D E R E C H O S   H U M A N O S 

30 de enero del 2003

Discurso de Paul Hoffman, presidente de Amnistía Internacional en el III Foro Social Mundial de Porto Alegre

Respeto para los derechos humanos ¡esto es lo que hay que globalizar!


Al Sur del Sur

Es para mí un enorme privilegio disponer de esta oportunidad en la que poder compartir la visión de Amnistía Internacional sobre la globalización. Mi interés no se centra en la globalización del comercio y las inversiones, sino en la globalización de los derechos humanos.

Comparezco hoy ante todos ustedes en representación de más de un millón de miembros de Amnistía Internacional de todo el mundo. Nuestros miembros, jóvenes en su mayoría, luchan desde hace años contra el encarcelamiento por motivos políticos, contra la tortura y los homicidios extrajudiciales. Lo que nosotros queremos es que acaben estas amenazas a la libertad humana. Pero también nos movilizamos para que se ponga fin a la discriminación, a la pobreza extrema y a la explotación de los más vulnerables en nuestras sociedades. Por decirlo en tres palabras: Queremos otro mundo.

El mensaje que quiero transmitirles hoy en nombre de los miembros de Amnistía Internacional es que una perspectiva de derechos humanos, y el activismo que lleva aparejado, pueden resultar muy útiles en la lucha contra los efectos negativos de la globalización económica.

Nos hemos reunido aquí en torno a una consigna de esperanza y potenciación de capacidades: «Otro mundo es posible». Nosotros creemos que los valores que entraña el concepto de derechos humanos son esenciales para la realización de ese otro mundo posible. De hecho, ese otro mundo por el que trabajamos ha de ser un mundo en el que cada una de las personas que habitan este planeta disfrute de una vida de libertad y de dignidad. Resumiendo: una vida en la que todos tengan garantizados sus derechos humanos básicos.

Amnistía Internacional no es una organización «anti»-globalización. En absoluto. Nuestra organización se fundó hace 40 años en la convicción de que si se violan los derechos humanos de las personas en un país, ello debe ser objeto de preocupación para todo el mundo, en todo el mundo. Nuestro credo fundacional, desde nuestros orígenes, ha sido: «Los derechos humanos no tienen fronteras».

De hecho -y lo que voy a decir lo diré con cautela (pero es cierto)-, desde muy pronto fuimos «libremercadistas». El proteccionismo al que nos oponíamos, sin embargo, era el que situaba la soberanía del Estado por encima de los derechos humanos, el que fijaba fronteras territoriales como barrera contra todo escrutinio o acción exterior. El «producto» que exportábamos globalmente no era otro que la sencilla idea de que los gobiernos tienen que respectar y proteger los derechos humanos fundamentales, y que cuando a los Pinochets del mundo no se los hace rendir cuentas en sus países, es el resto del mundo el que tiene la obligación de hacer que torturadores y asesinos salden las cuentas que tienen pendientes dondequiera que se los encuentre.

Hace cuarenta años, cuando el movimiento en pro de los derechos humanos era joven, éste era un mensaje globalizador. Y hoy lo sigue siendo. Por ello, no es que nos opongamos a la globalización, sino que no podemos aceptar una globalización que condene a más de mil millones de personas a una vida de privaciones incompatible con la dignidad humana básica.

¿Por qué tanto interés por las crecientes oportunidades de inversión y tan poco por la globalización del respeto a los derechos humanos? ¿Por qué se centra toda la atención en normas vinculantes para la resolución de controversias comerciales y se presta tan poca a la rendición internacional de cuentas en relación con las obligaciones que los Estados tienen contraídas en materia de derechos humanos? ¿Por qué se exige el desmantelamiento de las barreras al comercio cuando se erigen otras contra los desplazados por la globalización económica y las guerras?

Globalicemos, sí, pero globalicemos la justicia y la igualdad, globalicemos el respeto por los derechos humanos y hagamos que sea global nuestra lucha para acabar con la impunidad. Este es nuestro programa de globalización.

