16 de enero de 2003 |
Fred Turner La
retórica estadounidense de la frontera se ha convertido
durante la última década en uno de los temas dominantes
de toda discusión sobre las nuevas tecnologías
informáticas y sus efectos sociales. Desde las páginas
de la revista Wired a los pasillos
del Congreso, académicos, líderes de la industria,
políticos y periodistas han transformado metafóricamente
muchas formas de comunicación mediada por ordenador en un
paisaje imaginario y, de manera expresa, en «una frontera
electrónica». Por ejemplo, según William Mitchell
–decano en el Massachusetts Institute of Technology–, «el
ciberespacio es el nuevo territorio que se extiende más allá
del horizonte, el lugar que atrae a los colonos, vaqueros, pícaros
y conquistadores del siglo XXI» (1995: 110-111). Según
la consultora de la industria Esther Dyson y el futurista Alvin
Toffler, «el ciberespacio es el territorio del conocimiento y
la exploración de dicho territorio puede ser una auténtica
y elevada labor de civilización» (Dyson et al.,
1994: 2). Ante
tales hipérboles, resulta difícil tener presente que el
«ciberespacio» no es en absoluto un lugar, ni tampoco un
reflejo futurista del pasado estadounidense. En este ensayo,
plantearé las preguntas de cómo y por qué a
tanta gente le ha dado por pensar que una serie de ordenadores
vinculados entre sí y los tipos de comunicación que
posibilitan poseen una topografía coherente y, en particular,
un paisaje que se ajusta al «mito americano». Diversos
críticos han argumentado que la retórica de la frontera
electrónica simplemente representa la repetición de
temas clásicos literarios estadounidenses en un momento nuevo
(Miller, 1995; Sobchack, 1996; Healy, 1997), pero yo creo que dicha
retórica ha surgido menos de las nieblas de la historia
literaria que de los esfuerzos de una comunidad particular de
fabricantes de ordenadores, programadores de software, consultores
corporativos y académicos. Este grupo, denominado «la
clase virtual» (Kroker y Weinstein, 1994) o los digerati
* (Brockman, 1996), es el que ha promovido sin descanso la
idea de la comunicación mediada por ordenador como una
exploración de la frontera. Yo, al igual que otros críticos
–en especial Kroker y Weinstein (1994) y Barbrook y Cameron
(1998) –, sostengo aquí que en parte lo han hecho con
vistas a obtener ventajas sociales y económicas para su clase,
pero también que esta elite emergente ha utilizado la retórica
de la frontera electrónica para identificar y aliviar la
ansiedad que provocan los grandes cambios que han tenido lugar
durante los últimos veinticinco años en las prácticas
laborales y en la movilidad personal, cambios desencadenados por las
propias industrias del ordenador y del software. Tal
como el sociólogo Manuel Castells y otros han señalado,
los Estados Unidos del ciudadano con traje y corbata –un mundo
dominado por compañías organizadas de manera
jerárquica, que ofrecen un empleo más o menos estable–
han empezado a desaparecer y, en su lugar, ha surgido lo que Castells
denomina la «sociedad interconectada». Castells indica
que, contrariamente a lo que antes sucedía en las sociedades
industriales, que organizaban sus economías principalmente en
torno a la producción de bienes materiales, «la sociedad
interconectada» ha comenzado a organizarse en torno a «la
tecnología de generación del conocimiento, de la
informática, y de la comunicación simbólica»
(1996: 17). En la práctica, esto significa que un número
cada vez mayor de trabajadores se ganan la vida no sólo
procesando información, sino que usan las tecnologías
de procesamiento informático (tales como los sistemas
operativos) para crear nuevas tecnologías de la información
(por ejemplo, softwares médicos o financieros). Los
trabajadores ahora usan la información no sólo para
gestionar la producción de bienes materiales, sino también
para producir la información como una especie de «bien»
en sí mismo. Según
Castells, la mayor parte de este nuevo trabajo tiene lugar dentro de
«empresas interconectadas». Dichas compañías
pueden tener su sede en una nación o en otra, pero hacen
