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17 de junio de 2004

En su Centenario

El Neruda Total

Fernando Quilodrán
Rebelión

Buscan los pueblos símbolos que los identifiquen, les confirmen su unidad y les sirvan para pasear por el mundo su forma particular de ejercer la condición humana. Sirven para ello tanto los monumentos de la naturaleza como los creados por la mano del hombre, pero sirven particularmente aquellos mujeres u hombres que han hecho de su vida misma una obra lograda.

Es ya un lugar común el decir que Chile es el único país que nace a la historia en forma de poema, hazaña que le debemos a don Alonso de Ercilla. Si eso es cierto, también lo es que otro poema, el extenso poema que escribió Neruda a través de su vida, es el que sirve hoy de algo así como emblema, tarjeta o estandarte de presentación en el mundo. Y es así: Neruda es, o al menos tal es la más generalizada convicción, el chileno más universal.


En este centenario -1904-2004- nos preguntamos el porqué de este emocionado estremecimiento que recorre nuestra geografía en torno a su nombre. Como también, el porqué de las innumerables actividades que lo celebran en la mayoría de los países del mundo.

Si tan sólo fuera por sus cantos de amor, no tendríamos una respuesta eficiente. Ni la tendríamos por su sola poesía "política", ni por su "metafísica poblada de amapolas". Es preciso, entonces, buscarlo en su integridad, no despreciar ninguna de sus provincias ni desechar su vida como un dato accesorio. Y es también necesario no hacer de él un hombre sin matices ni dolores ni dudas, para petrificarlo como una fría estatua ya ganada para siempre por la indiferencia. Es necesario, en pocas palabras, hablar de él como "El Neruda Total".


¿De quién es el poeta?


Digámoslo de inmediato: poeta, Neruda pertenece a un universo que va más allá de las letras. Militante del Partido Comunista de Chile, pertenece, como otros grandes de esta tierra, al pueblo y a su patria.

¿Por qué sigue vivo en el corazón de su pueblo, y mantiene su alto lugar en la poesía universal de nuestro tiempo?

Decía Stendhal que él escribía para "los pocos felices" capaces de apreciar su literatura. Es posible que tuviera razón, con respecto a su propia obra, el gran novelista francés. Pero Neruda escribió para todos los hombres de la Tierra y luchó para ampliar el territorio de "los pocos felices".

Y su obra obtuvo en vida el reconocimiento admirativo de millones de seres humanos a lo largo del planeta, y todo indica que cuando cumpla otros 100 años habrá muchas páginas suyas que mantendrán plena vigencia.

¿Por qué?

¿Quedarán sus "20 poemas de amor"? Sí, mientras exista el amor.

¿Seguirán vigentes "España en el corazón" y "Cantar de gesta"? Sí, mientras no se enfríen en el corazón de los hombres las llamas o cenizas de la libertad.

¿Persistirá su "Residencia en la Tierra"? Sí, mientras acucien al hombre los riesgos de la vida y las certezas de la muerte.

¿Persistirá su "Canto General"? Sí, mientras los pueblos del mundo sigan escribiendo -con risas y sangre, alturas y caídas- su laboriosa saga de combates y esperanzas.

Este hombre de todo menos mármol, corrió los riesgos de los suyos, a pesar del espacio de privilegio que la excelencia de su poesía parecía reservarle.

"Sube a nacer conmigo, hermano", le dice al hombre americano, cuya huella en el tiempo reconoce en la sangre y las lágrimas que ocupan el lugar de cimiento de toda civilización y cultura.

Su vida y su obra fueron hechas a la intemperie de la historia. Por ello, son patrimonio de quien quiera acceder o acogerse a ellas. No están garantizadas contra la crítica ni, mucho menos, contra la incomprensión y aun la maledicencia.

Es posible oponer a la poesía de Neruda reservas y precisiones que son materias de la estética. Se puede disentir en cuanto al valor permanente de más de uno de sus libros y, por cierto, de cada uno de sus poemas. En ese terreno, pueden contender desde el serio estudioso y el detractor acérrimo, hasta el admirador exigente y el partidario apasionado.


El amor, el tiempo, la muerte


Neruda es poeta del amor. En la vastedad de su gestión sobresalen los "Versos del Capitán", sus sonetos de amor, su "Estravagario". Pero también es poeta de la naturaleza, que escribe de los pájaros de Chile, de sus comidas, y alaba al aire y al agua en sus "Odas elementales". Se pregunta por los significados profundos del tiempo, de la muerte, del amor mismo y de su oficio de poeta.

