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22 de mayo de 2004

Un diálogo con Federico Andahazi

Novela y tango

Alejandro Cavalli
Nota escrita para Suplemento Cultural del periódico mexicano Excélisor
( http://www.suplementoarena.com )

Con El anatomista, una original novela histórica sobre el clítoris, premio de la Fundación Fortabat (1996), el escritor argentino Federico Andahazi consiguió entrar en un derrotero de éxitos en ventas con títulos como Las piadosas (1998), El Príncipe (2000) y El secreto de los flamencos (2002). Tanto en América como en Europa y Asia sus libros han sido traducidos y publicados. Errante en la sombra (2004), su nueva novela, editada por Alfaguara, es una historia musical que transcurre, con el tango como escenario, en la Buenos Aires mítica.

¿Cómo surgió la idea de esta novela y en qué discos y libros te inspiraste para escribirla?

Para ir un poco a la prehistoria del libro, la idea original era la de tomar los tangos más representativos de la historia del tango y extraer los personajes que se van repitiendo en ellos; es decir, una serie de arquetipos que yo quería justamente rescatar y darles monólogos, como Ivonne, por ejemplo. Y luego, a través de un argumento articulador de todos estos tangos, lograr una unidad. Ahora bien, puesto a trabajar en esto notaba que o bien el argumento se rebelaba a la letra de los tangos o bien los tangos no querían saber nada con ese argumento que estaba tratando de plasmar. Entonces decidí tomar al toro por las astas y componer yo mismo los tangos para esta novela, que iban a ser a su vez los parlamentos de los personajes. Una vez que empecé a escribir, pensé: le voy a dar una dinámica que quizá a nosotros nos es familiar por el cine, esto de que los personajes dialoguen el tango o que las canciones sirvan como monólogos exteriores.

Quiero decir que esto que nosotros vimos en el cine, que los personajes dialoguen cantando, reflexionen cantando, es un terreno poco transitado en la literatura. Todo el tiempo tuve la sensación de pisar un terreno virgen, de abrir paso a golpe de machete. Lo que escuché mientras escribía esta historia fue a Gardel, necesitaba escuchar su voz, pero también escuché y vi varias veces All that jazz, la película musical de Bob Fosse, para instalarme un poco en esta estructura. En el género teatral tienes que escribir los parlamentos y todo el resto queda librado un poco a la imaginación del lector. En una novela hay que poner la banda musical y dirigir a los personajes, hacer la escenografía, la puesta en escena. Digamos que es un trabajo sumamente agotador, pero muy gratificante.

Comentabas que escuchaste mucho a Carlos Gardel durante la escritura de la novela, ¿qué opinaría él, que también es uno de los personajes de la novela, de tu texto?

Yo traté de ser muy cuidadoso con el tema y, es más, todo el tiempo tenía presente esta pregunta. Si lees todas las biografías de Gardel -hay varias y la mejor, paradójicamente, es de un inglés-, vas a encontrarte con muchos datos objetivos más o menos verificables, pero la verdad es que hay muy poco de la vida íntima de él. El tipo cuidó muy celosamente su vida privada. Yo no intenté tampoco ir más allá, quise respetar este silencio voluntario de Gardel. Sin embargo, sí me permití un recurso literario: no contar directamente infidencias de la vida de él, sino darle un pie al lector para que éste saque sus propias conclusiones.

Es curioso, porque recién ahora empiezo a tomar contacto con los lectores. Hace unos días volví de Córdoba, de dar una charla, y es interesante escuchar las diferentes lecturas que se hacen del libro. Un lector me decía que lo había hecho pensar mal de Gardel. Las conjeturas y las hipótesis corren a cargo del lector. Decir lo menos posible y que el lector imagine lo más posible. Honestamente, no sé qué opinaría Gardel, pero lo que sí sé es que la historia está escrita con muchísimo respeto. Es más, te diría que estoy un poco harto de esos textos que intentan dar luz sobre supuestas zonas oscuras de su vida. La novela transita sobre sus sombras, de ahí el título del texto, ya que es una novela por momentos oscura... Preferí mantener esos lados oscuros de Gardel. En este trabajo tuve la impresión de haber hecho una suerte de amistad con Gardel, por supuesto desde un lado completamente unilateral, porque no había alternativa.

¿Qué placer te da contar historias?

Cierta confrontación con la verdad. El terreno de la literatura es justamente la mentira. Yo siempre definí a la literatura en oposición a la filosofía, es decir, la filosofía viene a develarnos supuestamente algo del orden de la Verdad con mayúscula, creo que la literatura, por el contrario, va por el camino de la mentira, toca estas paredes de la verdad construida por la ciencia y por la filosofía, pero no para apuntalarlas, sino para derribarlas. Creo que ese es el placer que uno siente al escribir: establecer este acuerdo con el lector en donde uno miente y el lector se deja engañar amablemente. Eso me pasa a mí también como lector y creo que es lo más grato, algo así como establecer una partida de ajedrez con el escritor.

A propósito, ¿qué escritores contemporáneos ubicas como tus referentes inmediatos?

Hay muchos, podría hacer una larga lista... De Argentina, escritores de mi generación te podría nombrar a Pablo de Santis, me gusta mucho lo que hace, o a Leopoldo Brizuela, por ejemplo. De América Latina, al colombiano Jorge Franco o a Jorge Volpi, los siento muy cercano a ambos.

¿Cómo es tu proceso de creación y cuál es tu relación con la página en blanco?

