16 de enero de 2003

El inestable panorama del trabajo en la sociedad informatizada
¿Es el ciberespacio la nueva frontera?

Fred Turner
Traducido para Rebelión por Manuel Talens (www.manueltalens.com)

La retórica estadounidense de la frontera se ha convertido durante la última década en uno de los temas dominantes de toda discusión sobre las nuevas tecnologías informáticas y sus efectos sociales. Desde las páginas de la revista Wired a los pasillos del Congreso, académicos, líderes de la industria, políticos y periodistas han transformado metafóricamente muchas formas de comunicación mediada por ordenador en un paisaje imaginario y, de manera expresa, en «una frontera electrónica». Por ejemplo, según William Mitchell –decano en el Massachusetts Institute of Technology–, «el ciberespacio es el nuevo territorio que se extiende más allá del horizonte, el lugar que atrae a los colonos, vaqueros, pícaros y conquistadores del siglo XXI» (1995: 110-111). Según la consultora de la industria Esther Dyson y el futurista Alvin Toffler, «el ciberespacio es el territorio del conocimiento y la exploración de dicho territorio puede ser una auténtica y elevada labor de civilización» (Dyson et al., 1994: 2).

Ante tales hipérboles, resulta difícil tener presente que el «ciberespacio» no es en absoluto un lugar, ni tampoco un reflejo futurista del pasado estadounidense. En este ensayo, plantearé las preguntas de cómo y por qué a tanta gente le ha dado por pensar que una serie de ordenadores vinculados entre sí y los tipos de comunicación que posibilitan poseen una topografía coherente y, en particular, un paisaje que se ajusta al «mito americano». Diversos críticos han argumentado que la retórica de la frontera electrónica simplemente representa la repetición de temas clásicos literarios estadounidenses en un momento nuevo (Miller, 1995; Sobchack, 1996; Healy, 1997), pero yo creo que dicha retórica ha surgido menos de las nieblas de la historia literaria que de los esfuerzos de una comunidad particular de fabricantes de ordenadores, programadores de software, consultores corporativos y académicos. Este grupo, denominado «la clase virtual» (Kroker y Weinstein, 1994) o los digerati * (Brockman, 1996), es el que ha promovido sin descanso la idea de la comunicación mediada por ordenador como una exploración de la frontera. Yo, al igual que otros críticos –en especial Kroker y Weinstein (1994) y Barbrook y Cameron (1998) –, sostengo aquí que en parte lo han hecho con vistas a obtener ventajas sociales y económicas para su clase, pero también que esta elite emergente ha utilizado la retórica de la frontera electrónica para identificar y aliviar la ansiedad que provocan los grandes cambios que han tenido lugar durante los últimos veinticinco años en las prácticas laborales y en la movilidad personal, cambios desencadenados por las propias industrias del ordenador y del software.

Tal como el sociólogo Manuel Castells y otros han señalado, los Estados Unidos del ciudadano con traje y corbata –un mundo dominado por compañías organizadas de manera jerárquica, que ofrecen un empleo más o menos estable– han empezado a desaparecer y, en su lugar, ha surgido lo que Castells denomina la «sociedad interconectada». Castells indica que, contrariamente a lo que antes sucedía en las sociedades industriales, que organizaban sus economías principalmente en torno a la producción de bienes materiales, «la sociedad interconectada» ha comenzado a organizarse en torno a «la tecnología de generación del conocimiento, de la informática, y de la comunicación simbólica» (1996: 17). En la práctica, esto significa que un número cada vez mayor de trabajadores se ganan la vida no sólo procesando información, sino que usan las tecnologías de procesamiento informático (tales como los sistemas operativos) para crear nuevas tecnologías de la información (por ejemplo, softwares médicos o financieros). Los trabajadores ahora usan la información no sólo para gestionar la producción de bienes materiales, sino también para producir la información como una especie de «bien» en sí mismo.