Cuando llegan las "Residencias", es un deslumbramiento. La poesía castellana ha dado un salto mágico. El mismo Neruda, bien sabía que su intento era algo nuevo. La aguda percepción del paso del tiempo y el inexorable trabajo de la muerte, inundan la tierra en que reside:

"Como cenizas, como mares poblándose,/ en la sumergida lentitud, en lo informe,/o como se oyen desde el alto de los caminos/ cruzar las campanadas en cruz,/ teniendo ese sonido ya aparte del metal,/ confuso, pesado, haciéndose polvo/ en el mismo molino de las formas demasiado lejos,/ o recordadas o no vistas,/ y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra/ se pudren en el tiempo, infinitamente verdes". ("Galope muerto")

Y en "Alianza (Sonata)": "De miradas polvorientas caídas al suelo/ o de hojas sin sonido y sepultándose".

Y en "Sólo la muerte": "La muerte está en los catres:/ en los colchones lentos, en las frazadas negras/ vive tendida, y de repente sopla:/ sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,/ y hay camas navegando a un puerto/ en donde está esperando, vestida de almirante".

En "Débil del alba", nos describe su mundo: "El día de los desventurados, el día pálido se asoma/ con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,/ sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:/ es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto".

Para terminar: "Estoy solo entre materias desvencijadas,/ la lluvia cae sobre mí y se me parece,/ se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto,/ rechazada al caer, y sin forma obstinada".

Y si en "Walking around" concluye con la suprema confesión "sucede que me canso de ser hombre", en "Unidad" ha dejado una constancia: "Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo,/ en su fina materia hay olor a edad/ y el agua que trae el mar, de sal y sueño".

En "Sonatas y destrucciones" dirá: "amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos".


Los motivos del poeta


¿Por qué escribía Neruda y por qué escribió lo que escribió?

No pretendemos entregar, ni siquiera insinuar, una respuesta "completa", total y suficiente. Cada poeta -cada escritor, en general- escribe por las mismas razones por las que otros cantan o se dedican a las matemáticas, juegan al fútbol, ejercen la medicina o cultivan flores.

Se trata, dicho en otras palabras, de una vocación, de un impulso irresistible. Algo así como una compulsión.

Aborda el poeta temas que le son caros, acoge y trabaja sus intuiciones para darles forma, y aspira a que su obra sea conocida de todos. De todos, aunque no escriba pensando en un "mercado", en la operación anónima y fría de una compra-venta, ya que no dirige su trabajo al bolsillo sino a la sensibilidad, a la conciencia de los suyos.

Todo esto para intentar una respuesta -o, al menos, una reflexión- acerca de lo que pudiéramos llamar "los motivos del poeta". O sea, por qué escribió Pablo Neruda precisamente esas obras suyas que conocemos, y no otras, y por qué no pudo sino escribir lo que escribió.

¿Escribiría, de seguir vivo entre nosotros:

"Preguntaréis, por qué su poesía/ no nos habla del suelo, de las hojas,/ de los grandes volcanes de su país natal", para responder: "Venid a ver la sangre por las calles"?

Yo creo que Neruda volvería a escribir:

"Sube a nacer conmigo, hermano".

Y: "Devuélveme al esclavo que enterraste!/ Sacude de las tierras el pan duro/ del miserable, muéstrame los vestidos/ del siervo y su ventana".

Repetimos la pregunta: ¿qué hizo que Neruda escribiera esto, que escribiera así?

Una vieja astucia quiere explicar las conductas humanas -y no sólo del hombre tomado aisladamente sino hasta de los grupos humanos, las clases o los pueblos- por motivos estrictamente psicológicos. Es claro que la psicología puede responder muchas preguntas. Pero es más claro que sólo una miseria de elementos sociológicos reduce las explicaciones de las conductas humanas a "motivos del alma", a "impulsos reprimidos", a "complejos" de la A a la Z, o a "secretas pulsiones". Esta trampa metodológica no es nueva, ni siquiera es original.

