4 de junio del 2001

Argentina: Cuando el estudiante Bravo fue un desaparecido


Isidoro Gilbert* - Bitácora

Fue como una premonición de lo que vendría. El 17 de mayo de 1951, se produjo un secuestro que conmovió a la opinión pública, el del estudiante comunista Ernesto Mario Bravo. Sacudió a un gobierno tan asentado hasta entonces en las masas populares como el de Juan Domingo Perón y despertó las adormiladas almas golpistas que finalmente lo derrocarían el 16 de setiembre de 1955.

El gobierno peronista fue duro, y tenazmente enfrentado por la oposición, incluso con incursiones terroristas. ¿Quién comenzó la porfía?; lo real es que ya en 1948, es asesinado durante una huelga azucarera en Tucumán, el mozo afiliado al Partido Comunista, José Antonio Aguirre y un año más tarde, entre otros muchos casos, fueron picaneadas mujeres telefónicas que reclamaban reivindicaciones. Al tucumano, lo mataron a palos y picana eléctrica. Las torturas se concretaron en la tristemente célebre Sección Especial de Policía en los principios de los '30. La picana, ese invento del hijo de Leopoldo Lugones, usada a discreción se hizo norma.

El estudiante socialista Luis Alberto Vyla Aires, fue brutalmente golpeado en 1949 antes de ser encarcelado largamente a disposición del Poder Ejecutivo, la fórmula de entonces para mantener detenidos a centenares de obreros, profesionales, estudiantes, que combatían a Perón.

1951 fue un año bisagra, porque se preparaba la reelección del líder justicialista, en un marco de crisis económica cada vez más fuerte y una situación internacional signada por la guerra de Corea, donde Perón no quiso participar después que una movilización ferroviaria de los entonces talleres de Roque Pérez cubriera las calles de Rosario. "Haré lo que el pueblo quiera", proclamó. Y se desdijo de un compromiso de enviar tropas a la dividida península. Cincuenta años hace que en la calle Paysandú 1822, del barrio porteño La Paternal, mientras se preparaba para almorzar la policía llegó desde edificios aledaños y tomó preso al estudiante de Química Bravo. El no era militante universitario, sino que estaba destinado por la juventud comunista en la preparación propagandística del Festival de la Juventud y los Estudiantes que ese año debía realizarse en Berlín Este, con respaldo de la Unión Soviética. Esa misma noche, su madre, Margarita Matarazzo, me encontró escuchando un mitin de la Unión Cívica Radical frente al monumento del Cid Campeador. "Se llevaron a Ernesto", me relató. Desde es momento, mi vida tomó otro giro.

Largo cautiverio

Desde ese momento, hasta el 24 de junio en que apareció en una comisaría del barrio porteño de Villa Pueyrredón, solo un grupito de personas, supo de las penurias del joven estudiante, víctima de martirios infernales. La denuncia la hicieron los estudiantes comunistas que movieron cielo y tierra para lograr su libertad. Los días pasaban sin ningún elemento alentador. Como reacción, la FUBA, (Federación Universitaria de Buenos Aires) presidida por el más tarde célebre escritor David Viñas declaró la huelga universitaria que se cumplió con éxito en todas las facultades porteñas. La FUA y las federaciones regionales adhirieron al paro estudiantil que contó también con el apoyo del movimiento secundario.

Bravo permaneció secuestrado y torturado en la Sección Especial de la Policía que estaba en la calle Urquiza al 500. Recibió apremios brutales bajo las órdenes del comisario Cipriano Lombilla. Este y los comisarios Amoresano y Wasserman, participan de las sesiones de torturas. No soportaron el silencio de Bravo sobre dónde se imprimían los panfletos, y menos aún que replicara con golpes a los primeros que le asestaron sus verdugos. Tan mal lo dejaron, picana y palizas de varios polizontes que su vida estuvo en el filo de la navaja. Lombilla se asustó luego de días de flagelo porque las Universidades comenzaban a ser un hervidero, aunque la prensa, no decía nada sobre el episodio, y las cárceles se poblaron de estudiantes solidarios.