Según Castells, la mayor parte de este nuevo trabajo tiene lugar dentro de «empresas interconectadas». Dichas compañías pueden tener su sede en una nación o en otra, pero hacen negocios en todo el mundo veinticuatro horas por día, y ello con la ayuda de redes electrónicas de intercambio de información. Tales empresas están organizadas de manera horizontal en una serie de unidades descentralizadas, cada una de las cuales se halla vinculada a las demás y, al mismo tiempo, funciona en gran parte de manera autónoma. Gracias a esta nueva forma de organización macroeconómica, los trabajadores son más independientes pero, al mismo tiempo, tienen menos poder. Por un lado, escribe Castells, «la difusión de la tecnología avanzada de la información en fábricas y oficinas» ha conducido a una «mayor…necesidad de trabajadores autónomos, cultos, capaces y dispuestos a programar y a decidir secuencias enteras de trabajo» (1996: 241). Por el otro, sin embargo, la necesidad que tienen las organizaciones interconectadas de ser flexibles para poder responder a los cambios de las condiciones económicas –junto con su capacidad de situar sus operaciones casi en cualquier parte del mundo– ha hecho que incluso los trabajadores de mayor formación intelectual sean sumamente vulnerables. Las empresas pueden reducir el tamaño de sus compañías –con frecuencia lo hacen–, así como subcontratar, echar mano del trabajo temporal y automatizar o trasladar ciertas tareas (1996: 239). Por consiguiente, los trabajadores se han visto en la obligación de ser sumamente emprendedores en todos los niveles.

Esto es mucho más evidente en las industrias del ordenador y del software, incluso en los puestos de mayor preparación y mejor pagados. Las compañías del Silicon Valley se enfrentan con una variedad de «fuerzas perturbadoras», que incluyen «el éxito inmediato, los inicios difíciles en el mercado, los planes apremiantes de desarrollo, la obsolescencia repentina de sus productos, la competencia inesperada e implacable, los errores imprevistos y los patrocinadores financieros desleales» (Hayes, 1989:43-44). Por ello, «insisten en contratar grupos flexibles de trabajadores y gestores» y trasvasan así las inestabilidades del mercado a su mano de obra (Hayes, 1989: 43-44). En el eslabón inferior de esta cadena, a los trabajadores no les queda más remedio que deambular de empleo en empleo como mejor pueden. En el superior, los trabajadores más expertos a menudo cambian de trabajo con la ayuda de agencias o de una red de amigos profesionales, pero en ambos casos el trabajo en la industria informática les exige una enorme dedicación a corto plazo y una gran flexibilidad a largo plazo.

Hay quienes durante años han celebrado tales exigencias como una fuente de perfeccionamiento personal individual y de productividad industrial. La novela Microserfs [1995], de Douglas Coupland, por ejemplo, cuenta la historia de Dan, un inspector de errores de veintiséis años que trabaja para Microsoft y que deja la compañía para asociarse con varios amigos y crear, a partes iguales, un «Lego virtual» (1995: 71-72). Durante la mayor parte del libro la empresa amenaza con fracasar, pero al final encuentran suficiente capital de inversión y Dan y sus amigos parecen destinados a la riqueza.

Sin embargo, incluso si el libro alaba la movilidad en el Silicon Valley, muestra también las difíciles condiciones de trabajo existentes. Tal como lo explica la voz narradora, «los plazos temporales son extremos en la industria de la tecnología. La vida transcurre a una velocidad cincuenta veces superior a la normal» (1995: 355). En el eslabón inferior, los apremiantes plazos de producción obligan a programadores como Dan a trabajar hasta cuarenta y ocho horas seguidas (una práctica que ellos denominan «el vuelo a Australia») (1995: 110), lo cual, a su vez, hace que pierdan contacto con sus cuerpos. «Trabajar dormir, trabajar, dormir, trabajar, dormir…», escribe Dan en su diario. «Siento como si mi cuerpo fuese un coche en el que paseo a mi cerebro, como una madre de los suburbios que lleva a sus hijos a jugar al hockey» (1995: 4). Además, los desenfrenados ciclos de desarrollo de los productos hacen que toda la industria necesite individuos jóvenes. En su diario, por ejemplo, Dan establece una serie de máximas para la obtención de empleo en el mundo de los multimedia, que incluyen las nociones de que una empresa no puede pretender más de diez años de dedicación completa al trabajo y que «el límite superior de la edad de la gente con instintos para este negocio es de aproximadamente cuarenta años» (1995: 296).