Sí, jugó y vivió Neruda. Y coleccionó mascarones de proa, anclas, objetos que en todas las tierras le regalaban o que se empecinaba en poseer para adornar sus casas. Una de ellas es la de Isla Negra. ¿Por qué colecciona Pablo Neruda caracoles, mariposas, mascarones de proa, libros? Simplemente porque ama la materialidad del mundo. Porque venera lo que diariamente dice el gran libro de la naturaleza a quien quiera acercarse a él. Cuando debe salir del país con un pasaporte falsificado, pide que como profesión le pongan "ornitólogo". Pero lo que sobre todo busca es la huella del hombre, la aventura sin fin del que deja su acento en cada piedra, del que cultivó la papa y la cebolla y dominó las alturas para instalar allí las construcciones de dura y pulida piedra que aún resisten al tiempo. Y el fino coleccionista, el delicado esteta, escribe un testamento en que dispone: "Dejo a los sindicatos/ del cobre, del carbón y del salitre/ mi casa junto al mar de Isla Negra./ Quiero que allí reposen los maltratados hijos/ de mi patria, saqueada por hachas y traidores,/

desbaratada en su sagrada sangre,/

consumida en volcánicos harapos".

Es cierto que no bastan la rectitud moral y las mejores intenciones para hacer de una obra mediocre una alta cumbre artística. Pero no es menos cierto que este pueblo nuestro posee, junto a la rectitud moral y las mejores intenciones, el talento y la gracia, la inteligencia y el gesto, para alcanzar las más altas cimas del arte y la cultura. Véase, si no, la poesía literaria y musical de Violeta Parra, en opinión autorizada quizás la más alta expresión de nuestra música -culta o inculta, artística o aficionada; sabida o intuitiva.

Cuando los mejores creadores no han venido del pueblo, lo han buscado, lo han encontrado y, al asumir sus esperanzas y darles expresión en sus obras, se han elevado por encima de la condición vil del poetillo de salón o el retratista de las boletas de compra de los hambrientos de los prestigios del plástico.

¿Acaso no estaría hoy cantando Pablo Neruda como lo hizo toda su vida, pero con mayor energía en esta hora mediocre, chata y mercantilizada: "¿Qué haré sin conducir sobre mis hombros/ una parte de la esperanza?"


Todos los registros


Del caudal nerudiano pueden beber todos. En su amplio registro hallan cabida los dolores y los anhelos, los estupores y las certezas, las alegrías y los amores de todos los hombres.

Su mirada abarcó todos los espacios, y con lúcida inteligencia dio cuenta de las injusticias y las desarmonías de un mundo que luchó por transformar con las armas de su poesía y de su acción cívica.

Porque Neruda -mal que les pese a quienes intentan reducirlo, cercarlo, acordonarlo en alguna de sus tantas significaciones- fue un luchador social que enarboló la prosa y el verso, que recorrió Chile y el mundo compartiendo su convicción de que la realidad es injusta pero redimible y que el hombre -el hombre plural y concreto de las aglomeraciones ciudadanas y de los campos postergados- es el centro de esta aventura compartida.

Hoy cumple 100 años este habitante imprescindible, este triunfal enemigo de la muerte, este amigo fraterno de los oprimidos y compañero de cuantos lucharon y lucharán por la libertad.

Fue hombre de Paz, pero sabedor de que ella es palabra vacía si no se la acompaña con Justicia. Coincidía en ello con su compañera de oficio, que le entregara en su infancia sureña las primicias de la cultura universal: Gabriela Mistral.

Fue un revolucionario inconmovible en sus aspiraciones de igualdad social, y no porque ignorara las complejidades del alma humana ni las debilidades de su vuelo, sino precisamente porque, sabedor de honduras y cimas, aprendió y enseñó como nadie a ver "la unidad y la diferencia de los hombres" y la tuvo por el mayor tesoro de humanidad.

Todo esto, a propósito de estos 100 años que encuentran a Neruda en medio de la polémica, de los intentos por domesticarle en muerte una rebeldía que nunca lograron acallarle en vida.

Hablábamos de "polémica" en torno a estos 100 años de su nacimiento. Polémica porque algunos -no pocos, en verdad- se esfuerzan por cambiarle la vida a Pablo Neruda. Quieren hacer creer que si viviera hoy no escribiría igual que antes.

¿Qué no volvería a escribir Neruda, al decir de esa gente? De creer a estos "refundadores" de Neruda, él no volvería a cantar: "Dime si sobre el árbol todavía está el cielo,/ dime si aún la pólvora suena en Stalingrado".