Tengo una relación sumamente amistosa con la página en blanco, no me genera ningún tipo de angustia, al contrario, es un desafío por delante que me produce mucho placer, creo que tengo más problemas con la página escrita, es decir, mientras está la página en blanco tienes la esperanza de llenarla con alguna dignidad, y después, cuando esa página está llena y relees ese texto, añoras un poco la página en blanco. En cuanto al proceso de escritura,

escribo mucho afuera de mi casa, en bares, sobre todo en los viajes, siempre trato de hacerme un tiempo para escribir, y por más que intente escribir en computadora siempre termino haciéndolo en algún cuaderno viejo, me resulta más cómodo a la hora de las correcciones cuando quiero volcar todo al formato digital.

¿Qué de tu niñez sientes que se inmiscuye en tu obra?

Yo creo que nunca dejamos de ser unos niños, que queremos disimular esa condición. Yo por lo menos lo puedo probar claramente: cuando era chico coleccionaba autitos y motos de juguete y hoy, si pudiera, coleccionaría coches y motos grandes. Creo que finalmente nuestra biografía adulta es una reproducción a escala de nuestra infancia. Freud decía que la única patria es nuestra niñez. De modo que trato de ocultarme detrás de mis personajes y que se note lo menos posible mi presencia. Uno siempre trata de esconder este sujeto infantil que es, en definitiva, el dueño de la literatura.

[Y hoy puede realizar Andahazi ese sueño infantil. Me refiero a sus cuatro o cinco motos antiguas de colección que están en el garaje por donde uno entra a su casa, en Núñez, un barrio pintoresco que todavía conserva algunas calles empedradas con adoquines, a minutos del centro de la Ciudad de Buenos Aires.]

¿Cuál es tu postura ante la crítica?

Me es completamente indiferente, no leo las críticas ni cuando son buenas ni cuando son malas. Sí creo en la crítica de los lectores, que para mí es crítica muy sabia, suelen ser muy severos. Tenía mucha incertidumbre de cómo iba a reaccionar el lector ante este libro, porque siento que siempre están esperando de mi otro Anatomista. Cuando escribí El Príncipe se indignaron directamente, no me lo perdonaron y, para mi asombro, los lectores a los que más les ha gustado El Anatomista me han hecho comentarios muy elogiosos sobre esta novela.

¿Y de tu entorno más allegado, cuál es la crítica que más valoras?

De mi entorno, mi mujer es la primera en leer los textos, es más, cuando estoy escribiendo, yo siempre necesito tener una imagen auditiva, y ella tiene la inmensa paciencia de sentarse y leerme los textos en voz alta. Me dice que disfruta mucho eso y le quiero creer, porque si no sería un tormento, pobre. Y después la crítica de mi madre, que es una lectora impecable.

¿Te preocupa qué lugar ocupan tus libros en las listas de ventas?

Honestamente, no, y es más, creo que no se deberían publicar esas listas, es una forma de presionar a los lectores y a los autores.

¿Cuál es para ti la relación entre la literatura seria y el best-seller? ¿Te sientes al lado de, por ejemplo, Paulo Cohelo?

No, la verdad es que no somos comparables. Me causaba mucha gracia que en Italia, por ejemplo, encontraban cierto parecido fonético entre El Anatomista y El Alquimista. Y no recuerdo en qué diario italiano hacían una comparación humorística de los dos libros. Por suerte, definían mi libro por oposición. Yo, francamente, creo que ni siquiera me defino por oposición a Cohelo.

¿A qué escritores te hubiese gustado conocer personalmente?

A Borges, sin duda, era un provocador en serio, el tipo sabía bien quién lo estaba entrevistando, pese a que siempre parecía no tener noción de nada. Le gustaba descolocar a su interlocutor. Ese es el Borges que me gusta, por ejemplo, el que cuando opina de política, lo hace desde el lado literario. Me hubiese encantado poder hablar con él. Rulfo también es otro a quien me hubiese encantado conocer.

A propósito, ¿cómo te ubicas políticamente? ¿Crees que los intelectuales deben estar comprometidos con una causa?

Hace poco tiempo tuve la oportunidad de tener un encuentro con el ex canciller de Francia, Domi-nique de Villepin,
hoy ministro del Interior, y poeta por añadidura, un tipo que está construyendo un poco el destino de la política universal
, y en esa charla le comentaba lo que para mí es loable, y me refiero a la postura de Francia respecto al conflicto con Irak, esa postura pacifista, aquellos grandes ideales del humanismo. Le decía también que me parecería sumamente loable que Francia aplique esos mismos criterios humanistas para las empresas que manejan aquí en el país, por ejemplo, el agua. A veces presionan por un aumento de tarifas... que parece algo accesorio, digamos, pero que para mí equivale a un bombardeo. Eso deja gente fuera del sistema, deja gente muerta. Esa es mi postura política. Opinar cuando puedo, como me parece. No creo en las declamaciones del tipo ‘yo soy un tipo de izquierda' o ‘yo soy un tipo de derecha'. Me parece que la política se ejerce con determinada práctica, con determinada consecuencia. En este pequeño diálogo con Villepin no quería dejar pasar cuál era mi punto de vista en una cuestión central que tiene que ver con el Estado y lo privado.

Cuando te entrevisté por tu novela El príncipe, ante mi pregunta de cómo te situabas entre los escritores argentinos dijiste sentir una actitud miserable de ciertos escritores, como Sábato, por ejemplo. Comentabas que él cada vez que tiene un micrófono cerca le dice a la gente que lea a los clásicos, como si él (Sábato) no fuera contemporáneo. Y que sentías de parte de u na camarilla literaria una especie de desdén y ostracismo hacia los nuevos escritores.
¿Sigues pensando lo mismo?


La verdad es que hoy por hoy es un tema que me tiene sin cuidado.

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