En un ámbito más ampliamente social, Microserfs hace la crónica de la disgregación de los trabajadores que Castells considera típica de la empresa interconectada. Coupland señala, por ejemplo, que la arquitectura de las plantas de la industria informática ha cambiado en varias décadas. En los años setenta, las compañías agregaron duchas para los empleados que hacían footing. En los ochenta pasaron a ser campus, a veces con servicios de comedor y dormitorios. Este período, escribe Coupland, estuvo marcado por un espíritu corporativo que describe mediante la máxima «entréguenos usted su vida entera o no le permitiremos trabajar en buenos proyectos» (1995: 211). En los noventa, Coupland explica que «las corporaciones ya ni siquiera contratan gente, sino que la gente se convierte en sus propias corporaciones» (1995: 211). En otras palabras, incluso si las empresas exigen un mayor compromiso a sus trabajadores, también los obliga a hacerse cada vez más independientes. Esta independencia, a su vez, ha hecho que muchos de ellos sean sumamente móviles. Los sitios donde un programador puede encontrar trabajo son limitados y, tal como sugiere Coupland, los programadores suelen intercambiarse entre ellos. En consecuencia, estas redes de empleo tienden a sustituir a las formas anteriores de cohesión social. En Microsefs, la filosófica programadora Karla, novia de Dan, describe así el problema:



«No olvides que la mayor parte de los que vinimos al Silicon Valley carecemos de las estructuras tradicionales que en otros sitios del mundo otorgan identidad: la religión, la política, la estructura familiar, las raíces, el sentido de la historia u otros sistemas de creencias, que hacen que los individuos no tengan que preguntarse quiénes son. Aquí uno se las ha de arreglar solo. ¡Es un trabajo enorme, pero fíjate en la cantidad de ideas que surgen del plástico! (1995: 236)»



En los comentarios de Karla se percibe la presencia de algunos de los principios de la retórica de la frontera electrónica: la soledad, el individualismo, la necesidad de inventiva y hasta la sugerencia de un sentido de misión. Pero también podemos ver que tales principios han surgido de la destrucción de otro modelo de cohesión individual y social, como son los ritmos del ciclo de la vida y la necesidad de un lugar social y geográfico. Los días y las noches han desaparecido en las orgías de la codificación. La vejez ha dejado de ser una fuente de autoridad para convertirse en un signo de incapacidad laboral. Es posible trabajar con un ordenador en cualquier sitio y, de hecho, para no perder el trabajo uno ha de estar dispuesto a mudarse, con lo cual participa poco en organizaciones sociales locales y no pertenece a ninguna parte. El paisaje social de la industria informática, sin religión, política, familia, historia ni obligaciones a un lugar particular, es una versión contemporánea del territorio de Nebraska, una llanura abierta de par en par, donde sus habitantes se las arreglan sin ayuda de nadie.

En el mundo de la ficción de Coupland, esa soledad permite que Dan y sus amigos se regeneren y se enriquezcan a sí mismos. No obstante, en Close to the Machine: technophilia and its discontents (1997), libro en el que Ellen Ullman cuenta las memorias de su vida como programadora e ingeniero de software, sugiere que, en el mundo real, la transitoriedad y la soledad del trabajo en la industria informática son más destructoras que constructoras para el individuo. A sus cuarenta y seis años, Ullman ha programado ordenadores desde 1971 y en la actualidad trabaja como ingeniero independiente de software. Hace años trabajó como empleada, pero su empresa fue absorbida por otra. Hoy día escribe, «mis clientes me contratan para hacer un trabajo y se desprenden de mí cuando lo termino. Yo contrato el siguiente eslabón de contratistas y luego me desprendo de ellos» (1997: 126). Tal como sugiere Castells, esto es típico de la sociedad interconectada, las presiones del rápido cambio tecnológico y económico han llevado a Ullman a practicar el modelo de trabajo de la empresa interconectada. En su libro explica que sus clientes esperan que consultores como ella



«reúnan un grupo de gente para hacer un trabajo, lleven éste a cabo y después lo disuelvan. Nadie tiene por qué invertir en una persona o en unas habilidades, eso no tiene sentido…Las habilidades cambian antes que la persona, por lo que siempre es más sencillo cambiar a la persona.» (1997: 129).