Un médico vinculado al dirigente del radicalismo, Miguel Angel Zavala Ortiz, el Dr. Alberto J. Caride, fue llamado para atender al joven. Caride, se entiende, tenía vínculos con la policía. Pero con sus curaciones le salvó la vida. Pero para poder liberarlo requería de un período de recuperación. El ministro del Interior, Miguel Angel Borlenghi supo del atropello y reclamó una solución cuando el clima estudiantil estallaba. Lombilla en los primeros días de junio trasladó a Bravo a una quinta situada en Paso del Rey. La intervención de este médico policial y hombre de la Iglesia salvó al estudiante. Caride y su familia debieron refugiarse en Montevideo una vez que informó del caso a los diputados Zavala Ortiz y Silvano Santander, furiosos antiperonistas quienes hicieron la denuncia al juez Conrado Saadi Massue.

A las tareas de agitación que se inició en la facultad porteña de Química, aula por aula, se sumaron los estudiantes de Ingeniería y de Arquitectura. Un día llegó la policía. Los estudiantes salieron en manifestación por la calle Florida y avanzaron hasta la sede del diario La Nación para que la denuncia y la protesta tuviera repercusión pública. Este relator habló ante una multitud normal para un mediodía en la calle más concurrida. La huelga se extendió a todas las facultades porteñas y poco a poco, a casi todo el país. El juez finalmente ordenó la libertad de Bravo, que Perón acató.

La complicidad del mosquito

Su liberación fue seguida con el procesamiento y condena de Lombilla y Amoresano. Bravo pudo ubicar la quinta de Paso del Rey. Al oído del juez le reveló que había marcado una pequeña hoz y un martillo, el escudo comunista, tapado por un mosquito muerto, debajo de una ventana que le permitió mirar algo del lugar. Es lo que vio el magistrado al correr lo que quedaba del insecto. Ante prueba tan irrefutable y el estado calamitoso del joven, el gobierno le bajó el pulgar a sus torturadores.

Bravo llegó a recibirse de doctor en Química en la Universidad de Buenos Aires y en 1961 integró un contingente de voluntarios para trabajar en Cuba, donde se quedó hasta ahora. Ha desarrollado una importante labor de cátedra, fue profesor de Química Orgánica de algunos de los actuales dirigentes del gobierno cubano, como Carlos Lage. Con su esposa, la norteamericana Stella Segal de Bravo, ha sido guionista de sus premiados documentales, uno de ellos, sobre los niños desaparecidos, filmado en los años 80. Stella es la directora de los mejores retratos de la inmigración cubana en Miami, entre muchos otros. Bravo es miembro de la Academia de Ciencias de Cuba.

Mientras duró el cautiverio de Bravo, hubo amagues de golpe de Estado, un pretexto para desprenderse del peronismo. La alta jerarquía eclesiástica, nerviosa por el papel de Eva Perón en la vida pública, se distanciaba de su marido y algunos de los dignatarios unieron lo útil, orar por la libertad del secuestrado, con sus objetivos golpistas. En agosto de ese año, una huelga ferroviaria alcanzó un nuevo clímax para la conspiración que estalló en setiembre, bajo el mando del general Benjamín Menéndez, un viejo conspirador. Perón fue reelecto en noviembre por abrumadora mayoría. El luego escritor David Viñas, que encabezó la huelga universitaria porteña, fue al sanatorio con una urna a recibir el voto de la hospitalizada Evita, como fiscal de la Unión Cívica Radical.

Bravo fue operado para arreglarle malas soldaduras naturales de sus huesos quebrados por la golpiza y necesitó de años para su recuperación. Fue el primer secuestro de la segunda mitad del siglo XX. No sería el último.

(*) Escritor y periodista. Corresponsal de LA REPUBLICA en Buenos Aires. Nota publicada en el suplemento Bitácora de Montevideo