Construir otro mundo: la aportación de los derechos humanos

¿En qué modo puede ayudar la perspectiva de los derechos humanos a nuestra lucha por construir otro mundo? Déjenme que les indique las tres formas en que pueden hacerlo el derecho y el activismo en pro de los derechos humanos.

· en primer lugar, la perspectiva de los derechos humanos aporta una brújula moral para el camino que se ha de seguir; nos recuerda siempre por qué lo que importa son las desigualdades globales y por qué tenemos que movilizarnos globalmente para combatirlas;

· en segundo lugar, el derecho en materia de derechos humanos aporta unas normas globales basadas en unos valores fundamentales y ampliamente compartidos para el nuevo mundo que pretendemos construir; y

· en tercer lugar, la perspectiva de los derechos humanos identifica los objetivos de nuestro activismo en pro de esos derechos, de tal forma que nos ayuda a centrar nuestras acciones y hacerlas más eficaces.

Permítanme que les diga algo sobre cada una de estas ideas, sobre las que espero que tanto yo como otros colegas de Amnistía Internacional presentes aquí en Porto Alegre tendremos ocasión de conversar y debatir con ustedes durante los próximos días. Estamos aquí para aprender de otros activistas y movimientos cómo podemos hacer que nuestro propio activismo sea más eficaz.

Nuestra humanidad común

El punto de partida del derecho internacional en materia de derechos humanos, es decir, el de todos los tratados y normas adoptadas en el último medio siglo por las Naciones Unidas y las organizaciones regionales, es que todos los seres humanos tienen ciertos derechos básicos. Disfrutamos de estos derechos no porque seamos ciudadanos de un Estado concreto, miembros de un partido político o devotos de un credo particular. Tenemos estos derechos porque somos humanos, independientemente de dónde vivamos o de quiénes seamos.

La Declaración Universal de Derechos Humanos no habla de Norte y Sur, Este u Oeste, ni de países donantes o «mercados emergentes». Las palabras que contiene rompen estas barreras y parten de la base inicial de nuestra común humanidad. Esto dice su preámbulo:

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana,

Y ya en el primer artículo, la Declaración proclama:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

¿Por qué es tan importante este concepto de humanidad común? En primer lugar, porque nos dice que el punto de partida de cualquier análisis económico, social, cultural o avance político deben medirse por las mejoras en las vidas humanas individuales. Y en segundo lugar, porque nos recuerda que todas las vidas humanas son igual de importantes cuando realizamos esos análisis.

Nos indignan las desigualdades globales porque, y vuelvo a citar, «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». Nadie, y menos que nadie ningún gobierno, puede sentirse satisfecho en un mundo en el que más de mil millones de nuestros congéneres humanos viven en condiciones de pobreza extrema. Al compararnos nosotros mismos con los demás, la perspectiva de derechos humanos nos exige ir más allá de conceptos como conciudadano, cofrade religioso, casta o clase.

En Amnistía Internacional estamos convencidos de que es este punto de partida el que ha de estar en los cimientos de ese otro mundo que queremos construir. Y esto tiene muchas consecuencias:

Por ejemplo,

· los ciudadanos de un país, independientemente de lo poderoso que sea, no pueden comprar su seguridad si su precio es la inseguridad de otras personas en otros lugares;

· las libertades de un grupo minoritario serán sólo ilusorias si ello supone mayor represión para otros grupos.

Sin embargo, la retórica utilizada por los gobiernos inmersos en la así llamada «guerra contra el terrorismo» ha estado orientada a la exclusión de ciertos grupos de la «familia humana». Se considera que presuntos «terroristas» o «combatientes enemigos» han perdido todo derecho a ser tratados como seres humanos dotados de derechos humanos básicos: en la «guerra contra el terrorismo» puede haber zonas libres de derechos humanos. Ese mismo idioma deshumanizador se ha utilizado para justificar el trato inhumano que se ha dispensado a los presos como parte de la «guerra contra la delincuencia», para demonizar a los refugiados en virulentas campañas antiinmigración y para perseguir a las minorías sexuales en nombre de la cultura o la religión.