En el interior de sus redes basadas en el trabajo, Ullman y sus colegas mantienen contactos emocionales muy intensos, pero apenas se termina el proyecto, el grupo, que ha llegado a intimar, debe dispersarse. Tales interrupciones son dolorosas, si bien la angustia que causan no es nada en comparación con el miedo que tiene Ullman a caer en desuso. Las tecnologías con que trabaja cambian sin cesar y, si desea permanecer en el negocio, tiene que estar al día. Desde 1971, escribe,



«he aprendido seis lenguajes de programación del más alto nivel, tres ensambladores, dos lenguajes de recuperación de datos, ocho lenguajes de procesamiento de trabajo, diecisiete lenguajes de escritura, diez tipos de macros, dos lenguajes de definición de objeto, sesenta y ocho interfaces de programación de bibliotecas, cinco variedades de redes y ocho entornos de operaciones, que en realidad son quince si multiplicamos entre sí las distintas combinaciones de sistemas operativos y de redes. No creo que esto me haga particularmente insólita. Dado el ritmo de los cambios en informática, quienquiera haya trabajado un poco en este terreno puede ofrecer una lista similar.» (1997: 100-101)



En su juventud, el aprendizaje de estos lenguajes era mucho más fácil que ahora. Ullman ha entrado en la madurez, un período que, según creía antes, sería «el momento de la consolidación» (1997: 105). A los cuarenta y seis años empieza a estar cansada. «El tiempo me dice que deje de buscar lo último que acaba de aparecer», escribe. «Mi reloj biológico no quiere seguir funcionando a toda prisa como un chip, cada vez más rápido año tras año» (1997: 105).

Pero dadas las exigencias de la industria en que trabaja, el reloj biológico de Ullman tendrá que esperar. Como Coupland, Ullman representa un mundo en el que los ritmos biológicos, así como las instituciones sociales que solían organizarlos, ya no se ajustan a las expectativas de la industria. En su lugar, escribe Ullman con sarcasmo, los trabajadores como ella deben seguir un puñado de reglas: «Vive a tu aire y espera que los demás hagan lo mismo. No lleves ninguna carga. Sé libre o muere. Sí, es cierto, uno sólo puede confiar en sí mismo» (1997: 127).

Tal como sugiere, la retórica de la frontera electrónica proporciona un lenguaje con el que dibujar un mapa del paisaje laboral en el eslabón más alto de las industrias de software y del ordenador. Al igual que colonos imaginarios, Ullman y sus colegas se encuentran solos en una selva de condiciones económicas muy diferentes de las que sus padres conocieron o hubieran podido enseñarles. Alejados de los efectos civilizadores de la pertenencia a comunidades corporativas permanentes, van a la deriva de patrón en patrón, como los pistoleros a sueldo en las versiones de la vida real de los westerns espagueti televisados en las madrugadas. Su poder se basa, en primer lugar, en el conocimiento de los sistemas tecnológicos que llevan consigo y, en segundo, en sus redes de amigos profesionales. Los vínculos personales que mantienen entre ellos son tenues y de poca duración. Están solos. Viven ajenos a los mundos exteriores a su industria por dos razones: la primera es porque, cuando codifican, trabajan en un estado psicológicamente incorpóreo durante largos períodos de tiempo y, la segunda, porque para no quedarse sin empleo deben mudarse de nodo a nodo dentro de la red de sitios donde se fabrican y se usan los ordenadores y el software, y como para conseguir un nuevo trabajo han de mantener el contacto con otros programadores, viven en un paisaje social y físico poblado principalmente por gente como ellos. Para tener éxito dentro de tal paisaje deben ignorar el paisaje paralelo: el de las cosas locales, materiales, de reuniones ciudadanas, de asociaciones de padres y profesores, de participación en la vida cívica. Se ven obligados a profesar y mantener lealtad a su propia red profesional, a sus sitios y a sus tecnologías; deben seguir siendo «vaqueros de consola», dedicados a tiempo completo a errar por su propio paisaje profesional.

