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27 de mayo de 2004

La compasion segun Alba Rico

Angeles Diez Rodríguez
Rebelión

El texto de Santiago Alba es un texto perturbador y complejo que no puede dejarnos indiferentes en nuestro pasar por este mundo de locos en el que hemos dejado, sin darnos cuenta, de entender por qué sentimos lo que sentimos o por qué no entendemos lo que sentimos, o por qué hemos dejado de sentir, por ejemplo, compasión.

Lo cierto es que, a pesar de la multiplicidad de sugerencias que nos provoca este texto, el término compasión que nos es familiar está mucho más próximo a la concepción cristiana del mundo occidental que aparece al final del texto de Santiago Alba que a la infinidad de posibilidades que despliega la historia de Psaménito o la de Du. Es por eso que, a pesar de la aventura que emprende Santiago Alba, y nosotros con él, por los vericuetos de nuestra imaginación, no acabamos de sentirnos tranquilos con un término que, a menudo, se confunde con el de piedad, que él mismo utiliza como sinónimo. Piedad es un término muy frecuente en la Edad Media y proveniente de pietas, “sentimiento que hace aceptar y cumplir todos los deberes para con los dioses, los padres y los familiares, la patria, los amigos, etc...”; por ese orden, los deberes para con los dioses se imponen sobre los deberes de nuestros allegados, más aún de nuestros semejantes, lo que nos puede llevar a matar a aquellos que no son de los nuestros, por piedad o por deber. De modo que, el término piedad se me antoja demasiado apegado a la idea de deber, de aceptación y sometimiento de máximas que no están a nuestro alcance. Pero ¿por qué piedad y compasión pueden ser intercambiables? ¿Por qué los usa el autor de esa manera? Quizá porque la compasión hunde sus raíces en el padecer y en el soportar, en un “passivus” que nos lleva a aceptar lo inevitable, a sufrirlo y soportarlo como un destino divino aunque se trate del dolor ajeno con el que nos llegamos a identificar. La compasión es el “sufrir con” o “padecer con otro” también es un término muy utilizado en el medievo. No sé si es lo mismo que ponerse en el lugar del otro o sólo sufrir con él y también con él soportar el dolor pacientemente o pasivamente, o cristianamente.

La imaginería cristiana ha sido siempre muy hábil en la ilustración de estos sentimientos, baste visitar el museo de escultura policromada de Valladolid para tener una idea precisa de lo que digo. La pasión y La piedad, siempre mujeres, son rostros que me han atormentado desde la infancia. Nunca entendí por qué esas Vírgenes me producían tanta rabia y miedo. Años más tarde supe que era su quietud, aquellas lágrimas de cristal detenido, aquellas manos extendidas hacia el hijo o hacia su pecho horadado por puñales, pero sobre todo, ellas postradas, en esa actitud resignada: ¿por qué no lo mataban? ¿Por qué lo dejaban sufrir así? Ellas siguen siendo en mi memoria la representación de la piedad, de la compasión y del sufrimiento que compartimos pero que no somos capaces de parar. Qué diferentes son esas Vírgenes de las madres palestinas que a las puertas de la Iglesia de la Natividad pedían a sus hijos que no se rindieran.

La compasión no suele mover a la acción o si lo hace es una acción limitada, paliativa, demasiado particular para ser eficaz, poco comprometedora con lo colectivo, como Santiago Alba señala en partes de su texto. Por eso es tan cara a los cristianos. La salida lógica es la ayuda y la caridad, el perdón aleatorio; nunca la revolución, o la pasión transformadora que se impone desde la fuerza que da la voluntad y el amor por los demás. La mayor parte de los ejemplos-historias que utiliza el autor para desmenuzar el concepto son paralizantes en su desenlace colectivo, o simplemente no lo tienen; excepción hecha de “Los siete samurais”, pero no comparto esa interpretación final en la que se establece una relación entre compasión-autocompasión-dignidad. Pero eso lo comentaré más tarde.