Todas estas «guerras» y campañas buscan desviar nuestra atención de los sencillos pero revolucionarios principios que encarna la Declaración Universal de Derechos Humanos, unos principios tan pertinentes en el año 2003 como lo fueron ya en 1948. Léanse la Declaración Universal y piensen qué clase de mundo habitaríamos si de verdad todos los seres humanos disfrutaran de esos derechos.

Una visión global: la vida en libertad y con dignidad

La perspectiva desde los derechos humanos ofrece una visión global de lo que constituye una vida vivida con dignidad y en libertad. Protección a la vida, libertad y seguridad, derechos a la libertad de expresión, a la participación política, protección de la privacidad, derechos de la familia y a un juicio justo; pero igualmente derecho a la educación, a la salud, a la seguridad social, al trabajo y el derecho básico a un nivel apropiado de vida, a la vivienda, a agua potable, a comer.

La perspectiva de los derechos humanos hace especial énfasis en la no discriminación. Garantiza estos derechos por igual, independientemente de la raza, el credo, el color, el sexo, la casta o la clase. Ofrece también una protección especial y extraordinaria a los grupos más vulnerables y desfavorecidos de nuestras sociedades.

El derecho internacional de derechos humanos es mucho más que los derechos civiles y políticos. Va mucho más allá del limitado concepto que se circunscribe a la protección del ciudadano de las injerencias del Estado en sus libertades fundamentales. La perspectiva de los derechos humanos hace igual énfasis en la idea de la dignidad humana y en lo que se requiere que hagan los Estados (en términos positivos) para garantizar que la vida se vive con dignidad.

Durante demasiado tiempo se ha prestado demasiada poca atención a los derechos económicos y sociales y, en este respecto, Amnistía Internacional comparte algo de la culpa. Hasta hace bien poco nuestra organización no se había comprometido a trabajar por toda la variedad existente de derechos humanos. Durante cuarenta años hemos luchado por la libertad de los Presos de Conciencia y hemos emprendido campañas para acabar con las «desapariciones», los homicidios arbitrarios y la tortura. Nuestro objetivo ha sido asegurarnos de que se rendían cuentas por la comisión de estos crímenes, y por que terminase la impunidad como forma de impedirlos en el futuro.

Ahora tenemos que convencer al mundo de que la pobreza extrema crea sus propios tipos de cárceles, de que la arbitrariedad en el modo en que funciona la justicia afecta al medio de vida no menos que a la vida misma, y de que la inseguridad que genera el hecho de levantarse cada mañana con hambre, sin un techo ni un empleo, puede ser tan terrorífica como la que infunde una fuerza policial represiva. No es tarea fácil. El activismo en favor de los derechos económicos y sociales empieza a moverse y, tras dar pasos dubitativos desde hace ya mucho, Amnistía Internacional está plenamente comprometida en el trabajo por conseguir, en unión de otros, esos derechos.

Otra barrera para completar la protección de los derechos humanos es la distinción artificial entre la esfera pública de la actividad política y la esfera privada del hogar en la teoría internacional del derecho. En la práctica, esto ha significado que la tortura experimentada por millones de mujeres en forma de violencia doméstica ha estado a resguardo de todo escrutinio del movimiento de derechos humanos, más preocupado por otras formas tradicionales de tortura patrocinada por el Estado. Los defensores y defensoras de los derechos humanos de la mujer en todo el planeta han denunciado lo inadecuado de este enfoque y han ayudado a transformar el concepto mismo de derechos humanos para hacerlo más receptivo al mundo que en realidad viven las mujeres. Pese a la lentitud de Amnistía Internacional en incorporarse a esta lucha, tenemos ahora prevista para el próximo año una importante campaña internacional en contra de la violencia ejercida contra las mujeres que, esperamos, sirva para compensar el tiempo perdido.