En dicho contexto, podemos ver que lo que busca la retórica de la frontera electrónica es transformar una serie de pérdidas personales –de tiempo con la familia y los vecinos, de conexión con el propio cuerpo y con la comunidad– en un mito colectivo. En otras palabras, permite que sus practicantes celebren lo que no pueden evitar. Al mismo tiempo, dado que las metáforas de la frontera captan con exactitud la soledad y la transitoriedad inherente a su trabajo, permiten asimismo tener alguna conciencia de su sufrimiento. Dentro de las industrias del ordenador y del software, la retórica de la frontera electrónica parece ofrecer una especie de puente ideológico entre realidades difíciles y ficciones atractivas. Incluso si permite que los trabajadores vislumbren el aprieto en que se encuentran, transforma dicho aprieto en un lugar de heroísmo potencial, muy en la tradición del «mito americano».

Esto estaría bien si se tratase estrictamente de un asunto privado dentro de la industria de la informática. Pero no es así. Desde que nació hace aproximadamente una década, la retórica de la frontera electrónica ha servido como uno de los principales arquetipos con que los representantes de la industria, los académicos, los políticos y otros han procurado definir el empleo y la regulación de un extraordinario recurso público: la Red de Internet. En tal contexto, la metáfora de la frontera electrónica no sólo ha aliviado la ansiedad de una elite de la información, sino que ha aumentado su poder económico. Podría ofrecer aquí un buen número de ejemplos de este fenómeno (lo he hecho en otro ensayo mucho más largo), pero dadas las limitaciones de tiempo, me gustaría centrarme en las maneras en que dos asunciones particulares inherentes a la metáfora electrónica de la frontera han alterado la forma de la Red de Internet.

En primer lugar, consideremos la noción de que el ciberespacio, el espacio de Internet, es de algún modo un lugar aparte del mundo ordinario material. Tal como lo expresa John Perry Barlow, que es uno de los principales defensores de esta retórica, la frontera electrónica es «un mundo que está tanto por todas partes como en ningún lugar, pero no es donde viven los cuerpos » (Barlow, 1996: 1). Cuanto más consigan convencernos los consultores de la industria informática como Barlow de que Internet no está, de algún modo, «en ninguna parte», más difícil nos resultará ver que Internet basa su existencia en redes verdaderas, materiales, de cables e interruptores, antenas y satélites. Tal como algunos economistas políticos han señalado, las corporaciones que fabrican y distribuyen este equipamiento –entre ellas las corporaciones a las que Barlow ha servido a cambio de elevados honorarios– a menudo tienen agendas bastante en desacuerdo con las de los usuarios de Internet (Schiller, 1998; Herman y McChesney, 1997; Branscomb, 1994). La metáfora electrónica de la frontera, al volver invisible el poder de los dueños de la infraestructura, hace mucho más difícil que los usuarios de Internet desafíen dicho poder.

En segundo lugar, consideremos la noción de que, en su calidad de frontera, Internet es de algún modo accesible en igualdad de condiciones a todos los usuarios. Barlow y otros argumentan que, debido a que se trata de un mundo incorpóreo, la frontera permite abolir los sistemas basados en la distinción corporal que plagan nuestras vidas materiales. Cualquiera, escribe, puede entrar en la frontera electrónica «sin el privilegio o el prejuicio de la raza, el poder económico, la fuerza militar o el lugar de su nacimiento» (1996:1). Pero si aceptamos este punto de vista deberemos ignorar el hecho de que buena parte de la tierra no tiene acceso a Internet ni lo tendrá probablemente durante algún tiempo. Incluso en los Estados Unidos, por ejemplo, en 1995 unos siete millones de hogares carecían de teléfono (Ebo, 1998: 6) y, en 1998, en torno al 30% de los hogares no tenían acceso a la televisión por cable (Seiter, 1999: 147). Parece improbable que esos estadounidenses compren pronto ordenadores y se suscriban a América On Line. Por último, la imagen que los ideólogos electrónicos de la frontera dan de individuos idénticos y autosuficientes deja en la penumbra todas las diferencias que, según han demostrado los investigadores, influyen sobre el acceso a los ordenadores y el uso que se les da. Entre dichas diferencias se encuentran el género (Seiter, 1999; Clemente, 1998) y el origen étnico (Ebo, 1998; Clemente, 1998), pero también el grado de educación y el lugar de empleo. Con un grado mínimo de alfabetización y el acceso a un ordenador, por ejemplo, prácticamente cualquiera puede aprender cómo descargar un software o hacer un pedido a través de Internet, pero parece improbable que tales personas se dediquen a las formas más complejas de interacción mediada por ordenador –formas que otorgan un poder–, en particular las que requieren grandes conocimientos de programación y un acceso casi constante a máquinas de alto nivel.