La compasión movilizadora creo que sólo es posible desde su conexión con la razón o la voluntad, que sólo se produce entre iguales y que se traduce en sentimiento colectivo. Deja entonces de ser compasión y se transforma en juicio. Esquilo nos muestra cómo Orestes, dejándose llevar por la ley de los antiguos dioses, mata a su madre a pesar de que ésta le reclama una y otra vez compasión. Las súplicas de Clitemnestra no nos llevan a compadecernos pero sí el conocer las razones de su crimen: la infidelidad de Agamenón, su abandono de los deberes conyugales, su sufrimiento…Pero antes de que lleguemos a ponernos en su lugar y perdonarla, Esquilo nos devuelve a la vida penosa de Orestes, su errar por el mundo, su dolor por tener que cumplir el oráculo y salvar así a su patria. El crimen de Clitemnestra es horrible, y ¿qué es más horrible? -se pregunta Clitemnestra-, que una mujer mate a su esposo por el que no corre sangre de sus venas, o que un hijo mate a su madre? Frente a la compasión que solicita Orestes de Atenea, la diosa convoca a los mejores ciudadanos para que sean jueces del crimen y éstos absuelven a Orestes trastornando el orden el mundo con nuevas leyes pues absuelven al criminal. Con este perdón que no es fruto de la compasión sino del diálogo, del juicio, la exposición de razones, se rompe el círculo vicioso de las emociones y los deberes, de la venganza; se rompe el destino impuesto por las erinias que se convertirán en euménides y el destino estará en manos de los hombres (¿la democracia?) Y les corresponderá a ellos, en igualdad de condiciones, decidir sobre el deber o lo que el deber sea para evitar el caos o la anarquía; así el coro cierra: “Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas contiendas, sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas alegrías y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres el remedio de sus mayores infortunios”.

De modo que, el ejercicio de la compasión tiene lugar en situaciones de desigualdad, cuando es el poderoso quien la ejerce, y de resignación pasiva cuando se da del otro lado de la cadena.

En cualquier caso, el valor heurístico de la compasión en tanto que sentimiento que nos descubre la distancia media, me parece muy interesante. Es verdad que demasiado dolor mata como también demasiado amor y que la distancia media que la compasión establece puede ser un punto de partida necesario, aunque no suficiente. La maldad absoluta y la bondad sin límites son esos dos extremos que Italo Calvino nos mostró idénticos en su Conde de Mediado señalando la proximidad de los límites donde todo se parece a todo, y dejamos de percibir distinción alguna. Nos morimos, mental o físicamente cuando la identificación es plena en situaciones de máximo sufrimiento. La distancia media nos coloca en situación de decidir o de hacer, porque la identidad total con el que sufre no es posible, se trata de una identificación. Puede que no sea tanto “ponerse en el lugar del otro como un “reconocer al otro” como igual. Tal vez esté relacionado con la supervivencia de la especie como tal; no del individuo sino de la especie. Hugo Zemelman, epistemólogo de origen chileno, decía que hoy hemos perdido la capacidad de sobrevivir como especie y sólo somos capaces de sobrevivir como individuos, lo cual, puede acabar con la humanidad. En este sentido ¿la compasión “extiende el orden del parentesco” como señala Santiago Alba? No lo creo, la compasión se ha convertido en un acto reflejo individual, que a lo sumo pude llevar a salvar al grupo –la familia, los amigos, los vecinos, el país-. Hoy se dan casos de compasión individual que no distorsionan el funcionamiento cotidiano que no transforman nuestras vidas: “podría ser yo, pero no lo soy, así que procura no serlo” Nada nos permite relacionar el dolor ajeno con nuestro modo de vida, de modo que todas las salidas son individuales o de grupo pero no de especie. Los textos de J.L Arsuaga e I. Martínez sobre los descubrimientos paleontológicos de Atapuerca son un gran hallazgo también desde el punto de vista de la psicología y creo que podrían aportar perspectivas interesantes a las reflexiones de Santiago Alba de carácter más filosóficas. Por ejemplo, en “La especie elegida”, apuntan la hipótesis de que la extinción de los neardenthales no estaría relacionada con ninguna inferioridad física, cerebral o de adaptación al medio, sino con su incapacidad, respecto al antecesor, para reconocer a los miembros de su especie (reconocían a los miembros de su grupo pero no a los grupos de su misma especie) En otro texto sobre la biología evolutiva llamado “Del átomo a la mente” nos relatan varios experimentos en relación al comportamiento del hombre moderno para determinar sobre qué parámetros se establecen las identidades. Llegan a varias conclusiones interesantes, por ejemplo, que hay un componente genético en la agresividad humana especialmente frente al extraño, que la jerarquía y el territorio son, como en otras especies de animales sociales, fuente de conflicto, pero que eso no quiere decir que la agresión sea inevitable ya que tenemos una gran cantidad de mecanismos inhibidores. Igual que disponemos de gestos agresivos, contamos con gestos de saludo y apaciguamiento que bloquean al agresor (aunque estos mecanismos no funcionan a distancia, por ejemplo, cuando se mata de forma que no se llega a ver a la víctima) De modo que la convivencia y el conocimiento mutuo resultan el único medio para romper la igualdad extraño=enemigo. También nos dicen que de las tres categorías primarias por las que establecemos clasificaciones de los extraños cuando nos encontramos con ellos por primera vez (el sexo, la edad y la raza), a diferencia de lo que se pensaba hasta hace poco, la raza, no sería una categoría de diferenciación. Las categorías de clasificación primaria serían una especie de pre-programa mental que nos permite establecer indicadores para predecir el comportamiento de un extraño y por tanto son fundamentales para adaptarnos al medio. Después de muchos experimentos se ha demostrado que es el grupo y no la raza la categoría que codifica. La pertenencia a un grupo parece que tiene más fuerza a la hora de catalogar a las personas desconocidas que cualquier diferencia de color o rasgos raciales. Podemos imaginar las consecuencias que tienen estos descubrimientos. Si el cerebro funciona estableciendo identidades de grupo como una medida de supervivencia ¿qué ocurre cuando alguien/es pueden decidir y construir las identidades de grupo, convencernos de con quién vamos en el juego de la vida?