negocios en todo el mundo veinticuatro horas por día, y ello
con la ayuda de redes electrónicas de intercambio de
información. Tales empresas están organizadas de manera
horizontal en una serie de unidades descentralizadas, cada una de las
cuales se halla vinculada a las demás y, al mismo tiempo,
funciona en gran parte de manera autónoma. Gracias a esta
nueva forma de organización macroeconómica, los
trabajadores son más independientes pero, al mismo tiempo,
tienen menos poder. Por un lado, escribe Castells, «la difusión
de la tecnología avanzada de la información en fábricas
y oficinas» ha conducido a una «mayor…necesidad de
trabajadores autónomos, cultos, capaces y dispuestos a
programar y a decidir secuencias enteras de trabajo» (1996:
241). Por el otro, sin embargo, la necesidad que tienen las
organizaciones interconectadas de ser flexibles para poder responder
a los cambios de las condiciones económicas –junto con
su capacidad de situar sus operaciones casi en cualquier parte del
mundo– ha hecho que incluso los trabajadores de mayor formación
intelectual sean sumamente vulnerables. Las empresas pueden reducir
el tamaño de sus compañías –con frecuencia
lo hacen–, así como subcontratar, echar mano del trabajo
temporal y automatizar o trasladar ciertas tareas (1996: 239). Por
consiguiente, los trabajadores se han visto en la obligación
de ser sumamente emprendedores en todos los niveles. Esto
es mucho más evidente en las industrias del ordenador y del
software, incluso en los puestos de mayor preparación y mejor
pagados. Las compañías del Silicon Valley se enfrentan
con una variedad de «fuerzas perturbadoras», que incluyen
«el éxito inmediato, los inicios difíciles en el
mercado, los planes apremiantes de desarrollo, la obsolescencia
repentina de sus productos, la competencia inesperada e implacable,
los errores imprevistos y los patrocinadores financieros desleales»
(Hayes, 1989:43-44). Por ello, «insisten en contratar grupos
flexibles de trabajadores y gestores» y trasvasan así
las inestabilidades del mercado a su mano de obra (Hayes, 1989:
43-44). En el eslabón inferior de esta cadena, a los
trabajadores no les queda más remedio que deambular de empleo
en empleo como mejor pueden. En el superior, los trabajadores más
expertos a menudo cambian de trabajo con la ayuda de agencias o de
una red de amigos profesionales, pero en ambos casos el trabajo en la
industria informática les exige una enorme dedicación a
corto plazo y una gran flexibilidad a largo plazo. Hay
quienes durante años han celebrado tales exigencias como una
fuente de perfeccionamiento personal individual y de productividad
industrial. La novela Microserfs
[1995], de Douglas Coupland, por ejemplo, cuenta la historia de Dan,
un inspector de errores de veintiséis años que trabaja
para Microsoft y que deja la compañía para asociarse
con varios amigos y crear, a partes iguales, un «Lego virtual»
(1995: 71-72). Durante la mayor parte del libro la empresa amenaza
con fracasar, pero al final encuentran suficiente capital de
inversión y Dan y sus amigos parecen destinados a la riqueza. Sin
embargo, incluso si el libro alaba la movilidad en el Silicon Valley,
muestra también las difíciles condiciones de trabajo
existentes. Tal como lo explica la voz narradora, «los plazos
temporales son extremos en la industria de la tecnología. La
vida transcurre a una velocidad cincuenta veces superior a la normal»
(1995: 355). En el eslabón inferior, los apremiantes plazos de
producción obligan a programadores como Dan a trabajar hasta
cuarenta y ocho horas seguidas (una práctica que ellos
denominan «el vuelo a Australia») (1995: 110), lo cual, a
su vez, hace que pierdan contacto con sus cuerpos. «Trabajar
dormir, trabajar, dormir, trabajar, dormir…», escribe
Dan en su diario. «Siento como si mi cuerpo fuese un coche en
el que paseo a mi cerebro, como una madre de los suburbios que lleva
a sus hijos a jugar al hockey» (1995: 4). Además, los
desenfrenados ciclos de desarrollo de los productos hacen que toda la
industria necesite individuos jóvenes.
