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7 de junio de 2004

Aún después

Andrés Boiero
Rebelión

Desde la terraza lo veo fumar. Su pelo negro y tieso parece un camino de alquitrán pegajoso.

En la vereda, dentro de una camisa blanca donde algo de cuerpo sobra, donde el pantalón flamea tierra y restos de grasa, el pelo adquiere cierta movilidad sonora. Casto y febril, enciende un cigarro próximo a un árbol y tantea -entre bocanadas de humo-la cara del patrón con cierta aprobación.

El humo del cigarro llega rancio, quejoso, cansado hasta mi nariz. Tal vez , él lo sabe.

No sé cómo se llama y pienso que nunca lo sabré. Así el vínculo es casi perfecto. Él, el “mozo” del restorán de la esquina de Nueva York y Constituyentes, fuma desconociendo que alguien lo mira e imagina un “después”.

Algunas mesas están vacías. Otras cubiertas de voces, platos y botellas alargadas por el insomnio de los clientes.

“Mozo” así lo llaman -algunas personas “educadas”- sino un simple chillido acompañado con un juego de manos alcanza.

“!Mozo!, la cuenta por favor”.

Esa noche durmió poco, Ester -su esposa- lo notó preocupado; el médico fue rotundo con el diagnóstico, el cáncer era irreversible y los días sólo restaban “esperanzas”. Se levantó temprano, le preparó el desayuno a su mujer -como lo hizo durante veinte años- dejó la cafetera encendida, caminó por la cocina tratando de descubrir algo nuevo, abrió una puerta , cerró con un candado los años de felicidad y, ya en la calle se detuvo para esperar el colectivo. El golpe del sol sobre la cara entumeció por unos segundos su visión.

“!Mozo!, la cuenta por favor”

Volvió a escuchar en el restorán; zumbaban algunas moscas, los autos pasaban indiferentes, un vaso rodó por un mantel, alguien murmuraba leyendo el diario; él tropezó con una mesa y “la cuenta” se estrelló contra una cara.

El cliente, con un bigote ancho, prolijo, manos esculpidas, ojos redondos, caídos, tristes; se enojó y pateó algunas sillas. ¡Carajo!

El patrón -asqueado por la gordura y por sus frustrados cuarenta años- levantó la vista como señal de enojo. El mozo hizo un gesto con los hombros restándole importancia. ¡Justo al “juez”! gritó el patrón, detrás del mostrador, rascándose la cabeza, subiéndose el elástico del pantalón hasta el ombligo, arrastrando los pies hacia la arrogancia del magistrado. “La casa invita, no se preocupe”.

El mozo cerró sus “cuentas” y antes de salir a fumar el habitual cigarro; el patrón de espaldas, enjuagando unas copas, mirando la avenida Constituyentes e imaginando un “menú” exclamó: “!que sea la última vez!”

Y así fue.

Ester esa noche no llamó. Las pitadas fueron cortas, nerviosas, endebles. Contó el dinero de las propinas en el baño antes de peinarse y volverse a soldar el pelo con la grasa de la esperanza; después miró su cara en el espejo y pensó en los años y en el “rastro” de esos años. ¿Cuántos?, se preguntó, frotándose las cejas con el peine; diez, doce, catorce años, cargando la bandeja con una sonrisa, sudando anhelos, esquivando zapatos, arqueando la cintura. “Tantos... para qué”. Volvió a repetir abriendo la puerta del baño, escuchando el crujir de las bisagras, el goteo de las camillas, el rumor del salón empañado de torpezas.

El patrón bostezó y una lágrima llegó hasta los labios. Él fue a buscar el saco gris y apollidado, testigo de tantos bares y cuando alzó el brazo sobre el perchero; el patrón que estaba cerca, tan cerca que parecía inofensivo, tan cerca que la gordura se confundía con un punto intermedio entre una línea y un círculo, tan cerca que las botellas de ginebra eran intangibles, tan cerca que no había nadie más que ellos “dos” en la ingenuidad del lugar, tan cerca que el cuchillo se escapó desde el patrón hasta la mejilla del mozo. Un tropiezo o mal cálculo bastó para que el mozo tirara el cuerpo hacia atrás instintivamente, para que el pelo cobrara la sonoridad de siempre, para que el patrón, obeso, alejado del mundo, perdiera el equilibrio, chocara con las botellas de ginebra y el acero quejoso entrara afilado en el abdomen.


El bar enmudeció. “Tantos años... para qué”. Volvió a repetir; esposado, dentro una celda.

Ester lo llamó pero la orden del juez -con la misma voz, ronca por el licor, rencorosa por el episodio de la “cuenta” -caratuló la causa: “homicidio en primer grado”

Ahora los “grados” están en el encierro y no en las botellas que quedaron girando en el piso del restorán surcando los trompos de las baldosas, manchadas de sangre, reflejando la esquina de Constituyentes y Nueva York, ahuyentando el espectro del mozo parado en el árbol, anestesiando al tiempo con un cigarro, con el pelo dibujado de negro, un poco más sordo de lo habitual.

Arriba, a unos metros, alguien decide escribir sobre la muerte de lo “demás” suponiendo que así, la madrugada es esdrújula y las palabras se acentúan en el penúltima sílaba. Arriba, antes de dios, alguien mira las nubes y piensa que son perros feroces olfateando la osamenta del tiempo; arriba después de algunos balcones, malvones y ropa goteando jabón; alguien mira la intersección de Constituyentes y Nueva York y sabe qué nunca sabrá el nombre del mozo porque, como dicen los sabios: “la imaginación es más importante que el conocimiento”

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Ayer, Estela no llamó. Supe por un cliente que se fue a Montevideo. El patrón risueño me chistó y me dijo: “los “martes”son tus francos”

Hoy lunes 30 de mayo descubrí que a veces la muerte tiene ojos de mujer. Encendí un cigarro, miré el reflejo del bar sobre la calle. Todo parecía estar en el mismo “lugar” de siempre hasta que el cuerpo de un hombre joven y barbado cayó desde lo “alto” como un asteroide desconcertado por la indiferencia del universo. Las piernas deshechas, los brazos en cruz, detuvieron el tránsito.

Con el cigarro en la boca me acerqué pero un señor mayor le cubrió la cara con un pañuelo.

Alguien me dijo su nombre pero no lo recuerdo. A veces la muerte nos hace olvidar ciertas cosas. El patrón hizo una seña y encogí los hombros simulando un acuerdo. Aplasté el cigarro, la suela del mocasín tosió hollín , miré el saco gris y supe que el final ya estaba escrito.

Alguien repitió su nombre mientras tomaba una cerveza.

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