Ahondando más en las distancias medias creo que sería interesante que las relacionáramos con la posibilidad de “diferenciar”. Aprendemos a ver cuando construimos los objetos en su distancia media, cuando los dotamos de profundidad, cuando dejan de estar próximos a nuestros ojos, es decir, todos apelotonados, pegados a nuestra nariz de niños que se tropiezan con todo. En las distancias largas todos los objetos se convierten en paisaje. Es nuestra forma de percibir que está muy relacionada con nuestra forma de sentir. También en esa distancia media las cosas se pueden “tocar”, están al alcance de la mano, no de la boca del niño para el que la madre y el alimento es una misma cosa. Cuando aprendemos a ver, en la distancia media, las cosas “parecen cerca”, por tanto posibles o, tal vez, reales. Es una tontería, pero en las gafas progresivas lo más difícil de conseguir son las distancias medias; en la óptica, ajustar esa distancia media es complicadísimo porque se trata de un corredor muy estrecho por el que te tienes que acostumbrar a mirar, fuera de esa franja estrecha como dos embudos que se unen por el centro todo se ve distorsionado y uno se marea. El dolor de los niños tropezándose con todo les enseña las distancias, les sitúa respecto a todo lo que les rodea. También ahí, el dolor del aprendizaje.

Otro rasgo que merecería la pena desarrollar es si la compasión en tanto que distancia media puede impulsar la acción y qué tipo de acción. La interpretación de W. Benjamín merecería más desarrollo. Si la compasión es esa franja estrecha, de diferenciación y matices, compleja, que puede desembocar en reacciones no previstas, liberadoras pero sólo en la medida en que, a través de esas figuras interpuestas encontramos la salida del dolor, es decir, en la medida en que, según W. Benjamín, se convierten en detonantes; habría que tratar de escudriñar sobre las condiciones en que pueden llegar a serlo.