En su diario, por ejemplo, Dan establece una serie de máximas
para la obtención de empleo en el mundo de los multimedia, que
incluyen las nociones de que una empresa no puede pretender más
de diez años de dedicación completa al trabajo y que
«el límite superior de la edad de la gente con instintos
para este negocio es de aproximadamente cuarenta años»
(1995: 296).
En
un ámbito más ampliamente social, Microserfs
hace la crónica de la disgregación de los trabajadores
que Castells considera típica de la empresa interconectada.
Coupland señala, por ejemplo, que la arquitectura de las
plantas de la industria informática ha cambiado en varias
décadas. En los años setenta, las compañías
agregaron duchas para los empleados que hacían footing. En los
ochenta pasaron a ser campus, a veces con servicios de comedor y
dormitorios. Este período, escribe Coupland, estuvo marcado
por un espíritu corporativo que describe mediante la máxima
«entréguenos usted su vida entera o no le permitiremos
trabajar en buenos proyectos» (1995: 211). En los noventa,
Coupland explica que «las corporaciones ya ni siquiera
contratan gente, sino que la gente se convierte en sus propias
corporaciones» (1995: 211). En otras palabras, incluso si las
empresas exigen un mayor compromiso a sus trabajadores, también
los obliga a hacerse cada vez más independientes. Esta
independencia, a su vez, ha hecho que muchos de ellos sean sumamente
móviles. Los sitios donde un programador puede encontrar
trabajo son limitados y, tal como sugiere Coupland, los programadores
suelen intercambiarse entre ellos. En consecuencia, estas redes de
empleo tienden a sustituir a las formas anteriores de cohesión
social. En Microsefs, la filosófica
programadora Karla, novia de Dan, describe así el problema: «No
olvides que la mayor parte de los que vinimos al Silicon Valley
carecemos de las estructuras tradicionales que en otros sitios del
mundo otorgan identidad: la religión, la política, la
estructura familiar, las raíces, el sentido de la historia u
otros sistemas de creencias, que hacen que los individuos no tengan
que preguntarse quiénes son. Aquí uno se las ha de
arreglar solo. ¡Es un trabajo enorme, pero fíjate
en la cantidad de ideas que surgen del plástico! (1995: 236)» En
los comentarios de Karla se percibe la presencia de algunos de los
principios de la retórica de la frontera electrónica:
la soledad, el individualismo, la necesidad de inventiva y hasta la
sugerencia de un sentido de misión. Pero también
podemos ver que tales principios han surgido de la destrucción
de otro modelo de cohesión individual y social, como son los
ritmos del ciclo de la vida y la necesidad de un lugar social y
geográfico. Los días y las noches han desaparecido en
las orgías de la codificación. La vejez ha dejado de
ser una fuente de autoridad para convertirse en un signo de
incapacidad laboral. Es posible trabajar con un ordenador en
cualquier sitio y, de hecho, para no perder el trabajo uno ha de
estar dispuesto a mudarse, con lo cual participa poco en
organizaciones sociales locales y no pertenece a ninguna parte. El
paisaje social de la industria informática, sin religión,
política, familia, historia ni obligaciones a un lugar
particular, es una versión contemporánea del territorio
de Nebraska, una llanura abierta de par en par, donde sus habitantes
se las arreglan sin ayuda de nadie. En
el mundo de la ficción de Coupland, esa soledad permite que
Dan y sus amigos se regeneren y se enriquezcan a sí mismos. No
obstante, en Close to the Machine: technophilia and its
discontents (1997), libro
en el que Ellen Ullman cuenta las memorias
de su vida como programadora e ingeniero de software, sugiere que, en
el mundo real, la transitoriedad y la soledad del trabajo en la
industria informática son más destructoras que
constructoras para el individuo. A sus cuarenta y seis años,
Ullman ha programado ordenadores desde 1971 y en la actualidad
trabaja como ingeniero independiente de software. Hace años
trabajó como empleada, pero su empresa fue absorbida por otra.
