3 de enero del 2002

Intervención de Eduardo Galeano en su nombramiento doctor “honoris causa” por la Universidad de La Habana

“La Revolución Cubana sigue siendo contagiosa”


Muchas gracias. En realidad, esas dos palabritas expresan perfectamente todo lo que tengo que decir, porque las estoy diciendo de verdad y no por fórmula de obligatoria cortesía.

Pero voy a agregar algunas palabras más, que quizás ayuden a explicar los motivos de mi gratitud. Seré breve. No se asusten, por favor, que nadie salga corriendo: también estoy diciendo de verdad estas otras dos palabritas, seré breve, que habitualmente anuncian discursos de plomo.

No digo muchas gracias a la Universidad de La Habana solamente porque ha cometido la irresponsabilidad de hacerme doctor, aunque este único gesto bien valdría, de por sí, mi agradecimiento.

Porque estaba visto que yo, que nunca fui estudiante universitario y aprendí lo poco que sé en los cafés de Montevideo, solo podía llegar a ser doctor por algún acto de magia o generosidad.

Había otra posibilidad, pensándolo bien, pero no se me dio. En mi país, en un pueblo que se llama Cerro Chato aunque no tiene ningún cerro, ni chato ni puntiagudo, hubo alguien que tuvo esa suerte. Doctor Galarza, se llamaba. El padre lo había bautizado así, Doctor de nombre, Galarza de apellido, porque quería un hijo con diploma y su bebé no le pareció digno de confianza. Pero cuando yo nací, me llamaron Eduardo.

Digo muchas gracias a la Universidad de La Habana por el doctorado y por otro motivo que es, para mí, mucho más importante: porque el doctorado viene de donde viene.

No me gusta citar mis propios textos, habiendo tantos otros autores que valen más la pena, y rara vez lo hago. Pero permítanme un par de pecaditos.

Hace treinta años, me preguntaba yo, a propósito de la actitud del gobierno de los Estados Unidos, que prohibía que sus ciudadanos viajaran libremente a Cuba: "Si esta Isla es, como dicen, el infierno, ¿por qué los Estados Unidos no organizan excursiones para que sus ciudadanos la conozcan y se desengañen?"

Ahora, me lo sigo preguntando.

Hace diez años, formulaba otra pregunta sobre la infiernización de Cuba: "¿Por qué voy a confundirla, ahora, con el infierno, si yo nunca la he confundido con el Paraíso?"

Y ahora, me lo sigo preguntando.

Ni infierno, ni Paraíso: la Revolución, obra de este mundo, está sucia de barro humano, y justamente por eso, y no a pesar de eso, sigue siendo contagiosa.

Pero muchos de los que antes la ubicaban en las alturas celestiales, ahora la condenan al fuego eterno. Antes confundían al socialismo con el estalinismo, y ahora son campeones de la libertad de expresión. Ahora son maestros de democracia, y antes confundían la unidad con la unanimidad y la contradicción con la conspiración, porque la contradicción era un instrumento de la conspiración imperialista en lugar de ser, como era, como es, la única prueba irrefutable de que está viva la vida.

En el Nuevo Orden Mundial, cuando los burócratas se hacen empresarios y los toros bravíos se vuelven bueyes mansos, cuando muchos amigos de antes se convierten en enemigos de ahora, cobran tremenda actualidad aquellas palabras de Carlos Fonseca Amador, el fundador del Frente Sandinista: "Los amigos de verdad son los que critican de frente y elogian por la espalda".

Yo siempre creí que a Cuba se puede quererla sin mentir coincidencias ni callar divergencias. Y ahora estoy más que nunca seguro de que no hay otra manera de quererla, ni dentro ni fuera de sus fronteras, porque la coincidencia que se alimenta de la divergencia es la única forma de amor digna de fe.

No son muy honrosos, que digamos, estos tiempos que estamos viviendo. Pareciera que se está disputando la Copa Mundial del Felpudo. Uno tiene la impresión, y ojalá sea una impresión equivocada, de que los gobiernos compiten entre sí a ver quién se arrastra mejor por los suelos y quién se deja pisar con mayor entusiasmo. La competencia venía de antes, pero a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre, hay una casi unanimidad en la obsecuencia oficial ante los mandones del mundo.

Casi unanimidad, digo. Y digo que hoy me siento orgulloso de recibir esta distinción en el país que más claramente ha puesto los puntos sobre las íes diciendo no a la impunidad de los poderosos, el país que con más firmeza y lucidez se ha negado a aceptar esta suerte de salvoconducto universal otorgado a los señores de la guerra, que en nombre de la lucha contra el terrorismo pueden practicar a su antojo todo el terrorismo que se les ocurra, bombardeando a quien quieran y matando cuando quieran y a cuantos quieran. En un mundo donde el servilismo es alta virtud; en un mundo donde quien no se vende, se alquila, resulta raro escuchar la voz de la dignidad. Cuba está siendo, una vez más, boca de esa voz.

A lo largo de más de cuarenta años, esta Revolución, castigada, bloqueada, calumniada, ha hecho bastante menos que lo que quería pero ha hecho mucho más que lo que podía. Y en eso está. Ella sigue cometiendo la peligrosa locura de creer que los seres humanos no estamos condenados a la humillación.

A ella le doy, en ustedes, mis muchas gracias.