En este sentido, me interesa mucho el tema de la saturación porque es una estrategia que impide que ninguna figura o imagen susceptible de ser convertida en detonante lo haga. Diariamente recibimos miles de imágenes sin darnos cuenta, no somos capaces de procesarlas pero no son sino la contaminación paralizante de nuestra imaginación; decenas de niños golosos que saborean los crispis cubiertos de chocolate del desayuno junto con niños mocosos que nos reclamas dinero para las ONG. Unos al lado de otros, sin que medie ni tiempo ni espacio, las ofertas del Corte Inglés junto con los últimos bombardeos en Bagdad que oímos diariamente en la radio. Kenzaburo Oé – no recuerdo dónde- nos habla sobre la estrategia del “retardo”, hacer que todo vaya más despacio, resistirnos a la aceleración y construir de nuevo el tiempo que es también construir nuevos espacios –los cafés, las plazas, los parques-. Pensemos en las colas que provocan los ancianos en los bancos o en los centros comerciales. Ellos se imponen porque adaptan el tiempo a sus límites, no tienen nunca prisa, logran que nos desesperemos con ellos cuando en realidad deberíamos alegrarnos de sentir de nuevo el tiempo, de sentirnos y sentirlos a ellos. No es suficiente, como dice Santiago Alba en algún momento, tener delante de los ojos el sufrimiento. Debe interesarnos, ciertamente, pero hoy se ha roto la coherencia, la lógica que nos permitía relacionar lo que uno ve con lo que siente, o lo que siente con lo que ve. Y si por casualidad, somos capaces de restablecer la relación entre la causa y el efecto, en general, se nos ofrecen las salidas para canalizar nuestros impulsos compasivos (invertir en productos solidarios, comercio justo, ONG, ayuda humanitaria) todo ello sin movernos de casa. Así que, como él mismo señala el principio de individualización y su vulnerabilidad a la manipulación de las imágenes hacen de la compasión un sentimiento poco eficaz –en términos de transformación- Por tanto, las imágenes que aparecen en los televisores de los niños de Palestina, el Congo, Argentina…, no nos “producen sentimentalismo sin piedad”, nos producen una forma de piedad para la que se nos ofrece un alivio, el único al alcance de la mano del compasivo occidental: el dinero. Se cierra así el círculo de la completa mercantilización de los sentimientos.

La relación que establece Santiago Alba entre compasión, autocompasión y dignidad a través de la interpretación de “Los siete samurais” me parece excelente aunque no comparto la interpretación final. Según él, la dignidad de Kikuxo se transfiere a la comunidad de campesinos en armas, que descubren que tienen los medios objetivos –la dignidad común- para defenderse, sin necesidad de esperar a un samurai bueno”. Mi interpretación es otra. La escena final en la que los dos samurais supervivientes (el jovencito se quedará en la aldea con los campesinos) contemplan las tumbas de sus compañeros en lo alto y mirando a los campesinos dice “hemos sido derrotados. Los ganadores son los campesinos” Es una reflexión cruel y demoledora, en donde la inteligencia de Kambei (creo que es el nombre el primer samurai), su solidaridad y sacrificio, sólo les sitúa en el mismo lugar que los ladrones, ser derrotados, esta vez, por el tesón y la compasión que fueron capaces de provocar en ellos los campesinos. No se trata del triunfo de los campesinos porque ha surgido la “dignidad” entre ellos, porque han descubierto que tienen fuerza para defenderse ellos solos. Por el contrario, los samurais son los que han descubierto que los campesinos son capaces de sobrevivir poniendo en marcha todo tipo de estrategias de supervivencia: mover a la compasión, la seducción de sus mujeres incluso tomar las armas. La dignidad, la grandeza no se desprende de esa imagen final de los campesinos con el lomo doblado reproduciendo de nuevo el ciclo eterno de la siembra y la cosecha. Por lo menos esa impresión me dio a mi. Tal vez, habría que desarrollar más la contraposición “autocompasión-dignidad” como elementos antagónicos. No se si es posible que se produzca ese tránsito. Se me vienen a la memoria relatos de los cubanos cuando fueron a luchar a Angola. Contaban con dolor cómo a veces eran incapaces de motivar a los angoleños. Kurosawa nos muestra una realidad compleja que nos descubre que no hay verdades absolutas, ni los campesinos son seres absolutamente serviles, ni totalmente indefensos… sin embargo, cuando los samuaris lo descubren deciden seguir adelante, es un acto de voluntad, una decisión tomada desde la consciencia y el valor, tal vez, desde la humanidad. Es un acto de voluntad no de imaginación lo que les lleva a seguir adelante en su empresa, una empresa que ya se ha hecho común gracias a la convivencia. Sin embargo, también esa frase final, “ellos han vencido”, no es sino un reconocimiento del principio de la vida: que la supervivencia solo es posible como supervivencia de la especie, no del individuo. En esa batalla por la vida, la compasión es sólo uno de los elementos, no sé hasta qué punto un “elemento especialmente significativo”. Pero tal vez desde el aprendizaje por el dolor se llegue a la dignidad. Cuando se tiene algo que perder –o eso se cree- es difícil que se produzca ese salto.