Hoy día escribe, «mis clientes me contratan para hacer
un trabajo y se desprenden de mí cuando lo termino. Yo
contrato el siguiente eslabón de contratistas y luego me
desprendo de ellos» (1997: 126). Tal como sugiere Castells,
esto es típico de la sociedad interconectada, las presiones
del rápido cambio tecnológico y económico han
llevado a Ullman a practicar el modelo de trabajo de la empresa
interconectada. En su libro explica que sus clientes esperan que
consultores como ella «reúnan
un grupo de gente para hacer un trabajo, lleven éste a cabo y
después lo disuelvan. Nadie tiene por qué invertir en
una persona o en unas habilidades, eso no tiene sentido…Las
habilidades cambian antes que la persona, por lo que siempre es más
sencillo cambiar a la persona.» (1997: 129). En
el interior de sus redes basadas en el trabajo, Ullman y sus colegas
mantienen contactos emocionales muy intensos, pero apenas se termina
el proyecto, el grupo, que ha llegado a intimar, debe dispersarse.
Tales interrupciones son dolorosas, si bien la angustia que causan no
es nada en comparación con el miedo que tiene Ullman a caer en
desuso. Las tecnologías con que trabaja cambian sin cesar y,
si desea permanecer en el negocio, tiene que estar al día.
Desde 1971, escribe, «he
aprendido seis lenguajes de programación del más alto
nivel, tres ensambladores, dos lenguajes de recuperación de
datos, ocho lenguajes de procesamiento de trabajo, diecisiete
lenguajes de escritura, diez tipos de macros, dos lenguajes de
definición de objeto, sesenta y ocho interfaces de
programación de bibliotecas, cinco variedades de redes y ocho
entornos de operaciones, que en realidad son quince si multiplicamos
entre sí las distintas combinaciones de sistemas operativos y
de redes. No creo que esto me haga particularmente insólita.
Dado el ritmo de los cambios en informática, quienquiera haya
trabajado un poco en este terreno puede ofrecer una lista similar.»
(1997: 100-101) En
su juventud, el aprendizaje de estos lenguajes era mucho más
fácil que ahora. Ullman ha entrado en la madurez, un período
que, según creía antes, sería «el momento
de la consolidación» (1997: 105). A los cuarenta y seis
años empieza a estar cansada. «El tiempo me dice que
deje de buscar lo último que acaba de aparecer»,
escribe. «Mi reloj biológico no quiere seguir
funcionando a toda prisa como un chip, cada vez más rápido
año tras año» (1997: 105).
Pero
dadas las exigencias de la industria en que trabaja, el reloj
biológico de Ullman tendrá que esperar. Como Coupland,
Ullman representa un mundo en el que los ritmos biológicos,
así como las instituciones sociales que solían
organizarlos, ya no se ajustan a las expectativas de la industria. En
su lugar, escribe Ullman con sarcasmo, los trabajadores como ella
deben seguir un puñado de reglas: «Vive a tu aire y
espera que los demás hagan lo mismo. No lleves ninguna carga.
Sé libre o muere. Sí, es cierto, uno sólo puede
confiar en sí mismo» (1997: 127). Tal
como sugiere, la retórica de la frontera electrónica
proporciona un lenguaje con el que dibujar un mapa del paisaje
laboral en el eslabón más alto de las industrias de
software y del ordenador. Al igual que colonos imaginarios, Ullman y
sus colegas se encuentran solos en una selva de condiciones
económicas muy diferentes de las que sus padres conocieron o
hubieran podido enseñarles. Alejados de los efectos
civilizadores de la pertenencia a comunidades corporativas
permanentes, van a la deriva de patrón en patrón, como
los pistoleros a sueldo en las versiones de la vida real de los
westerns espagueti televisados en las madrugadas. Su poder se basa,
en primer lugar, en el conocimiento de los sistemas tecnológicos
que llevan consigo y, en segundo, en sus redes de amigos
profesionales. Los vínculos personales que mantienen entre
ellos son tenues y de poca duración. Están solos. Viven
ajenos a los mundos exteriores a su industria por dos razones: la
primera es porque, cuando codifican, trabajan en un estado
psicológicamente incorpóreo durante largos períodos
de tiempo y, la segunda, porque para no quedarse sin empleo deben
mudarse de nodo a nodo dentro de la red de sitios donde se fabrican y
se usan los ordenadores y el software, y como para conseguir un nuevo
trabajo han de mantener el contacto con otros programadores, viven en
un paisaje social y físico poblado principalmente por gente
como ellos. Para tener éxito dentro de tal paisaje deben
ignorar el paisaje paralelo: el de las cosas locales, materiales, de
reuniones ciudadanas, de asociaciones de padres y profesores, de
participación en la vida cívica. Se ven obligados a
profesar y mantener lealtad a su propia red profesional, a sus sitios
y a sus tecnologías; deben seguir siendo «vaqueros de
consola», dedicados a tiempo completo a errar por su propio
paisaje profesional. En
dicho contexto, podemos ver que lo que busca la retórica de la
frontera electrónica es transformar una serie de pérdidas
personales –de tiempo con la familia y los vecinos, de conexión
con el propio cuerpo y con la comunidad– en un mito colectivo.