En esta visión global de los derechos humanos no valen las jerarquías ni las prioridades. Antes solía hablarse de «primera», «segunda» o «tercera» generación de derechos humanos. Durante la Guerra Fría, occidente adelantó el argumento de que los derechos políticos eran prioritarios a los sociales, y muchos países socialistas y en desarrollo adoptaron la postura contraria.

Este debate es ya añejo y no tiene sentido. Los derechos humanos son interdependientes. El derecho a la libertad de expresión no es más que un concepto vacío si las personas que quieren expresarse son analfabetas y se les niega la educación. Asistir a una escuela apenas sirve para cumplir el expediente si para lo que se utiliza es para fomentar la intolerancia o para mantener a un régimen represivo en el poder.

La interdependencia de los derechos humanos nos recuerda que, a medida que construimos un mundo mejor, superando desigualdades, injusticias y represiones, no tenemos que olvidar que no podemos ganar la justicia social y económica a la que aspiramos a expensas de las libertades civiles y políticas. Con demasiada frecuencia se han sacrificado los derechos humanos en el altar del desarrollo económico. Y de igual modo, unas elecciones libres, unos medios de comunicación libres y una sistema judicial operativo no pueden nunca, por sí solos, sacar a las gentes de la pobreza extrema. El hecho de que en los países más ricos centenares de miles de personas carezcan de un hogar o dependan de la beneficencia para su próxima comida es prueba suficiente de la falta de una visión de la libertad constreñida en los derechos civiles y políticos.

La interdependencia e indivisibilidad de los derechos humanos nos recuerda que, cualquiera que sea el programa político concreto que decidamos elegir (a medida que avanzamos hacia el objetivo de un mundo mejor) es menos importante que el hecho de que su contenido dé cumplimiento a todos los derechos humanos: vidas de dignidad y libertad.

Las obligaciones de quienes están en el poder

La perspectiva de derechos humanos hace hincapié en las obligaciones. Los derechos implican deberes: la exigencia a otros para que respeten esos derechos. Los derechos humanos imponen deberes sobre las autoridades políticas y sobre quienes están en el poder. Si queremos construir un mundo mejor, tenemos que definir qué es lo que las autoridades estatales deberían estar haciendo de otro modo. La perspectiva de los derechos humanos no es mera retórica. En los últimos cincuenta años, los organismos internacionales han definido con cierto detalle lo que los gobiernos deben hacer (o más bien lo que deben abstenerse de hacer) para cumplir las obligaciones que tienen contraídas en materia de derechos humanos.

Por ejemplo, más de 145 gobiernos han expresado un compromiso claro en relación con el derecho a la salud, derecho que incluye obligaciones relativas al acceso a medicamentos asequibles. En un mundo justo, estos compromisos deberían primar sobre las protecciones existentes sobre las patentes. Podrían darse otros muchos ejemplos. El derecho en materia de derechos humanos no siempre dará respuestas claras, pero en esos debates sí aportará unos principios firmemente asentados sobre derechos individuales y rendición de cuentas.

Quizá incluso de mayor pertinencia directa para el Foro Social, sin embargo, sea el hecho de que es posible aplicar el derecho internacional en materia de derechos humanos a otros agentes distintos de los gobiernos. Esos otros agentes (las instituciones financieras internacionales y las empresas transnacionales) tienen también un claro deber de respetar los derechos humanos. Estas obligaciones legales transcienden las fronteras nacionales.

Este argumento ha sido reiteradas veces aceptado en relación con los derechos civiles y políticos. Las leyes de muchos países reconocen que las autoridades tienen que actuar cuando en otros países se dan la tortura o la represión: por ejemplo, mediante impedimentos al envío de armamento a ese país o la detención de presuntos torturadores si viajan al extranjero. Ahora tenemos también que globalizar las obligaciones que afectan a los derechos económicos, sociales y culturales; tenemos que exigir, por ejemplo, que la legislación sobre patentes de un país no pueda aplicarse de forma que niegue a las gentes de otros países el acceso a medicamentos que salvan vidas.

