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22 de mayo de 2004

Saramago: literatura y política

Andrés Sorel
La Razón

Escribimos sobre la última novela de José Saramago, «Ensayo sobre la lucidez», no realizando una crítica literaria sino analizando una obra que mueve a la reflexión política, que nos conduce, en estos comienzos del siglo XXI, al diálogo sobre los problemas fundamentales que afectan al desarrollo de la sociedad mundial y al protagonismo del pensamiento y la reflexión en el orden de la organización y funcionamiento de las comunidades humanas. Desde el arranque de la obra, Saramago, con ese peculiar y acertado estilo de puntuación que no separa diálogos de descripciones para acentuar así el ritmo del relato, nos muestra una constante de su literatura, de nuestro propio tiempo histórico: la perversión del lenguaje, la manipulación de la palabra por los políticos, la virtualidad que la ha descarnado destruyendo sus implicaciones conceptuales, sus posibles referencias éticas o ideológicas, la deformación de los significantes que brotaron un día para definir nuevas formas organizativas de la sociedad, de las relaciones humanas, de la organización política, social y cultural de los pueblos y estados y que han quedado, por su uso, desgaste y perversión, vaciados de contenido.

Sombras grotescas de lo que un día fueron tal vez avances revolucionarios o al menos progresistas. Y una vez más la atmósfera, ocurre que la mayor parte de las obras de Saramago nos recuerda a Kafka: no existe culpa, todos somos culpables, no existe ley, todos estamos acusados, no hay castillo al que se pueda acceder cuando además se sabe que es una aventura imposible, no son inocentes las elecciones políticas, todo es farsa, simulación, y los ciudadanos que con ellas comulgan periódicamente están igualmente mediatizados, su voluntad de poco sirve, nadie ha de cambiar con su voto, con la alternancia del poder: simulación frente a realismo, fatalismo frente a libertad. Y la urna vacía, impoluta y sin electores que se contempla al inicio, como la que después ofrece el desafiante reto de la blancura es precisamente el rechazo a ese fraude, a la pasividad de quienes, como ciegos, se mueven bajo las leyes que organizan y controlan el mercado del mundo.

El ejercicio novelístico de Saramago nos conduce a una explosión ideológica en la que el humor corrosivo y subversivo se aúna a un lenguaje descarnadamente clásico para convertir su obra en una sátira picaresca, en una novela cervantina del siglo XXI.

Cuando la ciudad ha sido abandonada, entra en una espiral terrible, algo que siempre ha estado en la mente de quienes creemos en el pensamiento diverso como cauce de la libertad, en las dudas frente al dogmatismo de los representantes de Dios en la Tierra, convirtiéndose en un terrible alegato no usual a los escritores de nuestro tiempo. Fábula literaria heredera de Rabelais, Jonathan Swift, William Godwin, Kafka, Orwell. Nos habla de la perversión del poder en las democracias, capaz de recurrir al más atroz de los terrorismos, a los asesinatos indiscriminados o selectivos, para imponer la razón de Estado. Una pesadilla que lleva al lector, de la literatura a la náusea.

El narrador da cuenta de la construcción de su propia novela, la despoja de elementos accesorios, quiere golpear, herir las conciencias de quienes han decidido sumergirse en ella. Pronto enlaza y da continuidad a una de sus anteriores novelas: «Ensayo sobre la ceguera», y aquí distiende, parodiando las novelas de espías, su acta acusatoria, para dentro de este juego metaliterario buscar un personaje «positivo» que ha de salir del propio poder denunciado para que tenga mayor alcance moral. Sólo los pesimistas pueden ser utópicos. Se despiertan en la desesperanza y luchan desde el amanecer por atravesar el bosque de sombras en busca de la aurora.

El escritor es un hombre que convierte la palabra en dedo acusador: derechos humanos, libertades, participación ciudadana: he ahí el fraude. Sólo existe un poder, el económico. Éste mueve los fusiles y los votos.

En medio una patraña: partidos, Parlamento, Gobierno, instituciones. El comunista libertario Saramago está lanzando su dedo acusador sobre un Occidente herido de agotamiento y miseria moral. La población ciega del no pensamiento reflexiona de pronto: ¿Quién me ha dicho que tengo que actuar así? Los caminos de la rebelión son siempre el único futuro que existe. Nada escapa a la lúcida indagación política-literaria de Saramago.

Ni los engranajes del sistema político, ni las leyes que dictan los gobiernos, ni el sistema de partidos ¬que denominándose de derechas o de izquierdas contribuyen a su sostén¬ ni los conceptos sagrados ¬democracia, terrorismo, información, ley¬ dejan de estar manipulados. Y especialmente lúcido es el papel jugado aquí por los medios de comunicación. ¿Alegoría, fábula? No. Un extraordinario ensayo político escrito bajo una forma novelada. O una extraordinaria novela que es además un lúcido ensayo político.

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