En otras palabras, permite que sus practicantes celebren lo que no
pueden evitar. Al mismo tiempo, dado que las metáforas de la
frontera captan con exactitud la soledad y la transitoriedad
inherente a su trabajo, permiten asimismo tener alguna conciencia de
su sufrimiento. Dentro de las industrias del ordenador y del
software, la retórica de la frontera electrónica parece
ofrecer una especie de puente ideológico entre realidades
difíciles y ficciones atractivas. Incluso si permite que los
trabajadores vislumbren el aprieto en que se encuentran, transforma
dicho aprieto en un lugar de heroísmo potencial, muy en la
tradición del «mito americano». Esto
estaría bien si se tratase estrictamente de un asunto privado
dentro de la industria de la informática. Pero no es así.
Desde que nació hace aproximadamente una década, la
retórica de la frontera electrónica ha servido como uno
de los principales arquetipos con que los representantes de la
industria, los académicos, los políticos y otros han
procurado definir el empleo y la regulación de un
extraordinario recurso público: la Red de Internet. En tal
contexto, la metáfora de la frontera electrónica no
sólo ha aliviado la ansiedad de una elite de la información,
sino que ha aumentado su poder económico. Podría
ofrecer aquí un buen número de ejemplos de este
fenómeno (lo he hecho en otro ensayo mucho más largo),
pero dadas las limitaciones de tiempo, me gustaría centrarme
en las maneras en que dos asunciones particulares inherentes a la
metáfora electrónica de la frontera han alterado la
forma de la Red de Internet.
En
primer lugar, consideremos la noción de que el ciberespacio,
el espacio de Internet, es de algún modo un lugar aparte del
mundo ordinario material. Tal como lo expresa John Perry Barlow, que
es uno de los principales defensores de esta retórica, la
frontera electrónica es «un mundo que está tanto
por todas partes como en ningún lugar, pero no es donde viven
los cuerpos » (Barlow, 1996: 1). Cuanto más consigan
convencernos los consultores de la industria informática como
Barlow de que Internet no está, de algún modo, «en
ninguna parte», más difícil nos resultará
ver que Internet basa su existencia en redes verdaderas, materiales,
de cables e interruptores, antenas y satélites. Tal como
algunos economistas políticos han señalado, las
corporaciones que fabrican y distribuyen este equipamiento –entre
ellas las corporaciones a las que Barlow ha servido a cambio de
elevados honorarios– a menudo tienen agendas bastante en
desacuerdo con las de los usuarios de Internet (Schiller, 1998;
Herman y McChesney, 1997; Branscomb, 1994). La metáfora
electrónica de la frontera, al volver invisible el poder de
los dueños de la infraestructura, hace mucho más
difícil que los usuarios de Internet desafíen dicho
poder. En
segundo lugar, consideremos la noción de que, en su calidad de
frontera, Internet es de algún modo accesible en igualdad de
condiciones a todos los usuarios. Barlow y otros argumentan que,
debido a que se trata de un mundo incorpóreo, la frontera
permite abolir los sistemas basados en la distinción corporal
que plagan nuestras vidas materiales. Cualquiera, escribe, puede
entrar en la frontera electrónica «sin el privilegio o
el prejuicio de la raza, el poder económico, la fuerza militar
o el lugar de su nacimiento» (1996:1). Pero si aceptamos este
punto de vista deberemos ignorar el hecho de que buena parte de la
tierra no tiene acceso a Internet ni lo tendrá probablemente
durante algún tiempo. Incluso en los Estados Unidos, por
ejemplo, en 1995 unos siete millones de hogares carecían
de teléfono (Ebo, 1998: 6) y, en 1998,
en torno al 30% de los hogares no tenían acceso a la
televisión por cable (Seiter, 1999: 147). Parece improbable
que esos estadounidenses compren pronto ordenadores y se suscriban a
América On Line. Por último, la imagen que los
ideólogos electrónicos de la frontera dan de individuos
idénticos y autosuficientes deja en la penumbra todas las
diferencias que, según han demostrado los investigadores,
influyen sobre el acceso a los ordenadores y el uso que se les da.