También a las empresas se las puede incorporar al marco del derecho internacional en materia de derechos humanos. En mi condición de abogado defensor de los derechos humanos en Estados Unidos, he tenido ocasión de participar en multitud de casos en los que se ha utilizado el derecho internacional de derechos humanos como medio para hacer rendir cuentas a empresas multinacionales por su complicidad en la violación, en otros países, de derechos humanos reconocidos internacionalmente. En un caso que se ha dado en California, por ejemplo, estamos reclamando que la UNOCAL, una importante compañía petrolífera estadounidense, rinda cuentas por haber constituido una entidad empresarial conjunta (una joint venture) con el régimen represivo militar de Birmania: el gasoducto construido por esa entidad se ha hecho sobre las espaldas de los residentes en la región, que han sido sometidos a trabajo forzado.

Esta perspectiva de los derechos humanos está siendo utilizada por birmanos pobres y desplazados, que no pueden obtener justicia en su propio país, para conseguirla basándose en las obligaciones internacionales que tiene contraídas la UNOCAL y que transcienden a las que está obligada por su legislación nacional. Durante demasiado tiempo, las empresas que actúan globalmente han explotado las debilidades de las distintas legislaciones nacionales y han sido copartícipes de violaciones de derechos humanos con impunidad. El derecho internacional en materia de derechos humanos es parte de la solución al problema de la rendición de cuentas en el mundo empresarial y a la creación de un marco regulador universal que permita una globalización consecuente con la libertad y la dignidad de las personas. Queda aún mucho camino por recorrer, pero el derecho internacional de derechos humanos ha ayudado ya a que se produzcan cambios en los términos del debate en curso.

Los valores de los derechos humanos

Algunos críticos de los derechos humanos solían aducir que esta perspectiva era demasiado neutral y que, haciendo caso omiso de las estructuras de poder y de las realidades de la desigualdad material, proporcionaban sólo una ilusión de libertad e igualdad. A esta crítica se le añadía esa otra que afirmaba que la perspectiva de los derechos humanos era en exceso legalista.

El derecho internacional en materia de derechos humanos, sin embargo, no es neutral. No refrenda ideologías políticas concretas ni sistemas de gobierno específicos. Por el contrario, sí refrenda, y defiende, valores clave: la tolerancia, la igualdad, la no discriminación, la libertad y la solidaridad humana. Estos valores constituyen el fundamento del mensaje de este Foro. El hecho de que estos valores estén estructurados en un sistema de derecho internacional debe considerarse como una fortaleza, no como una debilidad. La Declaración Universal de Derechos Humanos no es un documento legalista. Encarna las demandas de los pueblos de todos los rincones del planeta que exigen un mundo más justo.

Utilicemos el lenguaje de los derechos humanos para trascender fronteras y barreras de todo tipo, y el derecho internacional en materia de derechos humanos para fortalecer la rendición de cuentas.

Conclusión

El Foro Social Mundial ha recordado una vez más al mundo la realidad de que centenares de millones de conciudadanos nuestros viven en la pobreza y en la inseguridad. Como activistas de derechos humanos compartimos el sueño de construir un mundo distinto.

Lo que ahora hace falta, sobre todo lo demás, es volver a comprometernos con unos principios fundamentales que los Estados acordaron solemnemente hace más de cincuenta años, en la estela que dejaron tras de sí los horrores de la última guerra global.

El artículo 28 de la Declaración Universal proclama:

Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.

Un mundo así habría de organizarse de tal forma que pusiera el valor no sobre los sistemas, los procesos económicos o el tamaño del presupuesto de defensa de un país, y por supuesto no sobre la inversión extranjera directa, sino sobre vidas humanas individuales de libertad y dignidad.

¿Tendremos que padecer otra guerra global antes de que nuestros líderes actúen como si importaran esos principios?

Nos unimos a ustedes en la respuesta: ¡No! Programa Textos para una Justicia Universal: [email protected]