Por lo tanto, persiste la pregunta: Si la ideología de la frontera electrónica pinta un cuadro tan inexacto del presente y del futuro de la comunicación mediada por ordenador, ¿por qué es tan popular? Yo creo que la respuesta descansa en parte en el hecho de que quienes la promueven tienen un acceso extraordinario a instituciones de elite, incluida la prensa, las principales universidades y el gobierno nacional. Es difícil imaginar organizaciones más implicadas en los debates contemporáneos sobre la tecnología que el Massachusetts Institute of Technology y la revista Wired o portavoces sobre estas cuestiones más ampliamente citados que Esther Dyson o John Perry Barlow. Además, tal como sugiere el trabajo de Manuel Castells, puede que la retórica de la frontera electrónica tenga también una amplia aceptación en este momento porque alivia la ansiedad de los trabajadores de muchas industrias. Tal como escribe Ellen Ullman, es posible que



«los trabajadores virtuales seamos el futuro de todo el mundo. Vagamos de empleo en empleo y, en la actualidad, a cualquiera le resulta difícil ser estable. Nuestros compromisos de trabajo son contractuales, contingentes, efímeros, y este modelo de vida insegura se extiende a nuestro alrededor. Puedo equivocarme, pero creo que los programadores somos hoy en el mundo como aquellos canarios que antaño, en las minas de carbón, avisaban con su muerte a los mineros cuando el aire se volvía enrarecido. Nos pasamos la vida solos ante la pantalla. Nuestras vidas giran en torno al ordenador. Vivimos en un ambiente de competición con los más preparados, donde triunfa el mejor informado y experto y los demás se quedan fuera, y ésta es la vida laboral que le espera a la mayoría. Todos están de acuerdo: aprende mucho o te quedarás rezagado.» (1997: 146)



Si Ullman tiene razón, puede que la ideología electrónica de la frontera represente no sólo una forma de autopromoción simbólica por parte de la clase virtual, sino también una tentación para el resto de la gente. Confrontados con una transitoriedad forzada, rápidos cambios laborales, un apego cada vez menor por los lugares y sus historias y una imprecisión de todas las antiguas fronteras entre el hogar y el trabajo, puede que nos tiente el considerarnos pioneros de una nueva frontera social y tecnológica. Al igual que los expertos en informática, podremos volver a escribir nuestras vidas adaptándolas a un drama nacional, imaginándonos de nuevo como vaqueros y astronautas, y podremos comprar y usar ordenadores en parte para sostener dicha fantasía. Pero si lo hacemos, perderemos la capacidad de identificar y de hacer frente a las fuerzas sociales, económicas y tecnológicas que hoy en día están creando no sólo la comunicación a través del ordenador, sino nuestras propias vidas.



* El neologismo inglés digerati es un híbrido de digital y literati y designa a quienes son expertos en informática. (N. del T.)




Bibliografía

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Fred Turner es Profesor Ayudante en el Departamento de Comunicación de la Universidad Stanford (EE.UU.).

Si desea cotejar el texto original de este ensayo, Cyberspace as the New Frontier?: The Shifting Landscape of Work in the Network Society, pulse en:


http://www.cpsr.org/essays/2001/CPSREPText.htm