Entre dichas diferencias se encuentran el género (Seiter,
1999; Clemente, 1998) y el origen étnico (Ebo, 1998; Clemente,
1998), pero también el grado de educación y el lugar de
empleo. Con un grado mínimo de alfabetización y el
acceso a un ordenador, por ejemplo, prácticamente cualquiera
puede aprender cómo descargar un software o hacer un pedido a
través de Internet, pero parece improbable que tales personas
se dediquen a las formas más complejas de interacción
mediada por ordenador –formas que otorgan un poder–, en
particular las que requieren grandes conocimientos de programación
y un acceso casi constante a máquinas de alto nivel. Por
lo tanto, persiste la pregunta: Si la ideología de la frontera
electrónica pinta un cuadro tan inexacto del presente y del
futuro de la comunicación mediada por ordenador, ¿por
qué es tan popular? Yo creo que la respuesta descansa en parte
en el hecho de que quienes la promueven tienen un acceso
extraordinario a instituciones de elite, incluida la prensa, las
principales universidades y el gobierno nacional. Es difícil
imaginar organizaciones más implicadas en los debates
contemporáneos sobre la tecnología que el Massachusetts
Institute of Technology y la revista Wired
o portavoces sobre estas cuestiones más ampliamente citados
que Esther Dyson o John Perry Barlow. Además, tal como sugiere
el trabajo de Manuel Castells, puede que la retórica de la
frontera electrónica tenga también una amplia
aceptación en este momento porque alivia la ansiedad de los
trabajadores de muchas industrias. Tal como escribe Ellen Ullman, es
posible que «los
trabajadores virtuales seamos el futuro de todo el mundo. Vagamos de
empleo en empleo y, en la actualidad, a cualquiera le resulta
difícil ser estable. Nuestros compromisos de trabajo son
contractuales, contingentes, efímeros, y este modelo de vida
insegura se extiende a nuestro alrededor. Puedo equivocarme, pero
creo que los programadores somos hoy en el mundo como aquellos
canarios que antaño, en las minas de carbón, avisaban
con su muerte a los mineros cuando el aire se volvía
enrarecido. Nos pasamos la vida solos ante la pantalla. Nuestras
vidas giran en torno al ordenador. Vivimos en un ambiente de
competición con los más preparados, donde triunfa el
mejor informado y experto y los demás se quedan fuera, y ésta
es la vida laboral que le espera a la mayoría. Todos están
de acuerdo: aprende mucho o te quedarás rezagado.»
(1997: 146) Si
Ullman tiene razón, puede que la ideología electrónica
de la frontera represente no sólo una forma de autopromoción
simbólica por parte de la clase virtual, sino también
una tentación para el resto de la gente. Confrontados con una
transitoriedad forzada, rápidos cambios laborales, un apego
cada vez menor por los lugares y sus historias y una imprecisión
de todas las antiguas fronteras entre el hogar y el trabajo, puede
que nos tiente el considerarnos pioneros de una nueva frontera social
y tecnológica. Al igual que los expertos en informática,
podremos volver a escribir nuestras vidas adaptándolas a un
drama nacional, imaginándonos de nuevo como vaqueros y
astronautas, y podremos comprar y usar ordenadores en parte para
sostener dicha fantasía. Pero si lo hacemos, perderemos la
capacidad de identificar y de hacer frente a las fuerzas sociales,
económicas y tecnológicas que hoy en día están
creando no sólo la comunicación a través del
ordenador, sino nuestras propias vidas. *
El neologismo inglés digerati es un híbrido de
digital y literati y designa a quienes son expertos en
informática. (N. del T.) Bibliografía
Barbrook, Richard, and
Andy Cameron. 1998. The Californian Ideology.