Sostiene Santiago Alba, o por lo menos eso me pareció, que existiría una “compasión más verdadera”, si eso fuera así, tendría que ser una compasión-acción, un dolor compartido desde la posibilidad de la acción para liberar. ¿fue compasión lo que sintió Psaménito? ¿por qué da por supuesto que fue compasión? Podría tratarse de una hábil maniobra para conmover a Cambises que al sorprenderse quedara desarmado y actuara, no desde la razón de su poder, sino desde la magnanimidad, dejándose guiar por sus sentimientos y liberando así a los hijos de éste. He leído una historia sobre la manipulación de las emociones que me parece que puede ilustrar esta pregunta. Se trata del caso de un ciego sobre el puente de Brooklyn en una mañana de primavera. De rodillas pedía limosna y sostenía un cartel: “Ciego de nacimiento”. La gente pasaba indiferente y no echaba monedas hasta que un desconocido se para, coge el cartel y escribe unas letras, se lo de vuelve y se va. De repente, los viandantes comienzan a pararse y apiadados arrojan monedas al cestillo. ¿Qué había escrito el desconocido que movía más compasión que la imagen del ciego? Decía simplemente: “Es primavera y yo no la veo” Podíamos pensar que el texto escrito conseguía mover la compasión mientras que la imagen del ciego y el texto anterior no. ¿Pero por qué? Como dice Santiago Alba, toda historia puede tener múltiples explicaciones, una de ellas es que la imagen por sí sola no nos motiva si no la entendemos, si no entendemos lo que significa, pero incluso siendo así tampoco es una consecuencia lógica. Otra explicación es la sorpresa, ésta te desarma porque no puedes prever y tu mente no está preparada para responder, es fácil, en esa situación dejarte llevar por la emotividad; como la historia de Ulises y el reencuentro con su mujer y su perro. En esa relación la compasión queda fuera como respuesta, es sólo un elemento catalizador o impulsor. Por eso las miles de imágenes repetidas de la miseria dejan de conmovernos, por eso son tan fácilmente utilizadas.

Finalmente, la contraposición que establece Santiago Alba entre razón e imaginación no me resulta convincente. Más parece que identifica razón con esa interpretación ilustrada del mundo que contrapone “verdad” a “imaginación” situando esta última en un nivel más subjetivo y humano frente a la supuesta razón universal, eso sí, fracasada hoy en su intento de crear “comunidad” o sólo capaz de crear una comunidad política. Parece como si quisiera sustituir un trascendente por otro, sustituir la razón como principio ordenador por la imaginación que “puede alcanzar el mismo resultado que la razón: a través de figuras interpuestas atendiendo a una identificación más emocional o llegando al compromiso desde la emoción.

Me parece que la imaginación moderna no puede ser tranquilizadora porque tampoco es sentida por igual por todos los hombres, o simplemente, porque también es utilizada y/o comercializada como un elemento más de individualización al servicio de la economía. Cada uno siente sólo para sí y en contra de los demás, sus competidores. ¿Sienten todos los hombres por igual cuando miran a un niño? A veces me entran serias dudas. En este mundo enfermo ya no sabemos qué vemos, y hay hombres que ven detrás de los niños “futuros terroristas”. Si la razón acabó siendo un subterfugio que permitió el ordenamiento del mundo según leyes universales reconocidas por todos como verdaderas aun siendo pura ideología (la razón convertida en teología), ¿no ocurre lo mismo con la imaginación? ¿No hemos llegado a un punto en que ese guisante necesario para ir más lejos es un guisante poco común, demasiado particular, incapaz de servir de punto de partida?

Cuando dice Santiago Alba que la falta de imaginación “determina la muerte de la Razón sobre la tierra” es como si concediera, de nuevo, una capacidad salvadora a la razón, que desde mi punto de vista no tiene. La Razón nos ha conducido hacia donde estamos, por lo menos esa Razón absoluta y común que se reclama verdadera y salvadora (universal)

Se podría incrementar la tipología de la compasión pero sería más interesante desarrollar el significado que finalmente se ha impuesto en occidente, esa “compasión” individualizada y canalizada hacia determinados tipos de acciones. Como en los films de hollywood, primero se nos presenta al héroe -Indiana Jones, por ejemplo- luego, se le pone en peligro, nos identificamos con él y con su angustia, más tarde, el guionista o el director nos ofrecen una salida, lo salvan, y al salvarle nos salvamos. Me parece que la relación que establece Santiago Alba entre la compasión y el poder es la hegemónica y merecería que la desarrollara más a fondo, no tanto en el sentido de un poder jerárquico sino en el sentido de “estrategia de supervivencia”: ponerse en el lugar del otro pero sin dejar de ser nosotros, es decir, capaces aún de defenderle.

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