nuestra cita para entablar unas largas conversaciones, empecé casi por obligación profesional a leerlo bajo el ruido de tambor enloquecido de una lluvia infinita que golpeaba con furia el techo metálico de la iglesia abandonada en la que me cobijaba. Tiritando de frío tropical en el columpio de mi hamaca, amenazado por ejércitos de mosquitos implacables y hordas de rampantes insectos, a la luz espectral de una linterna de bolsillo, descubrí, estupefacto por la similitud de nuestras respectivas situaciones, el mundo imaginario de Luis Sepúlveda: el entrañable viejo Antonio José Bolívar Proaño y su lluvioso pueblo remoto, El Idilio, perdido en la región amazónica de los indios shuar¿ Nunca más los iba a olvidar.

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