O, como en "Canción de gesta", cantándole a Fidel Castro: "Y si se atreven la tocar la frente/ de Cuba por tus manos libertada/ encontrarán los puños de los pueblos,/ sacaremos las armas enterradas;/ la sangre y el orgullo acudirán/ a defender la Cuba bienamada".

Esto, porque hoy, después de los profundos cambios y retrocesos de que la humanidad viene recién saliendo, ya un Neruda "modernizado" no celebraría la esperanza concreta del socialismo ni marcaría a fuego a los fascistas de todo pelaje, como cuando dice: "Preguntaréis, por qué su poesía/ no nos habla del suelo, de las hojas,/ de los grandes volcanes de su país natal?", para responder simplemente "venida a ver la sangre por las calles".

Obligados a reconocer la vastedad de la obra de Neruda, ponen ciertos "refundadores" el acento, los énfasis del marketing, en el poeta del amor. Como si se pudiera amar con la hondura de "Estravagario", o los "20 poemas de amor", sin sentir a la vez: "Quiero que al limpio amor que recorriera/ mi dominio, descansen los cansados,/ se sienten a mi mesa los oscuros,/ duerman sobre mi cama los heridos".


"La cama dura de mis hermanos"


Prodigiosa fue la vida de este poeta nacido en Parral y que vivió su infancia en el sur de Chile hasta hacerlo suyo; que habitó el mundo entero llenando de experiencia vital y de tiempo trágico su poesía; que recaló en su Isla Negra y murió entre los humos y las ráfagas de la mayor tragedia de la historia chilena.

¿Cómo no recordar, en esta ocasión, sus funerales -los primeros, porque tuvo dos tumbas antes de ser llevado frente al mar de Isla Negra-, a los pocos días del golpe de Estado con que los intereses foráneos interrumpieron el tránsito de la dependencia a la soberanía, de la injusticia social a la participación más plena de todos, empezando por los trabajadores? Fue aquélla una demostración del valor y de la lealtad de quienes se reconocían en un Neruda Total.

Lee Neruda la historia de América con los ojos de los primeros Galvarinos, Atahualpas y Cuauhtémocs que la poblaron. Para los dictadores, los que vendieron sus patrias al oro y el fuego enemigos, desprecio y "tal vez, tal vez el olvido...". Ante el poderoso imperio depredador clama "que despierte el leñador", que Abraham Lincoln "levante el hacha en su pueblo/ contra los nuevos esclavistas".

Poeta, sin duda; luchador, combatiente, amigo de su pueblo y de todos los pueblos. Pero, también, poderoso filósofo cuya sabiduría en pocos lugares de su obra se despliega más pedagógica y a la vez deslumbrante que en su :Canto general" un canto para todos. Leyéndolo, ganamos la inteligencia de los hechos de la historia y sus causas, de los motivos y sus consecuencias.

No, parece decirnos: no es cierto que los pueblos sean culpables. No es cierto que los humillados tengan la responsabilidad de sus dolores. Pregúntenle a Cristóbal Miranda, palero de Tocopilla; a Jesús Gutiérrez, agrarista de México; a Luis Cortés, de Tocopilla; a Olegario Sepúlveda, zapatero de Talcahuano; a Arturo Carrión, navegante de Iquique. Pregúntenle a Abraham Jesús Brito, poeta popular; a Antonio Bernales, pescador de Colombia; a Margarita Naranjo, de la Oficina Salitrera María Elena; a José Cruz Achachalla, minero de Bolivia; a Eufrosino Ramírez, de Casa Verde, Chuquicamata; a Juan Figueroa, de Casa del Yodo, María Elena. Pregúntenle al Maestro Huerta, de la Mina La Despreciada, Tocopilla; a Amador Cea, de Coronel; a Benilda Varela, de la Ciudad Universitaria de Concepción; a Calero, trabajador del banano, de Costa Rica. Todos ellos encontraron morada en la sección de su "Canto General" que bautizó "La Tierra se llama Juan".

Dijo: "Detrás de los libertadores estaba Juan/ trabajando, pescando y combatiendo,/ en su trabajo de carpintería o en su mina mojada".

Y más adelante:

"Juan, es tuya la puerta y el camino./ La tierra/ es tuya, pueblo, la verdad ha nacido/ contigo, de tu sangre".

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