www.wmin.ac.uk/media/HRC/ci/calif1.html. Last modified 26-May-98. Barlow,
John Perry. 1996. «A declaration of the independence of
cyberspace», Davos, Switzerland, February 8, 1996;
http://members.iquest.net/~dmasson/barlow/Declaration-Final.html;
downloaded 11/15/98. Branscomb,
Anne W. 1994. Who owns information?: from privacy to public
access. New York, NY: BasicBooks. Brockman,
John. 1996. Digerati: encounters with the cyber elite. 1st ed.
San Francisco: HardWired: Distributed to the trade by Publishers
Group West. Castells,
Manuel. 1996. The rise of the network society. Information
age; 1. Ed. Manuel Castells. Cambridge, Mass.: Blackwell Publishers. Clemente,
Peter C. 1998. State of the net: the new frontier. New York:
McGraw Hill. Coupland,
Douglas. 1995. Microserfs. 1st ed. New York: ReganBooks. Dyson,
Esther. 1997. Release 2.0: a design for living in the digital age.
1st ed. New York: Broadway Books. Dyson,
Esther, et al. 1994. «Cyberspace and the American Dream: A
Magna Carta for the Knowledge Age. Release 1.2». Washington,
D.C.: The Peace and Progress Foundation. Ebo,
Bosah L., ed. 1998. Cyberghetto or cybertopia?: race, class, and
gender on the Internet. Westport, Conn.: Praeger. Hayes,
Dennis. 1989. Behind the silicon curtain: the seductions of work
in a lonely era. Boston, MA: South End Press. Healy,
Dave. 1997. «Cyberspace and Place: The Internet as Middle
Landscape on the Electronic Frontier». En Porter, David, ed.
Internet culture. New York: Routledge. Herman,
Edward S., and Robert Waterman McChesney. 1997. The global media:
the new missionaries of corporate capitalism. London; Washington,
D.C.: Cassell. (Edición castellana: Los medios globales,
Cátedra, Madrid 1999. Traducción de Manuel Talens). Kroker,
Arthur, and Michael A. Weinstein. 1994. Data Trash: The Theory of
the Virtual Class. New York: St. Martin's Press. Miller,
Laura. 1995. «Women and children first: gender and the settling
of the electronic frontier». Resisting the virtual life: the
culture and politics of information. Eds. James Brook and Iain A.
Boal. San Francisco, CA: City Lights Books. 49-58. Mitchell,
William J. 1995. City of bits: space, place, and the infobahn.
Cambridge, Mass.: MIT Press. Porter,
David, ed. 1997. Internet culture. New York: Routledge. Schiller,
Dan. 1999. Digital capitalism: networking the global market
system. Cambridge, MA and London, England: MIT Press. Seiter,
Ellen. 1999. Television and new media audiences. Oxford
television studies. Oxford and New York: Clarendon Press; Oxford
University Press. Sobchack,
Vivian. 1996. «Democratic franchise and the electronic
frontier». Sardar, Ziauddin, and Jerome R. Ravetz, eds.
Cyberfutures: culture and politics on the information
superhighway. New York: New York University Press. Ullman,
Ellen. 1997. Close to the machine: technophilia and its
discontents. San Francisco: City Lights Books. Fred
Turner es Profesor Ayudante en el Departamento de Comunicación
de la Universidad Stanford (EE.UU.). Si
desea cotejar el texto original de este ensayo, Cyberspace as the
New Frontier?: The Shifting Landscape of Work in the Network
Society, pulse en:
Traducido para Rebelión por Manuel Talens (www.manueltalens.com)
